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Mujeres patrimoniales del Camagüey

Camagüey celebra estos primeros días de febrero su cumpleaños de fundada y su semana de cultura de rica historia engrandecida también por las mujeres que dieron aliento y combatieron  por la emancipación humana desde los tiempos fundacionales de la nación.

Trascender para las mujeres, desde las épocas más remotas, siempre fue equivalente a pasar por encima de los innumerables obstáculos que la sociedad  coloca antes las hembras de esta especie desde el mismo momento en que nacen las niñas.

Para que una mujer trascienda en cualquier ámbito tiene que ser escandalosamente destacada, mucho más que un hombre para ser reconocida, aunque como casi todo el mundo dice sin recato, detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, lo cual no exime a esa gran mujer de permanecer a la sombra de la grandeza masculina.

Como así se ha comportado la historia de la humanidad, generalmente las mujeres que han logrado trascender suelen conseguirlo a partir de ser el apoyo, la ayuda, el sostén de revolucionarios, guerreros, relevantes descubridores o pensadores de los cuales se reverencian sus huellas, sus aportes, sus legados, mientras en alguna parte de tales homilías y ditirambos se menciona escuetamente alguna colaboración femenina.

A pesar de esas condicionantes generales en el Camagüey, a más de quinientos kilómetros de la capital, una de las villas fundacionales de Cuba durante el Siglo XIX, hubo una pléyade de mujeres que se hicieron de un sitio en la historia por sí mismas y su valía fue reconocida por los mejores hombres de su época, quienes en varios casos contribuyeron a su formación y las eligieron como compañeras por los méritos de inteligencia y valor. Entre ellos surgieron amores paradigmáticos como los de Amalia Simoni e Ignacio Agramonte y Ana Betancourt e Ignacio Mora.

Amalia Simoni.

Camagüey  fue también el sitio de nacimiento y formación de la trascendental Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien por su talento literario y su arrojo figura entre los más grandes escritores hispanoamericanos y va a ser para las camagüeyanas un punto de referencia para el homenaje, aunque a diferencia de otras no fue de las mujeres lugareñas que alcanzó el relumbre de la insurgencia contra España.

Es a partir del Álbum poético fotográfico de escritoras y poetisas cubanas, escrito por Domitila García de Coronado en 1868, y dedicado a Gertrudis Gómez de Avellaneda, que tenemos noticias sorprendentes de la cantidad de camagüeyanas que intentan trascender las limitaciones impuestas y expresarse públicamente, porque uno de los problemas para la trascendencia femenina es el silencio que comenzó a ser esquivado mediante diarios y epístolas cuando se les permitió aprender a leer y escribir. Porque para trascender hay que tener la suerte de poder ser conocida y valorada.

Es muy interesante apreciar como las camagüeyanas de clase alta, de familias de abolengo, con la impronta de las ideas separatistas del yugo español comienzan a crecer como seres humanos más allá de las buenas costumbres hogareñas, de la educación refinada, la preparación para ser esposas y madres ejemplares. Y ese será un núcleo fundamental. Pero habrá otro núcleo y es el interés por la expresión artística.

Lamentablemente, por tratarse de mujeres no se ha estudiado con suficiente profundidad, esos atisbos de grandeza de los que quiero dejar constancia para estimular la búsqueda. Y se conocen menos las que no fueron esposas de grandes personajes, pero es muy significativo que desde el primer gesto insurgente contra España en 1851, cuando la primera expedición de Frasquito Agüero que fue ejecutado, las mujeres manifestaron su rebeldía cortándose los cabellos, que era entonces uno de sus signos distintivos.

Las dos guerras de independencia tuvieron en las camagüeyanas apoyo valioso, y es importante nombrarlas para conjurar esa muerte verdaderamente definitiva que es el olvido. Entre aquellos legendarios seres está por derecho propio Concha Agramonte Boza, quien participó en las dos contiendas y perdió cinco hijos en la lucha. Figura también Ana Josefa Perdomo, que fue la compañera de Joaquín de Agüero, otro mártir de la independencia antes de 1868. Gabriela de Varona Varona perdió a todos los hombres de su familia en la guerra de los Diez años, fue hecha prisionera, sufrió humillaciones y dolores y se reincorporó a la lucha en el 95. Caridad Agüero Betancourt, finalizada la contienda del 68, se fue al exilio y regresó en el 95 con armas que se utilizaron en el levantamiento de junio de ese año en las Guácimas de Montalbán.  Juana Arias, peleó en las batallas de Las Guácimas, La sacra, Palo Seco y Los melones y se ganó los grados de Coronel del Ejército Libertador, otorgados por el Generalísimo Gómez.

Otras fueron arriesgadas mensajeras, como Beatriz de Varona Guerra, conocida como La calandria. También Maria Aguilar Borrego teniendo tan solo 15 años fue una colaboradora excepcional en el 95. Antes habían sido asesinadas Mercedes y Juana Mora de la Pera en la manigua y Ana Josefa Agüero Varona fue ejecutada  por orden del Gobierno español en 1876.

Dentro del panteón de mujeres patrimoniales de Camagüey que trascendieron a favor de la gesta independentista está como figura cimera Ana Betancourt Agramonte de Mora, con una historia verdaderamente peculiar. Ana pertenecía a una de las familias acaudaladas del Camagüey y recibió la educación tradicional de las mujeres de su época. Pero en 1854, a los 22 años, se casó con Ignacio Mora de la Pera, quien a diferencia del común de los mortales se empeñó en cultivarla intelectualmente. El esposo se convirtió en su profesor y le enseñó idiomas, gramática, historia, porque evidentemente quería una compañera con quien compartir sus ideas de progreso y libertad. Ignacio Mora se hizo notable por sus actividades conspirativas y luego del Alzamiento de las clavellinas, donde inician la guerra del 1868 los camagüeyanos, Ana tuvo que salir de la ciudad porque era perseguida por sus ideas.

Ana Betancourt.

Cuando el 16 de abril de 1869 se constituye la República de Cuba en Armas, después de escuchar los debates de la asamblea constituyente, Ana improvisa un mitin y pronuncia una arenga histórica:

Ciudadanos: La mujer en el rincón oscuro y tranquilo del hogar espera paciente y resignada. Esta hora hermosa rompe su yugo y desata las alas.

Ciudadanos: Aquí todo era esclavo, la cuna, el color y el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir. Habéis destruido la esclavitud del color emancipando al siervo, llegó el momento de liberar a la mujer.

Gracias a Ana Betancourt la República de Cuba nacía con un elemento que ignoró por completo la Gran Revolución Francesa, el factor de la emancipación femenina, con el cual, al plantearlo Ana se adelantaba un siglo en el reclamo de los derechos de la mujer.

Cuentan que Carlos Manuel de Céspedes, el gran primogénito de la independencia cubana la abrazó diciéndole: El historiador cubano, al escribir sobre este día decisivo de nuestra vida política, dirá como usted, adelantándose a sus tiempos pidió la emancipación de la mujer.

Ana Betancourt Agramonte sufrió los avatares de su época. Perdió a su amado en la guerra, fue hecha prisionera, salió obligada al exilio, pero nunca abdicó de sus ideas y su casa de Madrid fue refugio de cubanos patriotas hasta el mismo día de su muerte el 7 de febrero de 1901, cuando preparaba su regreso a Cuba.

Amalia Simoni de Agramonte padeció igualmente los rigores de la lucha por la independencia cubana. Era una muchacha cultivada, que sabía idiomas y había viajado por Europa, cuando Ignacio se prendó de ella. Dulce de carácter, pero firme al punto que cuando su padre no aprobó el matrimonio  por considerar que Agramonte tenía menos fortuna, Amalia le expreso: No te daré, papá, el disgusto de casarme contra tu voluntad, pero si no es con Ignacio, con ninguno me casaré.

Es antológica la historia de aquellos amores con los que Amalia fue consecuente hasta su muerte, y muy significativo que sus dos hijos se gestaron en la manigua hasta que no tuvo otra alternativa que marchar al exilio. Pero antes protagonizó sucesos verdaderamente memorables. En una oportunidad fue hecha prisionera y el jefe español del entonces Puerto Príncipe le pidió que escribiera a Agramonte para que depusiera las armas. La respuesta de Amalia fue contundente: Primero me cortará usted la mano que le escriba yo a mi marido que sea traidor. Un gesto coherente con la mujer que siempre había dicho a su amado: Tú deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío.

En el exilio en Estados Unidos, cuida de sus dos hijos pequeños, pero desarrolla un fuerte activismo a favor de la independencia de Cuba. Cuando muere Agramonte el 11 de mayo de 1873, Amalia está en Mérida, México y enferma de gravedad por la pérdida de su adorado. Regresa a Puerto Príncipe al finalizar la Guerra de los Diez Años, pero al recomenzar la contienda en 1895 el Gobierno español  la obliga a emigrar. De regreso a Estados Unidos se empeña en colaborar con la lucha y hasta aprovecha su bella voz de soprano en funciones para recaudar fondos. Al terminar la guerra se opone a la intervención americana y a la Enmienda Platt. Cuando el gobierno cubano de la época quiere otorgarle una pensión se niega y responde: Mi esposo no peleó para dejarme una pensión,  sino por la libertad de Cuba.

¡Fáciles son los héroes con tales mujeres¡ expresó Martí con razón comentando las actitudes de las mujeres que no eran dulces damas inteligentes, sino criaturas de gran entereza y coraje  frente a las adversidades de la vida, que supieron continuar dignamente sus existencias y algunas como Aurelia del Castillo, no solo sobrevivieron con decoro sino que hicieron una obra cultural importante manteniendo la memoria de los tiempos gloriosos y difíciles que les tocaron vivir.

El 6 de mayo de 1870 Aurelia protagonizó un matrimonio escandaloso al casarse con el Comandante del Ejército español José Francisco González en momentos en que se libraba la guerra por la independencia de España. Sin embargo, el amor de Aurelia quedó justificado cuando su esposo protestó por el fusilamiento del patriota Antonio L. Luaces, a causa de cuya actitud fue deportado a España junto con su esposa.

Como tantas otras mujeres del Camagüey, Aurelia sufre el exilio. Regresa cuando termina la Guerra de los 10 años. Justo en 1895 queda viuda y ese primer  fascista, creador de campos de concentración que fue Valeriano Weyler la expulsó del país. Regresa en el 98 y expresa el impacto que la devastación deja en ella en un poema  de gran significación sentimental y patriótica.

Ruinas

Ruinas de mi hogar querido

¡ en que tristezas os contemplo¡

donde estáis estuvo el templo

de mi amor y mi ventura.

………………………………………..

Escombros de mi ventura

Que dais de la muerte el miedo

De mi patria sos remedo

¡Cuba es hoy inmensa ruina

Más divina

por fin despliegas al aire

la libre enseña de Baire¡

Aurelia despliega una intensa actividad periodística y literaria y sobre todo esta redunda en un interesante trabajo de solidaridad entre las mujeres escritoras, pues se empeña en escribir sobre la obra de sus contemporáneas. Ya desde 1878, en su artículo La mujer cubana, muestra interesantes ideas  contra las diferencias sociales y la esclavitud. Señala  entonces la diferencia entre amo y esclavo,  particularmente nefastas para la mujer. Porque son las peores condiciones para formar su sentido moral.

En otro artículo, Esperemos, de 1895, se refiere claramente a una realidad que no ha sido trascendida en nuestros días: La mujer siempre está entre las muchedumbres, nunca entre las altas dignidades. Cuando publica en 1915 La mujer camagüeyana propone un monumento que glorifique a la heroica, a la abnegada, a la patriótica mujer cubana y en 1918 en Mujeres antes que hombres señala como error fundamental de la educación formar hombres sin formar al mismo tiempo y aun antes, mujeres. Tal ha sido el absurdo.

Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Fue de las primeras biógrafas de La Avellaneda, a quien dedicó  poemas y homenajes como a otras mujeres  que consideraba valiosas, entre las que se encuentran Evagelina Cossio, Ana Betancourt, Carmen Bazan,  Dulce Maria Borrero, Emilia Bernal de Labrada, Mercedes Matamoros y Nieves Xenes. Este es uno de los aspectos más importantes de la labor de Aurelia del Castillo, su vindicación de hacer visible los esfuerzos de innumerables mujeres por ser reconocidas como seres actuantes y pensantes, además de poner en práctica una actitud solidaria entre mujeres creadoras, poco común en nuestros días, porque entre los grandes dramas femeninos está la falta de una verdadera unión para alcanzar lo que les corresponde, mientras a lo largo de la historia humana la competencia que impone conseguir los favores del varón ha menoscabado muchos intentos valiosos.

Domitila García de Coronado, de quien prácticamente no se habla, se esforzó en similares empeños. Domitila, intenta dar continuidad de alguna manera al Álbum cubano de lo bueno y lo bello que fundó Gertrudis Gómez de Avellaneda en 1860. Desde 1868 prepara su Álbum poético y fotográfico de escritoras y poetisas cubanas. Le escribe a La Avellaneda sobre su intención y esta le responde desde Sevilla el 14 de enero de 1868, agradeciéndole que lo dedicara a ella y animándola en el empeño, que no se repetirá hasta que en 1998 la Editorial Letras Cubanas publica el Álbum de poetisas cubanas.

Domitila García funda la publicación El céfiro en Camagüey, en 1886, con la colaboración de la poetisa Sofía Estévez Valdés. Desarrolla una intensa  labor periodística en El eco de Cuba, Correo de  las damas, La crónica habanera. Su matrimonio con Nicolás Coronado y Piloña no le impide continuar su  quehacer. Con él funda el colegio Nuestra señora de los Ángeles y crea la primera Academia  de tipógrafas y encuadernadoras en Cuba. Escribe numerosas obras: Método de lectura, Los cementerios de La Habana, Consejos y consuelos de una madre a su hija y el Álbum de escritoras y poetizas que se puede encontrar en los archivos de la biblioteca provincial de Camagüey.

En ese Álbum aparecen mujeres que gracias a Domitila quedarán registradas para la historia, tuvieron su pedacito de trascendencia, que no es lo mismo que ser famosas, condición que depende de diversos factores que van desde ser la compañera de un hombre trascendente hasta la suerte de encontrar medios para difundir la obra, personas interesadas en valorar lo realizado y circunstancias apócales, elementos todos en los cuales las mujeres han tenido desventajas hasta el día de hoy.

El álbum de Domitila  recoge para la posteridad el quehacer  de Isabel Velasco y Cisneros, Brígida Agüero y Agüero, Concepción Agüero y Agüero, Emelina Peyrellade, Angelina Agramonte de Primelles, Pamela Fernández de Laude, Marta Pierro de Poo, Isabel Velasco y Cisneros, Agueda de Cisneros Betancourt, Emilia Bernal Agüero y Maria Eloisa Agüero de Osorio, cantante para la que José Martí tuvo elogios. Claro está que la más significativa, la gran diva entre esas trascendentes desconocidas es Gertrudis Gómez de Avellaneda, personaje polémico hasta nuestros días para quienes piden una integralidad a los seres humanos que es muy difícil de corresponder.

Gertrudis Gómez de Avellaneda no fue una insurgente contra España. Era ya una carga bastante pesada de llevar su genio creador siendo mujer. Fue mucho el esfuerzo para hacerlo valer en la metrópolis. No tuvo el desprendimiento o le faltó el valor que empleó a fondo para no casarse con el designado de su familia,  tener una hija fuera de matrimonio y pronunciarse abiertamente desde muy joven contra esa esclavitud enmascarada a la que han estado sometidas las mujeres a lo largo de la historia de la especie. Pero fue patriota, porque amo a Cuba y una libertaria confesa con principios tan elevados como no reconocer otra aristocracia  que el talento. Como las criaturas inmensas tuvo grandes virtudes y grandes defectos y enormes contradicciones que la laceraron siempre y que no fueron comprendidas ni por hombre tan cabal como José Martí que no disfrutaba de su elocuencia, ni de su pasión, negando que de la pasión sale la poesía porque él era más apegado a la proverbial dulzura femenina de los sentimientos que celebró en la lírica de Luisa Pérez de Zambrana.

Queda mucho por investigar sobre estas y otras mujeres condenadas al silencio y al olvido porque se ocupa en exceso tiempo y espacio para glorificar las glorias masculinas. Por eso también se conocen poco, de tiempos más acá, a mujeres como Felicita Ortiz Córdova, mulata humilde, maestra comunista, entregada a la lucha contra Machado, cercana a Blas Roca en el empeño de dotar a la clase obrera de conocimientos, compañera del líder azucarero Jesús Menéndez en su último viaje. O como Gilda Zaldivar Freyre, camagüeyana que fue la primera cubana en bailar ballet clásico en Europa. O como Vicentina de la Torre, fundadora del ballet en Camagüey. O Candita Batista, artista destacadísima, reverenciada como Vicentina en el terruño pero poco visible en el plano nacional, porque vivir en provincias es todavía un handicap más grave para las mujeres, incluso, si como Marta Jiménez, tiene un premio internacional UNESCO como ceramista.

Si investigáramos, sin profundizáramos, nos quedaríamos sorprendidos y sorprendidas de la cantidad de mujeres en Camagüey, en Cuba, en todo el planeta, con aportes sustanciales a la cultura de la especie humana. Recordarlas, hacerlas visibles es el primer compromiso con lo trascendente femenino escamoteado en la historia de la humanidad. Es oportuno recordarlo en este nuevo cumpleaños del Camagüey, en la semana de festividades por la cultura local.

Soledad Cruz Guerra
Soledad Cruz Guerra
Periodista, ensayista y escritora cubana. Trabajó en Juventud Rebelde como una de sus más sobresalientes articulistas. Fue la representante Cuba en la UNESCO.

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