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Guille y el Niño

Ladró como trueno, al tiempo que un vaho nauseabundo invadió la terraza-comedor del Instituto.

—¡Saca a ese animal de aquí!, conminó uno de los comensales a Hugo, el custodio de turno, quien ya venía detrás del intruso con una escoba para sacarlo gritándole: “¡Niñoooo!, ¡Niñooo!”

El instrumento de limpieza se abalanzó sobre el perro; pero una mano afortunada se interpuso firme e inexorable antes de caer sobre el intruso que buscó refugio debajo de la mesa donde, ahora de pie, su protector, Guillermo Cabrera Álvarez, entonces y por siempre director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, le dijo con dureza al CVP:

—¡Tú quieres ver como soy yo quien te entra a escobazos!

Un silencio autoritario y fúnebre se apoderó del local. Unos tragaron en seco, otros dejaron de comer y no faltaron las arqueadas impulsadas por el tufo del recién llegado “caballero de la calle”.

Y como para que no quedaran dudas de lo porvenir, Guillermo dividió a la mitad su plato de comida, incluyendo la misma porción del minúsculo muslo de pollo, “plato fuerte” del fragoroso almuerzo colectivo, y se lo dio al can; entonces, dio la orden de entregarle completo su almuerzo cuando no estuviera.

Después de la escaramuza, Niño se convirtió en el rey perruno del Instituto.

Hermoso el animalito: fuerte, animoso y contento, como son, casi siempre, los que sobreviven en la calle y están a la busca de abrigo y cariño. Andaba con prestancia, con pasos de caballo de competencia. Tenía estampa de príncipe y hasta la mancha que le cubría uno de sus ojos como un monóculo, le otorgaba cierto aire de aristócrata empercudido: la blancura de su pelamen estaba camuflada bajo una grasienta capa gris de tizne, tierra y cuanto rayo se le había pegado en su peregrinar por la calle “G”, del Vedado. En fin, tenía sobre su cuerpo una coraza a prueba de todo.

Por supuesto, enemigo jurado del baño. Cierta vez le dieron una pastilla para dormir elefantes y bañarlo, pero al sentir sobre su cuerpo el agua, despertó enfurecido, mordió al intruso y se escondió debajo de un carro roto en el parqueo. Solo Guillermo logró sacarlo del “trauma” e increpó con dureza al atrevido quien se buscó desde entonces el odio de Niño y  el encabronamiento del Guille por largo tiempo.

Niño poseía el don de la puntualidad inglesa. A las once de la mañana hacía su entrada triunfal a la casona y marchaba directo a la puerta de la dirección que raspaba con sus uñas como diciéndole a Guillermo que estaba ahí para acompañarlo en el almuerzo.

Hacía lo mismo con los consejos de dirección: entraba, bajo protesta del equipo de trabajo, y se colocaba a la diestra del director y, sentado, seguía el curso de cada una de las intervenciones. Por cierto, entre cabezones, la reuniones no suelen discurrir como aguas mansas, y cuando se “armaba la gorda”, Guille acudía a la autoridad perruna, solo miraba a Niño y este ladraba y todo el mundo (o casi todo el mundo) nos echábamos a reír.

En una ocasión, llegó al Instituto un visitante extranjero de alto rango y tomamos las debidas providencias para encerrar a Niño a espaldas del Director para que no “aromatizara”, al menos, aquel encuentro. Al no verlo, Guille, preguntó por él. Todos los confabulados guardamos un silencio cómplice y tenso mientras recibimos una mirada severa pronosticando una segura refriega cuando se fuera el invitado. De poco valió la medida cautelar tomada. Cuando llegó el personaje y todo su séquito, apareció Niño muy orondo y se coló entre el director y su segundo al mando. Como era de esperar, la visita, con mucho protocolo, miró de reojo al perro y sacó el pañuelo para cubrir su nariz.

Desde ese instante, Niño adquirió su condición de subdirector primero entre nosotros y asumió su “responsabilidad” con hidalguía. No faltaba a ningún acto y recibimiento. Había que verlo asumir una pose marcial cuando se escuchaban las notas del Himno Nacional en un acto y siempre al lado de su amigo.

Niño poco a poco comenzó a ganarse el cariño incondicional de trabajadores, alumnos y  visitantes asiduos. Fue nuestro mejor custodio: patrullaba de día y de noche el perímetro de la institución. No había ni gato ni perro ajeno que entrara a sus predios; es más, se encargaba de poner en pie a los CVP que en la noche-madrugada se quedaban dormidos…

Tanto lo llegamos a querer que en su homenaje, los audiovisuales que hacíamos los presentábamos como “Niño producciones” y Tillo, el realizador, tomó la presentación del león de la Metro Golding Mayer, y puso la imagen de nuestro amigo ladrando.

Cuando Guillermo murió, Niño le guardó luto sincero: se le veía encaracolado en los rincones y nunca más tocó a la puerta de la dirección. Desde entonces, ya no fue el mismo: lo primero que perdió fue la alegría y se tornó huraño, cascarrabias.

Un administrador advenedizo intentó sacarlo del Instituto, pero se ganó la hostilidad de todo el mundo.

Con el tiempo, Niño envejeció. Se le notaba cansado, apenas ladraba, había perdido la vista, el olfato y hasta el apetito voraz que lo caracterizaba al punto que Berta, la pantrista, salía a buscarlo para hacerlo comer.

Una mañana apareció muerto y no faltaron lágrimas. Pese a todo, lo enterramos donde Niño fue rey. Así lo hubiera hecho su amigo Guille.

Desde entonces, y sin ellos, el Instituto no fue el mismo.

Roger Ricardo Luis
Roger Ricardo Luis
Licenciado en Periodismo y Doctor en Ciencias de la Comunicación. Profesor universitario.

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