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Dossier "Crítica cultural en Cuba"

La crítica cultural requiere creadores, no repetidores

La primera vez que me situé frente a un hecho cultural donde era exigida mi opinión en serio, fue en mi época de estudiante de Periodismo, durante un período de práctica en los estudios Siboney de la Egrem (Empresa de grabaciones y ediciones musicales). Un profesional como Marco Antonio Martínez puso en mis manos un disco de oboe, un instrumento del que, en verdad, conocía muy poco. Intenté rehusarme, mas no debía, no podía desmerecer la confianza depositada en mí. Son de esos caminos que prefiero no transitar.

Así, cerré los ojos mientras la aguja giraba sobre el surco. Reservé un lugar de silencio, me sumergí en aquel instrumento de la familia viento madera, me dejé llevar por la notas desgranadas, por sus agonías, por sus roces. Poco a poco, la imaginación hizo lo suyo y lo hizo la poesía. No se trata de que una reseña sea una composición más o menos poética, sino de que la poesía es capaz de bordar lo que parece inexplicable, lo inefable.

Repasé un libro a mi entender imprescindible, Cómo escuchar la música del maestro y compositor norteamericano Aaron Copland. Allí pude encontrar claves no solo para aquel intento, sino para todo mi desempeño posterior. Más que leer, escruté, subrayé, intenté beber. Tres planos de apreciación, tres capas de diferente profundidad revelan aquellas páginas: el gusto, la interpretación, el conocimiento técnico. La propensión a sentirse afectado positivamente por una descarga musical (u otra forma artística); la decodificación del mensaje al que nos hemos expuesto y el repertorio de saberes inherentes a una manifestación, que nos permite calibrar de mejor manera lo que hemos visto. Por ahí transitan (transitamos) los que alguna vez hemos ejercido el criterio sobre un acontecimiento artístico.

¿Puede conmoverse, sacudirse ese gusto inicial, aquella propensión de un espectador para acoger una forma de la cultura, con la exposición de determinados argumentos? ¿Es posible descubrirle a un espectador, aspectos de un hecho cultural, de esos que no asoman a primera vista? ¿Puede un crítico contrapuntear con un gusto asentado en una comunidad o con la corriente interactiva que las redes sociales han impuesto hoy, y redirigir las miradas hacia nuevos universos? ¿Acaso, no es demasiado?

Son retos de aquellos que ejercen la crítica, aunque por supuesto no sean los únicos. Justipreciar, argumentar y descubir son sus responsabilidades. La crítica hay que entenderla como una gota, nunca como una bala. No como una campaña, sino como una voluntad. No un artículo, sino un corpus. Y la cosecha ―hija de la paciencia, de la insistencia―, solo llega después de abonar terrenos muchas veces erizados.

Criticar es ejercer el criterio, a eso nos referimos justamente. Un criterio, claro está, es más que una impresión, aunque la contenga. La crítica es como el efecto de una cámara lenta, que “congela” los fotogramas para que los espectadores  (los públicos) puedan apreciar de una mejor manera aquel suceso que han vivido o que eventualmente podrían vivir.

La convocatoria para este dosier ha instalado el término “crítica cultural”, por sobre el tradicional de “crítica artística y literaria”. No creo que sean meras palabras ni una selección gratuita: se trata acaso de la resemantización, de la actualización del concepto. Con el tiempo, parecen haberse extraviado algunos y no aparecen las vías que los rescaten, que le devuelvan su claridad. Al menos no las suficientes.

El sistema institucional cubano y otros proyectos afines suelen proponer a lo largo del año, pese a todas nuestras carencias, todo un sistema de eventos culturales. No todos son de igual magnitud, claro está; pero es una realidad que no se vive en otras partes de este mundo nuestro. Sin embargo, en ocasiones, se advierte cierta “fatiga mediática” en los acercamientos, demasiado espacio a la improvisación, demasiado tributo al evento mismo y no a los hallazgos. Así, lo que pudiera ser materia para el criterio o para aquilatar ciertas resonancias, se desaprovecha; se nombra, pero no se toca.

La cultura es también un proceso. Esos procesos culturales merecen una mirada más reflexiva. Valgan algunos casos como muestra: la política de las editoriales cubanas, el diseño de propuestas “culturales” en las comunidades, la relación cultura-turismo, las estrategias de la enseñanza general y artística en pro de afianzar nuestra identidad, los estudios de satisfacción y consumo, la socialización de las investigaciones, la asesoría y aprobación de proyectos audiovisuales, la conciencia nacional para visibilizar los valores de todo el archipiélago cubano, y tantas otras.

Es menester entrar más en los por qué. Darles más voz, más cámara, más pensamiento a la exégesis de los procesos de la cultura. Y antes de proseguir, hagamos explícito el término cultura del que hablamos aquí, a partir de la formulación de la Unesco:

(…) la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias y que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden”(1)

La crítica:  ¿por qué, por quién y para qué?

Repasada semejante amplitud de miras acerca de la cultura, afloran otras interrogantes: quiénes ejercen la crítica cultural en Cuba, dónde la socializan, cuál es finalmente su utilidad. El intelectual cubano Alfredo Guevara resultó medular cuando consideró que “(…) la crítica la encarnan hombres y mujeres a quienes reclamo lo mismo que a los realizadores, cultura rigurosa y profunda, verdadera información y autonomía de pensamiento (…) se hace necesario (…) rechazar la sospecha como método y evitar las descripciones facilistas y caricaturescas, las excomuniones (…)”. (2)

La crítica cultural es un río que corre por su propio cauce. Sus afluentes son en primer lugar ideo-estéticos, culturales, devenidos de esa sajadura que es siempre la creación. No hay obra humana trazada en el aire, eso no es posible; mas esas “excomuniones” y “sospechas” sobre las que hablaba Guevara, emergen casi siempre de la superposición, de la servidumbre del análisis cultural al análisis de otras esferas, incluida la política.

Permítaseme saltar la geografía isleña y entrar en el mapa universal, para establecer un ejemplo modélico. Una obra como Lo que el viento se llevó resulta una oda a la sociedad esclavista del sur norteamericano, y en ese sentido encarna un pensamiento retrógrado, humanamente indefendible. Sin embargo, su exuberancia artística, está fuera de toda duda.

La crítica cultural exige una sólida capacidad de discernimiento.

Se puede ejercer la crítica con más o menos holgura en una revista especializada impresa ―hay muchas en Cuba con una larga tradición, aunque enfrentadas a numerosos avatares―, una publicación general, un medio audiovisual, digital o impreso; o tal vez la combinación de todos. La pueden ejercer periodistas, historiadores del arte, instructores, académicos, profesores, intelectuales de diversa formación, personas con ciertos conocimientos y actitudes…

Sin embargo, lo capital, lo definitivo en última instancia, es la altura de los argumentos a defender, el espesor cultural que estos encarnen, la solidez del repertorio ideo-estético sobre el cual se mueva ―y no menos importante― la claridad de fines. Una crítica no puede enajenarse de sus destinatarios, por más especializados que estos parezcan ser.

Una reseña sobre un libro, un artículo sobre una puesta teatral, una inmersión en los entresijos de un filme, incluso una valoración sobre una muestra de las artes plásticas o de todo un festival en el tiempo de un noticiario,  son diálogos de una subjetividad frente a la otra. No hay formularios. Cada forma responde a su propio lenguaje y a sus propias urgencias. Cada  resultado se deriva del estilo de su autor, aunque todos vayan emparentados por la intención de transmitir elementos de juicio.

Si a través de la cultura “el hombre se expresa y toma conciencia de sí mismo”, si junto a ella “discernimos los valores y efectuamos opciones”; si la crítica cultural toma como objeto esa capacidad y esa creación, si refuerza esa toma de conciencia, su utilidad emerge desde el fondo de la tierra, pudiéramos decir. Tengo la impresión, sin embargo, de que aun en más de un medio de difusión cubano, no se ha aquilatado ese servicio en su verdadera magnitud, aun queda revelar su resonancia.

La cultura ―lo he dicho muchas veces―, no es un entretenimiento, sino un estremecimiento.

La crítica presupone cierta elegancia ―y que lo sea, ya es mucho― pero al modo de decir martiano, la flor importa más que el vaso. La crítica cultural puede ser una brújula salvadora contra el abaratamiento intelectual, la estrechez emocional, la copia, la uniformidad que nos vende la llamada “industria cultural”.

La crítica cultural es un campanazo al alma de la nación.

El ejercicio de la crítica cultural es un fluir constante y su cosecha, un sedimento. La intención de fijar en la memoria lo más notable de nuestra heredad como cubanos y de echar luz sobre los valores más próximos, su afán de acompañarnos en el aprendizaje del gozo más pleno y más profundo de la creación, su capacidad para abrir la puerta hacia otros mundos, merece apoyo, requiere impulso.

La cultura cubana es esa cocción ortiziana, es una carrera donde se pone el batón en mano segura. No podemos solazarnos con lo logrado. Utopía fue inicialmente aquella isla de Tomás Moro, mas en su trascendencia, en su extensión, devino expresión de un deseo vehemente, aunque difícil de alcanzar. Hay utopías que vale la pena intentar, sobre todo esta de que la cultura se instale ―con todas sus luces― como salvaguarda del ser individual y del ser social, que nos haga crecer.

La crítica cultural tiene marca de autor: requiere creadores, no repetidores. Exige lanzarse a la pista, aunque a veces puedas recibir un golpe de revés. Al fin y al cabo, toda crítica es un desafío. Y sin atrevimientos, no hay crítica posible.

NOTAS

  1. Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales; México, 1982. Tomado de  http://atalayagestioncultural.es/documentacion/concepto-cultura-gestion2)
  2. Alfredo Guevara: Revolución es lucidez, Ediciones ICAIC, La Habana 1998, p. 130 y 168.

 

 

Reinaldo Cedeño
Reinaldo Cedeño
Periodista, poeta y promotor cultural. Ha ganado en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Premio Latinoamericano de Crónicas (Portal Nodal Cultura, 2016). Creador del Concurso Caridad Pineda in Memoriam de Promoción de la Lectura. Entre sus libros: El hueso en el papel (Editorial Oriente, 2011), A capa y espada, la aventura de la pantalla (Fundación Caguayo-Editorial Oriente, 2011), Poemas del lente (Hermanos Loynaz, 2013) y La noche más larga. Memorias del huracán Sandy (compilación, Ediciones Santiago, 2014 y 2015). Actualmente es redactor-reportero de la emisora Radio Siboney, miembro del Consejo Nacional de la UNEAC y vicepresidente del Comité Provincial en Santiago de Cuba. (Santiago de Cuba, 1968)

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