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Silvio Rodríguez: Superar la erre de Revolución

Pensar en Silvio Rodríguez es:
Recordar las franjas azules y blancas de la bandera cubana, mientras el sol transparenta la tela y deja ver la silueta del trovador, frente a la multitud de un barrio cualquiera.
Una niña cantando «ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve…para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones», mientras se agarra las dos motonetas con tres felpas en cada lado.
La panorámica de la Habana que no sale en las postales y escuchar de fondo aquella estrofa: «Si miro un poco afuera, me detengo. La ciudad se derrumba y yo cantando. La gente que me odia y que me quiere no me va a perdonar que me distraiga».
El rapeo de un santiaguero en pleno apagón, minutos antes de empezar el concierto. El muchacho de las rastas improvisa y «tira» la oración de «gracias a Dios que este pueblo asere no está mudo».
El asombro de un hombre en el gentío y leerle el «coñooooo» de los labios cuando Silvio recita: «A desencanto, opóngase deseo. Superen la erre de revolución».
La mulata bailando trova como un tema de reguetón, el muchacho que sentencia: «¡él es un animal!», o el señor del «Silvio, sirvió».
Todos constituyen retazos del documental Canción de Barrio, del realizador Alejandro Ramírez Anderson, y emociona ver a la música, imposibilitada de resolver problemas de otra índole, aliviar los espíritus de barrios desfavorecidos de la capital cubana y otras provincias del país.
El necio cumple 75 años y su existencia no se limita a un cuerpo físico, un escenario, una guitarra, habita en muchos, principalmente en aquellos que ha estremecido con sus canciones. Los acordes de Silvio Rodríguez narran la historia de un país y su vida parece permearse de la de muchos otros.
La vocación social del fundador del Movimiento de la Nueva Trova se empapó del salitre de los pescadores, con los que compartió durante cinco meses en el barco Playa Girón. El Escaramujo se enriqueció de las melodías del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, para soñar bandas sonoras hechas por jóvenes que analizaban su realidad de manera crítica y profunda. Se presentó ante más de 40 mil reclusos de 16 prisiones de todo el país durante el año 2008. Les cantó a los suyos y llevó sus letras a otras geografías como Estados Unidos, Colombia, México, Alemania, Rusia, Chile, Argentina y Angola. Regresó a su Isla para realizar más de cien presentaciones gratuitas en diferentes barrios entre los que se incluyen Pogolotti, La Corea, El Canal, Atarés, El Romerillo, El Fanguito y Lutgardita.
De una manera u otra el Premio Nacional de Música se sigue reinventando en el blog Segunda Cita o El Zurrón del aprendiz. También se cuela en el ciberespacio y se multiplica en canciones compartidas, fotos y comentarios. El poeta tiene la habilidad de estar en muchas partes, lo encuentras en la bocina de un almendrón, en la lista de reproducción de un celular, en la memoria de una guajira, como una vida que germina en otras vidas y seguirá renaciendo mucho después que su cuerpo deje de existir.
Tomado del sitio web de la Uneac

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