La muralla encerró a la ciudad. Atenta a sus propios temores la condenó a la nostalgia por la brisa fresca con olor a amanecer de monte, susurro de olas y salitre.
Cuando acababa el mediodía, al caer la tarde, la gente se atrevía a aventurarse afuera, hacia el alboroto, la animación. Comenzaba el deseo de la ausencia. Las familias acaudaladas iban al Paseo del Prado para lucir su esplendor, los pobres iban a soñar, los esclavos a obedecer en silencio y a disimular su dolor.
Para escapar de ese infierno abigarrado, sin aires transparentes que era la ciudad intramuros, los habitantes transponían las puertas de Monserrate. Al paso de la Muralla por esa zona se le denominó así por la ermita fundada en 1695, ubicada en la plazoleta cercana.
La ermita fue destruida varios años después y reedificada en extramuros. Para entonces, ya no habría quien cambiara la costumbre de los vecinos de nombrar Monserrate a la calle extendida a uno y otro lado de las puertas, que en el camino a la Bahía bordeaba por el fondo a la Iglesia del Ángel.
El cura no sabía qué hacer con una niña de diecinueve años, criatura del demonio acostumbrada a rodear su cintura con raso y sedas, y a que se cumplieran todos sus caprichos. Tenía entre las manos una fusta para castigar la lentitud de las bestias y los “atrevimientos” de su esclavo que “aún no aprendió a bajar los ojos”. Ella parecía al pasar una ola vaporosa y espumeante. Su risa estremecía y su mirada, infundía tristeza, ya vieja antes del transcurrir del tiempo. (Crónica publicada originalmente en el diario Juventud Rebelde, 2004).
Ilustración: Isis de Lázaro.

