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Atajos de la memoria colectiva

Por Rodolfo Romero

Yo no había nacido cuando los personajes Zunzún, Doña Lechu y Compay Grillo vieron la luz por primera vez bajo la guía de Anisia Miranda. Eso sí, desde pequeño pasaban por mis manos varios de aquellos ejemplares en los que descubría las historias de Cucho, Yari o Yeyín, personajes que luego sabría habían nacido de la mente imaginativa de Virgilio Martínez, Roberto Alfonso y Ernesto Padrón, respectivamente.

Desde mi inocente punto de vista, la revista Zunzún era una publicación eminentemente martiana porque se escribía para los niños de Cuba, y para las niñas también. En sus páginas el inolvidable Juan Padrón dio rienda suelta a Palmiche para que cabalgara en más de cien historietas con su invencible Coronel Valdés. En ella pude ver como aquel gato verde de Jorge Oliver se inmortalizaba para siempre en mi memoria como el Capitán Plin.

Foto: Beatriz ALbert Pino/ Cubadebate.

Unos años después, ya sin que mediaran mis padres, llegó a mis manos el primer ejemplar de la revista Pionero. Honestamente pensé que se trataba de una revista nueva. Pasaría el tiempo para que pudiera percatarme de que esta publicación seriada —que pronto cumplirá 60 años— había sido adolescente desde su fundación en 1961. Bastaba hojear sus primeras ediciones, o revisar las que mi generación vio renacer en plena Batalla de Ideas, para comprobar que refleja los debates y problemas de su tiempo.

La publicación ha constituido —como también lo ha hecho Zunzún— un puente directo entre la organización de Pioneros José Martí y sus colectivos pioneriles. Desde sus historietas, espacios culturales y deportivos ha cronicado la larga historia de luchas que iniciara Paquito González Cueto, ha preparado a los pequeños exploradores para la vida en campaña y ha sido testigo fiel de cada uno de los congresos pioneriles.

Foto: Beatriz ALbert Pino/ Cubadebate.

Estudiaba en el pre, cuando descubrí Somos Jóvenes. En ese entonces desconocía que había nacido en 1977 o que la publicación de un reportaje le valió un espacio permanente en la memoria del gremio periodístico cubano. Los tiempos en que «El caso Sandra» lograba el rigor de ese tan necesario periodismo de investigación, bajo la sabia visión de un grande de esta profesión, el tan querido Guillermo Cabrera Álvarez, me quedaban muy lejos. Eso sí, la reconocía, entre otras secciones, por El Diablo Ilustrado, ese que acompañó mes tras mes la lectura de adolescentes soñadores que en todo el país devoraban sus crónicas enigmáticamente escritas y transgresoramente ilustradas.

Si bien cada enseñanza escolar me había reservado sorpresas editoriales, mi primer año en la universidad guardaría otros tres grandes descubrimientos. El primero fue la revista casi centenaria, fundada por Julio Antonio Mella, nacida al calor de las luchas universitarias, vocera desafiante contra las dictaduras que en el pasado torturaron al pueblo de Cuba y que reconocería con un nombre bien familiar: Alma Mater. La revista joven más antigua de Cuba, la voz de los universitarios cubanos.

Esa fiel defensora del credo estudiantil que se esfuerza en sudar la tinta, que es compañera y a la vez crítica, que puede ser cascabel sin dejar de ser látigo, que trae en sus páginas ciencia, cultura y deporte, que denuncia paisajes con líos, que ha sido trinchera de ilustradores, fotógrafos, diseñadores y periodistas, y que hoy acoge a sus lectores como verdaderos amigos del alma.

El segundo descubrimiento olía a papel bohemio; ojo, no quise decir bohemia. Me refiero a ese papel en el que se depositan sueños, en el que susurran trovadores, en el que los cuentos y las poesías dan vida a un mundo mágico y a la vez terrenal. Son líneas que se leen, que se comparten, y ante las que no puedes quedarte indiferente. Es la revista cultural de la juventud cubana. En ella escriben, dibujan, diseñan, dejan flashazos y parte de sí personas intensas, libres, comprometidas. Por eso, su ícono es el de un caimán, pero no uno cualquiera, sino El caimán barbudo; reptil con barbas que resignifica a un país entero, que simbolizan abrazo y crecimiento de varias generaciones de cubanos.

La tercera de aquellas sorpresas se ha vuelto viral en estos meses de lucha contra la COVID-19. Alguien me dijo que en sus páginas se reflejaban los avances de la ciencia y la tecnología; por suerte, con el tiempo, logré ponerle rostro y sazón a aquella frase un tanto abstracta. ¿Qué significaba hacer periodismo científico desde 1965? Conociendo a sus magníficos hacedores, he comprobado que no basta con leer temas tan distantes de las ciencias sociales o entender cosas de física, química, matemática o biología.

Es necesario también pasar madrugadas investigando, rastrear a aquella persona en el mundo que puede explicar mejor que nadie lo que es una lluvia de estrellas, adentrarse en las profundidades del cambio climático o la contaminación ambiental y estudiar enfermedades y pandemias para ofrecer esa información que muchos necesitamos y que por desconocimiento —o por la falta de papel que impide se imprima desde hace ya casi dos años— no sabemos que está allí, en las páginas de Juventud Técnica.

Pero la mayor de las sorpresas vino después cuando en segundo año de la carrera visité por primera vez la sede de la Editora Abril y descubrí que desde 1980 era la casa de estas seis publicaciones con la que habíamos crecido miles de cubanos. La editorial no solo representaba un hogar para aquellas revistas, sino para libros diversos y espectaculares.

¿Conocen los libros de Chamaquili, de Alexis Díaz-Pimienta? ¿O el volumen concebido por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso dedicado a las técnicas narrativas El desafío de la ficción? ¿Han participado en presentaciones recientes del tan querido Ciro Bianchi? ¿Leyeron los trabajos periodísticos de Enrique Ubieta sobre los médicos cubanos que lucharon contra el Ébola? ¿Han comprado en las ferias del libro los vampiros de Juan Padrón? ¿Conocen la antología de cuentos del escritor colombiano Alberto Salcedo? ¿Lograron alcanzar algún ejemplar de Con dos que se quieran? ¿Se habían percatado de que todos esos libros pertenecen al catálogo de la Casa Editora Abril?

Ubicada frente al Capitolio habanero, su librería siempre está llena de visitantes. Su stand en la Feria del Libro es de los más visitados por los más pequeños de casa. Cualquiera de nosotros guarda varios ejemplares de su catálogo editorial. Sin embargo, ¿sabías que exactamente un día como hoy la Casa Editora Abril celebra su cumpleaños?

La editora de la Unión de Jóvenes Comunistas ha sido durante cuatro décadas testimonio fiel de las experiencias de toda una nación. Al nacer en los años 80 vivió los finales de la década en que malintencionados teóricos vaticinaron el fin de la historia, sufrió los embates del período especial cuando la crisis de papel casi la obliga a desaparecer, renació con nuevos bríos durante la Batalla de Ideas y en lo que lleva de siglo XXI acompaña a la juventud cubana en la defensa de sus conquistas y en la lucha por construir un socialismo más próspero y más sostenible.

Por eso, en tiempos de lucha contra la COVID-19, de protagonismo y entrega solidaria de los jóvenes cubanos, en momentos de pensarnos como país y actuar en consecuencia, de ser la continuidad de la historia que ha vivido esta nación caribeña, me permito citar uno de los versos del cantautor cubano Amaury Pérez, para decirte, exactamente el día que esta institución celebra sus 40 años: ¡Acuérdate de Abril!

(Tomado de Juventud Rebelde. Foto de portada: Foto: Beatriz Albert Pino/ Cubadebate)

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