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LA CRONICA

Amargura

Los vientos de cuaresma azotaban la veredita. Venían de la bahía desbocados y se arremolinaban en la estrechez del sendero como lo hiciera un vendaval que raudo se fuga por una rendija, cauce inesperado a sus ímpetus, mientras se afanaba en pos de amplitudes que no alcanzaría hasta remontar la ciudad por la puerta de tierra de la muralla, espacios por donde comenzaban todos los peligros de la manigua densa en que podían ocultarse los salteadores de camino.

Era viernes, en la tarde la procesión ya había dejado atrás la Plaza de San Francisco de Asís y se encaminaba a la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje en un recorrido por toda la calle Amargura, así denominada por la acostumbrada peregrinación que desde siempre, y en lugares lejanos, los fieles católicos hacían para recordar el martirio de Jesús.

Catorce cruces marcaban el camino a los devotos cristianos en el recorrido de la meditación y las oraciones susurradas adelantando el paso con lentitud, pero solamente una resistió todas las lluvias del tiempo. Pintada de verde, era de madera de cedro y perduró ubicada en el chaflán de la esquina donde confluían, como arroyitos de monte, las vías Mercaderes y Amargura.

Fue precisamente allí donde Amalia, abatida por la brisa persistente e indómita, perdió de las manos el vuelo de sus enaguas alzadas por encima de sus rodillas a la insistencia del aire, pocos segundos que detuvieron el andar de las más beatas y levantaron un rumor escandalizado y murmurante. La joven no sabía qué hacer: abrió su abanico para ocultar el rostro ruborizado, miró por encima de las tablillas floridas a los hombres que a pesar de su obligado recato husmeaban el paisaje insólito descubierto de súbito por la ventolera; luego recogió la mantilla que había rodado al suelo, e intentó aplacar la falda inflada. La joven conseguía bajarla por su espalda y la saya se alzaba por el frente: inquieta, díscola, indiscreta, impertinente. Amalia, a punto de romper en sollozos, agradeció con toda el alma a un joven que, en gesto generoso y gentil, extendió su bastón de caoba y empuñadura de plata para conseguir domar la tela y acompañar el esfuerzo que ella, nerviosa y apenada, apenas lograba desplegar con éxito. Fue un efluvio de simpatía lo que sobrevino en el instante y no pudieron apartar la mirada uno del otro en todo el demorado y fervoroso trayecto. Pasaban sin advertirlo junto a las portentosas balaustradas de los ventanales, los muros, los portones de caoba en el umbral de los patios en sombra, las pequeñas plazoletas, bajo los balconcillos y las enrejadas barandas. Luego se separaron y no se vieron durante mucho tiempo hasta que al fin sus vidas se unieron definitivamente. La romántica historia fue narrada una y otra vez por las comadres del vecindario, como prueba irrefutable de que era posible el amor a primera vista, tanto que alguien aún la recuerda allí mismo, en aquella esquina donde hoy se siente el aroma de las chocolateras entre tazas de porcelana, recipientes de cobre, molinillos de madera y cántaros, tras la cruz de madera verde de la callejuela empedrada donde el viento de cuaresma arremolina el polvo y las hojas secas.

(Crónica originalmente publicada en el diario Juventud Rebelde, 2005).

Ilustración: Isis de Lázaro.

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Katiuska Blanco Castiñeira
Katiuska Blanco Castiñeira (La Habana, 1964). Periodista y ensayista. Fue corresponsal de guerra en Angola y redactora del diario Granma durante más de diez años. Es autora de libros como Ángel, la raíz gallega de Fidel, Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, y Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz.

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