LOS ESTUDIANTES CUENTAN

COVID-19: Contar la batalla desde la Zona Roja

Durante dos semanas, el pasado julio, Andy Jorge Blanco le miró la cara a la batalla contra la COVID-19 desde adentro. El estudiante de quinto año de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana laboró como voluntario en la sala “Mella” de La Covadonga, instalación médica habilitada para la atención a casos sospechosos del nuevo coronavirus.

Entre las duras faenas de labores y las horas dedicadas a pulir su tesis de diplomas Andy, en un pase de magia, buscó tiempo para relatar en Cubadebate lo acontecido en la “Mella”. Aquí compilamos las últimas cuatro entregas de su “Diario desde La Covadonda”.

Por Andy Jorge Blanco

XI De nombres y números

Cuando cae la tarde en la sala “Mella” del hospital “Salvador Allende” impera un silencio rotundo, interrumpido a veces con el eco de alguna voz en el pasillo central. Afuera, La Habana se mueve, ruidosa, mientras aquí el tiempo pasa lento y solo se escucha el cantar de los pajarillos o el llamado de un paciente a las enfermeras o doctores. Hay siete casos sospechosos. Altas e ingresos ha sido la rutina de los últimos once días.

Laura es una de las “seños” en este pabellón que asocia con una destreza envidiable el número de la cama con el nombre de los pacientes. Patricia, cama 8. José, cama 9. Rita y yo apenas los identificamos por el rostro. A fin de cuentas, cualquiera puede ser un dígito mañana, pero la imagen o los ojos jamás podrán enumerarse. Las cifras son frías, no me gustan. La identidad, en cambio, refleja la calidez de la gente.

Atardecer en el hospital Salvador Allende, donde se atienden casos sospechosos y positivos a la COVID-19. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

José, por ejemplo, es un deambulante simpatiquísimo, cuyo PCR –invocado sea– ha resultado negativo. Siempre sonríe, cual viejuco bonachón, cuando le doy más de un pan o un vaso de jugo. “La figura”, le digo. Anoche lo sorprendí preguntándole a su compañero de cuarto si no iba a comerse la merienda. Le encanta la leche y dice que el chocolate incluido en el lácteo es del “paquetico de tres pesos”. En paralelo, la paciente de la cama 8 no la toma con azúcar y se las arregla para llevar, todo el día, el rostro constreñido.  

Hay otro que dice, en una suerte de pantomima improvisada, que el del lado quería fugarse porque añora sus cigarros. Hoy los dos recibieron el alta, junto a la enfermera de la cama 11, quien nos contó esta mañana: “Vi un pajarito blanco aleteando en el baño y dije ‘mejor me ducho porque eso es señal de que me voy’”.

En las mañanas se recoge la basura de las salas del hospital. Foto: Andy Jorge Blanco/Cubadebate.

En la tarde pasa Mylene, la directora del hospital. Siempre que viene llora. Ahora lo ha hecho cuando nos dice que La Covadonga logró estabilizar dos casos graves con la COVID-19; pide que nos cuidemos. En eso llama un familiar al teléfono de la sala. El doctor César le afirma que está bien y ya va para la casa en cuanto llegue el taxi. Mientras marcha el paciente de alta lo aconseja “a seguirse cuidando”, y le levanta el pulgar.

XII Ganar la contienda

Tras una nueva jornada de limpieza y con el verde del traje marcado por el sudor, Alejandro balbucea, en ruso, su clásico “ya terminé”. Rita y yo fregamos cuando él y Camila vienen hambrientos en busca de la merienda matutina y agua fría.

En el portal nos quejamos de un olor extraño, y cada uno revisa la suela de su zapato para verificar que nadie ha pisado ninguna sustancia viscosa. Entre risas nos acusamos mutuamente, si bien coincidimos en que la peste no viene del baño –principal sospechoso–, y es que en esta sala es una perogrullada que Camila, “el ruso” y Adrián Alejandro dejan tazas y duchas impecablemente blancas. ¡Mierda, no se sabe de dónde viene el tufo! Conclusión: flatulencia de proceder desconocido.

Con el almuerzo, Alejandro “el ruso” recuerda las incontables colas que protagonizó en su familia antes de entrar al voluntariado: para el pollo, para el pan, para el detergente, para el jabón, para el arroz de la bodega… “Ahora le toca a mi hermano”, dice y se le escapa una risita burlesca. Sabe, quizás, que es la misma batalla, solo han cambiado los roles.

Alejandro “el ruso” es uno de los 10 voluntarios de la Universidad de La Habana. Foto: Andy Jorge Blanco.

–Chama, la merienda –anuncian Luis y Yan Michel, dos de los 15 voluntarios del INDER que reparten la comida por todas las salas del hospital. Otros 45 representan a los CDR en zona roja, terapia, cuerpo de guardia, lavandería, farmacia, mientras 10 de la Universidad de La Habana permanecemos en zona amarilla. Apenas nos separan dos parques de donde ingresan los casos positivos a la COVID-19.

“Nosotros somos las salas de tránsito, los confirmados con la enfermedad aquí van para zona roja”, comenta Zuneya y recuerda cuando atendió casos positivos en la sala “Camilo”. Habla de las muertes diarias en el momento del pico. Lloró mucho, donde nadie la descubriera. Llora ahora, mientras rememora los días más críticos de la pandemia y añade en un sollozo que extraña a sus tres nietos, razón invocada para tener como meta no enfermarse.

Mamá gallina –como le decimos– tiene 51 años y de ellos 30 los ha dedicado a la Enfermería. Señala que Cuba se ha unido, a pesar de las carencias, que ha rotado por tercera ocasión porque se siente útil, aunque arriesgue su vida.

“Los pacientes me dicen que soy una ‘seño’ que les da aliento y confianza, porque hay veces en las cuales existe maltrato en centros hospitalarios; entonces ese agradecimiento me hace muy feliz”, afirma y vuelve a escapársele una lágrima desde los vericuetos del sentimiento.

No es cuento: a Zuneya la hemos visto, pese a sus patologías crónicas, trabajar hasta el cansancio. La verdad es que no hay medalla que le quepa en el pecho.

Parte de los voluntarios del INDER colaboran en la repartición de la comida a las salas del hospital. Foto: Luis Mariano Planas

En la noche llueve y relampaguea. “Zeus, por favor, déjame dormir”, escribe Gabriela en un estado de WhatsApp. El viento no ha dejado de mover, desesperadamente, las pencas de las palmas. Invariable permanece el petricor de la lluvia a la 1:47 am. Una hora antes, la ambulancia trasladó al último de los pacientes de la sala “Mella”, tras el PCR negativo.

A las 3:50 am llega otro ingreso. Ningún caso positivo. Tal vez estamos ganando la contienda.

XIII Dar, y nada más

“Estar tres días fuera de mi casa es como estar igual número de años”, afirma Jorgito sin titubeos. Mientras el hogar representa su templo, La Covadonga –ahora mismo– constituye centro de trabajo y estudio.

Así lo dice y no miente: durante estas dos semanas, entre visitas a pacientes sospechosos e historias clínicas, lo he visto faja’o con libracos de Pediatría, Medicina Interna, Anatomía. Da los buenos días aunque no lo sean. Amanecer en un hospital nunca es feliz.

Pupo prepara los nuevos egresos. La mamá de Camila le dice en videollamada que la coneja parió y gozan de las fotos. Rita y yo seguimos el ajetreo en el pantry, cuya entrada la custodia una gata fiel y desinteresada. Allí permanece casi todo el día. El sexteto de los felinos restantes solo vuelve cuando huele comida.

Uno de los negros, por cierto, casi infarta anoche cuando lo descubrimos llevándose a hurtadillas un hueso de pollo de los desechos. En el fondo, no hemos querido verlos despavoridos mientras le echamos agua. Tal vez es por consideración a la noble minina blanca y negra, que no hace más que lamerse las patas y cuidar el pantry. Nunca la vimos en mojigaterías, si bien no nos confiamos, por si los gatos.

Personal médico y voluntarios universitarios que han apoyado en la lucha contra la COVID-19 en el hospital Salvador Allende.

Jorgito la acaricia, mientras Pupo diserta sobre los piyamas verdes. “Ninguno me llega al tobillo ni me cubre la barriga”, lamenta como si se burlara de él mismo. La doctora Lissette suelta una carcajada contagiosa y provoca más risa oírla que cualquier chiste. Desde la cocina, Rita pregunta: “¿De qué se ríen?”.
Hace unos días me dijo, cuando reposábamos el almuerzo, que las situaciones extremas han reforzado su manera de ver la vida: “Ayudar, echar una mano”. Nada de cruzar los brazos. Nada de egoísmos.

Ahorita –imposible olvidarlo– Pupo acotó: “Un médico debe tomar los problemas de los pacientes como si fueran de uno”.

–Dar –repite Rita una vez más–. Siempre dar. Solo eso.

XIV Resiliencia

Vuelvo a lo mismo: los domingos tienen un halo de tristeza. Quedaba un solo paciente en la sala “Mella” cuando sonó el teléfono después de la medianoche. “El señor de la cama 12 resultó positivo”, nos afirmó el doctor César y a Camila se le encharcaron los ojos. Escribí una palabrota en el chat con mi madre, mientras los médicos y enfermeras pidieron calma y recordaron que nos hemos cuidado. “Todo estará bien” ha sido un mantra durante estos catorce días de batalla sostenida.

–Socio, lava bien el vaso, que di positivo –me dijo mientras se dirigía al baño. Tiene 35 años, mediana estatura, y llegó al hospital “Salvador Allende” en la tarde del sábado como contacto directo de un caso confirmado con la COVID-19. Ingresó con tos y dolor de cabeza. Aquí no hay más opciones: la esperanza de volver a casa o la odisea de que una ambulancia te traslade hacia la zona roja de La Covadonga. Lo otro es que uno no tiene derecho a elegir. Una prueba lo define todo.

En la tarde, él me había pedido que le cargara el celular. César refutó con que no pueden tocarse las pertenencias de los pacientes. El hombre llevaba los ojos mustios.

Mientras la camilla lo trasladaba hacia la ambulancia, Pupo le dijo, con toda la bondad del mundo: “Que te mejores, amigo mío”. Se puso los guantes y cerró la habitación de la cama 12. De los 39 casos sospechosos que hemos tenido en la sala “Mella” solo uno, el último día, fue confirmado con la enfermedad. Mañana lo dirán en televisión nacional. Ya hay otra familia preocupada.

Antes de comenzar la limpieza de los baños para entregar la sala, Adrián Alejandro, el coordinador, había comentado: “Aquí he comprendido, aun más, la importancia de la vida. Hay que intentar ser resilientes”.

La doctora Mylene Vázquez, directora del hospital. Foto: Andy Jorge Blanco.

Hoy amaneció nublado. Es lunes, como el día que entramos a La Covadonga, y he vuelto a ver a todos vestidos de civil. Mylene Vázquez, la directora del hospital, viene a despedirnos, a dar –con visceral modestia– las gracias. Habla de la brigada “Henry Reeve” en Lombardía. Llora. Recuerda el inicio de la pandemia en el centro que dirige, cuando trabajaban 350 personas y hubo que proporcionarles comida, ropa, aseo, medios de protección. Todo sobre la marcha.

De pronto, señala el parque de las grandes alamedas, por donde pasaremos ahorita, aplaudiendo, cuando salgamos a cumplir la cuarentena. Menciona a Allende y a Pablo Milanés: “un niño jugará en una alameda y cantará con sus amigos nuevos”.

Mientras hablamos de la estructura del hospital, le pregunto por los casos activos con la enfermedad en la zona roja. “Tenemos once y las terapias están vacías”, afirma. Uno de ellos es el nuestro, el de la cama 12. En estas dos semanas hemos visto pacientes entrar y salir del hospital, sin embargo, este lunes ha sido distinto. Ahora somos nosotros quienes nos vamos. Otros siguen la batalla. “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo”, escribió John Donne.

En La Covadonga llegan nuevos casos sospechosos. Mylene levanta el brazo y dice adiós. Hay mucha gente que lleva la resiliencia bordada en batas blancas.

Última noche del voluntariado en el hospital Salvador Allende, de La Habana. Foto: Andy Jorge Blanco.

 

(Tomado de Cubadebate)

 

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