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Más allá del abrazo del Apóstol

Si les hablara del hombre que dirigió el primer cuerpo de sanidad militar de Oriente, que investigó con rigor científico la fiebre amarilla; del que fungió como subsecretario de Relaciones Exteriores en plena manigua y luego ocupó la jefatura de despacho del General Máximo Gómez, ¿pensarían inmediatamente en Fermín Valdés Domínguez? ¿O bastaría con decir “el amigo del alma de José Martí” para que la memoria colectiva ubique a esta figura que tanto aportó a la historia de Cuba? Quizá la grandeza de su vida merece que empecemos por esos méritos propios y no solo por el reflejo de una amistad legendaria.

Hablar de Fermín sin evocar a Martí es casi imposible, porque sus caminos se entrelazaron desde la adolescencia. Compartieron aulas en el Colegio San Anacleto y luego en San Pablo, desde 1869, y más tarde, en España, la misma pensión y las aulas universitarias: Martí en Derecho, Fermín en Medicina.

José Martí y Fermín compartieron aulas, exilios y una lealtad que ni siquiera el tiempo pudo borrar.

Aquel año de 1869, cuando todavía eran unos muchachos, Fermín ya había demostrado la firmeza de sus valores. Durante la Cuba colonial, cuando las lealtades se medían con extrema crudeza, los dos jóvenes escribieron una carta donde tachaban de traidor a un compañero que se había alistado en el Cuerpo de Voluntarios, una milicia urbana compuesta por españoles y criollos leales a la metrópoli que reprimía cualquier brote independentista.

Llevados ante un tribunal militar, ambos se declararon autores del texto y Fermín fue condenado a seis meses de presidio. Aquel gesto bastaría para inscribirlo en la historia, pero repetirlo como único atributo sería un acto de injusticia con la biografía de un hombre excepcional.

Tras cumplir su condena, reinició los estudios de Medicina y, en 1871, siendo alumno de primer año, se vio envuelto en el proceso que siguió a la supuesta profanación de la tumba de Gonzalo de Castañón, un periodista integrista español. Sin pruebas fehacientes, las autoridades peninsulares detuvieron a un grupo de estudiantes y ocho de ellos fueron fusilados el 27 de noviembre de 1871.

Fermín fue condenado a seis años de cárcel, pero una absolución le conmutó el castigo por el destierro a España en 1872. En ese exilio forzoso comenzó a escribir su primer libro sobre aquel crimen, convencido de demostrar la inocencia de sus hermanos asesinados.

Durante la llamada Tregua Fecunda, Domínguez militó en el Partido Autonomista, donde se destacó por su oratoria y ascendió en la élite cultural habanera. Pero aquella posición no era un fin, sino una plataforma para una misión mayor que ya había jurado en silencio: reivindicar a los ocho fusilados de 1871.

Movido por una tenacidad insobornable, localizó al hijo de Gonzalo de Castañón durante su visita a La Habana en 1887 y logró que declarara por escrito que la tumba de su padre jamás había sido profanada. Con ese documento, señaló a los verdaderos responsables del crimen, exhumó los restos de sus compañeros y preparó una edición ampliada de su libro, publicado originalmente en Madrid en 1873. Fue, sin duda, su mayor contribución intelectual antes de la guerra.

Decepcionado de los acuerdos del autonomismo, se apartó del partido y retomó el camino independentista. La noticia de la muerte de Martí en Dos Ríos, en mayo de 1895, le confirmó que su hora de actuar en el campo de batalla había llegado.

El 25 de julio de ese año abandonó su misión de medico en Cayo Hueso y desembarcó en Cuba como parte de la expedición de Carlos Roloff. A partir de entonces, su hoja de servicios en la manigua fue vertiginosa. Inicialmente fue designado Jefe de Sanidad del cuarto cuerpo de la provincia de Las Villas y en diciembre de 1895 del primer cuerpo de Oriente. Participó en la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, donde lo eligieron subsecretario de Relaciones Exteriores.

Posteriormente se incorporó al cuartel del General en Jefe del Ejército Libertador Cubano, Máximo Gómez, de quien fue jefe de despacho. El 23 de diciembre de 1896 lo ascendieron a Coronel y, en un extenso diario de campaña —del que solo se han publicado cuatro tomos—, dejó testimonio de sucesos cruciales de la contienda.

Concluida la guerra, Fermín no ocupó cargos públicos en la joven república. Se integró a la Junta Patriótica de La Habana en 1907 y alzó su voz contra las corrientes anexionistas que cobraron fuerza durante la segunda intervención militar estadounidense.

Su vida encontró nuevos horizontes en Baracoa. Allí, lejos del ruido político, ejerció la medicina rural, investigó la fiebre amarilla y la flora y fauna de la región. Desplegó una vocación por la arqueología y la antropología que lo llevó a intercambiar con Luis Montané, el padre de la antropología cubana.

En aquel rincón oriental, el amigo del alma de Martí demostró que su pasión por Cuba no solo se manifestaba en la guerra o la política, sino también en la comprensión profunda de su naturaleza y sus gentes.

Tal vez, después de conocer esta travesía, podamos responder a la pregunta inicial. Y es que no basta con decir que fue “el amigo del alma de José Martí” para recordarlo con orgullo.

Fermín Valdés Domínguez construyó un legado propio, tejido de coraje, ciencia y ética, que merece ser contado sin atajos. Porque fue, ante todo, un hombre que decidió servir a su patria desde las trincheras más diversas y que nos enseñó que la verdadera grandeza no está en los cargos que se ocupan, sino en la huella imborrable que se deja en los demás.

Foto de portada: Fermín Valdés Domínguez, médico y patriota cubano que dedicó su vida a la ciencia, la independencia y la búsqueda incansable de la verdad.

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