Me disponía a tratar otro tema, y se me atravesó en el camino un video que no sé si me ha producido más indignación que tristeza o más tristeza que indignación. Un adulto le pregunta a un niño cómo se llama, pero entre la pronunciación del pequeño y lo poco familiar de su nombre en español, el adulto no lo entiende, y vuelve a preguntárselo. Como las respuestas siguen siendo oscuras, le pide que lo deletree.
Ahí se desata el drama. El niño no sabe qué significa deletrear y, luego de mucha insistencia del entrevistador, a lo más que atina es a intentar dividir su nombre en sílabas. Pero tampoco acierta: entre otras cosas, porque no sabe si el final de su nombre se escribe con ese o con zeta, o con ce. En uno de los intentos pronuncia Daicon.
Dejemos a un lado lo que valdría añadir sobre nombres que se ponen de moda, y a menudo son una mala transcripción de variantes, en otras lenguas, de nombres que tienen dignidad y carta de ciudadanía en español. En semejante camino un joven deportista cubano se nombra Hányelo.
En el video el adulto se ensaña en los aprietos de una criatura que ni siquiera se percata —¿con qué recursos podría hacerlo?— de la seriedad de la situación en que se halla. No hace más que reírse de un modo que oscila entre el asombro, la desesperación, el desamparo y la inocencia.
El entrevistador no halla mejor salida que ofrecerle —y le muestra lo que podría ser su estuche—, una cadena de oro si responde bien una pregunta que le hará. Ilusionado con el posible premio, el niño acepta entusiasmado, y al oír: “¿Quién escribió el Himno de Bayamo?”, piensa brevemente para contestar: “¡José Martí!”.
Ese podría ser el devastador final de un video que es devastador en su totalidad, pero entonces, para coronarlo, aparece otro adulto que se ríe a carcajadas —se burla— de la ignorancia del niño. Quizás la intención del video sea flagelar, mofa por medio, todo lo que podría relacionarse con tan doloroso hecho.
Cabría pensar, digamos, qué sugerencias busca el video hacer en lo relativo a elementos sociales en general y étnicos en particular. Los tres participantes son mestizos, y el niño tiene trazas de pertenecer a eso que un vergonzante eufemismo en boga reduce a “sectores vulnerables”. Las casualidades suelen no ser especialmente casuales, y ese punto puede quedar para otros análisis.
Por ahora, considérese si no se abusa de un niño a quien se ridiculiza. Podría indagarse si el video es verídico o fruto de un guion fictivo; pero parece verídico, y la situación expuesta, dolorosamente atroz, resulta creíble. Apunta a una realidad que debemos suponer que nos preocupa a todos, aunque a menudo la palabra todos se usa con excesiva confianza.
Debido a causas que en estos párrafos no se intenta dilucidar, la educación no vive su mejor etapa en un país que tantos recursos, tantos esfuerzos y tantos sueños ha puesto en fomentarla, y tantos grandes logros ha conquistado en ella. Merece más, mucho más, y no debe retroceder ni un palmo en el terreno, sino recuperar lo que haya perdido, y seguir avanzando.
Sea factográfico o fictivo, el video debería llegar a las más altas autoridades de los ministerios de Educación, y a todas las que tienen que ver directa o indirectamente con una labor de tan vital importancia para el rumbo y el destino del país. No es cuestión de verlo y que los distintos espectadores digan qué les parece, sino de incluirlo en el análisis de una realidad en la cual probablemente no se encuentre poco ni lo menos relevante de lo que debe ser cambiado, para hacerlo mejor, agréguese.
Hace alrededor de veinte años el autor de este comentario escribió otro sobre un error cometido en una clase televisada de Historia: rotundamente un profesor afirmó que El Diablo Cojuelo tomado por José Martí como personaje y voz en el artículo de fondo de la publicación juvenil titulada con el nombre de ese demonio era… España.
Largamente se ha hecho referencia —y se supone conocida— a la intertextualidad que existe entre ese texto y la novela homónima del español Luis Vélez de Guevara. En ella el Diablo guía, en España, a un estudiante para mostrarle las lacras de aquella nación. Martí, adolescente curioso, lo empleó para mostrar a sus condiscípulos que la metrópoli había trasladado sus vicios a Cuba.
De la deliciosa novela se hizo una edición cubana en 1989, y deberían hacerse otras. El autor del prólogo —quien lo es también del presente artículo— gustosamente lo revisaría para una nueva salida. En un encuentro con artistas de la televisión algunos de ellos le aseguraron que también en sus aulas les habían dicho que El Diablo Cojuelo era España, no el personaje de ficción que salió de una redoma para hacer sus diabluras. Pero las pifias no cesan.
Ya en tiempos de la covid-19 el articulista le escribió a la entonces ministra de Educación —quien siempre correspondió al respeto y a la cordialidad con que él le escribía— para hablarle de errores en clases televisadas. Se suponía necesario, y posible, que los docentes encargados de ejercer esa labor fueran escogidos entre los mejores —al menos entre los que residían en la capital, que no serían pocos—, dada la gran influencia de los medios de comunicación masiva.
Para empezar, quien impartía Matemáticas a los primeros grados prodigaba dijisteS, te equivocasteS, ¿ya hicisteS el ejercicio? y un interminable rosario de ese error en la correspondiente conjugación verbal. Por mucho que quienes enseñen español se esmeren en combatir errores como el citado —demos por seguro que lo hacen—, propagar por televisión un mal ejemplo como el citado daría al traste con ese empeño. Y aquí es necesario amarrarse las manos para no castigar el teclado reiterando que el mal uso de la socorrida expresión dar al traste da frecuentemente al traste con su sentido.
Los errores pueden distorsionar gravemente el propósito de una clase. Sobre uno de ellos en particular, y en respuesta a lo que le había escrito a la ministra, con quien escribe se comunicó directamente el profesor que había errado. Fue especialmente respetuoso y cordial, y le agradeció el señalamiento de la equivocación, que —le dijo— venía del libro de texto. Al no tener a mano cómo comprobarlo, le pidió al profesor que revisara bien si era así y, en tal caso, le diera al asunto el curso debido, con la propia ministra en primer lugar.
El otro texto —aludido al comienzo— que el autor se había propuesto escribir antes de que llegara a sus ojos el devastador video, se referiría a un grave falseamiento cometido en un aula y también relativo a la enseñanza de la obra martiana. Una colega le aseguró que a su hija la maestra le había dicho que la Madre América alabada por José Martí en el discurso conocido con ese título era… los Estados Unidos.
Esa es una confusión mayúscula. Se supone que son bien conocidas las raigales impugnaciones hechas a dicha nación por el orador, temprano antimperialista. En aquel discurso la expresión “madre América” alude a nuestra América, a la que Martí llamaba con esa declaración de pertenencia para diferenciarla de la otra América, el poderoso vecino que la despreciaba y ya entonces se proponía sojuzgarla.
Los errores cometidos en las aulas por quienes tienen la tarea de enseñar no autorizan a ignorar que en esa vital fuerza de trabajo formador abundan quienes se esfuerzan por llevar al alumnado los mejores frutos posibles. Pero las fallas detectadas no solo conciernen al plano del conocimiento: se aprecian también en los valores y los modales que un educador debe trasmitir al alumnado para el cual trabaja.
Si —como afirmó el propio Martí— “un pueblo es en una cosa como es en todo”, no se debe dar por sentado que las aulas están a salvo de la vulgaridad y la grosería que minan la sociedad en su conjunto: desde el lenguaje hasta la música más promovida, pasando por todo lo que ocurre en un contexto donde la vida cotidiana suele ser poco amable.
Una colega cuenta que una madre, preocupada porque la maestra de su hijo daba las clases con un “chupa chupa” en la boca, habló con el director de la escuela para hacérselo saber, y él le respondió: “¿Pero qué hay de malo en que la maestra haga eso?”
Volviendo al documental, quizás se deba pensar incluso en prácticas desestimadas en favor de lo que suele llamarse “el progreso”. El positivismo, sobre el cual se han montado muchas de las conquistas de la tecnología, puede convenir especialmente a modelos de sociedad guiados por el pragmatismo. Y este es propio del pensamiento que caracteriza al sistema capitalista: no se debe confundir —como tantas veces se hace—con el aconsejable y sano sentido práctico.
De ahí que a dicho sistema le convenga que en sus universidades rijan proyectos educacionales como el Plan Bolonia, urdido para formar empresarios eficientes de mentalidad capitalista, no para cultivar el pensamiento que pueda ser peligroso para quienes medran con la opresión, ni valores estéticos afines a la espiritualidad. Esta, bien asumida, no comulga con el economicismo y las injusticias, ni con la chabacanería.
Nadie quiera ver en estos apuntes menosprecio alguno de la tecnología en general. Bien aplicada es de gran utilidad para los seres humanos; pero, para empobrecer el pensamiento, el tecnologismo propaga dogmas como el que magnifica la importancia de textos cada vez más breves. Seguida acríticamente, esa norma conspira contra el hábito de la lectura, en la que se halla uno de los caminos que más abonan la riqueza de pensamiento.
En la cotidianidad, la pobreza inducida favorece que uno vaya a un mercado a comprar tres plátanos a un precio de setenta pesos cada uno —lo que en una mente que domine la aritmética elemental llevará casi automáticamente a multiplicar 3 x 7 = 21, y 3 x 70 = 210—, pero el vendedor echa mano a su calculadora. Y ese no es el ejemplo más grave.
En cuanto al niño que no sabe deletrear ¿será que ya ese recurso quedó fuera de la enseñanza, pese a los testimonios que apuntan a su utilidad para fijar las prácticas de la lectura y la escritura? Ese mismo niño, además, tampoco domina la división de palabras en sílabas.
¿Será que es especialmente desvalido y poco despierto, o que no se le han enseñado bien recursos que contribuyen a las prácticas mencionadas y, de paso, a encontrar asideros para dominar la ortografía, terreno donde aflora patéticamente la tragedia contemporánea de la mala formación escolar? Que sea o parezca ser una pandemia mundial no debe suscitar resignación.
Un amigo sabio, y gran conocedor y amante de la obra martiana, le dijo una vez al articulista: “¿No sé por qué insistir en poner como ejemplo de la genialidad de Martí su afirmación de que ‘los niños son la esperanza del mundo’, cuando esa es una de las verdades más elementales del universo, y él dijo tantas cosas extraordinarias?”.
Hecha por quien la hizo, nada tiene que ver esa pregunta con menospreciar el juicio de Martí sobre la infancia, y mucho menos al propio Martí. Por el contrario, además de confirmar la claridad de quien, en el artículo “Maestros ambulantes”, iluminador como suyo, sostuvo: “Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí”, convoca a no dejar en el desamparo a niños y niñas, ni siquiera si de enseñarles a deletrear su nombre se trata. Y a impedir que sean objeto de burla por no tener la preparación que merecen y no se les ha propiciado. Será preciso deletrear la esperanza.

