Cuba está de regreso de todas las vivencias y caminos; será por eso que Juan Madrid recobra entre nosotros su cordura y termina pensando que lo mejor de España, su espíritu profundamente generoso y altivo, su Quijote y La Mancha, están aquí, en tiempo y lugar de este archipiélago cruzado por los vientos y los mares.
Hace ya más de un siglo, el capitán general español, Valeriano Weyler, para desarticular la red de abasto al ejército independentista, en hombres, armas, alimentos, provisiones y descanso; primero ordenó el cierre de todas las tiendas situadas a más de 500 metros de los poblados de La Habana y Pinar del Río, y como si ello no fuera suficiente calamidad excluyó después, de las raciones alimenticias, a mujeres e hijos de insurrectos, dispuso la requisa de todos los caballos en los campos y el traslado del maíz a las ciudades de La Habana y Pinar del Río, y el 21 de octubre de aquel aciago 1896 dispuso, en un plazo de ocho días, la reconcentración en los pueblos ocupados por las tropas, de todos los habitantes del campo dentro o fuera de la línea de fortificación de las poblaciones. En apenas unos meses, Stephen Bonsal, corresponsal del New York Herald Tribune, contaba más de 10000 muertos de aquella “masacre autorizada”. Cuba no desistió de sus afanes libertarios y la guerra siguió a pesar de Weyler.
De tal historia, el país, a fines del siglo XIX, vivió el horror de los campos de concentración, muchos años antes de que el fascismo estremeciera a Europa con la existencia de Austwich, en Polonia, o de Jasenovac, en Croacia.
Con la intervención de los norteamericanos en el conflicto, el final de la contienda que ya los cubanos tenían ganada, giró 360 grados. La paz se firmó sin la presencia mambisa y dio paso a la ocupación extranjera. En la Isla, la guerra había costado más de 200000 almas, los faros no funcionaban; los caminos resultaban intransitables; la economía se encontraba devastada; existía una terrible ausencia de niños y mujeres embarazadas, una indeseada y arrogante presencia militar; una cada vez más impúdica apropiación norteamericana de nuestras riquezas, y una frustración inabarcable de terrible desamparo y desconcierto entre los cubanos, después de la disolución del Partido Revolucionario Cubano, de la Asamblea de Representantes y del Ejército Libertador.
De unas elecciones “libres” en territorio ocupado, y donde solo votó el siete por ciento de la población cubana; de una república a medias como geografía de la injusticia, nacida a la sombra de aquellas siniestras palabras del presidente de Estados Unidos, Mckinley el 5 de diciembre de 1899: “Cuba quedará ligada a nosotros por vínculos de intimidad y fuerza”; de la dictadura batistiana, prohijada por el Norte, y que trajo a los cubanos más de 20000 muertos; de toda esa experiencia de amarguras, despojo y humillaciones, venimos, nos anclamos en el presente y lo porvenir. Son las razones para una conciencia inequívoca del pueblo cubano, que valora nuestra larga y tenaz lucha, lo que hoy somos y toda la libertad y la justicia soñadas y también palpadas, tras el triunfo de enero de 1959. Nuestra memoria de algún modo es nuestro presente y futuro, como fulgor de estrellas, que llega del pasado e ilumina. La memoria nos salva, es nuestra luz.
Crónica originalmente publicada en el diario Juventud Rebelde, 2004
Ilustración: Isis de Lázaro.

