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Dos siluetas y un mismo destino

Se llamó José María López Lledín, pero poco o nada dicen ese nombre compuesto y sus apellidos. Y aunque se le considera el más célebre personaje popular habanero del siglo XX, su verdadera trascendencia pende del apodo con el cual fue conocido dentro y fuera de la urbe: “El Caballero de París”.
Su biografía no está exenta de esa aura enigmática que a toda figura de su estirpe conviene. Se sabe que nació en España en 1899, y que en compañía de tres de sus hermanos llegó a Cuba entre 1913 y 1914. Avispado y culto, a pesar de no haber podido concluir el bachillerato, realizó las más disímiles labores antes de verse involucrado en un problema legal que provocó su encarcelamiento.
Ninguna de las muchas versiones al respecto coinciden. Lo único cierto es que, al salir de prisión, aquel trauma por un delito que no cometió le había nublado la razón.
Foto: Archivo Histórico de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.
Con un delirio de grandeza cada vez más exacerbado, se negó a mudarse con sus familiares y apostó por la vida errante. Ya a fines de la década del veinte, en virtud de sus costumbres y modales extravagantes, ataviado con una capa negra de mosquetero, melena y barba, los citadinos empezaron a referirse a él con ese apelativo de raíz noble que remite a una tierra ajena.
En una crónica publicada el 9 de septiembre de 1989 en el periódico Granma, tras rememorar sus vivencias junto a la muchachada que solía juguetear en el portal y los jardines del hospital General Freyre de Andrade, en la avenida Carlos III, Eusebio Leal relató un encuentro que lo marcará para siempre: “Una de aquellas tardes vimos andar por la acera, gallardo y elegante, a un personaje insólito, envuelto en los jirones de una capa negra, de largos cabellos que caían como crespos sobre sus hombros, de mirada llameante y perfil aguileño. Llevaba en las manos periódicos y revistas, un ramo de helechos y una manzana de intenso color rojo”.
Foto: Archivo Histórico de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.
Después que el peregrino se interesara por conocer los nombres de cada uno de los niños allí congregados, exclamó: “Yo soy el Caballero de París, nací en una ciudad antigua que ustedes no conocen, pero los invito a imaginar que tuvo murallas, palacios y castillos, se llama Lugo y está en Galicia, tierra bellísima, donde llueve a cántaros, que tiene un mar azul del que vuelven cargados de maravillas los pescadores”.
La concurrencia, como es natural, quedó boquiabierta. Como en los libros de cuentos, un narrador de otro mundo los había abducido hasta su comarca. Ni siquiera se apagó el letargo cuando depositó en cada mano una espiga de helecho y una estampita con la efigie de Martí. Sin embargo, Eusebio llevaría la delantera como el chiquillo afortunado: “Cuando nos despedimos, sorpresivamente, me llamó por mi nombre y por un instante levantó a la luz la manzana roja, que me llevé como la joya más preciada”.
Ya adulto, ese mismo fiñe que sentía predilección por las personas mayores, testigos de un tiempo ido, conservó la simpatía por aquel que se había convertido en un símbolo de la ciudad de sus desvelos, tan auténtico como el Capitolio o el Malecón.
En diciembre de 1977, debido a su progresivo deterioro físico, por indicación de Celia Sánchez ‒esa mujer toda bondad‒ el Caballero de París fue internado en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. En el conocido “Mazorra”, las instrucciones al doctor Bernabé Ordaz, su director, fueron precisas: que se le permitiera vagar por todo el perímetro del centro de salud, proveyéndosele de una capa nueva.
En su edición del 28 de abril de 1981, el periódico Granma anunció: “La Orquesta de nuestro Barbarito Diez ofrecerá hoy, a las 8:30 p.m., en el patio del Palacio de los Capitanes Generales, un concierto que tendrá como obra central el danzón de Antonio María Romeu: «El Caballero de París». Durante la interpretación será colocada en la sala de Esculturas del museo una obra recientemente donada por el escultor Héctor Martínez Calá y que representa al célebre personaje habanero que varias generaciones conocieron con el nombre de «Caballero de París». La entrada es libre.”
No mucho después, en compañía del doctor Luis Calzadilla Fierro, psiquiatra que lo atendió hasta su fallecimiento, el Caballero visitó el Museo de la Ciudad para contemplar la escultura realizada en su honor que, por cierto, no le causó demasiada ilusión, al encontrarla “demasiado enredada” y comprobar que lo habían caracterizado “un poquito más viejo”.
Para entonces, hacía casi cuatro años que el legendario barbudo no deambulaba por su ciudad. Y aunque llamó la atención de algunos transeúntes, tanto a la entrada como a la salida del viejo palacio, no hubo algo digno de comentarse en esta “excursión”, a no ser lo sucedido durante el trayecto hacia Mazorra.
Foto: Archivo Histórico de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.
En el asiento delantero del carro, además del chofer, iba el jefe de enfermería de la sala donde estaba ingresado el Caballero, quien venía detrás, junto al doctor Calzadilla y una trabajadora social. Sin motivo aparente, un policía detiene el vehículo justo en la rotonda de la Ciudad Deportiva. Solicita los documentos al conductor y clava la mirada en el extraño pasajero de abundante cabellera y ropaje estrafalario. Después de unos instantes, no puede contenerse y pregunta: “¿Ustedes trabajan en el cine o en la televisión?”.
El anciano se turba, asume un aire despectivo y señoril: “¿Cómo puedes confundirme, mísero mortal, con un miembro de la farándula? Yo soy el Caballero de París, el supremo emperador del mundo. Nunca he conocido en mi larga vida a un súbdito tan irrespetuoso…”.
Para su libro Yo soy el Caballero de París (2000) el doctor Luis Calzadilla entrevistó al Historiador de la Ciudad, quien relata un guiño cómplice a su “vecino” de la calle San Lázaro, que no fue bien visto en el seno de la intelectualidad: “El Caballero, que no aceptaba invitación ni donativo alguno para su sustento, agradecía sin embargo el agua, café o algún pan, especialmente preparado, que mi madre le ofrecía cada mañana antes que iniciara su recorrido por el barrio. Yo ordenaba por esos días las fotografías y fichas para un folleto titulado La Habana Intramuros. Y valorando el significado y trascendencia que París ha tenido en la historia de esta ciudad, como sucesor de otros personajes nimbados de una enigmática o trágica poesía, y que también alimentaron en épocas pasadas la leyenda habanera, en la penúltima página coloqué la fotografía que más o menos me permitió recordarle tal cual le vi por primera vez. Algunos consideraron irreverente la publicación de aquella foto en un folleto que debía circular por muchos lugares”.

El 17 de marzo de 1982, luego de dos meses de convalecencia en el Hospital Ortopédico Frank País, donde debió sometérsele a una intervención quirúrgica para remediar la fractura del cuello del fémur derecho como consecuencia de una caída, el célebre paciente regresa al Hospital Psiquiátrico.

Foto: Archivo Histórico de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.
Lo que sigue, es narrado por su médico de cabecera: “Al día siguiente lo visito y lo encuentro en una silla de ruedas donde reposa su espíritu andariego. Después de los saludos le muestro un pequeño folleto escrito por Eusebio Leal, donde al final, después de hacer un resumen de La Habana y su historia, aparece una foto del Caballero de París junto a algunos fragmentos de la letra del danzón «De París, un Caballero», del maestro Antonio María Romeu, hijo.
‒Le traigo este folleto. Alguien le ruega que usted lo firme, para conservarlo para la historia de esta ciudad‒ Mira la foto, complacido.
‒¡Es la mejor fotografía del Caballero de París! La que más me gusta.
‒Bueno, es de parte de Eusebio Leal. ¿Lo recuerda?
‒Sí… por Infanta y San Lázaro. La mamá de Leal me daba golosinas.
‒¿Cómo se siente hoy?
‒Son 88 años… Cuando me ponga bien iré a llevarle flores a la madre de Leal.
Le entrego una pluma y haciendo un prodigioso esfuerzo la toma y estampa con mano temblorosa su firma en la penúltima página del hermoso folleto del Historiador de la Ciudad; un hombre que siempre agrega un poco de locura a la cordura. Y a pesar de mi ayuda solo logra escribir con letra casi ininteligible, una sencilla dedicatoria: “El Caballero de París -Para Leal”.
El 11 de julio de 1985 La Habana despide al legendario protagonista de estas letras que, como el Quijote, la víspera de la hora final milagrosamente recuperó el juicio y declaró que ya no eran épocas de aristócratas ni caballeros andantes. Tres lustros más tarde, tras haber exhumado sus restos en el cementerio de Santiago de las Vegas para depositarlos en la Basílica Menor de San Francisco de Asís, como otra seña afectuosa que asegurará su sobrevida en este milenio, Eusebio Leal gestionó la escultura del artista José Villa Soberón, emplazada a la entrada del templo, en la calle de los Oficios, no lejos de Muralla, otra arteria donde el Caballero solía merodear.
Ahora que ya el amigo Leal no está, después que el París de bronce exhibió el 31 de julio un letrero que reafirma su callada lealtad, y cuando el vergel anexo convertido en camposanto se prepara para acoger la cripta con los restos mortales del Historiador, no sería descabellado ubicar en el entorno de la plaza otra escultura de Villa Soberón, esta vez con la silueta del habanero universal que deambulará por esas calles con licencia del tiempo. Solo así cobraría sentido para la posteridad esta frase suya: “¡Te recuerdo, Caballero, cuando me parece sentir en la palma de la mano aquella manzana mágica que una tarde invernal me diste!”.
Imagen de portada: Jorge Alfonso Pita

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