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Medios de comunicación y audiovisuales informales ¿Incompatibles o complementarios?

En Cuba la interacción con los medios de comunicación masiva ha sido una de las principales prácticas de consumo cultural de la población. Sin embargo, en la actualidad se ha incrementado la interacción con productos y bienes ajenos a los circuitos culturales institucionales, fundamentalmente aquellos vinculados al campo audiovisual y al de las tecnologías digitales para la información y la comunicación.

Este artículo aborda la contraposición o no entre ambos entornos culturales. Reflexiona sobre las prácticas, gustos e intereses de la población cubana en relación con los medios de comunicación y con otros productos audiovisuales informales. Todo ello a partir de la sistematización de resultados de investigación referidos al consumo cultural en Cuba. Si bien múltiples instituciones[1] han aportado a este tema en nuestro país, en esta ocasión se tomarán como referencias, únicamente, los resultados de investigación del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

¿Qué lugar ocupan las prácticas de consumo audiovisual dentro del espectro de prácticas culturales?

Las prácticas de consumo cultural de la población y sin distinciones derivadas de la edad, la ocupación, el sexo o el nivel educacional se concentran en el esparcimiento con amigos y familiares, ver televisión y el descanso pasivo.

Desde las Encuestas Nacionales de Consumo Cultural realizadas con la ONEI (1998, 2008); los estudios provinciales (Villa Clara, 1999; Holguín, 2002 y Ciudad Habana, 2004) y más recientemente estudios de casos con estudiantes de la Universidad de La Habana (2017) y en ámbitos comunitarios de la capital (2018 y 2019), se destaca la primacía del campo audiovisual. Específicamente, ver televisión, escuchar música y radio, en porcientos superiores al 60; mientras que la lectura de periódicos y revistas se ha mantenido sobre el 40 %.

Es así que los medios de comunicación masiva (principalmente la televisión) constituyen los organizadores de parte de la vida cultural de la población cubana, de los trayectos y rutinas diarias, de una existencia que se repliega al espacio del hogar. Incluso personas, que manifiestan altos intereses y expectativas por las cuestiones artísticas y literarias, satisfacen buena parte de sus inquietudes en este espacio. La casa entonces se convierte en el sitio donde se desarrolla la mayor parte de las actividades culturales. Este ámbito se ha tornado, gracias a la tecnología, en un centro de recepción y de consumo inevitable, la cual ofrece una amplia variedad de soportes, que permite la circulación de expresiones culturales.

Por otra parte, los consumos vinculados al campo artístico-literario se concentran en la música, el cine y en menor medida la literatura, por el contrario de otras manifestaciones como el teatro, el ballet y las artes plásticas, cuyos consumos son más exiguos. En correspondencia, museos, galerías y teatros son menos visitados en comparación con otros espacios de la ciudad como tiendas y parques.

Estos patrones generales de consumo, presentes desde las primeras encuestas de presupuesto de tiempo (1975, 1979 y 1985), se han mantenido en el tiempo. Así, el lugar de interacción por excelencia con los bienes culturales es el ámbito privado en detrimento del público. Esto se aviene con la tendencia internacional de la disminución en la asistencia a espectáculos urbanos, a partir del crecimiento del consumo a través de los medios de comunicación masiva en el espacio familiar.

“El lugar de interacción por excelencia con los bienes culturales es el ámbito privado en detrimento del público”.

Para Canclini (1992) dicho comportamiento coincide con la distribución concentrada e inequitativa de los equipamientos para la cultura pública. Insiste en la poca interacción con ofertas locales y bienes culturales “clásicos”, que recaen, fundamentalmente, en sectores de altos ingresos y niveles educativos superiores. Relaciona estos fenómenos con un desnivel entre el crecimiento urbano y la estructura y distribución de los equipamientos culturales (escuelas, museos, librerías, teatros, cines). Fundamenta cómo la prevalencia del espacio privado suple la desarticulación de la ciudad y se distancian cada vez más los lugares de residencia del centro de la vida pública.

Aunque Cuba no se aparta de esta lógica, el desigual equipamiento no es totalmente aplicable como explicación a los fenómenos descritos, pues contamos con una infraestructura y diversidad de proyectos, que promueven la educación y la cultura, aun en los lugares más apartados. No obstante, se observa una centralización de instituciones y opciones culturales, en la capital y ciudades más importantes del país, que pone en posición de desventaja a las zonas periféricas, pertenecientes, incluso, a estos territorios.

“Museos, galerías y teatros son menos visitados en comparación con otros espacios de la ciudad como tiendas y parques”. Foto: Internet

¿Qué se escucha?

Escuchar música constituye una de las prácticas culturales más relevantes de la población cubana. Se distingue por sus altos niveles de selección con independencia de factores como sexo, edad, ocupación o nivel escolar. No obstante, los jóvenes de 15 a 30 años son los que se destacan en su consumo, observándose un ligero descenso de este comportamiento con la edad.

Las distinciones son evidentes en los géneros musicales favoritos. Aunque las preferencias se han centrado de manera general en la popular bailable y la romántica, la primera ha tenido un mayor peso en las edades más jóvenes (15 a 30 años), mientras la segunda tiende a consolidarse según aumenta la edad. La inclinación hacia géneros “movidos” en los jóvenes se corresponde con sus preferencias por las actividades bailables, fiestas, etc. Esto explica también que con la irrupción del género del reguetón este se haya posicionado en el primer peldaño de preferencia en estas edades, hasta nuestros días.

El disfrute de la música se realiza lo mismo desde soportes estatales como privados e informales. En cuanto a los primeros, en el transcurso del tiempo, la radio y la televisión se han mantenido cumpliendo esta función. De hecho, entre los tipos de programas televisivos y radiales preferidos han estado precisamente aquellos de corte musical. Por su parte, desde lo informal o no estatal se destacan otras tecnologías de la comunicación del espacio privado. Estas últimas han transitado desde reproductores de CD, mp3, mp4, hasta computadoras, tablets y celulares en la actualidad.

¿Qué se mira?

El consumo audiovisual resulta la práctica más relevante, bien desde fuentes estatales como informales. En el primer sentido, los programas televisivos preferidos han sido: películas, telenovelas, informativos-noticiosos, musicales y humorísticos. Mientras que los consumos alternativos se han centrado en películas, novelas, programas noticiosos y más recientemente en las series. Tal como se evidencia, se da una correspondencia en los gustos de los consumidores al margen del medio utilizado para su disfrute.

Los géneros cinematográficos que se han destacado en el espectro de preferencia de la población han sido: acción, policiaco y comedia. Aunque la edad y el nivel de escolaridad de los sujetos introducen ciertas particularidades con respecto a estos y a otros.

El impacto de los cambios ocurridos en el campo de la comunicación masiva nos permite constatar algunas de las trasformaciones más relevantes que dibujan nuevas configuraciones en los públicos, como es el caso del cine. Al respecto se ha producido una drástica reducción de la asistencia a este espacio, que antaño convocó grandes masas de público. Un lugar que conformó durante mucho tiempo las rutinas de entretenimiento de numerosas personas a lo largo y ancho del país.

Pero la no asistencia a las salas de cine no implica que haya disminuido el consumo cinematográfico. Como indican nuestros resultados investigativos, el interés de los cubanos por el cine es una tendencia que se mantiene en el tiempo, pero ha cambiado su relación con esta actividad, son otros sus mapas de acceso; específicamente los medios alternativos.

¿Cómo se insertan los productos audiovisuales informales en las prácticas detectadas?

Las prácticas de consumo cultural informal en la población cubana están centradas en productos audiovisuales y musicales. Con respecto al primero se destaca el llamado “Paquete Semanal”,[2] el cual se disfruta en el espacio privado del hogar. Dentro de la música, sobresale el videoclip, preferiblemente del género de reguetón.

Estos consumos informales descansan en el auge de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), que han facilitado la producción, distribución y consumo de productos y servicios culturales. Los argumentos que sostienen el disfrute del mismo revelan las ventajas que se le atribuyen respecto a la Televisión Cubana, específicamente el carácter de entretenimiento de su programación, productos diferentes y la posibilidad de adquirir conocimientos de cultura general. El principal atractivo de esta práctica es que los individuos tienen el control sobre la elección, el momento y el modo de consumo. Se trata de una autonomía y libertad que les otorga a los sujetos para escoger programas, crear un espacio y delimitar el tiempo de consumo (Echemendía, 2015; Márquez, 2015).

“Las prácticas de consumo cultural informal en la población cubana están centradas en productos audiovisuales y musicales”.

Esta es una práctica mantenida en el tiempo, que constantemente adiciona nuevos soportes para su concreción. Echemendía (2015) explica que, aunque el “Paquete Semanal” se originó en el año 2008, en el contexto cubano el disfrute audiovisual informal cuenta con al menos 20 años. Ha variado en el tiempo según la evolución de las tecnologías, desde los equipos lecto-grabadores de formato Betamax y Video Home System (VHS), pasando por los CD o DVD, hasta las memorias flash y los discos externos. A su vez, en el país, junto a dispositivos modernos, conviven tecnologías antiguas en hogares e instituciones cubanas. En la zona rural se mantiene el uso del DVD, en detrimento de computadoras o tabletas (Echemendía, 2015), o se alquilan las memorias flash (Concepción, 2015). Sin importar el nivel de actualización del reproductor digital, los sujetos se aseguran de poder disfrutar de este producto. Desarrollan variadas alternativas ante la obsolescencia tecnológica o la imposibilidad de renovar dichas tecnologías.

Un ejemplo de esa creatividad ha sido la infraestructura establecida para el disfrute del “Paquete Semanal”. En algunos hogares “la cajita” o los televisores inteligentes devienen soportes de reproducción principales, pero en otros es el DVD o la computadora (Domínguez, Rego y Castilla, 2014; Márquez, 2015; Bocalandro, 2015). También se utilizan tabletas, teléfonos celulares y otros dispositivos.

Otra regularidad es que las preferencias al interior de este consumo audiovisual alternativo no difieren de las registradas para el consumo televisivo a lo largo del tiempo. Igualmente, se ha detectado en uno y otro medio la preferencia por películas, series, musicales/videoclip y novelas. Al interior del “Paquete Semanal” las series ocupan un lugar importante y las nacionalidades que más peso tienen en los gustos son: estadounidenses, colombianas y españolas. En el género predomina el policiaco, con especial atención a los de mafia y/o narcotráfico; aunque en segundo lugar se inclinan por las comedias y las aventuras. Las películas también gozan de gran aceptación, les siguen los shows, los concursos de participación y las novelas (Echemendía, 2015; Márquez, 2015).

El lugar de lo informal en los consumos culturales ya ha sido constatado en la investigación cubana. Espina y et al (2008) reflexionaron sobre la autonomización del tiempo libre y del ocio, además de la diversificación del consumo cultural, todo lo cual da cuenta de una emergencia de pluralidades culturales. Esta realidad aún no es captada en toda su complejidad, por lo que es oportuno no solo mostrar esas dinámicas, sino también las tácticas y estrategias que ponen en juego para configurar sus propios consumos culturales. Esto, además de reflejar la capacidad de ingenio de aquellos, muestra cierto acceso a niveles de participación más activos.

La ciudanía ha incrementado su capacidad para configurar sus propios consumos culturales

Para González (2015) el efecto de la revolución sociotecnológica actual en Cuba es atípico, pues la apropiación cultural necesaria para el uso de esas tecnologías se adelantó a la infraestructura de Internet. Si bien el acceso y penetración de estas tecnologías es limitado (Palacio, 2012; López, 2013), se ha generado una adaptación evolutiva al escenario virtual con predominio de la articulación en red a partir del uso de plataformas digitales accesorias. Algunos incluso se convierten en productores de bienes y servicios digitales, como puede ser la creación de contenidos para la Red, específicamente artículos, sitios web y blogs personales.

Rivero y Barthelemy (2018) entienden que en Cuba la interacción con las TIC adquiere matices específicos. Existe una infraestructura débil, obsoleta y aún en construcción que configura un panorama distante de las sociedades del conocimiento. Sin embargo, se producen tácticas creativas que reflejan la participación del sujeto común en la elaboración, distribución y disfrute de productos audiovisuales y digitales. La interacción habitual de estos sujetos con nuevas tecnologías los hace convertirse más en prosumidores que en consumidores pasivos. No solo reciben información, sino también crean y producen nuevos productos, construyen sus propios espacios a través del celular, tablet y PC, toman fotografías, filman videos, crean nuevos textos y presentaciones digitales, en fin, producen nuevos objetos culturales.

Los productos musicales también comportan un peso dentro de las producciones independientes. Estas son resultado del creciente surgimiento de agrupaciones del patio que logran grabaciones domésticas que circulan espontáneamente. De acuerdo con Fernández (2010) existen circuitos no institucionales de propagación de productos musicales como alternativa a los altos precios de las tiendas especializadas. Así, discos, canciones y videoclips circulan entre la población a través de la reproducción casera de discos y otros soportes de almacenamiento de información. El autor reconoce que en estas prácticas colectivas se incluyen interpretaciones no profesionales de grupos o de personas, como eje de las conocidas “descargas” o reuniones de personas, donde el disfrute de la música se acompaña de interacción social.

Es así como se constata la capacidad crítica de los sujetos. En la producción, distribución y consumo cultural, las personas despliegan habilidades y destrezas originales, que revelan una forma de participación social innovadora en la configuración de sus propias prácticas culturales.

El tránsito hacia lo informal responde en alguna medida al auge de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y a las habilidades tecnológicas que posee nuestra población adolescente y juvenil. En un contexto desfavorecido tecnológicamente, esta ha logrado apropiarse de las competencias necesarias para hacer un consumo crítico y creativo de bienes y servicios culturales propios de los mercados informales; pero también para configurar sus propios consumos culturales (Rivero y Barthelemy, 2018).

“En la producción, distribución y consumo cultural, las personas despliegan habilidades y destrezas originales, que revelan una forma de participación social innovadora en la configuración de sus propias prácticas culturales”.

¿Cuáles son los condicionantes de los consumos culturales?

Las tendencias de consumo cultural descritas anteriormente reflejan los elementos homogéneos encontrados. Sin embargo, adquieren matices específicos cuando se contemplan los múltiples factores que las condicionan, en especial la edad, la ocupación, el género, además de los capitales culturales y económicos.

El consumo cultural constituye un proceso activo, donde las personas asimilan, rechazan o negocian aquello que se les ofrece, de acuerdo a sus intereses, necesidades, expectativas. Tendencias individuales condicionadas por historias personales, situación económica, niveles educativos y culturales, son factores que matizan el proceso del consumo sin devaluar la importancia de las necesidades y demandas culturales colectivas que le caracterizan y a las cuales responde cada grupo social.

Existe así una compleja dinámica de los procesos de consumo cultural. Por ejemplo, los jóvenes y las personas de escolaridad más elevada se caracterizan por una mayor cantidad y variedad de sus consumos culturales. La edad condiciona sin lugar a dudas inquietudes cognitivas y condiciones físicas, que predisponen a una mayor actividad en la búsqueda de la satisfacción de intereses y motivos culturales. El nivel de instrucción brinda competencias para un diálogo más efectivo con bienes diversos.

“El consumo cultural constituye un proceso activo, donde las personas asimilan, rechazan o negocian aquello que se les ofrece, de acuerdo a sus intereses, necesidades y expectativas”. Foto: Internet

Cuando las personas tienen un mayor capital cultural, disponen de un acervo que les brinda las competencias necesarias para poder disfrutar de determinados tipos de producción cultural en sus diversos campos. Sus expectativas giran alrededor de poder tener a su alcance mensajes culturales de calidad estética, los cuales pongan a prueba todos sus recursos cognitivos. Es indiscutible que en estos casos estamos ante la presencia de sujetos que a lo largo de su historia han ido conformando un estilo de vida, una manera de usar el tiempo libre, posiblemente influidos por circunstancias familiares determinadas, relaciones en sus grupos de pertenencia o características de personalidad. Con altos niveles educacionales y especialización profesional, así como con fuertes motivaciones de estudio o trabajo, en ellos se evidencia la necesidad de dedicar una buena parte de su existencia a la actividad intelectual, como parte de su proyecto de vida y su mundo de representaciones.

Los comportamientos culturales están multideterminados en diversos planos. En el orden macrosocial, sus racionalidades económicas y políticas configuran la producción, administración, planificación y circulación de los bienes y servicios, así como las mayores o menores oportunidades de todos los grupos de acceder a ellas. En este nivel son los grandes agentes económicos y políticos los que posibilitan qué, cómo y quiénes consumen. Por tanto, una voluntad política que busque condiciones de igualdad económica y de derechos sociales posibilitará un mayor acceso de diversos sectores de la población a disfrutar de las oportunidades que se brindan. Sin embargo, estas determinaciones macrosociales no son suficientes para explicar los comportamientos culturales. Estas no actúan automáticamente; otras mediaciones microsociales atraviesan la articulación de lo social y lo individual e inciden en los procesos de socialización mediante los cuales los individuos insertos en sus grupos de pertenencia construyen su subjetividad y en un constante proceso de comunicación conforman sus sistemas de conocimientos, códigos de percepción y valoraciones que orientan sus relaciones con el medio.

Es preciso ahondar entonces en los modos de ver, crear, gustar, vivir y divertirse que se alimentan en la cotidianidad y conforman el mapa de identidades culturales que desafían la pretensión, como planteara Martín Barbero (1991), de poseer la única clave de la belleza y de gusto artístico. Además de identificar las maneras en que una ciudad, desde sus estancos administrativos, descompone la dimensión cultural de una existencia, la cual sus habitantes se empeñan en vivir como totalidad, desde la singularidad de sus espacios.

La vida cultural de la mayoría de los cubanos llega a través de la pantalla (televisiva o informal) o por las ondas de radio y no de los servicios culturales que se ofrecen. El desplazamiento del consumo cultural hacia ámbitos no institucionales, no ha supuesto una pérdida de interés por el cine y la música.

Asociada a la televisión, a los medios alternativos (desde el video hasta los dispositivos de reproducción digital) o a la pantalla grande (salas de cine), no cabe duda de que la actividad cinematográfica es uno de los intereses artísticos primordiales de la población cubana.

Así, para dar respuesta a la pregunta que inspira este artículo, más que un antagonismo entre medios de comunicación masiva y productos audiovisuales informales, se aprecia una complementariedad. Los sujetos refuerzan sus patrones de consumo preferidos y adicionan una nueva opción al hábito de interactuar con la pantalla televisiva.

El protagonismo de los medios en las sociedades contemporáneas obliga a flexibilizar la dureza de una mirada crítica, que los censura debido a la crisis moral, la confusión de los sentidos o la tergiversación de las conciencias que ellos implican, hacia otra perspectiva que se adentre en la complejidad que comportan.

Se trata de superar una visión de la comunicación, que la limita a la difusión o, como señala Martín Barbero (1989), que la confunde con la lubricación de los circuitos y la “sensibilización” de los públicos. En su lugar, propone optar por otras maneras de operar que tengan en cuenta la experiencia y competencia comunicativa de los “receptores”, así como el descubrimiento de la naturaleza negociada y transnacional de toda comunicación. De ver al receptor como destinatario, cuyo propósito central es captar la mayor cantidad de información posible, propone tener en cuenta los complejos procesos de apropiación, es decir, la activación de sus competencias culturales, la socialización de la experiencia creativa, y la aceptación de las diferencias, que involucra la afirmación de la identidad que se fortalece en la comunicación —hecha de encuentro y de conflicto— con el/lo otro.

Bibliografía

Bocalandro, Talía Arnet (2015) “Consumo cultural: A la búsqueda de nuevas impresiones………………… identidad cultural”, Tesis de Diploma, Facultad de Filosofía-Historia, Universidad de La Habana.

Concepción Llanes, J. R. (2015) “La cultura empaquetada: Análisis del consumo audiovisual informal del ‘paquete semanal’ de un grupo de jóvenes capitalinos”. Tesis de Diploma. Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Domínguez, M. I.; Rego, I. y Castilla, C. (2014), Socialización de adolescentes y jóvenes. Retos y oportunidades para la sociedad cubana actual. La Habana: Editorial Ciencias Sociales.

Echemendía, I. M. (2015) “Copi@ y comp@rte una vez a la semana. Acercamiento a los principales rasgos que caracterizan el consumo audiovisual informal del ‘paquete semanal’ en dos grupos de jóvenes de la capital de Mayabeque”. Tesis de Diploma. Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

García Canclini, N. (1992), El consumo cultural en México. Ciudad de México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Espina M., L. Núñez, L. Martín, V. Togores y G. Ángel (2008), “Desigualdad, equidad y política social. Integración de estudios recientes en Cuba”, Informe de investigación, La Habana, CIPS.

Fernández, A. (2010), “Los otros hijos de Guillermo Tell: Resortes culturales de la ballesta. Esbozo de la relación entre identidad y prácticas de consumo cultural en algunos jóvenes habaneros”. Tesis de Diploma, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

González Pérez, Félix Manuel (2015), “Cuando la realidad no es suficiente. Acercamiento a los usos sociales de los videojuegos en redes informales de La Habana”, Tesis de Diploma, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Márquez Cicero, V. (2015), “El consumo del ‘paquete semanal’ en La Habana”. II Simposio cultural, celebrado en ICIC Juan Marinello. La Habana.

Martín Barbero, J. (1989), “Comunicación y cultura: unas relaciones complejas” en Telos No. 19, FUNDESCO, Madrid.

Martín Barbero, J. (1991), “Perder el objeto para ganar el proceso” en Revista Signo y Pensamiento (18): 21-29. Bogotá.

Rivero Y. y L. Barthelemy (2018), “El consumidor como gestor de bienes y servicios culturales” en Massón, C. (comp.) Cultura: Debate y Reflexión, ICIC Juan Marinello, pp. 271-285.

López, H. (2013), “Sociedad de la información, cultura digital participativa y marco institucional. El caso del software libre en Cuba”, Revista Temas, La Habana, No. 74, abril-junio, pp. 68-74.

Palacio, A. (2012), “Jóvenes y consumo de internet. Explorando sus prácticas”, Tesis de Diploma, La Habana, Facultad de Filosofía-Historia, Universidad de La Habana.

 

Notas:
[1] Entre ellas se destacan: Centro de Estudios Sociales Cubanos y Caribeños Dr. José A. Portuondo (Universidad de Oriente), Grupo de Investigación y Desarrollo (Dirección Provincial de Cultura de Matanzas), Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), Centro de Estudios sobre la Juventud (CESJ), Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Cubano de Radio y Televisión (CIS-ICRT) y las facultades de Psicología, Sociología y de Comunicación de la Universidad de La Habana.
[2] Compilación digital que circula por todo el país a través de discos duros externos. Incluye telenovelas, series, películas, videos musicales, documentales, música, videojuegos, catálogos, publicidad, noticieros, revistas, libros, actualizaciones de antivirus, reality shows, aplicaciones para móviles, entre otros.
(Tomado de La Jiribilla)

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