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Silencios que dañan más que bombas

Desde el Acta diurna, de Julio César, en época tan lejana como el siglo I Antes de Nuestra Era, se imponía la necesidad de contar con un medio para dar a conocer al pueblo los más importantes acontecimientos sucedidos en el Imperio. Las transformaciones suscitadas después con el desarrollo de las sociedades han dado lugar a lo que hoy conocemos como periódicos.

Y si bien desde época tan remota la intención radicaba en informar, dar a conocer, mostrar una realidad o no —muchas veces manipulada en concordancia con el interés del propietario del medio y sus accionistas—, cuesta imaginar cómo hoy enfrentamos problemas a la hora de divulgar ciertos y determinados temas, porque su exposición pública “ayuda al enemigo”, un enemigo que muchas veces no tiene rostro pues se instaló en la mente de alguien con poder de decidir qué se publica, cómo y dónde.

¿La información sobre un accidente masivo de tránsito, con siete muertos y varios heridos, en qué ayuda al “enemigo”? No sería menos dañino si nuestros propios medios, vestidos con la veracidad y la objetividad, lo publicaran, lo esclarecieran… Los abrumadores silencios… Damos paso a la especulación, a la subjetividad, a la manipulación. Le abrimos las puertas a la desinformación.

El ejercicio del periodismo tiene como propósito brindarle al ciudadano información veraz y oportuna, y así hacerle valer sus derechos ante la sociedad. Pero ese ejercicio del periodismo hoy día está marcado por las redes sociales. Lo que dejamos de mencionar en los medios, lo hacen otros desde un celular o una tableta. Esas brechas informativas son más dañinas que un bombardeo, y nos obligan a andar a la riposta, desmintiendo, justificando, informando tarde, muy tarde, cuando la realidad se torna con matices oscuros e insospechados sabores a derrota.

Sí, derrota, porque no pudimos comentar primero; porque alguien creyó ¿oportuno? silenciarnos. Entonces el ulular de las sirenas, una tras otra, se convierte en interrogantes no respondidas; en cuestionamientos a la prensa por su mutis; en un profundo abismo.

Es solo un ejemplo de los muchos padecidos en nuestras desvencijadas redacciones, carentes de recursos, de tecnología y mobiliario adecuados; redacciones que se parezcan más a estos tiempos de la multimedialidad, y donde al periodismo le han puesto apellido: 2.0 o ciudadano.

Cuando Martí inauguraba el periódico Patria dejó bien claro que aquel nacía “para explicar y fijar las fuerzas vivas y reales del país, y sus gérmenes de composición y descomposición, a fin de que el conocimiento de nuestras deficiencias y errores, y de nuestros peligros, asegure la obra a que no bastaría la fe romántica y desordenada de nuestro patriotismo; y para fomentar y proclamar la virtud donde quiera que se la encuentre. Para juntar y amar, y para vivir en la pasión de la verdad…”. Lo dijo claro el Maestro: hablar sin tapujos, sin medias tintas… para ser mejores, creíbles, respetados.

El Comandante en Jefe alertaba durante la clausura del III Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el 29 de junio de 1974: “Nosotros estamos seguros de que nuestra prensa y nuestro periodismo, al igual que la Revolución, tendrán en el futuro un gran porvenir, y que el trabajo de nuestra prensa revolucionaria será cada vez más importante, más decisivo, en la medida en que nuestro pueblo será —como decíamos— cada vez más exigente”.

De esa exigencia hablamos; ya nada es oculto, todo trasluce en minutos, segundos. Una imagen fuera de contexto, un post dicho al calor de un suceso, con el corazón hirviendo por la ira, hacen más daño que la publicación oportuna, clara, precisa, con las fuentes de información adecuadas en los medios de comunicación.

Hay que desterrar los miedos en la prensa cubana. Hay que decir con verbo firme cómo, cuándo, dónde y por qué se equivocaron los decisores; la denuncia revolucionaria es más certera que el silencio “revolucionario”.

Por qué no hablar del que mandó a ejecutar una obra que al final no tuvo calidad y se perdieron los materiales y se despilfarró el presupuesto del Estado; de quien autorizó una inversión que traería consigo mayores gastos a la economía, porque la materia prima para las producciones se encuentra a cientos de kilómetros de distancia de la industria; del que permitió el abuso indiscriminado de servicios médicos en áreas de salud, que trajo consigo la adopción de medidas inapropiadas, las cuales a la postre hicieron colapsar a las instituciones por su sobrecarga; de quien olvidó la importancia del mantenimiento constante a obras sociales para evitar el deterioro o males mayores, a veces irrecuperables; del que no previó a tiempo la siembra de alimentos para el pueblo y vio crecer el marabú y la hierba en los campos sin inmutarse; del que observa pasivo la manera en que se destruyen los bienes del pueblo y no dice nada, no ve nada, no oye nada.

Sin embargo, no todo está fuera del recinto que ocupan los medios de comunicación. Hay otros silencios informativos producidos por otros miedos. La autocensura a la cual acudimos a veces, “porque el director no me lo va a publicar”; “porque el funcionario va a regañarnos o no estará de acuerdo”; “porque…”; siempre habrá una justificación para dejar de decir y hacer. Tenemos miedo a que comiencen a mirarnos como adversos y no como aliados en la construcción de esta gran obra que es la Revolución cubana, con sus imperfecciones y logros. Y eso nos ha pasado a todos, directivos y periodistas.

Como anécdota recuerdo una mañana cuando llegó una periodista a mi oficina a comentarme acerca de cómo las cosas habían cambiado, “ya no puedo escribir de la manera en que antes lo hacía”, dijo. No pudo demostrarlo, pues de algún modo nunca más había colocado sobre mi buró un reportaje de investigación polémico, cuestionador, profundo; no me había dado la oportunidad de “censurarle” su trabajo, de discutirlo o analizarlo. Simplemente asumió un imaginario giro en todos los aspectos del periódico. Por suerte, después de la conversación se revirtió su opinión y las maneras de hacer el periodismo.

El liderazgo resulta imprescindible para lograr cambios internos dentro de la organización, pero también el periodista debe aportar ideas, compartir las experiencias, intercambiar saberes. En el día a día, en el contacto directo con las fuentes y la gente de pueblo se crea, se piensa, se analiza más, que estar sentados tras una computadora, muchas veces esperando por el plan de la semana, ese mismo de temas aburridos, insulsos, sin atractivos ni interés.

En los tres últimos congresos del Partido, el General de Ejército Raúl Castro ha insistido en el papel que le toca jugar a la prensa. En el Informe Central al VIII congreso recién finalizado, apuntó que, si bien es cierto que nos caracterizamos por el apego a la verdad y el rechazo a la mentira, lo es también que aún persisten manifestaciones de triunfalismo, estridencia y superficialidad en la manera en que abordamos la realidad del país.

Nos convocó a ser más creativos en cuanto al contenido y estilo, a publicar materiales capaces de capturar la atención del lector —en no pocas ocasiones difundimos materiales aburridos, improvisados y superficiales—, y que estimulen el debate en la opinión pública, lo cual supone elevar la profesionalidad y los conocimientos de los periodistas.

Pero también eso conlleva una dosis de responsabilidad individual y colectiva, pues en el afán de dar primero —por aquello de que daremos dos veces— suelen aparecer trabajos que lejos de aclarar confunden. “Estos enfoques dañan la credibilidad de la política informativa y de comunicación social aprobada. La inmediatez en el abordaje del quehacer nacional no debe estar reñida con la objetividad, la profesionalidad y, sobre todo, la intencionalidad política”, abundó Raúl.

Y vuelvo a remitirme a Fidel cuando puso sus esperanzas en quienes asumimos esta profesión como parte de la vida misma. Así lo refería el 23 de diciembre de 1992, en la clausura del VI Congreso de la UPEC, cuando le expresaba a los periodistas cubanos la importancia de la prensa en la vanguardia de la lucha revolucionaria: “Yo veo en la prensa una fuerza de enorme importancia, decisiva. En esta lucha que estamos librando, en la cual nos estamos jugando todo, no solo nos estamos jugando nuestra obra, nos estamos jugando la obra de toda la generación que nos precedieron y estamos defendiendo la herencia de los que vendrán después de nosotros”.

Mercedes Caro Nodarse
Mercedes Caro Nodarse
Licenciada en Comunicación Social y maestrante en Ciencias de la Comunicación. Directora del Periódico 5 de Septiembre, Cienfuegos.

2 thoughts on “Silencios que dañan más que bombas

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