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COLUMNISTAS

Cuba: el debate y la política de comunicación social

Tal vez pocas discusiones generen más tensión que las desatadas entre hijos sobre peligros que amenazan a la madre, y vaya si vale comparar con una madre la Revolución en que brega Cuba desde 1959. Puede ocurrir que unos hijos, buscando lo mejor para ella, discrepen de lo que otros opinen.

Todos pueden sentirse inconformes, en primer lugar, con la idea misma de perder a la madre. Tanto los que mejor la hayan atendido como aquellos que también la quieren pero pueden sentir que no le han dado la mejor atención, o no han estado junto a ella en momentos difíciles, cruciales, y necesitan ponerse en paz consigo mismos, y aun llegan a conmover como el que más. No se habla aquí de esos “insectos dañinos que”, al decir de José Martí en “Nuestra América”, “le roen el hueso a la patria que los nutre”.

En cuanto a la Revolución, uno de sus hijos ha señalado con rotunda claridad los mayores riesgos que ella debe vencer, incluidos el de ser destruida desde dentro, o perder el apoyo de la mayoría, sobre todo en circunstancias adversas como las causadas o agravadas con ese fin por el bloqueo imperialista. Y no lo ha advertido un hijo cualquiera, sino Fidel Castro, el más consagrado a trabajar y luchar por ella, y a impedir que esos peligros se hicieran realidad.

Sin pretender un escrutinio minucioso de lo dicho por el Comandante sobre el tema, añádase parte de lo sustentado en el Informe central que, como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, presentó Raúl Castro al VIII Congreso de la organización. Las manquedades de la información las situó en los déficits del sistema comunicacional del país, y no se quedó en el confort de una crítica que algunos han centrado en los periodistas, el eslabón menos poderoso de dicho sistema, pero vital en él, y que ha sido tenaz en la denuncia de fallas de este con el afán de que se erradiquen.

De “una inadecuada política de comunicación social” habló Raúl Castro al reprobar “la publicación de enfoques incorrectos en varios de nuestros medios de prensa”. Y declaró: “a pesar de que la labor ideológica constituye una de las principales direcciones de trabajo del Partido, tengo que confesarles que no estoy satisfecho con los avances logrados”.

 “Si bien es cierto”, dijo, insistiendo en el tema, “que nuestros medios de prensa se caracterizan por su apego a la verdad y el rechazo a la mentira, lo es también que persisten manifestaciones de triunfalismo, estridencia y superficialidad en la manera en que abordan la realidad del país. En ocasiones se presentan trabajos periodísticos que, en lugar de esclarecer, tienden a confundir. Estos enfoques dañan la credibilidad de la política informativa y de comunicación social aprobada”.

Aparte de pronunciarse contra los efectos nocivos más visibles de tales extravíos, los ubicó en el contexto que hace aún más urgente corregirlos: “si tenemos un solo partido debemos promover, en su funcionamiento y en general en nuestra sociedad, la más amplia democracia y un permanente intercambio sincero y profundo de opiniones, no siempre coincidentes, estrechar el vínculo con la masa trabajadora y la población y asegurar la participación creciente de los ciudadanos en las decisiones fundamentales”.

Vale enfatizar lo de no siempre coincidentes, no por mera elocuencia, sino porque a menudo parece que el llamado a la unidad, vital sin dudas, ha suscitado ideas erróneas. La acción de disentir tendrá límites, pero con ella puede vincularse hasta la reclamada capacidad de buscarse problemas cuando sea necesario, y puede ser ineludible y honrosa para defender dignamente una revolución verdadera.

Aspirar a una coincidencia permanente y generalizada, puede no solo menguar el espíritu crítico y la democracia indispensables para que el Partido Comunista sea también el de la nación, asediada por un imperio decadente, pero poderoso y sin límites en su agresivo comportamiento delincuencial. La unanimidad asumida sobre “bases” quebradizas podría, de paso, fomentar simulaciones, reiteración de consignas con las que luego no se corresponda el actuar de algunas de las personas que podrían repetirlas por inercia o por hipocresía, por oportunismo, males indeseables todos ellos.

El derecho a la discrepancia, a la no coincidencia, supone asimismo responsabilidad. Por muy fundada que sea o se considere que lo es, ninguna autoconciencia de sabiduría debe animar a nadie —aquí se habla de revolucionarios— a sentirse dueño de la verdad: ni a quien emita un criterio, ni a quien sienta que debe refutarlo, al margen del acierto que uno y otro alcancen, sin descuidar los cimientos éticos.

Más que dictaminar como cuestión de cátedra, lo urgente y útil puede ser reflexionar, caracterizar la realidad o un área de esta, hacer valoraciones, inferencias serias, conjeturas incluso, pero sin darlas como fruto de la comprobación, y sin desestimar datos porque nos disgusten.

Aunque en otras culturas el ejercicio de la crítica sea de arranca pescuezo incluso entre personas que comparten puntos de vista —de lo cual no ha estado completamente libre Cuba—, a este país el autor intelectual de su Revolución le legó otro estilo de debate. Nada tiene de transigencia inmoral, debilidad o cobardía ese estilo, y sí mucho de consistencia argumental y maneras decentes y elegantes de lidiar. Para su caso vale recordar que ese uso de la palabra estilo rinde tributo metafórico al nombre de un utensilio sólido y punzante.

Quien esto escribe no repetirá ejemplos que ha citado en otros textos, pero recordará que Martí, con todos los méritos que acumulaba, no salía a la liza —menos aún al diálogo con compatriotas que no eran enemigos de la revolución— para exhibirse como el único revolucionario, o el más inteligente, ingenioso y sabio.

Distinguía, por ejemplo, cuándo hablaba de personas sencillamente equivocadas, y cuándo de los enemigos de nuestra América, en los que veía mamporreros del emergente imperialismo, como apuntó en la más amplia de sus crónicas sobre el Congreso Internacional que, celebrado en Washington entre 1889 y 1890, buscaba sentar asideros institucionales para el panamericanismo imperialista. De ahí su alusión a “la campesina de La terre” (La tierra), el personaje que en esa novela de Émile Zola llega a “prestar la mano” a un “novillo apurado” para que cumpla el papel de semental.

Sean cuales sean sus características personales, los hijos y las hijas de la Revolución que se afanen en defenderla, y hacerlo dignamente, deben proponerse debatir del modo más fértil. Cuanto mayor sea su limpieza y menos resquemores dañinos generen, mayor será su aporte a la buena salud del debate entre revolucionarios, y a la contundencia de las justas arremetidas contra el enemigo.

Esos logros son aún más decisivos al defender la existencia y el buen actuar de un partido que representa a la nación, a sus fuerzas interesadas en que avance, sin perder de vista el contenido social de su programa. Es otro punto que debe estar bien claro, también internamente, en un mundo donde prospera el pragmatismo al servicio de poderosos y explotadores que escamotean la realidad social, con clases y luchas entre ellas.

Para defender acertadamente las aspiraciones y las prácticas de un proyecto político-social y un partido responsabilizados con mantener en el país “la más amplia democracia y un permanente intercambio sincero y profundo de opiniones, no siempre coincidentes”, se necesita luz y equilibrio. Y esa combinación de virtudes no equivale al cuerdaflojismo de quienes simulan mantenerse “en la cerca”, expresión que estuvo en boga en la Cuba de los primeros años de la Revolución y quizás sea útil refrescar.

Entre los errores posibles en la política informativa cuenta la desmesura, que no se ha de ver como intrepidez y radicalidad, y puede añadir calzos a los zancos de quienes buscan descollar como voceros de la contrarrevolución. A esos les dolerá más sentirse tratados con indiferencia, y ver que la lucha revolucionaria en el terreno de las ideas fluye bien, que recibir ataques que los hagan a ellos más notorios y les alimenten la vanidad.

Con respecto al trabajo político-ideológico, el Informe central citado establece: “no es suficiente hacer más de lo mismo, se requiere creatividad, ajustarnos con efectividad al escenario que vivimos, potenciar el estudio de la historia del país, hacer llegar a cada cubano el mensaje de optimismo y la confianza en que juntos sabremos enfrentar y vencer cualquier obstáculo. En resumen, se precisa de una profunda transformación dirigida a potenciar las esencias y los valores que emanan de la obra de la Revolución”.

Todo eso ocurre cuando por parte de los enemigos de la Revolución “se ha redoblado el programa de subversión e influencia ideológica y cultural dirigido a desprestigiar el modelo socialista de desarrollo”, y a presentarnos “como única alternativa la restauración capitalista”, mientras en nuestras fuerzas perduran fallas que urge revertir: “Existe una insuficiente cultura comunicacional que limita la capacidad de motivar, comprender, participar y debatir los asuntos que preocupan a la masa de trabajadores”, y por extensión, cabe añadir, al pueblo en general.

A la complejidad de la época se han sumado las redes sociales. Pero está fuera de duda que el país no debe limitarse a satanizarlas, ni darles la espalda, sino emplearlas con efectividad para sus propios fines. Además de vías para la adquisición y la difusión de conocimientos, son como los fusiles y los machetes que, fabricados con otros propósitos, los mambises supieron usar magistralmente en la lucha independentista.

Al autor de este artículo lo ilusiona creer que nadie le atribuirá menosprecio alguno por las palabras y su uso. Pero —dejando a un lado la grosería que pulula en el mundo, y que no debemos asumir— sostiene que, cuando se requiere estar preparados hasta para criterios discrepantes dentro de la defensa de la Revolución, puede haber elementos que en general recaben y merezcan mayor cuidado que los matices verbales de esa defensa.

Si se ha de bogar a tope, con actos e ideas, para que la Revolución no llegue a verse defendida por una minoría, ni sea destruida desde dentro, los hechos tratados podrían ser más relevantes que los términos empleados para denunciar y conjurar los peligros. Acaso nada sea más necesario que la convicción de que a la unidad la puede afectar, sobre todo, cualquier elemento objetivo que ella sufra: ya sea —para usar metáforas de origen anatómico— la fisura en la falange de un dedo meñique, el esguince de un tobillo, una torsión de cadera o la dislocación de un omóplato. Lesiones son lesiones.

En impedir o revertir traumas y sus efectos se deben concentrar hechos e ideas, todo lo verdaderamente necesario y útil. No hay que privarse de discutir sobre nada, ni sobre palabras, cuando esa porfía sea indispensable, pero ha de hacerse procurando que en todo caso el debate siga el camino de lo fundamental determinante.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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