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COLUMNISTAS

Breve recuerdo en la despedida de un traidor

Nada original será quien confiese que le disgusta sentirse engañado, máxime si para ello ha dado asidero con ingenuidad de su parte. No lo consolará saber que esa cualidad está lejos de ser propia de malvados.

En especial durante sus años de ejercicio diplomático en Madrid, asistió quien esto escribe a varios encuentros en la Casa de América, importante sin duda, pero que no va a caracterizar ahora, salvo decir que no se le debe confundir con la Casa de las Américas. El cuidado lo exigen algunos detalles: el nacimiento de la Casa habanera fue el fruto revolucionario que ella sigue siendo, y el plural de su nombre evita que por alguna traducción oficiosa o cierta inercia lexical que todavía causa estragos se le confunda con el de una hipotética U.S. House.

Entre los encuentros en la institución madrileña aludidos, varios fueron con figuras políticas relevantes de nuestra América: como Rafael Correa, quien hizo allí una brillante exposición sobre planes de su gobierno para armonizar economía y protección del medio ambiente; Michel Bachelet, a quien, recién estrenada presidenta, José Saramago le reclamó enérgicamente respeto para el pueblo mapuche —a lo que ella respondió de lo más modosa, con gesto de mosquita muerta—, y el centro de esta memoria: Lenín Moreno, entonces vicepresidente de Ecuador.

La mayor sala de Casa de América estaba abarrotada, y el ilustre visitante empezó su intervención con el tema al que dedicó la mayor parte del tiempo: la importancia que para él había tenido el humor, más bien el humorismo. Lo había ayudado —explicó— a enfrentar y vencer los terribles dolores que sufría tras el asalto armado que le ocasionó su conocida minusvalía física.

Seguramente quien esto escribe no era el único que esperaba que el político ecuatoriano priorizara otros temas, que podían valerle ataques, pero no a tiros, sino por parte de periodistas y otras personas que tendrían el encargo de comérselo vivo por representar un proyecto latinoamericano de emancipación. Pero terminó de hablar, y apenas hubo preguntas, todas ligeras, para sorpresa de quienes no era eso lo que presagiaban.

Habrán podido entonces pensar, como quien ahora lo recuerda, que hasta los periodistas estarían agotados por la extensa peroración, y que el orador había conmovido de tal forma que intentar sopapearlo con un tratamiento verbal inadecuado iría contra quienes lo hicieran.

En el transcurso de su largo monólogo sobre las bondades del humorismo —tema en que hasta se había especializado, y publicado libros—, hizo gala de su condición de leal seguidor de Correa: “Yo soy economista, y no pensaba dedicarme a la política; pero Rafael me llamó para que colaborara con él en su tarea de ayudar a nuestro pueblo, y no podía decirle que no a Rafael”. Vocal más, consonante menos, eso dijo.

En apoyo de su larga exposición acudió a varios autores, entre ellos José Martí. Lo citó mal, y el autor de las presentes líneas, emocionado por el discurso del visitante, que suponía un dechado de sinceridad, supuso que el error en la cita era explicable por las contingencias de la improvisación. Así que lo auxilió desde el público diciéndole la frase martiana del modo más fiel posible a base de memoria.

Sonriente, el orador agradeció el concurso que le había dado “el cubano”, quien hasta le envió al otro día, por medio de la Embajada de Ecuador en España, un ejemplar de la edición venezolana de Cesto de llamas, su biografía de Martí. ¿Adónde habrá ido a parar?

Tales recuerdos los conservó aquel cubano, y con ellos siguió desde La Habana años después la campaña electoral que convirtió a Moreno en sucesor de Correa, de quien el nuevo presidente electo se dio a desmarcarse de modo ostensible. Ingenuo y entusiasta, el cubano se lo explicaba para sí como un recurso con que desorientar a la derecha anticorreísta —“Se habrán puesto de acuerdo”, pensó— para que no se le viera como un mimético seguidor de Correa. Incluso se rio el testimoniante con la manera como Lenín Moreno intentaba melodizar su triunfo electoral “cantando” a Serrat.

Bien es verdad que no se veía en Moreno una gota siquiera de aquella espontaneidad campechana con que Hugo Chávez entonaba —lejos explicablemente de la afinación profesional, pero con popular alma llanera— canciones del repertorio latinoamericano, rancheras mexicanas incluidas.

Mientras tanto, la compañera que en La Habana observaba junto al articulista la ceremonia, trasmitida por Telesur, reaccionaba con visible disgusto ante Moreno, y comentaba: “Es un baboso. ¿No sé da cuenta de que hace el ridículo?” Nadie se moleste con esta confesión, pero la verdad es que a menudo las mujeres nos dan cursos para ver y oír mejor.

No tardó el nuevo presidente en mostrar que su minusvalía física, por la cual se le debe ofrecer toda la comprensión del mundo, como a cualquier ser humano que la padezca, es nada en comparación con su discapacidad moral; que su desafinación como “cantante” forzado expresaba falsedad de otras cuerdas; que su mal citar autores es una tendencia que lo caracteriza como parte de un desempeño torcido que lo distingue, y del cual ha dado por estos días una nueva confirmación patética, en Miami, sentado junto a Luis Almagro y otros engendros abominables que arremetieron contra Cuba.

También evidenció, pronto, que está muy lejos de la “predestinación” de grandeza de su bautizo como Lenín Voltaire, obviamente bajo influencia progresista, y francesa. En esa lengua el nombre del dirigente bolchevique lleva pronunciación aguda, como lo pronunciaba, casualmente, Fulgencio Batista.

Sobre todo, resultó inocultable que su alejarse de los modos de Correa —a quien había lisonjeado, y de ello se conocen pruebas fehacientes: no solo la de Madrid ya citada— era un acto de traición flagrante. El ingenuo recordador terminó rebautizanado al personaje —superdotado si de ser siniestro se trata— como Yeltsin Fouché.

Cabe incluso pensar que aquel acierto de seducción que ejerció en Madrid  pudo haber sido más bien un acto de dramaturgia, acaso un ensayo humorístico. Sí, una escenificación planeada para ir haciéndole currículo atractivo al traidor que se formaba contra la Revolución Ciudadana, uno de los mayores aportes del siglo XXI al replanteo político de nuestra América sobre rieles progresistas y de emancipación continental.

Contra ese replanteo el imperio apuesta a todo. Promueve y financia la derechización que hoy cunde en el mundo, no solo en la América Latina: basta ver —aunque no se puede hacer en calma— las recientes elecciones en Ecuador y en Madrid, para mencionar solamente escenarios de hechos repasados en esta breve memoria. En Ecuador, lejos de darle continuidad a la Revolución Ciudadana, Moreno la traicionó hasta asesinarla, y le preparó el camino a quien hará todo lo posible por contribuir a que sea sepultada definitivamente.

Ante la despedida del minusválido moral Yeltsin Fouché Moreno, al pueblo de Eloy Alfaro le queda decidirse a retomar las riendas de su destino. Para ello debe librarse de traidores y farsantes, de modo que nadie ni nada lo confunda.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

3 thoughts on “Breve recuerdo en la despedida de un traidor

  1. Cada uno de sus trabajos dan fé de sus conocimientos, experiencia y sabiduría, de su capacidad para descubrir la esencia de problemas de actualidad, valor e importancia.

  2. Gracias por su finura querido amigo, Hermano del Alma. Es necesario leer a Fouché para acercase a la vileza de Moreno quien deberá “andar y reandar” mucho para compensar no haberse puesto de pié para estar a la altura de las necesidades de su pueblo.

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