Con la aureola de las preguntas sombrías a los considerados herejes, brujas y hechiceros, de las insinuaciones retrógradas, del llamado a los recatos hipócritas, la fe ciega, las murmuraciones a flor de los umbrales, y las beaterías desmesuradas, la calle cargaba su infortunio en medio de La Habana cosmopolita, trasnochadora, extrovertida, sediciosa y sofocante, de aquellos días en que el señor segundo comisario de la Inquisición, don Claudio de la Luz, olvidado por unas horas de lo que fuera considerado perenne ejercicio de intolerancias, abandonado a la buena de Dios en los mediodías, a ratos bostezaba la pereza de sus pensamientos, mientras dormía en las habitaciones interiores de la casa, alejado de la desenvoltura y naturalidad con que los habitantes del Puerto encaraban los asuntos comunes de la vida cotidiana.
Muchos eludían el sendero por la sola mención de que lo habitaba alguien de la temida institución religiosa. Aunque no con los intensos desafueros de los siglos XVI y XVII, aquel seguía siendo un tiempo de recriminaciones y puritanismos perpetuos, prohibiciones al razonamiento y a los amores, injustos encierros y sospechas que atemorizaban al punto, que algunos no se atrevían a seguir camino por la vía que terminaba siendo, en lo posible, eludida, bordeada, evitada, como si se tratara de una maldición de los cielos.
La Inquisición era una vívida contradicción, una especie de ironía del destino en la ciudad reposo de flotas, abrigo de tripulaciones blasfemas y de paganos viajeros llegados de cualquier rincón remoto del mundo. Las historias tenebrosas e infernales de lo sucedido antes pervivían en la memoria de las gentes venidas de todas partes.
En realidad, parecía impensable que en un ámbito de claridades y brisas como el de la Isla fuera posible la existencia de demonios, lóbregos corredores y el deleite por el castigo y la inculpación. Tampoco podría imaginar alguien que una tragedia hubiera, de veras, ocurrido en la maravillosa y aparentemente desprejuiciada ciudad entre 1517 y 1518, cuando un Juan Muñoz descrito como indio español vestido como cristiano fuera quemado en la hoguera, según lo que se deducía de una Real Cédula hallada mucho tiempo después por un estudioso, en la cual se concedían los bienes del indio, valorados en doscientos pesos, al señor Gonzalo de Guzmán.
Lo cierto es que aún en los años que corrían, en mitad del siglo XVIII, espantaba a muchos la sola mención de los oficios de la Santa Inquisición, de tal forma que la calle fue apropiándose con el nombre de su habitante más célebre: el Inquisidor.
(Crónica originalmente publicada en el diario Juventud Rebelde, 2005)
Ilustración: Isis de Lázaro.

