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COLUMNISTAS

Un acercamiento a “Madre América”

El discurso que José Martí pronunció el 19 de diciembre de 1889 en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de Nueva York, y suele titularse “Madre América” (VI, 131-140),* merece conocerse bien, como la generalidad de su obra. Pero recientemente  el autor del presente artículo comentó que hay indicios de que el conocimiento de ese discurso en particular no es el debido, y uno es el de quien, mientras impartía una clase, dijo que Martí había llamado “Madre América” a los Estados Unidos.

Ese despropósito da por sentado que Martí sentía hacia esa nación la simpatía incondicional que no sintió por ella, y menos al pronunciar un discurso que es parte de sus denuncias sobre el Congreso Internacional de Washington, celebrado entre octubre de 1889 y abril de 1890. En el pórtico de Versos sencillos habla de “aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”.

Ante ese foro, que devendría la primera de las Conferencias Panamericanas urdidas por los Estados Unidos, comprendió que había “llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia” (VI, 46), y dirá: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos” (VI, 15).

El mensaje del discurso lo iluminan las valoraciones de Martí sobre el Congreso y los Estados Unidos, plasmadas en crónicas donde sustentaba su pensamiento, avanzado para su tiempo y más que vigente aún hoy, y cartas a destinatarios que al menos en lo fundamental lo seguían. Pero no podía ignorar que, entre los representantes hispanoamericanos al Congreso presentes en la velada que la Sociedad Literaria Hispanoamericana organizó para agasajarlos, habría ganados por el boato de una nación en crecimiento y diestra en presentar su propia imagen como el gran paradigma.

En crónica publicada el anterior 14 noviembre, Martí habla del “tren palacio” descrito por The New York Herald, poderoso órgano afín a los planes de los anfitriones. Entre la soberbia y el sarcasmo, el diario comenta: “Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer”.

Un artículo no da espacio para lo ya hecho por distintos autores, incluido el de estos comentarios: abundar en los fines del foro. Uno de aquellos “diplomáticos, y hombres de marca”, que representaron a nuestra América fue el argentino Roque Sáenz Peña. Por propia dignidad, y al amparo de los intereses de su país —entonces más vinculado con Inglaterra que con los Estados Unidos—, dio un fuerte golpe a la Doctrina Monroe. Contra la divisa que los anfitriones del foro esgrimían al modo del In God we trust de su moneda, “America for the Americans” —traducible como “Toda la América para los estadounidenses”, aunque todavía haya quienes parezcan ignorarlo—, Sáenz Peña sostuvo: “Sea América, pues, para la humanidad”. Martí definió esa respuesta como una “frase que es un estandarte, y allí fue una barrera”.

Pero el discurso llegaría también a deslumbrados con el boato de la nación anfitriona, y dóciles a sus intereses. En el representante de México —Matías Romero, el embajador que en 1883 apoyó el tratado de reciprocidad que los Estados Unidos le propusieron a su país, y pronto fue refutado por Martí (VII, 17-22)—, podía estar pensando quien el día antes de morir en combate le escribió a su amigo mexicano Manuel Mercado la carta que sería su testamento político (IV, 167-170). En ella, con los planes de los Estados Unidos hacia nuestra América en mente, Martí citó su entrevista, en plena campaña, con el corresponsal de The New York Herald: “Y aun me habló Bryson más: de un conocido nuestro y de lo que en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México”.

El presidente era Porfirio Díaz, a quien en 1894 Martí le escribió una carta a la cual concierne uno de los errores recordados en el artículo aludido al comienzo de estos apuntes. Según ese error, Díaz era uno de los amigos que Martí había hecho en México antes de salir de ese país en diciembre de 1876, afirmación que está muy lejos de la verdad. Martí dejó ese país, que tanto amó, y donde era amado, en rechazo a la conducta anticonstitucional de aquel caudillo.

Cuando en 1894, buscando apoyo para la causa cubana —asunto esclarecido por un mexicano y martiano ejemplar, Alfonso Herrera Franyutti—, Martí le escribió en términos respetuosos, no lo hizo por mera cortesía, sino porque ese político tenía una actitud favorable a la independencia de Cuba, y hasta su caudillismo representaba de algún modo un obstáculo para las pretensiones de los Estados Unidos. No por gusto intentaban sustituirlo por un candidato complaciente, estrategia que han seguido aplicando en nuestra América por distintas formas de injerencia militar y política.

En el discurso Martí enumera motivos diversos de la admiración que los presentes podían sentir por los Estados Unidos, pero él piensa en la América nuestra, y como casa de ella siente a la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Dice que “intenta en vano recoger, como quien se envuelve en una bandera, el tumulto de sentimientos que se le agolpa al pecho, y solo halla estrofas inacordes y odas indómitas para celebrar, en la casa de nuestra América, la visita de la madre ausente”.

Prevé el regreso a sus países de “estos mensajeros ilustres que han venido de nuestros pueblos”, y exclama: “¡Madre América, allí encontramos hermanos! ¡Madre América, allí tienes hijos!”, lo que ha dado lugar al título con que suele identificarse el discurso. Pero Cuba, uncida al yugo español, corre un peligro más arrasador que la dominación política impuesta por vía económica, y el orador es el revolucionario cubano que advierte sobre la trampa que acecha a su patria.

A Gonzalo de Quesada, quien, secretario de la delegación argentina, le proporcionaría información de interés relacionada con aquel foro, y luego será su secretario en el Partido Revolucionario Cubano, le trasmite ideas fundamentales. El 14 de diciembre, cinco días antes de pronunciar el discurso, le escribe: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría” (VI, 128).

Contra intrigas de los Estados Unidos para hacerse de Cuba —se ofrecen como garantes de su independencia— le había escrito el 29 de octubre: “Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? Ni ¿por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera,—no del pueblo que es, propio y capaz,—sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo. Ese plan, en sus resultados, sería un modo directo de anexión” (I, 251).

Conocedor de los espejismos con que la potencia emergente captaba a incautos y, huelga decirlo, arrastraba a cómplices venales, en el discurso sostiene: “De lo más vehemente de la libertad nació en días apostólicos la América del Norte”, y “Del arado nació la América del Norte, y la Española, del perro de presa”. Pero el discurso en su conjunto ofrece argumentos para no sublimar una colonización, la anglosajona, que en África y en las Américas ha sido cuna del apartheid, con distintos nombres.

Herederos de Inglaterra, los Estados Unidos confinaron en reservas —áreas de segregación— a las poblaciones originarias, contra las que también llevaron a cabo abiertamente actos genocidas, y siguen haciéndola objeto de discriminación, como a los descendientes de africanos arrancados de su tierra y esclavizados. Ejemplos de esa historia —que recorre el discurso— no pueden citarse aquí extensamente, pero están a la vista en el texto.

La voluntad de los padres fundadores de esa nación, tan a menudo loados, fue librarse de Inglaterra y crear un país sin rey, pero con su propio señorío: “La libertad que triunfa es como él, señorial y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad”. Y Martí abunda en esa realidad y en sus resultados: se trata de “una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros de una raza esclava, que antes de un siglo echa en tierra las andas de una sacudida”.

Como esa sacudida no acabó con la esclavitud, se necesitaría una guerra para ponerle fin, aunque sus secuelas perduran. Sobre el papel de Lincoln, añadió: “¡y surge, con un hacha en la mano, el leñador de ojos piadosos, entre el estruendo y el polvo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados!”. Pero tampoco Lincoln y la contienda erradicarían —ni era ese su propósito— males inherentes al sistema que se instauraba: “Por entre los cimientos desencajados en la estupenda convulsión se pasea, codiciosa y soberbia, la victoria; reaparecen, acentuados por la guerra, los factores que constituyeron la nación”.

Ocurrió lo que Martí narra en estos términos: “y junto al cadáver del caballero, muerto sobre sus esclavos, luchan por el predominio en la república, y en el universo, el peregrino que no consentía señor sobre él, ni criado bajo él, ni más conquistas que la que hace el grano en la tierra y el amor en los corazones,—y el aventurero sagaz y rapante, hecho a adquirir y adelantar en la selva, sin más ley que su deseo, ni más límite que el de su brazo, compañero solitario y temible del leopardo y el águila”.

Esa nación ha llegado a la actualidad por el camino en que logró —con el desequilibrio mundial que Martí quería que la plena independencia de Cuba y nuestra América impidiese— la hegemonía con que se ha impuesto sobre, contra, la humanidad. Tal predominio está en quiebra, y el país vive una decadencia que refuerza los rasgos monárquicos y dictatoriales heredados de Inglaterra. En momentos trágicos de esa historia Martí escribió: “¡América es, pues, lo mismo que Europa!” (XI, 338).

La potencia que hoy encabeza, o descabeza, un presidente particularmente abyecto no es una anomalía en esa senda, sino manifestación orgánica de un sistema levantado con procedimientos como guerras fuera de su territorio, y manejos económicos y políticos contra los cuales braceó Martí. En 1891 contribuyó a que fracasara el plan de imponer ya entonces el dólar a todo el continente. Lo hizo como representante de Uruguay en la Comisión Monetaria Internacional que, derivada del Congreso que tuvo lugar en aquel invierno de angustia, también sesionó en Washington.

Que cada vez más afloren en los Estados Unidos expresiones hasta de fascismo, no autoriza a idealizar su pasado. Grave confusión y complicidad con la potencia opresora asoman cuando, frente a la apoteosis de los desmanes del actual presidente, se reclama que el país vuelva a su condición de paradigma de la democracia y los derechos humanos, y honre el camino de sus padres fundadores. Si de Cuba en particular se trata, uno de ellos —Thomas Jefferson, que redactó la Declaración de Independencia, y por quien el astuto Barack Obama dio muestras de admiración durante su permanencia en la Casa Blanca— expresó en 1805 su interés de apoderarse de Cuba, y en 1820, ya tercer presidente de la nación, instruyó a su secretario de Guerra dar pasos para conseguirlo.

Esa instrucción —precursora de tanta criminal orden ejecutiva— fue uno de los antecedentes de la Doctrina Monroe, que amenaza a todos los pueblos de nuestra América y, fijada en 1823, en estos días el césar de turno ha querido “adornar” con un corolario fruto de su enfermizo narcisismo. Por cierto, 1805 y 1823 son hitos muy anteriores a Fidel Castro y a la decisión de Cuba de construir el socialismo para asegurar la prolongación del triunfo que, en 1959, le permitió honrar a Martí sacando de ella a los Estados Unidos, que la habían atado con la intervención de 1898.

 

* Las referencias en las citas remiten a las Obras completas de José Martí publicadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones. Los números romanos indican los tomos; los arábigos, las páginas.

 

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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