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ENTREVISTA OTRAS NOTICIAS

Crónicas impacientes

Para los que la conocen no fue una sorpresa su decisión de trabajar en un centro de aislamiento, pues para ella es un asunto de vocación. No iba a perder la oportunidad de reportar desde la primera línea sobre aquellos que también piensan que servir es el mejor camino para lidiar con el dolor colectivo. Por eso decidió contar mediante crónicas las historias que yacen del otro lado de la barrera de la Covid.

Mileyda Menéndez Dávila es feminista, jueza de su municipio y vegetariana. Hace 16 años que comparte con los lectores su espacio Sexo Sentido en el diario Juventud Rebelde, donde ilumina algunos de los aspectos considerados tabú sobre las relaciones afectivas.

En el doble papel de voluntaria y periodista pasó 23 días en la Quinta de los Molinos, donde el Instituto Superior de Tecnologías y Ciencias Aplicadas (INSTEC) tiene su sede. Allí escribió desde su experiencia una serie de crónicas en las que destaca las historias de vida detrás de los nasobucos de quienes laboran o son atendidos en sus instalaciones.

—¿Cómo fue que te decidiste a trabajar en un centro de aislamiento?

—Llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo, desde que comenzaron los centros de aislamiento, porque siempre he estado en todas las movilizaciones, desde jovencita. Pero mi trabajo con el equipo de corresponsales del diario es complicado, por eso no veía el momento de realizar ese deseo.

¡Y se me dio la oportunidad En el INSTEC!, donde estudia mi hijo, cuando iban a inaugurar allí un centro de aislamiento. En esa tripulación  estaba involucrada mi nuera y su mejor amigo. ¿Qué mejor oportunidad para conocer un poco más de la universidad y de esas personas que eran tan importantes para él?

Cuando yo dije en el periódico que quería ir tuve miedo de que me dijeran que no podía dejar mi departamento. Iba con mil argumentos para convencerlos de que desde aquel lugar podía atender a los corresponsales y hacer las crónicas. Pero no tuve ninguna resistencia de parte de la dirección del periódico. Al contrario, percibí una cierta “envidia” por no poder hacerlo ellos, porque su trabajo es mucho más demandante que el mío. Así que me llevé la computadora, el teléfono. Fue todo un reto, pero lo hice.

—¿Tenías miedo de contagiarte?

—Hay gente que en este tiempo de Covid ha subordinado su vida al trabajo en los centros de aislamiento. Pasan 14 días y doblan hasta 28. Hacen su retiro para saber si son negativos y se incorporan de nuevo a trabajar. Los 23 días que yo estuve no son nada comparado con los que pasan ellos. Y llega a ser agotador, pero cuando tú les preguntas porque lo hacen, todos responden que es necesario.

Yo no le temía al virus. Honestamente, tengo más miedo en la calle que allá adentro. Allí la gente tiene más conciencia porque está todo el tiempo en contacto con los contagiados. A lo mejor es por los años que llevo trabajando con otras epidemias como el VIH. En esos casos la gente le tiene miedo al positivo, en vez de tenerle miedo a lo desconocido. De aproximadamente 70 personas que transitaron por el centro en esos 14 días, 16 tenían la Covid, lo cual es una proporción altísima.

Es muy difícil, porque en ese momento es que la gente se da cuenta de todo lo que deja detrás y no les puedes reprochar, porque a veces ni siquiera es su culpa que sean contactos de una persona positiva. En ocasiones es el descuido natural, que la gente de tanto ver el peligro deja de sentirlo. Yo dormía con el nasobuco puesto, de hecho, me tejí otros dos nasobucos allí, de los que usualmente me quedan más cómodos para no quitármelos nunca, solamente para comer.

—¿Por qué la crónica?

—La crónica es un género que me gusta, además del artículo, que llevo tantos años haciendo para Juventud Rebelde. Siempre he disfrutado escribir opinión y me pareció que podía combinar lo personal con lo social, que me daba más soltura para que la gente se sintiera en primera persona viviendo esa experiencia conmigo. Me hubiera encantado hacer algo más multimedial, pero la tecnología no me lo permitía. A la zona roja no podía pasar con el teléfono, casi ni con la cámara.

Desde el primer día pensé en los temas de los que quería hablar y los fui organizando. Hubo una intención, una estructura de cómo iba a trabajar las crónicas. No pude hacer todas las que quería, porque había días que eran verdaderamente difíciles y terminaba muy tarde. Fui buscando esa mirada social. No solo desde lo sanitario, sino también del costo humano.

Muchas de las historias las armaba por pedacitos y las escribía en la noche o tempranito por la mañana. Me ocupé mayormente de la limpieza en la zona verde, de nuestro propio espacio doméstico, para tener más tiempo para escribir. Me levantaba a las 5 de la mañana, limpiaba, hacía mi crónica, un poco de yoga y después me incorporaba al trabajo.

—¿Cómo fue la relación con los demás voluntarios?

—Al principio no entendían muy bien qué yo estaba haciendo allí. Pero a medida que algunas personas en la zona no restringida veían mis crónicas, o cuando se miraban en las fotos y leían sobre sí mismos, comenzaron a colaborar un poquito más. La propia tripulación me iba dando la historia. Yo la estaba viviendo con ellos, aunque soy ajena en edad a los 4 muchachos. Pero todo lo compartíamos y eso me iba dando pie para escribir. Los retos me los iban dando ellos mismos. En ocasiones llegaban y me decían: El reto del día es tal.

Nos ayudó mucho el profesor Germán, que estableció una relación de familiaridad desde el principio. Siempre comíamos juntos. Estar tanto rato sin comer me costaba un poco porque soy vegetariana, pero hasta que no llegaba el último de la tripulación no comíamos. Compartíamos muchas cosas. Una vez, antes de que entraran los pacientes, nos trajeron una tina de helado. El profe la administró para que nos durara varios días. Fue un ambiente muy agradable.

Y los demás muchachos también se adaptaron muy bien porque seguían con su vida cotidiana. De hecho, había dos haciendo sus tesis. Mi nuerita, que está en primer año de Física Nuclear, estaba haciendo sus exámenes y estudiaba en la madrugada.

Cuando terminé, me trasladaron al centro Victoria de Girón durante 5 días. Esos son los más difíciles, porque ahí si estás como paciente. Pude conversar con otras tripulaciones y me di cuenta de que no todos los centros son tan idílicos. Habría que ver hasta qué punto esa objetividad que requiere un periodista a la hora de hacer su trabajo se limitó por el hecho de que estuve dentro de un centro donde la gente amaba lo que estaba haciendo.

—¿Qué te llevas de esta experiencia?

—Le agradezco muchísimo a la redacción digital, pues me ayudaron poniendo las fotos, cargando rápido las crónicas o poniendo los o enlazando unas con otras. Se fue creando una complicidad muy linda. Yo era la que estaba allí, pero no era un trabajo solo mío, era también de otros que estaban en el periódico.

Mucha gente me ha dicho cosas muy bonitas, me encanta que vengan y me pregunten por Carolina, por el INSTEC, que me hablen de la Quinta de los Molinos.  Me gustó que los oyentes del programa de Radio Taíno me preguntaran por las crónicas.

Como ser humano me queda, aún más que antes, la urgencia de que esta epidemia termine ya, y que la gente tiene que poner de su parte para que se acabe. Me quedo con el hecho de que allí a nadie se le pregunta que dinero tiene, ni de dónde viene, ni por qué es posible contacto. Me quedo también con mucha gratitud de las personas que asumieron responsabilidades para que yo me pudiera apartar tantos días de este trabajo y de mi casa.

2 thoughts on “Crónicas impacientes

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