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Cuando esta guerra se acabe

Mañana tendré el privilegio de obtener la protección de la tercera dosis de Abdala y la relativa seguridad de que, pasadas dos semanas si antes no nos castiga la diabólica infección, al menos no sufriremos las formas graves de la enfermedad ni estaremos expuestos al peligro de muerte.

Demasiado hemos sufrido por estos días el suplicio de ver pender sobre cada uno de nosotros y nuestros familiares la espada de Damocles del SARS-CoV-2, una desgracia importada en forma de un virus minúsculo que tiene hoy por hoy en ascuas a la humanidad toda, sin que se vislumbre claramente cuándo empezará a ceder, en medio de un cuadro local de crecimiento pandémico diario con estadísticas que, más que preocupar, asustan.

Con todo, lo más doloroso, además de las pérdidas familiares que muchos compatriotas han experimentado, es la partida intempestiva de amigos entrañables y colegas apreciados por sus cualidades humanas y labor profesional, quienes al dejarnos se llevan con ellos un poco de nuestras vidas y, de cierta manera, el mundo personal en que aprendimos a laborar y convivir con ellos.

Con toda seguridad puedo expresar que, cuando pase esta pesadilla, “cuando esta guerra se acabe”, al decir del desaparecido escritor espirituano Andrés Castillo Bernal, habrá un antes y un después porque ese mundo nuestro y ajeno ya no será el mismo. No podrá serlo por razones que todos entendemos.

La terrible pandemia nos pone ante la disyuntiva de estar informados y preocuparnos por las casi seguras malas noticias del día a día, o vivir en la plácida ignorancia de la luna de Valenciasin dar demasiada importancia a lo que ocurre a nuestro alrededor, como si viviéramos en otro planeta. Aseguro que, a pesar de todo, no es lo más indicado, pues nacimos para luchar y vencer y no para arredrarnos y salir derrotados.

Afirmo que no he llevado la cuenta de los colegas fallecidos desde el inicio de la pandemia, pero suscribo que, cada vez que escucho acerca de la pérdida de periodistas, locutores y personal de nuestros medios, siento que es como si se nos fuera un familiar, porque en Cuba somos una gran familia. Con total seguridad, lo mismo deben sentir compatriotas de otras profesiones y oficios.

Uno de los fallecimientos más cercanos lo tuvimos en el periódico Invasor, de Ciego de Ávila, donde Rigoberto Triana, todavía en la plenitud de su ejercicio, no pudo terminar de contar las medallas de Cuba en la Olimpiada de Tokio.

Sin forzar la memoria, recuerdo a Elsa Claro, una magnífica especialista en temas internacionales, con quien tuve la ocasión de intercambiar impresiones en más de una oportunidad; Andy Duardo, un excelente realizador radial, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba en la provincia de Mayabeque; pero también a José Luis Estrada Betancourt, magistral periodista especializado en temas culturales, a quien habíamos visto brevemente en La Habana, y que un día —ya tarde en la tarde— se asomó fugazmente  a la redacción de Escambray, saludó, compartió unos cuantos vocablos siempre con su amplia sonrisa blanca en su rostro de ébano y partió tras una nueva historia…

Quizá los periodistas tienen más que otros el triste privilegio de que, en el peor de los casos, los colegas escriban sentidos obituarios, como ha ocurrido en Juventud Rebelde ante la partida física de La Figura, como llamaban cariñosamente a Estrada Betancourt, entre quienes sienten por estos días que se les ha venido abajo el mundo, y ello es casi literalmente así.

Hoy acabo de leer en el sitio digital cubaperiodistas.cu acerca del fallecimiento del locutor holguinero Carlos Rousseau, quien, si bien no es espirituano, es un cubano de grandes cualidades que seguía laborando con la experiencia de muchos años en la emisora Radio Angulo, marcando en populares programas su impronta personalísima.

Y ahora dice su panegírico: “Se apagó su voz hermosa, propia para enamorar, para dar buenas noticias, para avisar el final de las desgracias… Y hoy Carlos no estará más, para leer con virilidad nuestros editoriales, para hacer los noticieros, para hablar con su voz tibia, como si nos dijera secretos agradables al oído. Hasta siempre, hermano”.

¡Ojalá termine tanta pérdida y podamos hacer el balance en pasado de esta pesadilla!; para que celebremos una época nueva llena de bienaventuranzas; para que personas como Rousseau se complazcan en ofrecernos buenas noticias; para que la espada de Damocles de la COVID-19 deje de pender sobre nosotros.

(Tomado de Escambray)

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