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FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 37 / Lengua: el idioma y la sinhueso

Junto con el conocimiento de los temas sobre los cuales debe informar, el primer cometido —sustantivo que no es sinónimo de la forma verbal acometido— de un profesional de la información es dominar su instrumento de trabajo, el lenguaje. Poner esa verdad en duda equivale a suponer que se puede ser un buen carpintero sin manejar bien el serrucho, el martillo y la garlopa. Recordar que cometido y acometido no son la misma cosa parecía tan innecesario  como explicar que, aunque haya nexos entre ellos, los verbos irrumpir, interrumpir y romper no son equivalentes, y ambas confusiones han chirriado en espacios informativos de amplia audiencia.

Las palabras aportan caminos, y vericuetos, y es necesario saber andar por unos y por otros. Cuando era niño, el columnista se asustó porque un análisis clínico que le habían hecho había dado negativo. Pero se tranquilizó al saber que negativo equivalía a una respuesta, un No: negaba la existencia del mal que se buscaba con el examen. ¡Estaba sano! Si la respuesta hubiera representado un , estaría infectado.

Hoy le asaltan más dudas. A quien se le examina en busca de un virus, ¿no solo es la prueba lo negativo o positivo, sino que la persona misma es negativa, si está sana, y positiva, si está infectada? Y casi se habla más de test —palabra inglesa— que de examen, análisis o prueba, salta el verbazo testear y se tropieza con el plural tests, de difícil pronunciación para hispanohablantes, por lo que se ha asumido obviarlo o españolizarlo, testes, todo ello evitable con los no escasos vocablos del español.

Sin asociarla con enfermedad alguna, la duda mencionada recuerda un hecho: de calificar la relación sexual como hetero- u homo-, según se dé entre personas de sexos diferentes, la primera, o del mismo sexo, la segunda, esos términos pasaron a aplicárseles a quienes protagonizan la relación. Y esa manera de calificar, y clasificar, se ha impuesto de tal modo que es riesgoso decir que el homo sapiens es también homo sexualis. Para la primera expresión el uso mantuvo homo con significado de hombre como sinónimo de ser humano, y, tratándose de sexo, homo quedó para igual.

Dejando a un lado las implicaciones de la sinonimia hombre = ser humano —que ya se han tratado en la columna, y podrían volver a tratarse—, apúntese que el peso del sexo en la vida se expresa también en el lenguaje. Dos ejemplos: si no se especifica otra cosa, el acto y violación remiten a la esfera sexual.

A pesar de todo cuanto se avanza en la reversión de la injusta homofobia, no es prudente decir que una organización integrada solo por mujeres, o una tropa de combatientes todos varones, son homosexuales, aunque la etimología autorice a hacerlo, dado que una y otra las integran personas del mismo sexo. Mientras tanto, si se habla de pesquisas en días de pandemia, se disfruta el rótulo de persona negativa. ¡Qué cosa!

Para pasar a otros terrenos, lectores y lectoras que siguen “Fiel del lenguaje” insisten en que aborde el mal uso de favoritismo, aunque se ha tratado en más de una ocasión, y lo han hecho otros autores, casi a gritos ya. Particularmente en la prensa deportiva prolifera la conversión de ventaja —fruto del esfuerzo y la preparación de quien la tiene— en favoritismo, que denota privilegio.

Fuera de las cortes y de otros ambientes marcados por inmoralidades, la condición de favorito no implica favoritismo. Si equipos de atletas o competidores individuales llegan en mejores condiciones a la lid, y ganan, lo consiguen por esa ventaja, no porque hayan gozado de favoritismo. Esto último sucede cuando, digamos, se gana con el apoyo de árbitros que vulneran la ética deportiva, y la general.

Por cierto, cuando en la pelota un lanzador baja su número de carreras limpias permitidas, no reduce su efectividad, sino que la aumenta. El desatino que el columnista se empeña en creer que no ha oído le recuerda lo de la provincia que se ganó ser sede de un importante acto nacional por “haber logrado cuatro niños muertos de cada mil nacidos vivos”, no por haber reducido su índice de mortalidad infantil y reforzado la eficacia de su trabajo aplicando acertadamente el sistema de salud del país.

En diversos medios, incluyendo ámbitos académicos, se dan otras imprecisiones, y algunas parecen venir de cierta jerga científica mal importada. Quizás sobre todo en el área sociológica, ha habido profesionales para quienes los científicos y las científicas son cientistas, como si se tratara de una clasificación diferente, pero no es otra cosa que una traducción errática del término inglés scientist, equivalente a científicos y científicas. El español propicia, más que el inglés, diferenciar los géneros, por lo que el primero de esos idiomas será patriarcal, pero no tanto como el segundo.

Creer necesario una palabra diferente de científico o científica para quien se desempeña en las ciencias sociales, habla más bien de menosprecio hacia estas, aunque sea de manera involuntaria, y por parte incluso de profesionales de esa esfera. Una ciencia no hace ni más ni menos científico (o científica) a quien la cultiva. Eso depende de sus conocimientos, su preparación y su desempeño, y en ello es determinante la calidad, que incluye conocer el idioma utilizado, sobre todo el propio.

Hoy “Fiel del lenguaje” vuelve sobre la crisis del uso de las preposiciones, vista en un caso que parece vincularse con textos producidos dentro de las ciencias sociales. La contracción al une la preposición a y el artículo el, y expresiones como “al interior del país” parecen fruto de un galicismo, pues la preposición francesa a equivale a la española en. Otras veces expresiones como esa hacen pensar en “hacia el interior”. Pero lo deseable es hablar con precisión, no generar inseguridad.

Entre las influencias no apetecibles de otras lenguas se halla la propensión a desplazar los saludos propios del español, idioma en que es natural la generosidad por la que se desea a otra persona, o a otras, buenos días, buenas tardes, buenas noches. Pero a menudo esos saludos se sustituyen por sus respectivos singulares, calcos de good morning, good afternoon y goog evening, como se dice en inglés, idioma afín al pragmatismo y cuya expansión no obedece precisamente a razones lingüísticas.

Esa tacañería se está poniendo de moda, sin necesidad ni razón, en la cotidianidad y en medios informativos. También se oye buena jornada, calco del bonne journée francés y de su forma abreviada bonjour, así como buen apetito, traducción de bon appétit, que —igualmente del francés— equivale al buen provecho del español. Cada lengua tiene sus voces. En español, a las gracias se responde con “Por nada”, y en inglés con “Welcome”. ¿Tendremos que prepararnos para oír “Bienvenido” en lugar de “Por nada”? Embullo y colonización cultural suelen machihembrarse gustosamente, sobre todo si los santigua la ignorancia.

Las traducciones literales pueden ser indeseables cuando se aplican mal, pero no son forzosamente desacertadas. El título del documental Immigration Nation ¿no sería más acertado traducirlo —en vez de como País de inmigración, o de inmigrantes— como Nación de inmigración? Esta forma conserva la consonancia, que no parece fortuita, del original, y casa con el pensamiento dominante en una potencia que se autoproclama como una gran nación, al tiempo que nation elude la polisemia de country como sinónimo de país y de campo, entre sus significados básicos.

El presente artículo comenzó recordando la responsabilidad de los profesionales de la información con el lenguaje, y terminará glosando lo que un lector agudo le comentó al columnista sobre la responsabilidad que tienen además con el uso de la lengua, no el sinónimo de idioma, sino el órgano muscular que se encuentra en la boca y no por gusto la sabiduría popular llama “la sinhueso”.

Presentadores, moderadores y entrevistadores no deben permitirse dejar a presentados, moderados y entrevistados sin nada o casi nada que decir. El mayor acierto de los primeros radica en saber a quiénes seleccionan para la tarea, o cómo tratarlos si los escogieron otros, y propiciar que se expresen con la mayor soltura posible, para que, en vez de quedar como convidados de piedra, beneficien al público con sus conocimientos.

Es más que desagradable el comportamiento de todólogos y todólogas que les “roban el show” a meteorólogos, astrónomos, neurólogos, genetistas, semióticos, ministros (terrenales o ultramontanos), estadistas, sabios en nanociencia, prestidigitadores, físicos nucleares, espiritistas, estetas, politólogos, diplomáticos, alquimistas…

¿Qué decir si con igual sonrisa de satisfacción y éxito, como anunciando dentífricos, hablan de un tsunami arrasador o del nacimiento de un niño, de un espectáculo artístico o de un velorio, del hallazgo de una especie floral o de las características de un coronavirus por venir, del cultivo del jenjibre o de la conquista del cosmos…? No parece que al lector aludido le falten razones para sentir desasosiego.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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