Luis Sexto: “El periodista es un servidor público”

Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo José Martí

Otra entrevista de la serie audiovisual que comenzó a grabarse recientemente para dignificar la labor de los periodistas cubanos, que este año celebran su X Congreso. La producción corre a cargo de jóvenes egresados de la FAMCA y es fruto de la colaboración entre la Unión de Periodistas de Cuba (Upec) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Cubaperiodistas ya publicó el testimonio de Isabel Moya

 Moldeados de honradez, se afanan los cauces de su rostro apacible. La mirada altiva; y el hablar bajo y pausado. En pose sacerdotal, o estado introspectivo, Luis Sexto, un hombre de mediana estatura y 72 años, reclina la cabeza, y entrecruza las piernas y las manos. A su alrededor, luces que se encienden y se apagan, dos cámaras que lo enfocan en busca del mejor set para el rodaje.

La sala del apartamento de Luis, y de su esposa Zenaida, está arremolinada. Los muebles, estilo años 50, han sido desplazados del centro de la estancia, y Daniela Muñoz Barroso, Irina Carballosa y Lena Hernández, las muchachas del equipo de realización, mueven todo de un lado a otro. Pero él se queda allí, en la silla que le han puesto para la entrevista, sentado como un párroco, hasta que la alerta de “grabando” le devuelve la palabra, comunicadora y culta, y el rostro cordial de un hombre que ha apostado por su progreso creador.

Es hijo de un hogar pobre. Nació en Remedios (el pueblo de las parrandas). Específicamente en General Carrillo, que debe su nombre al destacado mambí ¿Su hogar? Como el de un peón de vías en un ingenio azucarero de la época. Pero la situación del país era tan horrible entonces que a su padre le quitaron el empleo en el Central San Agustín de Zulueta. Así, a los nueve años, cambió el rumbo de su corta existencia.

—Nos vamos para La Habana. Mis tres hijos no se van a criar aquí como animales, dijo en 1955 Elda María, su madre, una mujer enérgica y soñadora. Y después ella tuvo que volverse criada en una casa pequeñoburguesa del Cotorro, donde también vivió con su familia. El padre, Manuel, solo pudo conseguir trabajitos temporales.

La primera cultura de Luis fue la de Superman, Dick Tracy y el Pato Donald. Cuando ya había pasado el quinto grado, se pasaba el día entero tirado en el suelo leyendo muñequitos (historietas, comics) que su madre le compraba por cinco centavos cada uno, y que luego intercambiaba con otros muchachos (así ella evitaba que el hijo saliera a la calle). Como lector adulto Moby Dick, de Melville, fue su iniciación ¿El primer texto escrito? Una carta de amor inspirada en una vecinita que le gustaba mucho. Empezaba así: “Dicen que el amor de niño no existe…”. Y él piensa que en esa frase ya estaba el periodista que alguna vez llegaría a ser.

Gracias a Ángela Sexto, la tía paterna, Luis estudió en Los Salesianos, un colegio religioso del barrio La Víbora. Sus resultados académicos motivaron a los Padres devotos a proponerle hacerse miembro de esa congregación y a formarse como sacerdote. Lo consultó con su madre: — Ve, y si después no te gusta te vas, pero sales con todo lo que ellos te van a enseñar.

Luis Sexto y Daniela Muñoz Barroso, directora de la serie audiovisual sobre destacados periodistas cubanos

Su carrera como seminarista terminó dos años después, a los dieciséis, en 1961, cuando la batalla de Playa Girón y la intervención de los colegios privados. Pero no puede olvidar ni maldecir aquella etapa; al contrario, fue muy afortunado cuando entró al Seminario de Arroyo Naranjo. Y de allí salió transformado.

El adolescente que había escrito una carta de amor, se destacó como estudiante por sus composiciones. Por eso los Padres lo trataban con cierta preferencia. El superior encargado le decía: —No puedes dejar de comer, tú estás llamado en la orden a llegar muy lejos. Y también: —Tienes que estudiar mucho, el latín es muy difícil. Y, en efecto, “el latín era muy difícil, pero allí aprendí mucho más: a conocer y amar la cultura y que sin cultura un hombre no es nada o no es nadie”.

Esos años calaron muy hondo en la vida de Luis Sexto, al punto de que a veces se sorprende actuando como los padres salesianos. “Me enseñaron que había que ser generoso, solidario, que había que conseguir las cosas con esfuerzo propio, que no podíamos esperar que nos regalaran algo, que todo había que merecerlo”.  Esas verdades morales las hizo propias porque —piensa—, fueron dadas indirectamente, con el ejemplo de la vida diaria.

—Y fíjese qué cosa más extraña, desde alrededor de los cuarenta años, cuando conocía a una persona y empezábamos a conversar me preguntaba: ¿Usted es cura? Como soy calvo hace mucho, le preguntaba a mi vez: —¿Por qué me lo reconoce, por la tonsura? —No, no, no, por su modo de hablar, por sus modales, por sus ideas.

“Claro, no soy cura; soy padre de familia. Aquello terminó como vida práctica, pero ha quedado sedimentado como conducta, como visión de la vida, y de ahí surge mi ética. No quiere decir que soy impoluto, no quiere decir que nunca me he equivocado, no quiero decir que nunca he cometido errores. Sí, me he equivocado, he cometido errores, a veces he sido cruel, pero aquellos años se me paran delante y me dicen: —Oye, recuerda que eso no fue lo que te enseñamos. Es decir, siempre están presentes como una especie de super ego, el famoso super ego del psicoanálisis; a veces ha estado presente, y creo que sigue presente. Soy un hombre muy autocrítico. Pocos lo saben o lo notan, pero sufro mucho, sobre todo cuando empecé el periodismo. Qué horrible era, qué horrible… Me he emocionado, ¿eh?”

Está sentado en el centro de la sala, sobre la madera dura de la silla. Muchos de sus libros reposan en el mueble que ahora queda a su espalda. Encima de una estantería delantera a este, la talla de un caballo (Que se vea el caballo, advirtió antes). También está el trofeo del Premio Nacional de Periodismo José Martí y dos fotos de su hijo Luis Felipe, que es ingeniero. En las paredes, una obra original de Zúñiga, sobre la tradición afrocubana, y una serigrafía de Duporté, el santiaguero que pinta en Las Terrazas (pinareñas), acompañan una foto de Luis con Fidel.

Luis Sexto y Fidel

El sonido acelerado de los motores de los autos, las guaguas; las voces de los pregoneros del barrio filtran por las hendijas de la estancia, con las puertas y las ventanas cerradas. Sin llegar a interrumpir la grabación, los ruidos de la calle Línea suscitan un intercambio de miradas entre las realizadoras audiovisuales.

—Yo no fui periodista enseguida. Vendí ostiones en Cuatro Caminos; refrescos en la calle Muralla; trabajé (y no me duele ni me avergüenza decirlo) en una fábrica de hostias, por treinta pesos al mes. Después, el hijo de una señora que me tomó mucho afecto, me ubicó en el Central El Pilar, en Artemisa, con la perspectiva de estudiar topografía.

Luis practicó la medición de tierras plantadas de caña de azúcar en fincas de pequeños agricultores, aprendió a dibujar lo elemental y se instruyó en la especialidad con profesores checos durante catorce meses, becado en el central España Republicana, en Matanzas, que ya no existe.

¿Qué cómo conoció a Zenaida, la mujer que es su esposa, la única, la de siempre? —Allí tuve esa gran dicha. Fíjese si tuve suerte que la vi unos días antes de marcharme, de terminar ya completamente el curso. Me llamó la atención una muchacha tan delicada, en aquel ambiente de ingenio azucarero, de campo de cañas, En fin, esa es mi esposa, y a veces digo en juego que quien me envió al central España a estudiar me “embarcó”. Pero no, no es verdad, porque el año que viene hará cincuenta años que nos casamos, y esa es la prueba fundamental de que tuve mucha suerte.

A su experiencia con la Topografía le siguieron dos años en el ejército, pero ya Luis Sexto tenía el sueño de ser periodista. Y en 1971, cuando había cumplido su compromiso como soldado, fue a ver a su amigo Oscar Monroy, a quien nunca habrá de olvidar. Él le había prometido ayudarlo en su empeño y, como uno de los dirigentes de la comisión nacional de fútbol, medió con la dirección de prensa del INDER. Inmediatamente no pudo conseguir lo que ambos querían, pero por unos meses obtuvo trabajo de documentalista y bibliotecario en la industria deportiva, cerca del Coliseo, por la calle Santa Catalina. Hasta que ejerció como corresponsal voluntario en los juegos escolares de 1972.

En Quivicán, 1976, durante su primer reportaje

Cubrió el fútbol, que era el deporte que conocía un poquito, porque en el seminario lo había practicado, y al final de las competencias, escribió una crónica para el Semanario Deportivo LPV. En la redacción quedaron medio sorprendidos y le asignaron las páginas centrales. Cuando se le venció la licencia como reportero en los juegos escolares, el director de divulgación del INDER, Ciro Pérez, a quien agradece mucho, y quiere hacerlo constar en esta entrevista, le dijo: —No, no puedes irte, ya hablé con el presidente y te quedas con nosotros.

“Así, de pronto, me vi convertido en periodista de un semanario deportivo nacional. Quien nunca hizo deportes, empezó a comentar sobre deportes. Aprendí en ese tiempo que el problema del periodista es tener habilidades e inteligencia, pero sobre todo saber andar entre las cosas que ignora. Empecé a cubrir el fútbol, a escribir casi todos los días, a ganar oficio. Muchos me ayudaron; en especial, Elio Constantín”.

Al parecer —reflexiona—, la vida me llevaba por un camino y yo quería ir por otro. Hoy me doy cuenta de que a ciertos lugares hay que llegar en el momento oportuno, nunca fuera de tiempo. Porque piensa que para escribir hay que vivir, hay que haber vivido.

“Quien no conoce lo que es el trabajo, quien no sufre lo que es calentar un sueño que no llega a cristalizar, será improbable que escriba alguna vez. En cambio, quien insiste, continúa leyendo, se sigue formando, preparando por su cuenta, llega adonde quiere. Y, a veces, llega por casualidades o por voluntades que se conciertan; entonces todo lo sufrido y experimentado sirven de materia prima para escribir.

Con el escritor cubano José Soler Puig (izq.), en 1988.

“Si yo no hubiera vivido todo cuanto viví antes, quizás no fuera o no hubiera llegado a ser el periodista que algunos dicen que soy; no me voy a evaluar, lo único que yo defiendo es mi vocación y el gusto y la pasión que siento por escribir. Es decir, si no lo hubiera conseguido sería el hombre más infeliz de la tierra. Pero perseguí mi estrella, como le dije a mi hijo: —Persigue tu estrella. Yo perseguía la mía, y persiguiéndola aprendí a vivir, aprendí a hacer lo que no me gustaba, y a hacerlo bien, porque el trabajo tiene su ética siendo periodista o siendo un bibliotecario aburrido en la industria deportiva. Ocho horas en una biblioteca que nadie visitaba, pero la organicé, hasta incluso cursé un seminario en la Biblioteca Nacional”.

Ha transcurrido más de media hora de entrevista. Irina, la sonidista, sostiene el boom (micrófono extensible mediante un brazo largo), con serenidad de alférez; leal al tiempo de grabación, intuye cuánto puede faltar…

—¿Qué es el periodismo? Una vocación de servicio. Soy periodista, no para darme gusto. Sí, cumplí mi vocación y hay una satisfacción interna, no hay dudas, pero también soy periodista para servir, no para que me admiren sino para servir a los demás. El periodista es un servidor público.

En el trascurso de sus cuarenta y cinco años de ejercicio de la profesión, Luis Sexto se ha encontrado con personas que le han dicho, “a bocajarro”: —Gracias, compañero.  —Y por qué gracias? —Porque una vez usted escribió esto, y cuando lo leí, me ayudó a resolver mi problema. Y, alelado ante situaciones semejantes, se fue dando cuenta de que el periodismo es una vocación de servicio.

—Nunca más he vuelto a ver a esas personas. No sé quiénes son, pero he encontrado esos episodios en mi vida profesional.  Así me he convencido de que yo no me equivoqué al perseguir mi estrella. Trasmitimos cultura, ideas y, a veces moral, ética. ¿Para quién? Para los que nos puedan leer.

Sus momentos difíciles son casi todos. “Difícil es sentarse frente a la máquina o el ordenador y empezar a escribir. Un momento difícil, Dios mío, fue cuando Ciro Pérez me mandó a Puerto Rico a los tres o cuatro meses de estar en LPV ¿Podrá haber sido ese mi momento más difícil? Posiblemente. Antes de viajar, él me dijo:

—Lo he decidido porque tú necesitas desarrollarte, porque tú prometes. Pero si te embarcas, me embarcas. Y esa advertencia fue suficiente para que se exigiera ser digno de esa confianza, como ha hecho siempre.

“Sé que Ciro está enfermo. Le estoy agradecido. Yo había ingresado en mayo de 1973 en LPV y en septiembre ya estaba viajando a Puerto Rico. Apenas tenía experiencia y él confió en mí”.

Luis no ha medido la vida entre momentos difíciles y felices. “La vida es un camino donde se transitan tramos lisos y tramos cenagosos, tramos llenos de baches, como hay algunas carreteras de Cuba todavía. Creo que estar vivo es una felicidad, que haber conocido la vida, haber estado en este mundo, es una felicidad, es un premio que no mereciste, y, además, no pediste, que es lo importante. No pedí haber nacido. Yo no me acuerdo de haber nacido, así comienza Unamuno uno de sus ensayos…

“Yo no me acuerdo de haber sido feliz, porque en realidad la vida para mí ha sido una mezcla de cosas, y a todas les he tratado de sacar aquello que me ayuda, hasta el dolor, el dolor viene y lo tienes que sufrir, si te rebelas contra él duele más; en cambio, si lo asimilas y aprendes, te haces más maduro, sobre todo más maduro para ser capaz de comprender a los demás, no solo para entenderte tú mismo. Quizás uno llega a tener conciencia de sí mismo cuando se relaciona con los demás”.

Entre sus más caros tesoros están las cartas que Luis conserva de José María Chacón y Calvo. El erudito fue su amigo. Lo conoció a través de Ascensión Tejera (Chon), hija de Diego Vicente Tejera, el poeta fundador del primer partido socialista cubano. “Aquella señora, que ya estaba terminando su vida, había vivido muchos años en Roma, había sido esposa por años de un diplomático destacado en el Vaticano; fue íntima amiga del cardenal Montini, que después fue el Papa Pablo VI.  Es decir, era una mujer ya octogenaria que había vivido mucho. Me conoció y me tomó afecto maternal; sabía que yo quería ser periodista o quería ser escritor, y un día me dijo: —Te voy a enviar al hombre que te va ayudar a ser escritor y a ser periodista, al menos te lo va a enseñar.

Facsímil de una carta enviada a Luis Sexto por el erudito y amigo José María Chacón y Calvo

Chon le dio a Luis una cartica para Chacón, que residía solo en la calle I, en El Vedado, a tres cuadras de su casa, y que apenas podía caminar. Y en verdad, Chacón y Calvo lo enseñó. “Porque si ahora yo estoy hablando mucho quizás sea porque la edad me autoriza; pero cuando conocí a Chacón tenía 22 años. Entonces hablaba poco, solo escuchaba. Llegaba los sábados a casa de Chacón a las ocho y media de la noche y me iba a las diez. Lo único que hacía, sentado frente a él, era hacerle preguntas, y él me las respondía, él era quien hablaba; yo, el que preguntaba lo que quería saber de la cultura, de la literatura.

“Era un hombre de mucha experiencia diplomática, de mucha experiencia literaria, un hombre muy respetado en los medios de la lengua española, y aquí en Cuba fue siempre respetado. La Revolución respetó a Chacón hasta lo máximo. Y como en ese momento yo todavía trabajaba en provincias como agrimensor, me carteaba con él. En esos papeles, a veces escritos en una vieja máquina, con falta de letras, y otras con su letra ancha, desparramada, ese hombre sabio, bondadoso, claro, me señalaba mis defectos de aprendiz, o me recomendaba tener cautela en esto u otro. Al releerlas soy consciente de cuántas oportunidades tuve para ser mejor”.

 No hay en la casa de Luis ninguna imagen tridimensional de José Martí, pero el Apóstol está en muchos de sus libros, porque, aunque no es experto en su vida y obra, es “un martiólatra, un cubano que se postra ante ese hombre universal, que reunió en sí la clarividencia del genio en su vida intelectual, la condición de un asceta, de un hombre enamorado del sacrificio en su vida personal y política, y la ética de un hombre empeñado en la perfección para servir sin egoísmos y ambiciones a sus compatriotas. La Historia lo alzó a la cumbre de los hombres eternos. Los años pasan y Martí sigue venerado”.

—Priorizó la ética hasta grados de desgarrarse. Hay una anécdota de Martí en un banquete que le dieron creo que en Nueva York y asistieron muchas personas. En aquella época se ponía frente al plato un recipiente con jugo de limón para quitarse la grasa después de comer carne con las manos. Pero un comensal se tomó aquel fluido, creyendo que era una bebida. Todos empezaron a reír ¿Y qué hizo Martí? No impartió una lección de caridad, o de sensibilidad con palabras. Era un artífice de la palabra, mas sus lecciones más duraderas son los actos. Pues, tomó su recipiente y también se bebió el jugo de limón. Los participantes del banquete dejaron de reírse ¿Quién se iba a reír de Martí? ¿Quién se iba a reír de aquel hombre refinado en sus modales, en su educación? Martí sabía tanto de la vida común, que asesoraba a cualquiera de sus amigas en cómo debían vestirse para casarse. Martí, para mí, es una presencia irreductible a la muerte”.

Por sus expresiones magnánimas, conductas, y la sostenida armonía de su voz calma,  Luis Sexto puede evocar lo simbólico de aquellas representaciones bíblicas de Salomón, el Rey de Israel, hijo y sucesor de David, y arquetipo del hombre sabio. Tal vez esas hayan estado entre las razones del consciente-inconsciente humano por las que fue elegido como presidente de la Comisión de Ética de la Unión de Periodistas de Cuba. Porque, aunque no encarna al “hombre del juicio”, sí puede ser visto como el hombre de la moral.

—No lo soy porque quise sino porque me lo pidieron y me eligieron. Y como tal, lo primero que tengo que demostrar es que, aunque yo sea un ser humano falible, es decir, que se puede equivocar, nunca lo voy a hacer con mala intención, nunca lo voy a hacer para dañar, ni aún a aquella persona que me pueda caer mal. En todo caso, trato de que nadie me caiga mal.

“El deber ético nos obliga a ver cosas buenas en las personas. Indiscutiblemente, es lo mejor que uno puede dar como ejemplo personal, aunque yo no sea un ejemplo. Los seres humanos afrontamos disyuntivas constantemente; sufrimos a veces invitaciones al desvío frente al camino recto, y trato de que venza el camino recto. Pero no me gusta que la gente me considere un ejemplo. No, no me place. Porque me disgusta defraudar a quienes creen en mí.

Cerca del lago Titicaca, con su colega Roger Ricardo Luis (d)

“La primera defensa de la ética pasa por uno mismo. La mejor defensa que yo puedo hacer de la ética no es escribir o predicar la necesidad de ser ético, sino es tratar de serlo.  Ahí están el ejemplo, la técnica, el método martiano. Yo no puedo decir: “Hagan”; yo hago. Y no niego que quizás alguna vez he violado la ética del periodista; no puedo decir que nunca he violado la ética del periodista. He cometido errores, y posiblemente en algunos de esos errores haya una violación de la ética del periodista, pero conscientemente quizás nunca lo he hecho. Siempre, cuando se arma la disyuntiva entre la ética y su contrario, la ética ha de vencer.

Bueno Luis, vamos a hablar del libro que usted está escribiendo sobre Jorge Mañach.

—¿Y cómo usted lo sabe?

Alguien me lo dijo.

—¿Un duende?

Sí, un duende.

—¿Un duende o una duende?

Una duende.

Una duende buena, estoy seguro, que sólo hace bien; hay duendes que sólo hacen bien. Decía Martí que el periodismo era una especie de duende que salía a las calles a quitar caretas, algo de eso decía Martí; es decir, que hay duendes buenos, y la persona que te dijo eso es una duende buena (risas).

“En fin, Mañach está actualmente, en Cuba, en un proceso de rehabilitación intelectual, después de haberlo condenado al ostracismo, después de haberlo considerado un enemigo de la Revolución, un enemigo de todo lo que fuera progreso en Cuba, porque heredamos también todos aquellos insultos fanáticos a los cuales fue sometido Mañach durante su vida profesional y su vida política.

“Afortunadamente, desde hace algunos años, cubanos como Jorge Luis Arcos, Duanel Díaz, Jorge Domingo, Yuleidis Pérez Sánchez (con su tesis de grado en la Universidad) han ido esclareciendo la militancia de Mañach en el Partido ABC y tratando de quitarle quizás ese marbete o maldición de partido fascista. Intenciones y obras esclarecedoras empiezan a abundar. Rigoberto Segreo y su esposa, Margarita Segura, publicaron recientemente un libro titulado Jorge Mañach: Más allá del mito que intenta despojar de hojarasca y aguas sucias la actuación política de Mañach, y aportaron datos que muchos no sabíamos.

En primer plano Irina, la sonidista

“Por ejemplo, que Mañach fue quien buscó las fuentes jurídicas de todas las citas que Fidel empleó en la edición clandestina de La historia me absolverá. Y, aunque no militara en nuestro partido, en el de la izquierda, en el Comunista, en el Socialista, creyó con honradez en lo que defendió y lo defendió con honradez. Fidel confió en él.

Pero hace falta todavía el libro de Mañach periodista, como un modelo de periodista. Él escribió una de las prosas más lúcidas de su época, incluso de la nuestra, e introdujo en el periodismo un estilo, aunque claro, están Pablo de la Torriente, Martínez Villena, Juan Marinello. Hay muchos escritores importantes que renovaron las letras en esos años veinte y treinta con el vanguardismo.

“Creo que Mañach pasó al periodismo toda la aventura de la vanguardia, toda la renovación de la vanguardia. Y nos dejó, entre otros, un libro que se llama Pasado vigente, una colección de artículos publicados en Diario de la Marina. Nunca un título ha sido tan bien decidido, porque esos artículos hoy, 70 años después de haberse escrito y publicado, son vigentes todavía, vigentes en el estilo, aunque tú no estés de acuerdo con lo que el autor plantee. Uno no tiene que concordar con todo aquello que lee; hay autores que uno lee porque escriben muy bien, aunque uno no esté de acuerdo con algunas ideas.

“A Mañach hay que leerlo para aprender a escribir, y lo que pretendo con mi libro es hacer un análisis del periodismo de Mañach y proponerlo como un modelo que no podemos obviar. De la misma manera que Pablo de la Torriente o Alejo Carpentier son modelos, no podemos obviar a Jorge Mañach, aunque aquellos estén en las antípodas desde el punto de vista político”.

En 1988 comenzó a impartir clases en la Universidad de La Habana, en el curso regular, en el primer año y después en el cuarto. Pero hace alrededor de un lustro, ya le era muy fatigoso ser profesor de cuarenta alumnos. Implicaba leer cuarenta crónicas, cuarenta reportajes, cuarenta artículos. Porque Luis Sexto enseñaba estilística y narrativa, y necesitaba leerle a sus alumnos esos textos, para ver hasta dónde habían aprendido y hasta dónde había que corregir defectos.

También tenía proyectos pendientes, “como aspirante a escritor, como autor, como periodista que, sin dejar de serlo, quiere escribir libros capaces de perdurar más que un artículo de periódico, que nace con el día y por la tarde ya está muerto, hasta que alguien le diga: ‘Lázaro, levántate’ y lo descubra, si lo descubre”.

Las clases regulares le quitaban tiempo y concentración. “No es tanto el tiempo para escribir como el tiempo para concentrarse. No puedo decir: ‘Voy a escribir un libro de Mañach’. Sí, voy a escribir un libro de Mañach, pero primero tengo que leer a todo Mañach y a aquellos que han escrito sobre él, y hacer fichas, investigaciones y empezar entonces a elaborar una tesis, y después sentarme a escribir. Y uno se puede sentar a escribir a las dos de la madrugada, a las seis de la tarde, a las diez de la mañana, el tiempo se busca. No es tanto el tiempo físico de escribir, es la preparación y la concentración. Hay que tener a Mañach todo el día cerca, dentro, incluso verlo, tener la ilusión de que te sigue, de que está detrás de ti. Esa atmósfera es la que uno debe tener en su interior cuando escribe un libro.

“Por eso hay que tener mucho cuidado al cruzar la calle, porque me pueden pasar por arriba, porque a lo mejor Mañach me coge de la mano y me para en medio de la calle y me dice: ‘Compadre, acuérdate de esto’, y ahí mismo un cacharro me da un trastazo. Estoy hablando en cubano: en eso consiste escribir un libro, y entonces por esa razón pedí o me sugirieron, que me quedara con una asignatura optativa, y en la Facultad de Comunicación me dieron una prueba más de confianza.

“A los compañeros de la Facultad les tengo un enorme afecto y una enorme gratitud. Me han comprendido siempre. Miriam Rodríguez Betancourt, Roger Ricardo, Iraida Calzadilla, Raulito Garcés, Maribel Acosta, Jesús Arencibia, y tantas personas generosas, capaces, que laboran allí”.

Inventa tú la optativa; proponla y hazla, le dijeron. Y se le ocurrió pensar que no sería mala idea que un periodista viejo, viejo por edad y un viejo periodista, les transmitiera a los alumnos del primer año toda una serie de experiencias y de trucos que enriquecen la profesión.

—Armé mi programa, lo aceptaron, y hace tres o cuatro años empecé con esa optativa. Este curso tengo unos quince alumnos, que eligieron estar en mi aula. Espero que no se aburran. Y así comencé la primera lección: —A ver, ¿cuál es la habilidad fundamental de un periodista?  —Profe, no sabemos, no sabemos, profe. —La habilidad fundamental de un periodista es saber moverse entre los lugares y las cosas que ignora. Nosotros los periodistas no lo sabemos todo, y a veces tenemos que afrontar un mundo que desconocemos, por lo tanto, la habilidad nuestra radica en saber movernos en ese mundo, no estar como el viajero perdido que llega a un aeropuerto y pregunta: —¿Dónde cojo un taxi para el hotel? No, el periodista cuando llega a un lugar desconocido tiene que echar dos miradas y saber dónde está.

Y para continuar provocando a los estudiantes Luis les pregunta: —¿Cuál es la otra habilidad que nos debe regir?  —No, bueno, profe, no sabemos” —Pues no lo olviden: el periodista nunca debe de ir adónde va. —¿Cómo es eso, profe? —Un ejemplo, cuando llegué por primera vez a la península de Guanahacabibes para hacer unos reportajes para Bohemia, y empecé a recorrer aquel recoveco, aquella cosita pequeña que es la cola del caimán, y oigo hablar a los caberos, escucho sus cuentos de misterio y de magia, me dije, No, no, no, esto no da un reportaje, esto da un libro. Se acabó el reportaje, no es reportaje. Vamos a hacer el libro.

Cuando llegó a La Habana, le explicó a la directora de Bohemia, a Caridad Miranda, que iba a hacer un “reportajito” del cabo de San Antonio, pero que necesitaba que ella le facilitara ir varias veces al Cabo, porque iba a escribir un libro. —Siempre te traeré algunos reportajes para justificar el gasto y alimentar las páginas de Bohemia, le dijo. Y ella respondió: —Tú eres escritor, tú quieres ser escritor, arriba. De esa forma ocurre cuando uno está bien dirigido, subrayó Sexto.

“Y así salió uno de los libritos de más mala suerte en este país, pero del cual yo estoy orgulloso. El cabo de las mil visiones tiene una edición en Brasil traducida al portugués; un amigo mío lo mandó a una editorial de Sao Paulo y allí lo publicaron. Dicen que el mundo que yo expresé en ese libro se asemeja a la tradición de Bahía. Casa Amarela, la editorial, logró una edición finísima. En Miami, Letra viva lo publicó en español”.

Luis Sexto está satisfecho con lo que ha hecho en su vida, “aunque haya sido poco”, porque siempre hizo lo que consideró. Piensa que se demoró mucho en escribir libros, porque tenía la idea de que para hacerlo había que tener mucho ejercicio en la escritura, armar un estilo, llenarse de cultura, y, sobre todo, haber vivido.

—No se puede escribir un libro con la conciencia en blanco, con la mochila de la experiencia vacía. Todos llevamos atrás una mochila que es donde tenemos que guardar lo bueno y lo malo que nos sucede; si somos artistas, si somos creadores, esa mochila hay que llevarla, y yo, quizás dando tiempo a que esa mochila se llenara y a que yo dominara la expresión, me pasé de la hora exacta para escribir libros.

“Me jubilé a los sesenta años, no porque quería jubilarme. No. Me jubilé porque me dije: Si sigo trabajando en el periodismo jamás podré hacer lo que yo quiero. Y los últimos veinte años de mi vida los emplearé en escribir libros, suponiendo que viva ochenta, cosa no extraña: ese es el promedio de vida más o menos en Cuba. Aspirar, pues, aspirar a vivir ochenta años es legítimo. Esos veinte años los he ido dedicando a escribir libros.

“Lamento, sí, que quizás llegué muy tarde, por una exigencia, por una autocrítica demasiado severa, con cuya experiencia aprendí que la autocrítica severa hace daño porque te esteriliza, te pasma, te amarra. Me pasó. Nunca me creía digno de escribir, porque todavía no estaba preparado, y esa prevención se alargó demasiado en mi vida”.

Su primer libro, un poemario que publicó Ediciones Unión, lo publicó en 1989 y lo escribió durante una enfermedad. Tuvo que estar cuarenta y cinco días en reposo, y en ese tiempo hizo el libro que tenía en la cabeza y nunca había podido liberar. “Lo evaluaron bien, con honradez.

“Pero ya para mí no tendrá sentido calentar ilusiones que no se cumplieron. No me gusta mirar atrás; no me gusta mirar las rosas que dejé teniendo las rosas delante. El caminante que mira hacia atrás para echar de menos lo que dejó, se está perdiendo lo nuevo que le ofrece la vida.  Trato de que llegue lo nuevo, de ver las rosas que me salen al paso, aunque no las toque. Porque a veces no depende de uno. También, depende de las circunstancias, las circunstancias deciden a veces la vida de un hombre, y yo puedo decir que he estado en contra de algunas de mis circunstancias, y asumo como un mérito personal que haya sobrepasado a ciertas circunstancias”.

 —¡Corten! Es la voz de Daniela, al frente del equipo audiovisual. Luis se relaja (las cámaras ahora no lo enfocan), sin moverse de la silla de madera dura, mientras escucha a la realizadora. Ella necesita hacerle tres preguntas. El trabajo que encabeza abarca la producción de dos materiales diferentes. La entrevista más larga (recién concluida) y una cápsula televisiva de un minuto y medio.

—¿Cómo usted se identifica?

—Yo soy, en suma, un servidor de la gente, un servidor del lector. Estoy convencido de que la palabra, la palabra bien usada, es capaz de mover montañas, y sobre todo es capaz de hacer algo mucho más difícil: mover conciencias. Por lo tanto, entre mis propósitos subliminares, lo que está en el fondo, escribo para que la gente se entienda a sí misma, se construya a sí misma, y sobre todo valore la historia que nos alimenta, que nos ha convertido en personas. Mi momento cumbre podría ser cuando me otorgaron el Premio Nacional José Martí por la obra de la vida; claro, para mí el Premio no fue el fin de mi carrera, para mí el Premio no fue llegar a la cumbre, sino fue el oxígeno que me ayudó a seguir tratando de merecerlo. Esa es, en síntesis, la historia de mi vida: tratar siempre de merecer ser digno del periodismo cubano.

—¿Cuál es su aporte fundamental al periodismo?

— Uno solo, o dos más bien: haber creído en la validez de lo que se escribe en un medio para ayudar a las personas, y haber perseguido siempre mi vocación y haber perseverado, contra viento y contra marea, como se suele decir, en el ejercicio del periodismo.

—¿Qué le falta al periodismo cubano para ser mejor?

—El periodismo cubano hoy, en esta fecha, tal vez no viva su mejor momento, las circunstancias lo apremian, y ello es comprensible. Pero pongamos convincentemente la pelota en nuestro lado de la cancha. La sociedad es un juego, un juego muy serio. Nosotros tenemos un espacio; pienso que ese espacio todavía no lo aprovechamos. Y tenemos que creer en lo que hacemos; tenemos que creer que lo que hacemos es de utilidad suprema para el país, que sin lo que hacemos el país estaría incompleto. Me parece que las insuficiencias que aquejan hoy a nuestra prensa, a nuestro periodismo, tienen que ver mucho con que nos falta profesionalidad y creatividad; quizás no tengamos todo el espacio, pero pienso que la creatividad y la profesionalidad pueden agrandar el espacio y pueden lograr un periodismo, un periódico, una revista, que de verdad interesen a los lectores.

En el reloj, las manecillas rozan la una de la tarde. Daniela, Lena e Irina recogen su equipamiento. Les espera otra entrevista en poco más de una hora. Luis promete buscarnos las cartas de Chacón, y parte de su correspondencia con otros intelectuales. Y fotos, las fotos de su vida como periodista.

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