“La lectura estimula, enciende, aviva, y es

como un soplo en la hoguera resguardada,

que se lleva las cenizas y deja al aire el fuego”.

José Martí

Desde su más temprana niñez fue José Martí un acucioso lector. Carente de recursos como vivió siempre, las bibliotecas fueron parte importante de su vida.

Seguramente, durante su permanencia en el colegio de San Anacleto y en la nutrida biblioteca de este centro, tuvo Pepito contacto con el Álbum de los Niños, primer periódico infantil insular, fundado en 1858 y dirigido por Manuel Zapatero, español radicado en la Isla, quien lo publicaba por entregas, los sábados; en sus16 páginas aparecían estampas costumbristas, narraciones y fábulas, poemas, adivinanzas y pasatiempos, breves biografías de niños y hombres célebres, versiones de algunos cuentos clásicos de Charles Perrault, artículos de divulgación científica, lecciones de historia sagrada y mitología, trabajos de expresión literaria infantil, traducidos de revistas francesas como Le Journal des Enfants, y otros originales, que le eran enviados por los directores de algunos colegios de la capital, entre ellos Rafael Sixto Casado y García de Alayeto, director de San Anacleto, en cuya biblioteca se hallaba la colección de revistas.

Al trasladarse para la Escuela de Instruc­ción Primaria Superior Municipal de Varones —San Pablo—, convertida más tarde en Instituto de Segunda Enseñanza, centro dirigido en ambas etapas por Rafael María de Mendive y Daumy, Pepe asaltó la biblioteca; se acercó a los clásicos de la literatura y sus conocimientos del inglés le permitieron, con solo trece años, hacer traducciones de las obras de los poetas ingleses Lord Byron y William Shakespeare.

Tras el presidio y el destierro, ya en España, la Real Biblioteca, legítimo orgullo de Madrid, era visitada por Martí con mucha frecuencia. Fue entonces que lo mejor del llamado Siglo de Oro de la literatura española pasó por sus manos: Santa Teresa de Jesús, Miguel de Cervantes y Saave­dra, Francisco de Quevedo, Baltasar Gracián, el teatro de Pedro Calderón de la Barca…

Cuando, junto a Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó, se trasladó para Zaragoza (mayo de 1873), las bibliotecas de la Universidad y del Ateneo conocieron de su constante presencia. Debe tenerse en cuenta que Martí hizo su último año de bachillerato y sus dos carreras universitarias, con matrícula abierta, lo que quiere decir que matriculaba y examinaba determinadas asignaturas; pero sin asistir regularmente a clases y aun así, en noviembre de 1874, ya había concluido sus estudios: las bibliotecas le aportaron la bibliografía necesaria.

En Nueva York, ciudad en la que residió durante quince años, frecuentó varias bibliotecas, entre ellas, la Astor Library —“luminosa, y solemne, donde se alberga toda la ciencia y está dibujado todo el arte de la tierra”—1 y la Lenox —en la “que las facilidades se abrieron a los más necesitados y el libro fue accesible a los pobres que, no tienen con que comprarlos, ni las posibilidades de leerlos”—.2  En esa ciudad, tras su muerte, el político Samuel L. Tilden legó una considerable fortuna para la construcción y dotación de una biblioteca —“[…] su testamento otorga tres millones de pesos para la fundación de una biblioteca pública, y este magnífico legado enseña […] que la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios, es, sobre todo lo demás, la propagación de 1a cultura: hombres haga quien quiera hacer pueblos”—.3 Así surgió The New York Public Library, a la que se fundieron las dos anteriores.

De igual modo, se refiere a las bibliotecas de los clubes Vanderbilt y Union League, del colegio Cornell y Columbia, entre otras; pero destaca sobre todas la de la ciudad de Johnstown, donde “[…] No era la iglesia el edificio mejor, sino la biblioteca de los artesanos, con sus salones cómodos y apetecibles, la escalera ancha, y los muros de piedra”.4

Hombre de letras y cultura, José Martí dio a las bibliotecas el valor que les corresponde como templos de sabiduría. Su quehacer periodístico se encargó de resaltar de estas instituciones tanto el valor de sus fondos bibliográficos, como su exterior y cualquier otro tema de interés. Ello queda resumido en una de sus frases: “[…] una biblioteca invita a pensar grande”.5

 

Notas

1 Cit. por Blas Navel: “Martí y las bibliotecas de Nueva York”, en http://librinsula.bnjm.cu/secciones/318/desde_adentro/318_desde_2.html

2 Ibídem.

3 José Martí: “Carta al director de La República”,  Honduras, 1886, en Obras completas, t. 13, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, p. 301.

4 _______: “Carta al director de La Nación”, en ob. cit., t.12, p. 227.

5 _______: “Carta al director de La Nación”, en ob. cit., p. 284.

Ver además

Un día fructífero en la bitácora martiana

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