COLUMNISTAS

Viles frustrados contra José Martí

Si la profanación de un solo busto de José Martí sería, o ha sido, un acto condenable, el ultraje, como plan premeditado, contra varios de ellos,  plantea cuestiones de la mayor gravedad. Para empezar, muestra hasta qué punto la contrarrevolución encarna una actitud antinacional. Más allá de posibles confusiones e incluso pudores personales que pudieran darse entre algunos enemigos de la Revolución Cubana, actuar contra ella para destruirla significa, de hecho, apoyar a las fuerzas que históricamente han pretendido apoderarse de Cuba, y la más poderosa —la que utiliza y capitaliza a todas las demás, y las engulle, cuando no las fabrica, por muy lejos que quieran sentirse de ella— es el imperialismo estadounidense.

Esa fase del capitalismo, como el sistema en su conjunto, tiene cuartel general en la potencia que, desde su gestación como país independiente, ha acariciado el propósito de someterla. Y tal empeño no solo perdura: se ha reforzado como respuesta a la brega revolucionaria que desde 1959 le ha asegurado a Cuba la soberanía y la independencia que en 1898 aquella potencia le impidió alcanzar. La hostilidad imperialista contra la Revolución Cubana va siendo cada vez más pertinaz y obsesiva, en medio de la creciente agresividad planetaria con que los Estados Unidos muestran una decadencia que los hace todavía más peligrosos, capaces de acudir a las medidas más desesperadas y monstruosas.

En lo relativo particularmente a Cuba, el imperialismo estadounidense ha tenido cómplices y lacayos entre anexionistas y autonomistas, y unos y otros terminan o empiezan coincidiendo en sus posiciones básicas. El día antes de morir en combate, Martí plasmó lapidariamente la condena que le merecían quienes estaban dispuestos a tener “un amo, yanqui o español”, que les mantuviera o les crease, “en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,—la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

Presente a lo largo de las luchas independentistas libradas por el pueblo cubano, esa realidad se prolongó en la República neocolonial instaurada en 1902 como fruto de la intervención imperialista de 1898. Tras el triunfo de la Revolución en enero de 1959 las fuerzas afanadas en revertirla han mostrado cada vez más desfachatadamente su actitud servil ante las pretensiones imperialistas.

Martí fue un gran obstáculo indeseable para esas fuerzas, que no solo vivieron de sustento foráneo, sino también tuvieron expresiones vernáculas, domésticas en el múltiple sentido del vocablo. En la colonia los batallones de Voluntarios fueron expresión de ese hecho, y tras la caída de Martí en combate hubo un cubano que se jactó de haberle dado el tiro de gracia. Evidencias hay que apuntan a que su declaración fue falsa, mero acto de fanfarronería en busca de galones, pero ello no merma su infamia, y acaso la refuerza.

En la asamblea de la cual nació la República mediatizada, un constituyente autonomista y, por tanto, asociable al anexionismo, se negó a dar el aporte recabado por una campaña nacional para dotar de una casa a doña Leonor Pérez, y adujo que no estaba dispuesto a socorrer a la madre de la persona más funesta que a su juicio había tenido Cuba. La vanguardia patriótica de aquella asamblea —bastaba que fueran personas decentes y de sentido común— se opusieron a la actitud de aquel autonomista, pero se impuso el criterio de que se trataba de una opinión personal que él tenía derecho a expresar. Fue un hecho no menos abominable que la profanación de un busto del héroe.

Frente a las aberraciones políticas y morales que avalaban el irrespeto contra el gran fundador, creció en el pueblo y en sus vanguardias la veneración por el ser humano extraordinario cuyo prestigio aumentaba merecidamente no solo en su patria. Conocidos ejemplos de tal crecimiento abundan. Pero no bastaron para frenar la desvergüenza de quienes siguieron viendo en el pensamiento y en los actos del Maestro un legado que menguar para que no sirviera de trinchera de ideas a los proyectos revolucionarios, consecuentemente antimperialistas, de la nación. Ese fue, es, por antonomasia el caso de la que ha merecido el nombre de Revolución Cubana.

Un apátrida que intentó deslegitimarla, terminó reconociendo que ella tenía, tiene, sus mayores pilares en Martí, y contra él arremetió. Otro procuró aniquilar su imagen y quiso compararlo con el vacío, con una indumentaria dentro de la cual no había más que aire vano. Cuando un neoautonomista o neoanexionista quiso mermar el valor fundacional del pensamiento martiano, trató de descalificarlo como razón moral, anteponiendo contra ella la razón instrumental, cara al pragmatismo capitalista que por tantos caminos acecha. Y no ha faltado quien fabrique un volumen de cientos de páginas calumniosas para presentar a Martí como hipócrita, racista y servidor de la burguesía. Todos esos hechos los han comedido personas nacidas en Cuba.

La llamada posmodernidad —concebida en la academia estadounidense y propalada desde allí para restar importancia a la historia y convertirla en mera sucesión de simulacros, por lo que nada nada merece respeto, y mucho menos que se le considere sagrado— ha tenido también sus ecos en suelo cubano, donde alguna supuesta obra de arte ha lanzado groseros insultos contra Martí. Tal engendro no lo hace menos miserable el hecho de que encontrase respaldo objetivo en insuficiencias institucionales, y en tibiezas de personas que debieron habérsele enfrentado resueltamente.

Un punto aún más ostensible en la escalada de la abyección lo ha marcado la mancilla que, actuando en la sombra, individuos para los cuales resulta demasiado pálido el calificativo de inescrupulosos han protagonizado en el afán de deshonrar a quien mientras vivía no tuvo en su conducta espacio para el deshonor. Tampoco lo tiene ni los tendrá el legado que le aportó a su patria y a la humanidad toda, en especial a las que él llamó “personas de buena voluntad”, atributo al que legítimamente cabe añadir la decencia que él encarnó.

Tales actos delictivos recuerdan el ultraje cometido por marinos yanquis contra la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana, bochornoso capítulo que tuvo la complicidad de las autoridades de la República neocolonial y, en cambio, la aguerrida respuesta del pueblo. En ella sobresalió quien años después emergería como líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Hoy nuestra República es diametralmente distinta de aquella, y el pueblo cubano sigue siendo el mismo, salvo en lo que haya cambiado para ser, en su gran mayoría, más patriota y revolucionario, y más consciente de la importancia de la unidad fundada en esos valores.

Los protagonistas que los actos repudiados hoy —léase: tanto quienes los cometieron como quienes estén detrás de los hechos— son condenados de inicio como contrarios a esas virtudes del pueblo cubano, sin descontar las condenas de otra índole que legalmente corresponda aplicarles. La primera de todas les llega del modo como sus acciones los autorretratan, del aborrecimiento que se han ganado con ellas, y a esa condena le sigue inmediatamente el fracaso a que de antemano está destinado cualquier empeño por rebajar al ser humano que llegó a una altura de la que nada ni nadie podrá bajarlo. No se habla de pedestales físicos, sino de la jerarquía histórica que le asegura su trayectoria vital, su condición de redentor no solo de un pueblo, sino de la condición humana. En su caso, esa condición no es una entelequia abstracta: se basa en su propia lucha emancipadora y en su aspiración de que la ley primera de la República por la que él luchaba estribase en la dignidad plena de los seres humanos.

Pero la seguridad del fracaso a que están condenados esos delincuentes y los que puedan haberlos utilizado en las tinieblas antipatrióticas, no es motivo para que el pueblo seguidor del ejemplo del Apóstol —encarnación, con la más elevada consistencia ética y cultural, de la lucha patriótica, anticolonialista y antimperialista— descuide sus deberes en el cultivo y la defensa de su legado. No porque necesite ser defendido —ya él mismo, en condiciones que daban particular valor a sus palabras, afirmó: “Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella”, y su vida continúa y continuará defendiéndolo—, sino porque su pueblo necesita defenderlo para defenderse a sí mismo, para mantenerse fiel a la luz que él le dejó en herencia.

Los enemigos de la Revolución Cubana y, en consecuencia, también de Martí, tendrán que resignarse a saber que, lejos de envejecer o perder peso de realidad, las ideas revolucionarias que él abonó se afincan en la certidumbre histórica, política y moral de declaraciones suyas como las que se leen en el poema “‘Pollice verso’ (Memoria de presidio)”, donde aludió a “Esos gusanos de pesado vientre/ Y ojos viscosos, que en hedionda cuba/ De pardo lodo lentos se revuelcan!”, para añadir: “Y yo pasé, sereno entre los viles,/ Cual si en mis manos, como en ruego juntas,/ Las anchas alas púdicas, abriese/ Una paloma blanca”. O aquella de la carta rimada a un amigo latinoamericano a quien le dijo: “Viva yo en modestia oscura;/ Muera en silencio y pobreza;/ ¡Que ya verán mi cabeza/ Por sobre mi sepultura!”

En ese camino de limpieza y garantía moral se sitúa y continúa su marcha la Revolución que ha hallado en Martí su fundamento moral, su guía eterno, como lo definió su mejor discípulo, Fidel Castro. Esta Revolución asume con pleno sentido de responsabilidad su deber de autoperfeccionarse constantemente, para pesar de aquellos a quienes se ha referido el presidente de la nación con palabras signadas por la perennidad al decir que nos han tirado a matar, y estamos vivos.

En esos tiros se inscriben profanaciones que no cosecharán más que desprecio ni tendrán otro logro que fortalecer la unidad revolucionaria del pueblo cubano, y su conciencia de que la vigilancia revolucionaria —que ha de asumirse tanto en el plano físico como en el moral— no se puede descuidar ni un momento. La acción, en la sombra, de los clandestinos inmundos que llevaron a cabo los recientes actos vandálicos, ratifica la necesidad de mantenernos en guardia, listos a encarar todas las agresiones.

La experiencia confirma que de ninguna agresión enemiga estamos autorizados a sentirnos exentos. Y nada debería hacer a los enemigos de la Revolución Cubana olvidar que tienen que seguir viéndoselas con un pueblo que rinde homenaje perpetuo a José Martí con la resolución expresada en su santo y seña de nación: el Patria o Muerte con que seguirá resistiendo y venciendo, pésele a quien le pese, por poderoso que sea. No digamos ya a delincuentes capaces de querer profanar la imagen, indestructible, del Apóstol.

(Publicado originalmente en Bohemia)

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y jefe de redacción de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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