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José Lezama Lima y su impronta en principales medios de prensa

Al destacado intelectual, José Lezama Lima, se le considera una de las figuras más importantes de la literatura hispanoamericana. No será posible dejar de evocar su legado como poeta, ensayista, novelista y colaborador de los principales medios de prensa, como se aprecia con la publicación de ensayos, artículos, poesías y conferencias en numerosas revistas y espacios culturales de Cuba.

Entre las revistas de gran calidad literaria que fundó y dirigió se distinguen: Verbum (1937), Espuela de Plata (1934-41), Nadie parecía (1942-44). Asimismo fundó y dirigió con José Rodríguez Feo, Orígenes (1944-56), la más importante revista de perfil cultural de la época.  En sus 40 números editados  publicaron escritores, poetas y artistas de la plástica, entre ellos: Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Virgilio Piñera, René Portocarrero, y Mariano Rodríguez.  También contó con colaboraciones  de Juan Ramón Jiménez, Aimé Césaire, Paul Eluard, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Alfonso Reyes y otros intelectuales.

Acerca de la importancia de la revista Alejo Carpentier escribió: Es indudable que la generación nacida de Orígenes ha dado con una manera de ver y de sentir lo cubano que nos redime del abominable realismo folklórico y costumbrista visto hasta ahora como única solución para fijar lo nuestro“.

Lezama publicó las poesías: Muerte de Narciso (1937, su primer libro de poemas con repercusión), Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La tijera (1949), Dador (1960) y otras. En 1970 fue editada, Poesías completas  y dos años después, 1972, obtuvo el Premio Maldoror de Poesía. En 1977, póstumamente, fue publicado Fragmento a su imán.  Según estudiosos, su poética tiene carácter hermético, por ser de cierta complejidad y mística.

De sus ensayos citamos: Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1938), Arístides Fernández (1950), Analecta del reloj (1953), La expresión americana (1957), Tratados en La Habana (1958), Las imágenes posibles (1970) y La cantidad hechizada (1970).

En tanto, recibieron elogios de la crítica sus novelas Paradiso (1966) y Oppiano Licario (1977). Paradiso, su única novela editada en vida,  alcanzó repercusión internacional y es la que  consagra a Lezama dentro de las letras hispanoamericanas.  En ella concurre su impronta poética, su estilo barroco, simbólico e iniciático, al decir de analistas de esta obra. Octavio Paz, Premio Nobel, en carta fechada el 3 de abril de 1967 a Lezama, expresó:

Querido amigo:

Gracias por el envío de Paradisso [sic] y de Órbita. Gracias también por las generosas palabras que lo acompañan. Leo Paradisso poco a poco, con creciente asombro y deslumbramiento. Un edificio verbal de riqueza increíble; mejor dicho, no un edificio sino un mundo de arquitecturas en continua metamorfosis y, también, un mundo de signos ―rumores que se configuran en significaciones, archipiélagos del sentido que se hace y deshace― el mundo lento del vértigo que gira en torno a ese punto intocable que está ante la creación y la destrucción del lenguaje, ese punto que es el corazón, el núcleo del idioma. Además, es la comprobación de lo que algunos adivinamos al conocer por primera vez su poesía y su crítica. Una obra en la que Ud. cumple la promesa que le hicieron al español de América  Sor Juana Lugones y unos cuantos más.
Su amigo fraternal,

Octavio Paz

También Julio Cortázar  ofreció su opinión: En sus instantes más altos Paradiso es una ceremonia, algo que preexiste a toda lectura con fines y modos literarios; tiene esa acuciosa presencia típica de lo que fue la visión primordial de los eléatas, amalgama de lo que más tarde se llamó poema y filosofía, desnuda confrontación del hombre con un cielo de zarpas de estrellas. Una obra así no se lee; se la consulta, se avanza por ella línea a línea, jugo a jugo, en una participación intelectual y sensible tan tensa y vehemente como la que desde esas líneas y esos jugos nos busca y nos revela.

Desde 1957, Lezama y Cortázar mantenían correspondencia e intercambiaban críticas y trabajos literarios.  Pero la gran amistad de ambos se inició a partir de 1963, cuando el escritor argentino fue invitado por Casa de las Américas a participar en un concurso como jurado en la categoría de novela.  Años después, Cortázar devino en difusor de la obra lezamiana, a partir de la  publicación de su ensayo Para llegar a Lezama Lima.  Mientras que Lezama hizo el prólogo a Rayuela, la maravillosa novela de Cortázar editada en Cuba.

Una  hojeada breve sobre la biografía, de este célebre intelectual cubano revela  lo más interesante de su vida y trayectoria literaria, como se podrá apreciar a continuación: José María Andrés Fernando Lezama Lima nació en La Habana el 19 de diciembre de 1910 y en La Habana murió el 9 de agosto de 1976.  En la universidad de esta capital estudió Derecho, y   participó en septiembre de 1930 en las protestas estudiantiles  contra la dictadura de Gerardo Machado, que motivó la clausura del alto centro de estudios.

En 1919 murió el padre.  Y, sobre el significado concedido al progenitor escribió: Tenía mi padre al morir treinta y tres años. Él estaba en el centro de mi vida y su muerte me dio el sentido de lo que yo más tarde llamaría el latido de la ausencia. El sitio que mi padre ocupaba en la mesa quedó vacío, pero como en los mitos pitagóricos, acudía siempre a conversar con nosotros a la hora de la comida […] Mi madre guardó siempre el culto del coronel Lezama: una tarde, cuando jugábamos con ella a los yaquis, advertimos, en el círculo que iban formando las piezas, una figura que se parecía al rostro de nuestro padre. Lloramos todos, pero aquella imagen patriarcal nos dio una unidad suprema e instaló en Mamá la idea de que mi destino era contar la historia de la familia.

Tras el fallecimiento del padre, empeoró la situación económica de la familia, lo que obligó  en 1929 el traslado de la vivienda de la abuela, en Paseo del Prado No. 9, para otra casa más pequeña y a pocas cuadras de distancia, en la calle Trocadora 162, donde residió Lezama por el resto de su vida.

Retomó los estudios universitarios  y se graduó en Leyes, 1937; ejerció la profesión en un bufete y después, desde 1941 trabajó en las oficinas del Consejo Superior de Defensa Social en el Castillo del Príncipe.  Su quehacer literario siguió intenso  en el período que va desde 1937 a 1959, años en que publicó poemarios, ensayos, dirigió Orígenes y ocupó un cargo en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, 1949.

También efectúo dos viajes al exterior, uno a México en 1949 y otro a Jamaica en 1950.  Además en ese período publicó capítulos de Paradiso, cuya escritura le tomó 17 años. En enero de 1957 brindó conferencias en el Instituto Nacional de Cultura, recogidas más tarde en el libro: La expresión americana, calificada importante obra de ensayo. Asimismo, publicó Tratados en La Habana, donde aparecen artículos y ensayos  suyos, escritos entre 1937 y 1957.

Al triunfo de la Revolución,  Lezama dirigió el Departamento de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura. También fue investigador y asesor técnico-literario del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias, y uno de los vicepresidentes de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba  e integró en 1961 el jurado del Premio Casa de las Américas, en la categoría de poesía, y volvió a participar en las ediciones de 1965 y 1967.

Muere la madre el 12 de septiembre de 1964.  Lezama se deprime: Yo empecé a envejecer el día que murió mi madre. Y busca refugio en la entrega con frenesí a la escritura.  El 5 de diciembre de ese mismo año se casó con su secretaría, María Luisa Bautista, y meses después  publica Antología de la poesía cubana en tres volúmenes.

En 1966 apareció publicado Paradiso y ese año participa como delegado en el Congreso Cultural de La Habana, donde lee su ponencia “Sobre la poesía”. En tanto, La Biblioteca Nacional José Martí le ofrece un homenaje como parte del ciclo Vida y obra de poetas cubanos. Y en 1969, comenzó a trabajar como asesor literario de la Casa de las Américas.

A pesar de su prolífera producción literaria, no gozó de gran resonancia  pública, ni antes ni en la Revolución, por causa de su singularidad y de una precaria salud que colaboraba con el aislamiento, de acuerdo con la crítica de la época.

Entonces, obeso, asmático y sin dejar de fumar tabaco, uno tras otro, a partir de 1971 prefirió quedarse en el hogar para gustoso y  por entero ofrecerle a la escritura  los últimos años de vida. De su pluma es el siguiente verso envuelto en exquisita sensibilidad:

Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda.  Enseña una de tus alas, lee: reálzate, cúmplete, se anterior a la muerte

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