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Trump contra Cuba

El magnate que preside los Estados Unidos anuncia una nueva vuelta del garrote, ciertamente vil, con que hace más de seis décadas esa potencia imperialista intenta estrangular a Cuba. Ahora se aparece con una orden ejecutiva para reforzar el bloqueo instaurado —así lo reconoció desfachatadamente en abril de 1960 uno de sus voceros— para provocar penurias que hicieran que el pueblo cubano dejara de darle su apoyo mayoritario a la Revolución encabezada por Fidel Castro.

En esos planes andan los imperialistas desde entonces, y el “republicano” Donald Trump se propuso reforzarlos tan pronto como llegó por primera vez a la presidencia. Enseguida frenó los engañosos pasos que su predecesor, el “demócrata” Barack Obama, había anunciado, no para ayudar a Cuba, sino para buscar por caminos más elegantes lo que el bloqueo no había conseguido, y evitar que el bloqueo siguiera dañando la imagen de los Estados Unidos.

Representante orgánico de un imperio violento y en decadencia, en los planes contra Cuba el matón y jactancioso Trump retomó el camino de la fuerza ostensible. No solo desmontó los anuncios de Obama y restableció el bloqueo en su más descarnada hostilidad, sino que lo calzó con más de doscientas cuarenta medidas dirigidas a ese fin.

Y esas medidas —revalidadas por su sucesor, Joseph Biden, “demócrata” como Obama— las ha mantenido y arreciado desde su retorno a la Casa Blanca tras el hiato que él trató de impedir con hechos como el asalto al Capitolio Nacional, ostensible conato nada menos que de una guerra civil que hoy parece cada día más cerca. Recientemente, envalentonado por la acción pirata que fuerzas de su ejército imperialista perpetraron en Venezuela, supuso que  había llegado el momento de intensificar aún más el asedio a Cuba.

Calculó que Cuba caería al quedarse sin la colaboración de Venezuela, y así y todo intentó amedrentarla con la bravuconería de que pactara con él antes de que fuera demasiado tarde. Pero el ejemplo de los treinta y dos cubanos caídos en un acto de corajuda resistencia que él pudo apreciar a distancia desde su guarida en Mar-A-Lago en compañía de algunos de sus más detestables secuaces, ya le habría corroborado algo que él no ignoraba: con el pueblo de Cuba no se juega. Ante esa realidad anunció un bloqueo naval para impedir que recibiera petróleo y otros recursos fundamentales.

Ahora escoge el mecanismo con que pretende dominar al mundo: su guerra de aranceles. Para optar por otras salidas sabe que tiene en su contra complicaciones agravadas para él por las menguas —nada ajenas a su gestión— en la economía del país, por los escándalos del caso Epstein, por la violación —como en el asalto a Venezuela y el secuestro de su presidente constitucional— de las leyes y las prerrogativas del Congreso y por las protestas que en el propio territorio estadounidense su destacamento paramilitar del ICE —que distintas voces llaman “la Gestapo de Trump”— con asesinatos de ciudadanos blancos, no ya inmigrantes “racialmente inferiores”.

En lugar de un bloqueo naval que tendría costos, especialmente económicos, nocivos para él y sus afanes de mantenerse en la Casa Blanca, quien se cree no solo presidente de los Estados Unidos, sino emperador del mundo, anuncia otra forma de bloqueo, aún más asfixiante: un orden ejecutiva para imponer altos aranceles a todo país que le haga llegar petróleo a Cuba, imposición que no clausura el camino de represalias militares contra quienes desobedezcan sus órdenes.

Así como —con algún cómplice de su misma ralea, especialmente Israel— se ha burlado sistemáticamente del voto casi unánime emitido en la Asamblea General de la ONU contra el bloqueo, se siente con poder para imponer su voluntad anticubana a los demás países.

Si quienes deben apoyar a Cuba no cumplen su deber, no solo apoyarían de hecho al mafioso que preside los Estados Unidos: estarán tejiendo —o reforzando— el lazo para su propio pescuezo. A la vista está que el gobernante yanqui, y lo ha dicho, no respeta más ley que la de su propia moralidad —es decir, su total carencia de moral— y su mente aberrada: no se necesita ser sicólogo ni siquiatra para apreciar que oscila entre la enfermedad y la desvergüenza.

Cuba, que sabido encarar desafíos como el ahogo que la amenazó cuando se desmerengaron la Unión Soviética y el campo socialista europeo, tiene una larga y rica historia que seguir honrando, y a la cual se ha sumado el ejemplo de sus treinta y dos hijos muertos en Venezuela. Afincada en esa historia, tiene claro su camino: ser fiel a sus grandes fundadores, desde Carlos Manuel de Céspedes hasta Fidel Castro, sembrador del “Patria o Muerte. Venceremos” que es la mayor divisa de la nación, pasando por las cimas encarnadas en José Martí y Antonio Maceo.

Al rendir tributo a quienes habían dado su vida por la libertad de Cuba, Martí exclamó: “¡Moveos y contentaos, muertos ilustres!—¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!”, y, fijando el rumbo en la lucha contra quienes quisieran impedir el triunfo de ese empeño, Maceo sostuvo: “Quien intente apoderarse de Cuba, solo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”.

Este país, que ama la paz y ha dado sobradas muestras de su ética solidaria, también está presto a defenderse, y defender la justicia. Quienes dentro o fuera de él no lo hicieran, cargarán con esa culpa ante la historia, y deben prepararse para que el monstruo revuelto y brutal siga despreciándolos, y humillándolos.

Imagen de portada: Jorge González.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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