La anécdota es repetida en los cuarteles militares y, aunque nunca se comprobó claramente su certeza, siempre quedó como un dibujo nítido del peso de la Cuba seudorrepublicana en el escenario mundial.
Cuentan que el país le había declarado la guerra a la Alemania fascista, y que el dictador Adolfo Hitler, por mucho que lo intentó, no logró encontrar en el mapamundi a su nuevo contendiente. Quien se unía entonces al eje antifascista era solo un grupo de islas perdidas en la inmensa cartografía mundial.
Difícilmente les ocurriría lo mismo a los representantes de la “posmoderna” dictadura totalitaria universal. La Cuba liderada por Fidel Castro dejó de ser hace rato la llave de las Antillas, como geográfica y simbólicamente se ubica en el escudo nacional, para alcanzar dimensiones realmente más estelares. No es casual que los mandamases neofascistas actuales del imperio del siglo XXI la señalen —aunque lo manipulen a su manera—, como un tormento para sus execrables apetencias de un cuarto reich.
Puede afirmarse que bajo la conducción de Fidel Cuba asaltó La Bastilla de la historia mundial, cuyo recuento de los últimos más de 60 años sería imposible sin referirse a este minúsculo espacio planetario como lo prueban los más de 900 delegados del mundo que, sorteando las más criminales de las barreras llegaron a Cuba este 13 de agosto para rendirle honores junto a su pueblo.
Los arrestados jóvenes rebeldes que bajaron de las montañas de la Sierra Maestra en medio de un terremoto de pueblo, dieron una dimensión inusitada a la conquista de la libertad y la justicia, en los convulsos inicios de los años 60, cuando ya el estalinismo y otros errores habían mellado bastante el modelo socialista establecido en la Unión Soviética.
El ideal llegado por vez primera al occidente del mundo por intermedio de los irreverentes y sorprendentes barbudos, confirió nueva energía al ansia liberadora de los pueblos. También al modelo que años de culto a la personalidad, burocratismo, inercia y presiones para aniquilarlo habían desfigurado a escala universal.
El socialismo como referente de emancipación humana ha tenido varios renacimientos de la mano de los revolucionarios cubanos dirigidos por Fidel. El primero tras el triunfo de la Revolución y la declaración de su carácter socialista, y el segundo después del derrumbe del sistema en Europa del Este y la URSS.
La resistencia asombrosa del país ante el más grave golpe moral al socialismo y aquella dura encrucijada de nuestra patria, fue como la flecha del valiente Robin Hood atravesando el escudo fukuyamista del fin de la historia, y como los maderos que, tomados por los movimientos sociales, reanimaron la llama de la reconstrucción de la izquierda en América Latina y el planeta.
Pero la historia efectivamente no acabó entonces ni acaba aquí. Aún la Revolución Cubana tiene desafiantes pruebas por vencer, entre ellas las del estigma que carga el socialismo sobre la dependencia histórica de sus líderes, además de otras no menos retadoras.
Estas no terminaron con la decisión de Fidel de no aceptar su postulación a la jefatura del Estado ni cuando en el momento de mayor amenaza para la nación cubana y su proyecto histórico celebramos su centenario.
En realidad el examen mayor aún por delante en el infinito camino de la Revolución lo delineó el 17 de noviembre, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana —a los 60 años de su ingreso a ese recinto— cuando alertó que la Revolución podía autodestruirse como consecuencia de sus distorsiones y errores, que siempre deben superarse bajo condiciones de agresión y acoso y, ahora mismo, bajo dantesco genocidio, que algunos describen como silencioso, pero tiene todo el estruendo del sufrimiento del pueblo cubano, el pueblo que siempre supo darlo todo, hasta su vida, para evitarle el sufrimiento a otros pueblos.
El dilema que supone semejante encrucijada se acrecienta en esta circunstancia histórica excepcional, cuando el país y su liderazgo deben estar junto al pueblo ante el tablero de ajedrez sobre el cual tendremos que plantearnos y acometer las mil jugadas que conduzcan a la irreversibilidad del socialismo y a la salvación de la nación conquistada tras siglos de gloriosas luchas.
Ello es solo posible con el salto dialéctico también referido por Fidel en una de sus recordadas reflexiones, de manera que impulsemos la voluntad de la sociedad cubana hacia el porvenir, y no hacia el pasado, como pretenden los enemigos de la nación cubana.
Nadie como los revolucionarios de esta isla están fogueados para tamaño empeño, y la respuesta madura tiene que ser conectar el nuevo escenario con la prueba anunciada por Fidel aquel famoso 17 de noviembre.
Esta sería la tercera oportunidad en que, desde esta isla, antes remota e ignorada, se salve al ideal del socialismo, con la intrepidez, el desenfado, la astucia y rebeldía indomesticable de sus hijos, que siguen asaltando La Bastilla de la historia.
Sería el primer asalto de los revolucionarios cubanos, ya no bajo el mando directo de Fidel, sino bajo el mando indeclinable de sus ideales, y como el único honor posible a su centenario, al cubano que nunca permitiría que dejásemos morir al Apóstol.
Foto de portada: Roberto Chile

