fbpx
COLUMNISTAS

Imperio en vilo

El colapso en curso de la globalización neoliberal se ha vuelto una maraña viscosa sin pies ni cabeza. El caos reina hasta el último rincón. Trump dio el banderazo de salida al colapso y parece creer que él gobierna el caos. El poder imperial construyó la globalización neoliberal a partir de los años 90; volvió milmillonarios a los millonarios de Occidente, especialmente a los gringos; se propuso explotar sin límite a numerosas sociedades del mundo en sus propios países, y en un cataplúm produjo, sin saberlo, las condiciones para el empoderamiento de Asia; de China en primer lugar, que ya ganó la preminencia industrial planetaria, sin vuelta atrás. Así las cosas, el imperio decidió abandonar el juego global que inventó y desató el colapso de la globalización neoliberal.

Hacia 1990 el G-7 representaba dos tercios de la producción manufacturera del mundo y dos tercios, también, del PIB mundial, aunque sólo era 13 por ciento de la población planetaria. La globalización neoliberal pronto trastornó ese estatus: en términos territoriales, el G-7 pasó de representar 67 por ciento de la producción manufacturera mundial a 34 por ciento en 2022. EU desde 2010 representa 17 por ciento de la manufactura; China el doble, 34 por ciento. Mientras los milmillonarios, gringos principalmente, se hinchaban de millones —y Asia se empoderaba—, inmensas franjas de la sociedad gringa se empobrecían y perdían sus saberes en materia de producción manufacturera. A inicios de los años 70, el empleo industrial de EU era de unos 15 millones; en 2025 había caído 50 por ciento, mientras la población había aumentado 140 millones. La insatisfacción de la sociedad gringa con esos cambios no podía ser más extrema. Biden y Trump culparon cínicamente a China de las decisiones de las élites de EU y presentaron su desastre como una “traición” del país asiático.

La idea genial de la globalización neoliberal era crear un mundo integrado dirigido por las élites gringas. Un mundo integrado significaba la práctica abolición de las fronteras: el espacio planetario para la libre circulación del capital. El G-7 operó separando la economía de la política: los grandes empresarios se encargarían de la economía global, los políticos se encargarían, localmente, del control de las sociedades nacionales; los políticos legislarían para la seguridad de la propiedad y para garantizar el libre movimiento del capital. Funcionó durante un breve lapso. A la corta, la idea genial mostró provenir de alguien con dos dedos de frente, si no es que uno. No hay economía sin política, sin un sistema jurídico y político que la sustente, es decir, un Estado-nación. Y ahí dentro, en el Estado-nación, viven los trabajadores y la sociedades de base, y ahí se constituye un correlación de fuerzas que se expresa, bien, mal o regular, en las decisiones del Estado. Los empresarios no pueden reinar con exclusividad indefinidamente. El tiempo de la idea genial está extinto.

En EU —y otros países—, la cólera se apoderó de los de abajo; para ellos los millonarios que invertían en lugares remotos mostraban insensibilidad total respecto de su propia vida. La grave crisis financiera de 2007-2008 hizo evidente que a los millonarios les importaba menos que un bledo la vida de las mayorías. Esa crisis fue lluvia sobre mojado: ocurrió cuando los de abajo ya no contaban con medios de defensa, los sindicatos se habían vuelto neoliberales, las izquierdas socialdemócratas se habían vuelto neoliberales, mientras la pobreza campeaba. El malestar social en ebullición es ahora parte del colapso.

Como todos los millonarios gringos, Trump se benefició de la globalización neoliberal. No obstante, la situación adversa para los de abajo se convirtió en la base del discurso demagogo de Donald Trump: el culpable del desastre interno era el Partido Demócrata y el principal culpable externo, China. Era imperativo reconstruir la industria en el territorio de Estados Unidos. Trump creyó que su programa arancelario, ridículamente insignificante para el objetivo reindustrializador, sería la llave de un éxito nunca jamás visto por nadie en este mundo. Para colmo, su “gran” programa se vino abajo cuando la Corte Suprema falló contra Trump: los aranceles eran ilegales.

Trump, además, se presentó en su campaña política como un pacifista: él en un periquete podía recomponer cualquier entuerto sin tocar la pólvora. No obstante, con “el ejército más poderoso con mucho, más letal y más sofisticado del mundo”, ha atacado ya a ocho países. Y halló en Irán la horma de su zapato. “Ya vencí, destruí su marina, su aviación, su ejército”. Trump es el único capaz de vencer sin vencer. “Hice algo que fue, no sé, una tontería, valiente, pero inteligente”, dijo impertérrito.

Es probable que el mundo avance hacia un sistema multipolar. EU, potencia herida de muerte será, sin embargo, parte de ese sistema como poder primordial, por algún tiempo. No será un sistema que resulte de un acuerdo internacional. El orbe debe navegar, por tanto, en medio de ese colapso creado por el propio neoliberalismo (Tomado de La Jornada).

Foto del avatar
José Blanco
Cronista, dramaturgo, ensayista, narrador y poeta mexicano. Estudió Lengua y Literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM. Investigador del INAH. Colaborador de varios medios de México incluido La Jornada. Becario de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, 1973; y del CME, 1974. Miembro del SNCA de 1997 a 2003. Primer lugar en el concurso Punto de Partida 1971. Premio Diana Moreno Toscano a la promesa literaria 1973. Ariel al mejor guión cinematográfico 1985, compartido con Paul Leduc, por Frida, naturaleza viva. Premio al Mérito Editorial de la Cámara Nacional de la Industria Editorial 1995, compartido con Claudia Burr y Luis Gerardo Morales por Diario de una marquesa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap