LA CÁMARA LÚCIDA

Ofelia, es decir, Broselianda

Nadie tenía esa voz ni esa manera de estar en escena. Nadie, me digo, y tal vez me deje engañar por la noticia que nos quiere hacer creer que ya no la veremos de ese modo bajo las luces de un tablado. En todo caso, me digo, nadie más será Broselianda Hernández, y eso me redobla el dolor y el desasosiego de un día de lluvia, en el que su fallecimiento está haciendo estremecerse a todo aquel que la admiró y la aplaudió.

Era hija de gente de teatro. De Rosa Ileana Boudet y de Rolen Hernández. Y luego estuvo también la presencia de Rine Leal. De ellos le vino el amor por la escena y la poesía. Y hasta aquellas canciones de la Guerra Civil Española que cantaba en los momentos más insólitos. Se graduó del Instituto Superior de Arte. Mi primer recuerdo de su voz y de su rostro vienen de la Ofelia que interpretó junto al elenco del Teatro Buscón. Qué lujo el llegar al teatro en grande, con Shakespeare y de la mano de José Antonio Rodríguez, Elena Huerta, Aramís Delgado y otros tan notables. Un personaje es también un destino. Me digo eso ante la noticia que nos deja saber que ella, como Ofelia, halló la muerte entre las aguas.

No se le podía definir más que como un relámpago. Su voz llegaba sin esfuerzo hasta las últimas filas, pero iba también cargada de emociones y de algo que podía, en efecto, acercarse a la poesía. De algún modo, el cine, la televisión, el teatro, no podían contenerla. Aparecía en esos medios, pero vivía además con la intensidad propia de una actriz absolutamente todo. Así encarnó a Escipión en Calígula, y a la Julieta de El Público. Y protagonizó Bacantes, a las órdenes de Flora Lauten, en el Buendía, en una puesta en la que parecía no cerrar nunca los ojos. Volvió a Teatro El Público, con Carlos Díaz, para ser Fedra. Y el escenario del Trianón ardía, en esa puesta en la que quise regalarle nuevas líneas cortadas a la medida de su temperamento.

“La madre de José Martí soy yo”, cuentan que le dijo a Fernando Pérez. Y vaya si supo demostrarlo en José Martí. El ojo del canario. Ahí rinde tributo a Leonor Pérez, a Raquel Revuelta, y halla un perfil inolvidable como la progenitora del Apóstol, dando vida a la imagen de aquella matrona fuerte que hizo temblar a la soldadesca tras los sucesos del Teatro Villanueva. En todo, digo, era ella ese ardor. Abría los brazos y nos contenía en su garganta.

Le bastaba una escena bien escrita, por breve que fuera el papel, como demostró en Barrio Cuba, para no dejar indiferentes a los espectadores. No sé de qué manera vamos a extrañarla; pero sí puedo hablar, tal vez, de cómo vamos a recordarla. Quizás con la misma intensidad con la cual ello quiso hacerlo todo. “Soy una mujer que lo quiere todo”, dijo en una de sus entrevistas. Y no puedo imaginarla bajo mejor retrato.

Como a Ofelia, digo, la hallaron entre las aguas. En el mar de Miami, y hasta acá esas aguas nos han traído esta oleada de tristeza. Los golpes que nos ha propinado el año han sido muchos, y este en particular ha sido de los más tremendos. La recuerdo en Perla marina, en Morir de noche. En Las honradas o en Yerma. La recuerdo, tal vez, a través de la lluvia de esta tarde. A ella, que se reía de modo tremendo y de pronto declamaba una línea de Borges, o confesaba su anhelo de ser dirigida por Almodóvar alguna vez.

Cuando Broselianda Hernández irrumpía, todo era posible. Lo sigue siendo. Lo demuestran los mensajes que se niegan, como yo, a darle una despedida. Y los que aún esperan al final de la función para verla, como la mejor Ofelia, saliendo a recibir una ovación tan larga y cálida como su Habana.

Publicado en Revista La Jiribilla

(Tomado de Cinereverso)

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