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Cuba, Cuba, que vida me diste…

Puede imaginarse el dolor del poeta alejándose al destierro. El Pan de Guajaibón en el horizonte, el alma en el fondo de su dolor, y los versos sacudiéndole: Cuba, Cuba, que vida me diste / dulce tierra de luz y hermosura / cuántos sueños de gloria y ventura / tengo unido a tu suelo feliz.

Muchos cubanos han sufrido los estremecimientos de José María Heredia, decía en el año 2007 y puede repetirse ahora en idéntica forma. En lo más hondo nuestro palpita un Himno del desterrado, en unos casos como maldición; en otros como “salvación”.

Habría que estudiar si otros pueblos vieron marcados tan singularmente su destino por ese signo de “escape o castigo”. Nuestra nacionalidad lo padece con la misma persistencia histórica de la anexión frente a la independencia.

En el fondo macabro de la famosa Ley de Ajuste Cubano gravitaba esa recurrencia; en el interés de usar ese anatema de la personalidad nacional como arma para su descomposición o autodestrucción. El “fatalismo geográfico” que nos regaló la “Providencia”, apoyado tácitamente por la maledicencia.

No es casual que a una Revolución que elevó el patriotismo a los altares se le haga oposición con el descrédito del “escapismo”. Al sueño de una nación independiente oponer una migración a contracorriente.

A quien se pretendió ahogar en el Estrecho de la Florida, y en otros “estrechos” migratorios para los cubanos, no es a la gente que “huye”, sino a la resistencia que se queda. La apuesta es a la rebeldía apagada por la “huida”.

Solo hay que revisar los reportes de años de agencias internacionales y los medios al servicio de la contrarrevolución para cerciorarse del propósito.

En estos días, en que el país siente con más fuerza las consecuencias del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba —bloqueo energético mediante—, deberían medir bien sus criterios quienes llegaron a la conclusión de que ese engendro es un dinosaurio político infuncional.

Las discusiones que se generan demuestran que en asunto tan delicado no cabe el panfletismo triunfalista o la ligereza con la que en oportunidades tratamos otros temas.

La apuesta del Gobierno estadounidense por incrementar la presión a las tensiones del país vaporiza de muchas formas, algunas muy sigilosas y preocupantes, y otras más peligrosas y estentóreas. Una de ellas —que emerge en los debates de estos días— es la peligrosa confusión de la frontera entre las carencias que se nos imponen desde fuera, y las que nos agregan las deficiencias e insensibilidades desde dentro.

El crecimiento de esa neblina podría resultar en la pérdida de confianza en la capacidad del país para rebasar las consecuencias a que nos ha derivado el apretón de tuercas actual, y en consecuencia para darnos una vida más decorosa en lo material y espiritual.

El triunfo del espíritu derrotista sería el mayor golpe moral y la peor decepción para las vanguardias cubanas, que tanta sangre derramaron para fundar una nación soberana frente a Estados Unidos.

La insidia y el pesimismo como arma para desmovilizar el espíritu contestatario de Cuba no son nuevos, y ni siquiera se estrenan con el bloqueo en la añeja política de vejación al país por parte de la ultraderecha norteamericana.

“No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, justo con los demás pueblos de la América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores”.

Lo anterior se vio precisado a responderlo José Martí el 26 de marzo de 1889, ante un artículo lesivo a nuestra dignidad en ese periódico estadounidense, donde ya se advertía la ruindad de humillarnos y apagarnos. Lo mismo se repite desde mucho antes de que arreció el cerco energético y la guerra comunicacional acompañante. La desvergüenza de presentar la agonía actual del pueblo cubano como resultado de las fallas históricas en la construcción socialista.

En su Vindicación de Cuba, el Apóstol advierte que: “Solo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia”.

En ese mismo artículo, en el que el Héroe Nacional denunció los tropiezos que imponía el Gobierno norteño a la causa de la independencia, apuntó que ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, entre quienes niegan su capacidad, insultan su virtud y desprecian su carácter.

Y el dilema martiano de ayer es el de Cuba hoy. Desde entonces había que deslindar lo bautizado popularmente ahora como “bloqueo interno”. Muchas de las expresiones de lo que el pueblo llama así se entrecrucen con el marabuzal de medidas con las que Estados Unidos pretendió cerrar siempre el paso a nuestros sueños.

El desbroce esencial de este Archipiélago es y será entre el imperio y la Isla independiente y sería un crimen histórico no eliminar las brumas que lo confunden. Porque podría la libertad padecer nuevos “destierros”.

Porque a la nación cubana le será muy difícil deshacerse del signo perenne del llamado fatalismo geográfico. La historia del Archipiélago es indefectiblemente la de la independencia frente a la anexión o el sometimiento.

Sin nada que apelar frente a tan dura certeza, la gran pregunta que nos queda por delante es cómo levantar un país, además de libre, próspero, frente a las malsanas acrobacias políticas de los Gobiernos de Estados Unidos.

Ya he dicho otras veces que del apogeo de ambos opuestos nació el contorno nacional de este conjunto de islas, ahora sacrílegas, llamada Cuba socialista.

La bandera que hoy ondea solitaria y digna estuvo extrañamente en su primer momento en manos anexionistas; asumió su actual simbología tras ríos de sangre de quienes abrazaron luego con ardor la independencia. La idea de unir su estrella a la de los estados de la Unión fue bastante acunada en Norteamérica; y no faltaron los “criollos” de conciencia plattista que la mecieron con delirio.

Algo como eso recordábamos mientras el mundo rezumaba esperanzas por todos sus poros con la elección y las proyecciones del primer Presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos.

Obama, quién lo duda, encarnó el renacer de una ilusión, aunque encabezara un imperio que reproducía un ancestral espíritu; de esos a los que no alcanzan para exorcizarlos —ya está demostrado— ni los ocultos poderes de todos los dioses afros.

De la herencia no escapó ni ese entonces joven y carismático Mesías de lo que entonces se creía podría ser una nueva “era americana”. “Dios bendiga a Estados Unidos”, se le escuchaba repetir, con la misma apropiación mesiánica de sus antecesores. Y a quien le atendía se le escapaba un suspiro de reproche: ¿Acaso el resto del mundo no merece las misericordiosas bendiciones del «Señor»? ¿Cuándo y quién unció este nuevo «elegido»?

No por casualidad un reconocido académico mexicano, que analizaba los pronunciamientos que desde Cuba y Estados Unidos ocurrían en los días de la llamada diplomacia blanda con sus acercamientos incluidos, señalaba el peligro de dejarse llevar por la aparente inocencia de los discursos que invitaban a “borrón y cuenta nueva”; la invitación más notoria de Obama en su discurso en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

La vulgaridad y ramplonería política del actual aspirante a Nerón planetario vinieron a tiempo para recordarnos los graves peligros de la desmemoria en una nación como la nuestra, e incluso algo más pecaminoso para los sueños libertarios nacionales.

Como recalqué también en otro momento, el antimperialismo no fue en Cuba una “depravada vocación” de copias estalinistas de última generación. Muchos años antes de que asumiéramos estas tonalidades “rojas”, el dilema de Cuba frente a Estados Unidos ocupó a todos los grandes hombres que delinearon los contornos de la nación, desde José Antonio Saco hasta Fidel Castro Ruz.

Al final del siglo decimonónico sería José Martí el encargado de resumir el añejo y esencial dilema en postrera misiva, bastante conocida, a su amigo Manuel Mercado. Por ello, un prestigioso profesor de Historia de la Universidad de Oriente no aceptaba la extendida denominación de “diferendo histórico” para nombrar el conflicto entre Estados Unidos y Cuba.

Sería como aceptar —apuntaba— el significado que a ello le da el diccionario: diferencia, desacuerdo, discrepancia; cuando en realidad los cubanos no tenemos responsabilidad en lo que no ha sido otra cosa que el “empecinamiento histórico” de la derecha extremista norteamericana de apoderarse o manejar la Isla.

Aquel profe agregaba que aceptar la idea del diferendo sería justificar que el conflicto nació después del triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959 y tras la elección del camino socialista, cuando en verdad viene desde los albores mismos de nuestros conceptos de Patria.

A estas alturas del juego, haciendo un paralelo con nuestro afán beisbolero, podemos tener la certeza de que el viejo empecinamiento imperial no transmuta, lo que se transforma es el modo de alcanzarlo: zanahoria o garrote, ¿he ahí la cuestión…? Esa es la triste razón por la que ahora vemos navegar, aunque sin barcos hacia Cuba, la nueva era de apretón de tuercas imperial.

La era de las “trumpadas” debería servirnos de espuela para aguijonear como nunca antes, después de 1959, el proyecto de desarrollo nacional, ese que tenemos que levantar sin remedio bajo la sombra de los vaivenes del carácter del tío Sam. Hasta que algún día, quién sabe de qué tiempo, podamos, como tanto se reclama, convivir civilizadamente a pesar de nuestras diferencias (Tomado de Juventud Rebelde).

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Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

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