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Benedetti y Cuba: itinerario epistolar

“A los amigos y compañeros de la Casa de las Américas en sus cuarenta”. Así reza la escueta dedicatoria de Buzón de tiempo, volumen de cuentos que Mario Benedetti publicó en 1999, cuando la institución cubana cumplía cuatro décadas. Escueta, sí, pero plena de amistad y gratitud, pues no es exagerado decir que con él tuvo la Casa la más intensa relación que sostendría con escritor alguno. También desacertada, porque Benedetti, o mejor aún, Mario, fue parte de la Casa por más de cuarenta años, y contribuyó a darle la fisonomía que le conocemos. Una dedicatoria así, inevitablemente, debería incluirlo a él. Estas páginas aspiran a conseguirlo.

En la primera carta, del 17 de julio de 1964, Haydee Santamaría lo invita a ser jurado del Premio Literario del año siguiente, con “una sola limitación y obligación: premiar la obra de más calidad literaria”. La segunda, poco más de un año después (23 de julio de 1965), reitera la invitación para el concurso de 1966, por considerar al escritor como “uno de los más altos representativos de las letras uruguayas”, y deplora las “circunstancias especiales” que frustraron su viaje el año anterior. El 9 de septiembre de 1965 Benedetti acepta ser jurado y lamenta no haber podido concurrir en enero, lo que hizo saber en al menos un par de cartas al parecer extraviadas. Así se inicia la profunda relación entre la Casa y uno de sus colaboradores más sostenidos y fieles.

En enero de 1966 Benedetti llega por fin a Cuba. En su equipaje carga manuscritos y grabados con destino a un número de Casa de las Américas dedicado a la nueva literatura uruguaya y coordinado desde la orilla oriental por José Pedro Díaz. Durante el tiempo que permaneció aquí fue jurado de novela, experiencia que compartió con Alejo Carpentier, Manuel Rojas y Juan García Ponce. El libro premiado –Las ceremonias del verano– resultó sorprendente por razones extraliterarias: al abrir la plica y revelarse el nombre de la persona galardonada se supo que era Marta Traba, integrante del jurado de teatro. La situación era incómoda porque tal coincidencia podía prestarse a indeseadas conjeturas. “Felizmente”, diría en la primera carta tras su salida de Cuba, “el problema relacionado con el premio a Marta Traba no tuvo en Montevideo la repercusión que temíamos (al menos por escrito, no hubo ninguna referencia enojosa; en Marcha, hay una alusión que no afecta ni a los jurados ni a Casa de las Américas)”.

Al final de su estancia Benedetti ofreció una charla sobre “Los temas de la realidad en Montevideanos”, en la que compartió espacio con Lorenzo García Vega y Rogelio Llopis. Este último ya había publicado una reseña del libro –la primera que se le dedicara al autor en Casa, antes incluso de que empezara a colaborar en la publicación– en el célebre número 26, de 1964, dedicado a la nueva narrativa latinoamericana. Si la llegada del uruguayo a La Habana fue a través de un expedito viaje por México, el regreso europeo resultó ser más dilatado. Muchos años más tarde, al inaugurar la edición número veinte del Premio Literario, en 1979, rememoró ese viaje en un pasaje que ha sido citado más de una vez:

Recuerdo que la primera vez que vine a Cuba, en enero de 1966, para integrar el jurado de novela, tuve que volar nada menos que cincuenta horas, en varias etapas, e incluso quedar anclado durante diez y ocho días en Praga porque los viejos y beneméritos aviones Britannia […] carraspeaban, tosían, padecían náuseas, disneas, temblores y escalofríos, y a veces era imprescindible que fueran urgentemente atendidos por los geriatras de la aeronáutica.

Tal vez Benedetti estaba confundiendo experiencias o, deliberadamente, añadiendo sabor a la anécdota porque lo cierto es que tras esa primera salida de Cuba no pretendía regresar de inmediato a Montevideo sino permanecer varios meses en París como taquígrafo en la Unesco y locutor de Radio y Televisión francesa.

El 21 de abril de 1966 Benedetti le escribe a Retamar, desde Francia, la primera carta que envía a La Habana tras aquella estancia inicial. Manda también el poema “Habanera”, dedicado al destinatario por mutuas coincidencias que advierte en sus poemas, y por la afinidad creciente entre ambos. Esa extensa y comprometida carta explica lo que el viaje le significó: “Te aseguro que mis cinco semanas en Cuba ya han quedado inscriptas entre mis mejores temporadas. No sólo porque ese viaje significó para mí el cumplimiento de una aspiración largamente acariciada; no sólo por el sacudón espiritual que representa ser testigo de una experiencia social y política como la que Cuba tiene la fortuna de vivir”, confesaría allí, “sino también porque ustedes tienen un modo muy particular de invadirle a uno el corazón y hacer que uno sienta, a los pocos días de haber llegado, la confianza y la alegría de una amistad sólidamente cimentada”. Tal experiencia fue decisiva: “A veces me acuerdo del viaje a Minas de Frío (con nuestra larga charla, aferrados al techo del camión, sobre varios siglos y tópicos de la literatura de este mundo y sus alrededores)”, y confiesa que “desde ahora todo ese mundo es también un poco el mío, y para demostrar que ésta no es una mera frase, tengo aquí, convenientemente autenticado, el certificado de mi nostalgia”.

Sin embargo, destaca un motivo adicional para la dedicatoria del poema: “que quede constancia pública acerca de qué lado estoy en la polémica epistolar” entre el poeta cubano y Emir Rodríguez Monegal. “Con Emir”, comentará más adelante, “estuve solo una vez [en estos días]; estamos ahora en zonas muy distintas y, pese a nuestra amistad de tantos años y tantas empresas en común, me resulta difícil el diálogo con él, sobre todo porque no puedo creer en que los yanquis se hayan vuelto masoquistas y financien una revista para que los combatan y denuncien”.

Es obvio que entre lo mucho que el director de Casa de las Américas y Benedetti hablaron durante las cinco semanas de aquella estancia suya en Cuba estuvo la polémica de marras. La cercanía y la confianza que irán ganando dará pie a un epistolario repleto de complicidades, e irá convirtiendo a Benedetti, incluso antes de ser trabajador de la Casa de las Américas, en una de las personas más cercanas a la institución, con quien se habla con una franqueza fuera de lo común. Por lo pronto, ofrece noticias sobre Mundo Nuevo, “que así se llamará finalmente” la revista, cuyo colaborador más importante “es nada menos que Carlos Fuentes”. Cuenta cómo en París habló largamente con él, “quien justifica su actitud de colaboración diciendo que hay que aprovechar todas las tribunas para decir lo que uno quiere; aparentemente, él cree que Emir va a aprovechar la Revista para funciones de caballo troyano de la izquierda”. Sin embargo, añade que no logró convencerlo “de que semejante esperanza es infundada. Fuentes dice, eso sí, que si Emir no cumple lo que ha prometido, él se irá de la Revista ‘haciendo un escándalo’ ”. Entre otras primicias Benedetti cuenta haber confirmado que Nicanor Parra también colaborará, pese a que Rama habló largamente con él en Santiago, y anuncia como casi seguros colaboradores a García Márquez y Roa Bastos, además de Lino Novás Calvo, “(aunque este último era más previsible)”.

Con Cortázar (“que me pareció un tipo estupendo”) no pudo hablar acerca de la revista porque solo lo vio dos veces en reuniones con otra gente; “en una de ellas, sin embargo, me preguntó sobre el problema de los homosexuales, que, como sabes, lo tiene muy preocupado. Hice todo lo posible por tranquilizarlo”. De todos modos, Cortázar –según agrega Benedetti– “no está mal predispuesto hacia Emir y la Revista, pero tengo entendido que, en vista del entredicho planteado entre la revista de Casa de las Américas (RFR) y Mundo Nuevo (ERM), y considerando que él forma parte del Comité de Colaboración de la primera, le ha contestado a Emir que no le parece bien colaborar en la segunda”. Por otra parte, Benedetti dice haber hablado largamente en París con Vargas Llosa, Jorge Edwards y Martínez Moreno, y que los tres le contestaron a Monegal que esperarán un año antes de darle una respuesta definitiva a las invitaciones de colaborar.

En esa primera carta se forja una relación –ahora epistolar– que se había ido gestando durante la estancia de Benedetti en Cuba y fraguará totalmente con la respuesta de Retamar. Aún Mario no la había recibido cuando vuelve a escribir, anunciando la publicación en Marcha del fragmento del artículo del New York Times que menciona el vínculo de la CIA con el Congreso por la Libertad de la Cultura. Hay en el aire varias renuncias, dice, “aunque todavía no la de Emir. Veremos qué pasa, porque ¿les interesará a los yanquis continuar con esa Empresa cuando todo haya quedado en descubierto? A lo mejor, MUNDO NUEVO se convierte en MUNDO NONATO” (carta a RFR, 9 de mayo de 1966).

El 17 de mayo Retamar le responde conmovido aquella primera epístola: “no sé muy bien cómo empezar a responder tu carta, una de las más hermosas y nobles que nunca haya recibido”. “Tu formidable carta, y ese ‘poema abierto’ (si hay ‘cartas abiertas’ debe haber ‘poemas abiertos’)”, le dice más adelante, son “una de mis mayores razones de orgullo literario, y […] estoy loco por ver[lo] publicado aquí”. El poema es “Habanera” y apareció en el número 38 (1966), de Casa de las Américas. En ese momento la complicidad entre ambos es total, si bien Retamar le comenta un desencuentro algo ingrato: la carta abierta que un grupo de escritores cubanos le envió a varios colegas latinoamericanos, entre los que se encontraba el mismo Benedetti, y sobre la que ya volveré. Y a seguidas, en el plano de afinidad entre ellos, el cubano le comenta sus preocupaciones sobre Carlos Fuentes. “Tú mismo me das al respecto noticias desalentadoras: durante años CF no encontró ocasión de responder –en un sentido u otro– las reiteradas invitaciones de esta Casa, mis cartas personales, mis invitaciones para colaborar en la revista. Nada: el limbo”. Sin embargo, “[a]hora, de súbito, aparece como colaborador (o colaboracionista) de una revista financiada por la CIA, según acaba de revelar sensacionalmente el magnífico Ángel Rama, uno de los intelectuales que –como tú, Mario– lo hacen sentir a uno orgulloso de ser latinoamericano”. Añade Retamar que ojalá las prevenciones con Fuentes sean exageradas, “nacidas de una cierta suceptibilidad de acosado”.

Ya entonces aparece una idea que se reiterará en el epistolario: la de las inevitables discrepancias entre los amigos, y la necesidad de señalar matices que diferencian unos casos y otros. “Que se puedan producir preocupaciones, más o menos fundadas, sobre el proceso revolucionario”, concede Retamar, “lo atestigua lo que me cuentas de Cortázar. Julio Cortázar es para mí como un hermano mayor –mayor en todo. No sé si él sabe o llegará nunca a saber cuánto lo admiro, con una admiración que está llena de cariño, de respeto y hasta de satisfacción al saber que nosotros los latinoamericanos tenemos un hombre así”. Explica que por eso mismo las preocupaciones de Cortázar le llegan “hondamente” pero, como cree que “nosotros no tenemos nada que ocultar –salvo, quizás, la ubicación de algunos cohetes–, voy a hacerle una larga carta hablándole, con toda franqueza, del problema de los homosexuales, que a él lo preocupa tanto”.

El 25 de julio del 66, cuando Benedetti aún no era miembro del Comité de colaboración de Casa de las Américas (al que sería invitado a partir del número 45, de noviembre-diciembre de 1967, cuando ya trabajaba en Cuba), escribe, aún desde París, dando noticias de las dificultades de tres de sus integrantes para viajar a La Habana, a la primera reunión de dicho Comité, prevista para ese mismo mes (y que finalmente tendría lugar en enero de 1967): Vargas Llosa estará de jurado en Buenos Aires; tampoco podrá viajar Cortázar “tan sobre la fecha”, y Rama se encuentra en Montevideo. “Una lástima”, expresa, “porque yo creo, como tú, que hubiera sido bueno cambiar impresiones y coordinar esfuerzos para tratar de establecer una esclarecedora defensa frente a Mundo Nuevo”. A propósito de esta revista, vuelve a dar detalles: “Mario [Vargas Llosa] me escribe que, después del primer número, ya nadie se llamará a engaño; pero yo no soy tan optimista a ese respecto”. Como prueba, llama la atención sobre el hecho de que en el segundo número aparece una colaboración de García Márquez, y para el tercero está asegurada la de Neruda (“¿será esta actitud un mero tramo de su carrera hacia el Nóbel?”, se pregunta, casualmente, el mismo día en que un nutrido grupo de escritores y artistas cubanos firmaran su carta abierta al poeta chileno), así como todo un libro de Parra. Lamenta que esas y otras “defecciones”, “van inevitablemente a sembrar la confusión”, pero destaca a otros colegas decididos a no colaborar, como Asturias, Alberti, Manuel Rojas y Onetti.

En su comentario del primer número de la recién nacida publicación, se refiere al artículo de François Fejtö “Notas sobre Cuba”, que “es de un flagrante hijoputismo”; “como tiene mechados elogios (no sobre lo esencial sino sobre lo accesorio), el lector desprevenido puede tomarlo como una muestra de amplitud y hasta de izquierdismo. Y hay que tener en cuenta que la revista no se dirige a la conquista del lector que tiene prontas todas sus defensas antiaéreas, sino justamente al desprevenido”. Asegura que tanto a Vargas Llosa como a Martínez Moreno los dos primeros números les parecieron malísimos. “A esta altura, tengo la impresión de que Fuentes es la gran carta que se juegan los yanquis, no sé si con su tácita aprobación o simplemente explotando su ansia de publicidad”, y menciona entonces su reciente presencia en el Congreso del PEN en Nueva York, el sorprendente destaque que le da la revista Visión como parte de un número dedicado a la narrativa latinoamericana, y un próximo artículo suyo sobre el congreso, “nada menos que en LIFE EN ESPAÑOL”. “¿Será también una revista de izquierda?”, se pregunta el uruguayo irónicamente.

A mediados de septiembre (el día 15, para ser exactos) Retamar le anuncia que su cuento “El altillo” encabezará el número de Casa… dedicado a la nueva literatura uruguaya, y lo invita al Encuentro con Rubén Darío, que tendría lugar entre el 16 y el 22 de enero de 1967. Al mismo tiempo, le pide opinión sobre la carta de los cubanos a Neruda. El 2 de octubre, todavía desde París, Benedetti acepta asistir al Encuentro, expresa, sus “simpatías y diferencias” con dicha carta y le cuenta de un posible acuerdo con Barral para traducir las dos mil páginas de El hombre sin cualidades, de Musil, que finalmente no se concretó.

En enero de 1967 Benedetti está de vuelta en Cuba. Ha llegado a tiempo para asistir a un encuentro de los miembros del Comité de colaboración de la revista con Fidel, que tuvo lugar el 8 de enero. Una semana más tarde participa en el Encuentro con Rubén Darío, que reunió en Varadero a un imponente grupo de escritores convocados por el centenario del autor de Cantos de vida y esperanza, e inmediatamente después como jurado, una vez más, del Premio Literario, esta vez en el género cuento. Todavía el 1 de marzo se encuentra en la Casa, donde lee cuatro cuentos del libro aún inédito La muerte y otras sorpresas. Fruto de ese y de su viaje anterior es el artículo “El estilo joven de una Revolución”, que aparecería en Cuadernos de Marcha número 3 y, más adelante, en su Cuaderno cubano, “recopilación de emociones y testimonios, de opiniones y estupores” relacionados con su experiencia en la Isla, según reconoce en el prólogo al volumen. La revista Casa de las Américas dedicada al Encuentro dariano (42, mayo-junio 1967) recoge dos textos suyos: el breve ensayo titulado “Señor de los tristes” y el poema “Abuelo Rubén”. Benedetti preparó y prologó con una versión ampliada de dicho ensayo, asimismo, una selección de Poesías del nicaragüense.

Fue durante aquel Encuentro que los críticos Manuel Pedro González y Ángel Rama, y el poeta Carlos Pellicer, propusieron fundar en la Casa el Centro de Investigaciones Literarias (CIL), que a la postre tendría como director-fundador a Benedetti. No fue coincidencia que la propuesta –según opinan Aguirre y Wong en un exhaustivo acercamiento a la labor del uruguayo en la Casa y, sobre todo, a la primera etapa de la serie Valoración múltiple– “naciera apenas meses después del lanzamiento de la revista Mundo Nuevo, concebida para competir con Casa de las Américas por la hegemonía literaria del continente y como la vitrina de lo más avanzado de la literatura latinoamericana”, ni que la fundación misma del CIL tuviera lugar pocos meses después “del huracán que supuso la publicación de Cien años de soledad, del remezón producido por el discurso de Vargas Llosa en la entrega del Premio Rómulo Gallegos” y de la concesión del Premio Nobel a Asturias: “A partir de 1967 no habría duda de que algo diferente había nacido: la creación del CIL era una respuesta desde la ideología y práctica de la Revolución cubana (y latinoamericana)”.

En verdad, el tiempo ha borrado cierta incertidumbre en el carácter y el nombre con que la nueva entidad fue imaginada. Cuando el 12 de mayo de 1967 Benedetti le escribe a Retamar, asegurándole que en octubre estará en Cuba “con todos los hierros”, acusa recibo de los listados bibliográficos “para cuando efectúe las eventuales adquisiciones para el eventual Instituto de Literatura Latinoamericana”, que fue, evidentemente, su primer nombre extraoficial. Todavía a mediados de octubre, un mes antes de viajar a La Habana para encabezarlo, se refiere al futuro CIL como “el Instituto”. La elección del uruguayo como director del Centro responde tanto a las profundas relaciones que había desarrollado con la Casa, como a su solvencia como escritor y crítico. Sus amplios conocimientos de la literatura del continente, su ojo para detectar la excelencia literaria y su agudeza crítica estaban fuera de dudas; fue él, de hecho, el “descubridor” continental de Rulfo, cuando este era un desconocido fuera de México. Y si, como señalé antes, a Cortázar le parecieron “espléndidas” las reseñas de Benedetti a Rayuela, a Vargas Llosa le parecería “excelente” la que escribió de Los cachorros en Marcha. No es extraño entonces que, con esa solvencia y su ya amplia obra narrativa y poética, fuera la persona ideal para encabezar el naciente CIL.

Poco después de salir de Cuba en aquel segundo viaje, y antes de su incorporación a la Casa, Benedetti participa en el Congreso Latinoamericano de Escritores celebrado en Guanajuato, México, entre el 15 y el 24 de marzo, en el cual participaron también varios escritores cubanos. El ambiente de la época no era propicio para un encuentro que pretendía desdibujar diferencias políticas y hacer abstracción de las intensas discusiones al interior de la intelectualidad del Continente. Un número de la revista Casa (43, julio-agosto 1967) le dedicó el dosier “Sobre e1 segundo Congreso latinoamericano de escritores”, que incluye la intervención de Benedetti en aquel foro: “Ideas y actitudes en circulación”, coherente con la estela de sucesivos textos suyos posteriores centrados en la figura y el papel del intelectual latinoamericano. En otro texto recogido allí Retamar ofrece pormenores del encuentro y de las discrepancias surgidas de la idea de fundar una Comunidad Latinoamericana de Escritores. “Por eso veinte escritores entre los participantes”, recordará, “expusimos, por boca del uruguayo Mario Benedetti, nuestra decisión de abstenernos de participar en la Comunidad que se planteaba y que al cabo se dio por fundada”.

En los meses sucesivos Benedetti entrega a Marcha “El estilo joven de una Revolución”, participa en Montevideo en actividades por el 26 de julio, continúa preparando su viaje a La Habana y asume el compromiso con la nueva encomienda. Así, promete mandar libros de su biblioteca como donación para “el Instituto”. Antes, en París, le había dejado a Carpentier otro paquete de libros con el mismo destino, “a nombre de Haydeé, Comité Central, tal como ella me indicó” (carta a Marcia Leiseca, 10 de julio de 1967). Y a mediados de octubre acusa recibo de un giro de 322 dólares canadienses enviado por la Casa para la compra de libros.

Un inesperado motivo le impediría viajar a Cuba en la fecha prevista. El 27 de septiembre le explica a Retamar que no podrá llegar hasta mediados de noviembre por razones de salud. Una dolorosa forma de herpes (el herpes zóster, conocido en Uruguay y –entonces él lo ignoraba–, también en Cuba, como culebrilla) se lo impide. No obstante, mantiene su entusiasmo por el proyecto en que está a punto de embarcarse: “Tanto aquí como en Bs.Aires y en Santiago, hay mucha expectativa por el Instituto, y pienso que no sería difícil conseguir la colaboración de profesores y escritores para posibles seminarios, cursos o talleres”. Adelanta que mientras esté en La Habana tendrá a su cargo la corresponsalía de Marcha, y continúa enviando el anecdotario, no siempre fidedigno, que circulaba relacionado con Monegal y su revista: lo mismo la paliza real que le propinó alguien a Emir en el Club Peruano de Santiago, mientras comía con Parra, Fernando Alegría, Pedro Lastra y otros, que la carta de renuncia de García Márquez como colaborador de la publicación: “Parece que el tenor de la misma era aproximadamente éste: ‘Yo hasta ahora colaboré en MN porque estaba convencido de que estaba financiado por la CIA; desde el momento que Vd. aclara que no es la CIA la que lo financia sino la Fund. Ford, no puedo tolerar ese engaño y retiro mis colaboraciones’”.

A mediados de noviembre de 1967 Benedetti llega por tercera vez a la Isla, donde inicia una fructífera estancia que durará hasta marzo de 1969. Pocos días después de su arribo, el martes 5 de diciembre, se anuncia formalmente, en conferencia de prensa, la creación del Centro de Investigaciones Literarias, dirigido por él. Se describe entonces la labor inicial del CIL en la realización colectiva de un Diccionario de la literatura latinoamericana consultado con especialistas y críticos de la América Latina, que cuenta ya con un equipo inicial integrado además por Enrique Lihn, Alejandro Romualdo, Manuel Galich, René Depestre, Pedro Mir, Roque Dalton, Jorge Enrique Adoum, Jorge Timossi y Roberto Fernández Retamar. El Centro también se propone editar una antología de poesía y otra de cuento latinoamericano contemporáneos, más tarde complementadas por otras de teatro y ensayo. Además, se anuncian volúmenes sobre destacados autores continentales que contendrán diversos estudios críticos, así como material gráfico y bibliográfico, aquellos que muy pronto conformarían la serie Valoración múltiple. Se organizarán cursos, cursillos y seminarios y se propiciarán conferencias, lecturas, debates y mesas redondas. El paso de escritores por Cuba se aprovechará para crear un Archivo de la Palabra para llevarlo luego, parcial o totalmente, a discos. Asimismo, el CIL podrá invitar ocasionalmente a escritores del Continente a realizar algún tipo de investigación cuyos resultados estarían a disposición de la Casa de las Américas (véase “Últimas actividades de la Casa”, Casa de las Américas 47 (1968): 160).

Tal vez la primera carta que Benedetti escribió desde el CIL, aunque nunca llegó a enviarse, fue la dirigida al escritor argentino Germán Rozenmacher el 1 de diciembre de 1967 (es decir, antes incluso de la conferencia de prensa); en ella comentaba algunas de las tareas inmediatas del Centro, y le proponía, teniendo en cuenta una conversación sostenida en La Habana a principios de año, que se incorporara durante un semestre al proyecto. Tres días más tarde –o sea, uno antes de la conferencia de prensa– le escribe a Juan Carlos Onetti, la que fue, seguramente, su primera carta oficial como (casi) director del CIL: “Querido Precursor”, le dice en ella, “[h]ace veinte días que llegué a La Habana y ya empecé a trabajar en la organización y puesta en marcha del recién fundado Centro de Investigaciones Literarias, de Casa de las Américas”. Le ofrece pormenores del trabajo y le pide que traiga consigo cuando venga en enero para el Congreso Cultural y el Premio Literario (lo que finalmente no ocurrió en esa ocasión), ciertos materiales para “una Colección (que aún no tiene nombre) de valoración múltiple, sobre escritores latinoamericanos, en especial sobre los contemporáneos”. Puesto que cada volumen recogería artículos, ensayos, notas críticas, reportajes, material gráfico y ficha biobibliográfica del autor al que se consagre cada volumen, le solicita traer consigo, para el libro que se le dedicará, recortes, fotografías, bibliografía crítica, etcétera. Algo similar le escribe a Roa Bastos el mismo día de la conferencia de prensa, suponiendo, también, que viajará a La Habana con motivo del Congreso Cultural. Este le responde desde Mar del Plata a “la inmensa alegría de recibir letra tuya desde la Isla Heroica”, y le anuncia que está metido en una nueva novela, que a la postre será Yo, el supremo. Agradece que se le dedique una Valoración múltiple para la que promete mandar materiales, aunque “el envío postal desde estas repúblicas ‘accidentales’ y cristianas a la Ciudadela Prohibida se vuelve cada vez más problemático” (carta del 24 de febrero de 1968).

Benedetti no pararía de generar ideas, organizar el trabajo, convocar a colaboradores y participar en la vida cultural cubana, de cuyo dominio da muestra el artículo “Situación actual de la cultura cubana”, fechado en diciembre de 1968 y publicado en Marcha. Fue delegado al Congreso Cultural, donde leyó la ponencia “Sobre las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual”. Por otra parte, aprovechando la presencia de escritores en Cuba, invitados al Congreso o como jurados del Premio Casa, organizó el ciclo Panorama de la Actual Literatura Latinoamericana, del que se desprendería el libro homónimo (1969) y en el que tomaron parte, entre otros, Jorge Enrique Adoum, José María Arguedas, Max Aub, Claude Couffon, René Depestre, Jorge Edwards, Roberto Fernández Retamar, Enrique Lihn, José Revueltas, Francisco Urondo y Rodolfo Walsh.

Para entonces la presencia de Benedetti en el catálogo de la Casa ya era sostenida. Solo en aquellos primeros años aparece, de un modo u otro, en casi diez títulos. En 1966, Las ceremonias del verano lleva una nota suya; al año siguiente aparecen el ya mentado volumen de Poesías de Darío y el cuaderno Sobre Julio Cortázar, que incluye a Benedetti acompañado de José Lezama Lima, Ana María Simo, Retamar y Eliseo Diego. En el productivo 1968 se publican, con sendos prólogos suyos, Cien años de soledad y El astillero, así como una selección de Poemas de Juan Gelman, cuidada por él y Jorge Timossi. Ese mismo año aparece, como el número 32 de la colección Literatura Latinoamericana, Montevideanos, lo cual convierte a su autor en la “primera personalidad de la nueva literatura uruguaya” incluida en esa colección de clásicos, según anunciaría Camila Henríquez Ureña, una de sus gestoras. Al año siguiente Gracias por el fuego sería el número 50 de esa propia colección en la que, hasta entonces, solo otro autor tenía dos títulos (Cortázar: Cuentos y Rayuela), aunque no en años consecutivos. Parece probable que por sugerencia suya la Casa publicara en 1968 un volumen de Cuentos de Felisberto Hernández y, más adelante, Documentos (1970), de José Gervasio Artigas.

Al mismo tiempo, su labor solicitando colaboraciones, comprometiendo autores, no cesa. Insiste en los volúmenes de Valoración múltiple, iniciativa que “resultaba coherente con la ambiciosa agenda político-cultural de la Casa de las Américas, que aspiraba a convertirse en un referente de primera línea no solo de la difusión sino también del estudio de la literatura latinoamericana”. Teniendo en cuenta su capacidad para movilizar a los autores implicados, no es extraño que Cortázar le escriba una apurada carta manuscrita desde Nueva Delhi el 1 de febrero de 1968, casi recién llegado de La Habana (“esto de volver de Cuba y viajar inmediatamente a la India lo deja a uno en un estado que ni siquiera favorece la coherencia epistolar”), comentándole a su interlocutor que Héctor Schmucler le enviaría materiales para la Valoración, y aprovecha para mandar un ensayo de Noé Jitrik, “que me pareció curioso y con aspectos que yo desde luego ignoraba de mi ‘Bestiario’”. Por cierto, Benedetti fue el encargado de revisar, a solicitud de su autor, la edición cubana de Rayuela. Cortázar le pidió cuidar las “pruebas finales de páginas” y que actuara como si fuera él mismo hasta que viera encaminado el paquete con el libro en el correo. En cuanto al prólogo de Lezama, que Cortázar recibió en París de manos de Umberto Peña, le pareció “estupendo”, aunque eliminará “algunos errores ligeros […] por fallas de puntuación [que] diluyen un sentido ya de por sí abstruso” (carta de Cortázar, 25 de junio de 1968).

Llevar adelante el mencionado Diccionario se convierte en una obsesión. El 11 de febrero del 68 Benedetti invita a Rubén Bareiro Saguier a integrarse al proyecto para la parte paraguaya. “Por motivos que no necesito explicarte”, le escribe, “estamos muy desconectados con lo que actualmente se escribe en Paraguay, de modo que tu ayuda nos será valiosísima”. Desde Londres, Vargas Llosa le pregunta cómo van el Instituto de Literatura Latinoamericana (sic) y el Diccionario de Autores en que Claribel Alegría trabajaba cuando estuvo en Mallorca (8 de julio de 1968). A Walsh le escribe preocupado por la marcha del diccionario en Argentina (9 de julio de 1968), y dado que no falta la nota humorística, le pregunta: “¿Cómo van las cosas en esa provincia uruguaya llamada Buenos Aires?”. A finales de año comienza a inquietarse, le confiesa a Cortázar, porque el diccionario va más lento de lo planeado (4 de noviembre de 1968). Pero no pierde la fe en el proyecto, ni siquiera a la distancia: “Te digo que es un trabajo difícil, erizado de problemas, pero cada vez me convenzo más de que tenemos que hacerlo” (carta a RFR, 3 de junio de 1969). Tal diccionario nunca fue concluido. El fruto de la investigación, sin embargo, sirvió de base al Panorama histórico-literario de Nuestra América, preparado por el CIL y publicado en dos tomos (1982), y probablemente haya sido bajo su influjo que el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) emprendiera y concluyera el Diccionario enciclopédico de las letras de América Latina, 3 vols. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1995.

Entre tanto, y al margen de su presencia en las ediciones y la revista de la Casa, colabora en otras publicaciones cubanas como Unión y El Caimán Barbudo y, por si fuera poco, le llueven encargos de todo tipo. Una nota de Ambrosio Fornet en el Archivo de la institución da fe de la solicitud a Benedetti, para el Instituto del Libro, de una antología de poesía de amor hispanoamericana, más el prólogo a La montaña mágica o Los hermanos Karamázov. No se conserva respuesta escrita pero conocemos que Poesías de amor hispanoamericanas apareció en 1969 (la Casa haría varias ediciones del volumen a partir de 1997), y que nunca escribió ninguno de los prólogos solicitados (el de la novela de Mann fue escrito, a la postre, por Carpentier). En enero de 1971 el Instituto Cubano del Libro publica en la colección Cocuyo diez mil ejemplares de su Crítica cómplice, donde reúne trabajos de tres libros anteriores (Literatura uruguaya siglo xx, Letras del continente mestizo y Sobre artes y oficios), más algunos inéditos. La nota inicial, fechada en junio del año anterior, reconoce su deuda con la idea del “lector cómplice” propuesta por Cortázar. Mientras tanto, no cesó de escribir obra de ficción, según recuerda Mario Paoletti, uno de sus biógrafos: “de Cuba ha traído el borrador final de una rara obrita que verá la luz en México, en 1971, y que poco después se editará en Uruguay. Es El cumpleaños de Juan Ángel”.

Su primera carta a Vargas Llosa desde La Habana –“unas líneas de salutación y tocayería”– es del 20 de febrero de 1968, aprovechando como portador a Jorge Edwards, quien regresaba de participar como delegado al Congreso Cultural y jurado de la Casa. La esperada presencia del peruano en Cuba explica sus palabras: “Lástima que no pudieras venir”, le dice, “hubiera sido una buena ocasión de ponernos al día”. Le comenta que su Valoración múltiple está entre los ocho primeros títulos de la colección y le pide materiales para ella. “Yo estoy trabajando bastante, pero muy contento. Me gusta esta tarea, y ya conoces lo cómodo que se siente uno en la Casa. Además ya llegó Luz y me está ayudando en la oficina del Centro”. Aludiendo a la aún en preparación Conversación en La catedral, le pregunta: “¿Cómo va la novela gigante?”, y adelanta que el jueves siguiente “debo dar una charla en la Casa sobre ‘La narrativa de Vargas Llosa y García Márquez’; integra el ciclo ‘Panorama de la actual literatura latinoamericana’, que fue la primera actividad pública del Centro”. El peruano le responderá desde Londres el 7 de marzo. Ya había mandado un sumario para la Valoración que al parecer se perdió. Va uno nuevo y manda decir a Retamar que pronto enviará fragmento de la novela aún inédita para la revista, el cual aparecería en el número 64, de 1971, dedicado a la «Literatura peruana, hoy». “Yo sentí mucho no ir pues, aparte del interés que tenía el congreso, hubiera sido una excelente ocasión para charlar duro y parejo con los amigos”. Y de inmediato agrega: “Carlos Fuentes habló por teléfono con Cortázar, que le habló maravillas de su viaje a Cuba, y le contó que las cosas iban saliendo adelante a paso de vencedores. En el Perú también se han publicado algunos reportajes y artículos muy favorables, uno de ellos de Szyszlo, a quien seguramente conociste en La Habana”.

Vargas Llosa tampoco viajó a La Habana en 1969, lo que enfrió un poco sus relaciones con la Casa, puesto que se había comprometido a asistir a la reunión del Comité de colaboración de la revista y a ser jurado del Premio. “Esta vez iré de todas maneras, y haremos lo posible porque Patricia vaya conmigo, pues también está impaciente por regresar a La Habana”, le había escrito a Benedetti el 8 de julio de 1968.

De repente, y durante casi dos meses, cesa la correspondencia de Benedetti; de hecho, recesan las actividades de la Casa, pues entre el primero de marzo y el quince de abril “la casi totalidad de los compañeros que trabajan en este organismo se trasladó al campo, a realizar trabajos agrícolas, de acuerdo con los requerimientos del país”. Al reseñar las “últimas actividades de la Casa de las Américas” en el número 49 de la revista, los editores decidieron “recoger aquí el testimonio que de ellas ha dejado nuestro Mario Benedetti”; y reproducen el poema “El surco”. Tanto la estancia del uruguayo en el campo como el poema mismo no fueron solo fruto de su decisión de vivir la experiencia cubana como uno más; era también, en cierta medida, su respuesta –hacia el interior de la Isla y hacia afuera– de un desencuentro anterior. El 30 de abril de 1966 –recién llegados “de los cañaverales”, según expresaban en un orgulloso y desafiante despliegue–, Fernández Retamar, Edmundo Desnoes, Lisandro Otero y Ambrosio Fornet escribieron una «Carta abierta» a los participantes (entre quienes estuvo Benedetti) en la entrevista de Albert Cervoni para France Nouvelle, semanario del Partido Comunista Francés, que reprodujo el suplemento cultural de la revista mexicana Siempre! En su ya mentada carta del 17 de mayo de ese año, Retamar le adjuntaba copia de la carta abierta y le resumía en dos trazos el contexto de aquella: hace tiempo que nos preocupa ver que, frente a la natural actitud hacia la revolución cubana de los enemigos abiertos o velados (estos últimos pueden ser los peores: prueba al canto, ERM), algunos amigos, incluso amigos fraternales, dejándose quizás influir por tenaces campañas contra nosotros, o desmesurando errores que realmente cometemos, y no confrontándolos con las realizaciones positivas y con las circunstancias difíciles en que éstas se obtienen, empiezan como a dejarnos en la sombra –los mexicanos tienen un admirable verbo para esto: ningunear–, sin mencionarnos ni para bien ni para mal. El limbo, ya lo sabía el viejo Dante, no es cosa para regocijar y ciertamente no lo merecemos nosotros, ni nos gusta ver a nuestros amigos en él. La cuestión es sin duda delicada, y tenía que ser planteada, más tarde o más temprano.

Retamar señalaba la causa de la desavenencia al tiempo que recalcaba la cercanía de los cubanos con sus interlocutores: “De todas formas, la coyuntura era oportuna para suscitar el tema, por otra parte con una franqueza y una cordialidad que sólo puede tener lugar entre amigos, y aun amigos fraternales –Fornet y Vargas Llosa lo son; si tú me lo permites, nosotros dos también–”. En su respuesta del 25 de julio, Benedetti contaba haberle reprochado a Diazlastra la retraducción del francés, que resultó en una mescolanza de lo que ya era débil, y dice creer que Vargas Llosa y Claribel Alegría le hicieron el mismo reproche. “Aparte de estas aclaraciones debo decir que la Carta Abierta [que les enviaron los amigos cubanos] puede ser interpretada como un estallido un poco ingenuo. Yo no la interpreto así, porque sé cómo se sienten ustedes de acorralados, incomunicados y omitidos. Pero la verdad es que en el debate de la Galerie Péron se habló casi exclusivamente de temas generales y casi exclusivamente de narrativa”.

Meses después el tema volvería a surgir: “Por diversos contactos o correspondencia con escritores de diversos puntos de América Latina, pero de indudable adhesión a la Revolución Cubana”, expresa Benedetti, “sé que hay cierta inquietud generalizada frente a reacciones como la carta abierta que nos dirigieron en Siempre […] o frente a ese lado, tal vez demasiado intransigente, de la carta a Neruda”; en cuanto a la primera, “tienes que tener en cuenta que, aunque Mario y yo hayamos recibido cartas privadas de tu parte y de Fornet, explicándonos que la cosa no eran [sic] por nosotros, la verdad es que, frente a los mexicanos, ni él ni yo quedamos muy bien que digamos” (carta a RFR, 2 de octubre de 1966). Al día siguiente le anuncia a su tocayo peruano que volverá a la Isla invitado para el Encuentro con Rubén Darío: “Estoy contento con la posibilidad de volver a Cuba, sobre todo porque me dará ocasión de hablar largamente con los cubanos sobre algunas de sus últimas actitudes. Ya le adelanté algo en mi respuesta a Roberto”. (Esta carta recién rescatada apareció en Raquel Garzón: “El tirón inoxidable de Mario Benedetti”, El País, 11 de septiembre de 2020.)

La carta de los cubanos se regodeaba en el duro trabajo que implicaba cortar caña, en el esfuerzo descomunal que eso significaba para ellos y para el país, pero también en las satisfacciones y ventajas de dicha experiencia. Era una carta deliberadamente redactada por escritores en medio del torbellino de una Revolución que les demandaba entrega total, y una manera de marcar diferencias con quienes vivían la experiencia de la revolución como espectadores, desde el extranjero. Leído en ese contexto, “El surco” –es decir, tanto el poema como la experiencia que aborda (en ocasiones “una faena francamente ingrata, que debía cumplirse en cuatro patas, bajo un sol de fuego”, le confesaría su autor a Hugo Alfaro)– puede leerse como una tardía respuesta pública a aquella carta.

A finales del mes de octubre de 1968 circulan en Montevideo noticias sombrías: Mario Benedetti se había suicidado en La Habana. Era la segunda vez en el transcurso del año que corrían rumores de su muerte. Idea Vilariño le escribe desde allá: “con Ud. uno no gana para sustos. Hoy llamamos a Prensa Latina para que nos desmintieran lo de su suicidio y estaba su telegrama, yo creo que Ud. es un tipo muy vulnerable y que su suicidio no es ningún imposible”. Pero el suicidio no entraba en los planes de Benedetti, quien se ve obligado a dar declaraciones a Prensa Latina: “La verdad es que en Cuba hay tanto y tan estimulante trabajo que uno no tiene tiempo (ni mucho menos ganas) de suicidarse”. Marcha publicó ese desmentido (que el propio escritor incluiría en su Cuaderno cubano) el 1 de noviembre del 68: “Datos de buena fuente me permiten afirmar que se trata de un falso rumor”, expresaba con sorna. En verdad, era la propia Idea quien se hallaba en una situación angustiosa, y en su carta habla sobre la desesperada situación económica uruguaya y la falta de dinero: “todos hablan de lo mismo” (s.f., recibida el 9 diciembre 68). La situación no habría mejorado mucho cuando Benedetti regresó a su país. Desde allí escribe a la Casa dos años más tarde: “Les puedo asegurar que, viniendo de Cuba, es tremendo choque volverse a enfrentar con la pesadilla de los problemas económicos y la presión cotidiana del dinero”. Y en un gracioso guiño a sus colegas cubanos, quejosos de la reiterada presencia en su dieta de un particular tipo de pescado, agrega: “Es preferible comer diariamente macarela” (carta del 24 de diciembre de 1970).

Con frecuencia los proyectos del CIL se malograban por razones de fuerza mayor. Un ciclo de “Literatura mexicana de hoy”, previsto para noviembre del 68, debía convocar en la Casa a García Ponce, Tomás Segovia, Carlos Monsiváis, Juan Vicente Melo, Emilio Carballido, Huberto Batis y, si fuera posible, Fernando Benítez. Benedetti designa a Monsiváis como coordinador –“para no tener que escribir a cada uno”–, y le ofrece detalles en carta del 13 de septiembre de ese año. Es muy probable que cuando la carta llegó a destino, acabara de ocurrir la masacre de Tlatelolco, y la tragedia frustrara el empeño.

Hubo también otro tipo de escollos. El poeta peruano Alejandro Romualdo, uno de los colaboradores de la antología de poesía latinoamericana residentes en La Habana, le comunica el 13 de diciembre de 1968 su decisión de no colaborar más en ella por desacuerdos en el método de selección: “me resisto a creer que una ‘mayoría de votos’ pueda convertir en poetas a quienes no lo son, descalificar a quienes siempre lo han sido y convertirse en método dogmático en cuestiones de arte”. Romualdo va incluso más lejos: “Cuando la intolerancia y la arbitrariedad mayoritaria pretenden cambiar electoralmente la historia, o legitimar, en arte, supuestas calidades y significaciones, el método de la votación resultó monstruoso hasta para el mismo Lenin”. Por si fuera poco añade: “la práctica sectaria y oportunista de estas lamentables mayorías […] produce resultados inadmisibles, originando […] insoportables aberraciones que agotan la más beatífica de las paciencias”. Dos semanas más tarde, Benedetti le enviaría una dura y juiciosa respuesta. Le recuerda que en Nueva poesía de esta América –título que había adquirido la antología– participaban, además de ellos dos, René Depestre, Roque Dalton, Fernández Retamar, Enrique Lihn, Federico Álvarez, Jorge Timossi y Heberto Padilla. Después de expresarle que “no puedo admitir como válida ninguna de las razones que Ud. invoca para fundamentar su renuncia”, Benedetti concluye: “Comprenderá usted que, en tales circunstancias, si bien puedo aceptar su renuncia, no puedo de ningún modo admitir los términos de la misma”. Obviamente, también esta carta fue respondida por Romualdo de manera aún más agria que la primera.

A veces los proyectos ideados e impulsados por Benedetti debían topar con desencuentros, giros de la historia, desidia y hasta con profundas conmociones personales de sus colaboradores. La respuesta de Walsh a propósito de su trabajo en el diccionario, es ejemplar en este último sentido: “Fallé en el trabajo que me encomendaste pero sabrás disculparme”. Explica que desde su salida de La Habana, donde participó en el Congreso Cultural y como jurado del Premio Casa, ha estado sumergido en la actividad política, que al fin y al cabo era una de las recomendaciones implícitas en la declaración del Congreso. Al pasar por Madrid en el viaje de regreso tuvo curiosidad de conocer a Perón, y en su casa “la buena o mala suerte” de conocer también a Raimundo Ongaro, quien un mes más tarde “iba a destrozar la vieja CGT traidora y crear una nueva, la CGT rebelde sobre la que ha recaído este año todo el peso de la lucha política en el país”. Naturalmente, dice Walsh, “pensé que la CGT necesitaba un periódico, y quién mejor que yo, etc. Consecuencia, que a fines de abril me encontraba redactando nada menos que el Mensaje a los Trabajadores que iba a convertirse luego en el Programa oficial de esa CGT”. El periódico, en el que nadie cobra sueldo, absorbe cuatro quintas partes de su tiempo y, en consecuencia, Walsh tiene “parada una novela en la que depositaba muchas esperanzas y que ahora no sé cuándo voy a terminar”, entre otras razones porque lo “acechan los acreedores y otras calamidades, pero conservo la esperanza de que en algún momento me metan preso, y entonces sí pueda atender la literatura, incluso tu diccionario…”. La carta no elude una confesión dramática: “he dejado prácticamente de ser un escritor”, pero aunque dice sentirse “doblemente abrumado por no poder cumplir con vos, ni conmigo, […] creo que lo que estoy haciendo está bien” (carta a MB, diciembre de 1968).

En marzo de 1969 Benedetti y su esposa Luz abandonarían Cuba por unos meses. A fines del turbulento año anterior, el medio cultural cubano se había encrespado con el capítulo inicial de lo que se conocería como el caso Padilla. Una vez más Benedetti se convierte en corresponsal de la Casa de las Américas en Europa, y la persona de más confianza allí. El 11 de abril Retamar le manda copias de cartas y referencias de Vargas Llosa y Cortázar sobre los acontecimientos, y le comenta tanto la entrevista a este en Life en Español como su artículo sobre Padilla en Le Nouvel Observateur, del que solo conoce los “aviesos fragmentos” trasmitidos por la AFP. “De ser lo que parece, creo que significará la reapertura de una polémica que creímos que habíamos sostenido con suficiente claridad en el momento de la reunión del comité de la revista”, en enero de ese año. Habrá que leer completo el artículo antes de saber exactamente a qué atenerse, dice Retamar, pero le preocupa que “Julio ha[ya] involucionado lamentablemente a su equipo del boom”. Más de una vez en este intercambio epistolar, por cierto, se usa el término boom de manera despectiva. Aunque la Casa contribuyó de manera decisiva –como han hecho notar varios de los más notables estudiosos del fenómeno– al reconocimiento y difusión de la nueva narrativa, la idea implícita en el nombre de boom (un pequeño grupo de elegidos, aupados por el mercado) provocaba irritación en La Habana. La noción de boom y del tipo de intelectual que este glorificaba parecía proponer un modelo ajeno al que sostenía la Casa.

Una larga carta manuscrita al Consejo de Dirección, fechada en París entre el 20 y el 26 de abril de 1969, da noticias sobre la situación en Praga, por donde acaba de pasar Benedetti, pero se extiende sobre todo en las implicaciones del caso Padilla. Explica la situación a partir de los artículos de Saverio Tuttino y “la gestión envenenadora de José Donoso”, así como de “un artículo bastante HP” de Claude Couffon en Le Monde a propósito de la edición francesa de El mundo alucinante. Como parte del ambiente, cuenta la anécdota que le relató Chantal [Dumoine], esposa de José Triana y residente entonces en Cuba, quien se encontró en una reunión en París con Carlos Fuentes “y éste prácticamente se le vino encima con la pregunta ‘¿Padilla está vivo?’. Dice Chantal que Fuentes estaba tan agresivo que ella lo dejó con la palabra, se levantó y se fue”.

En cuanto al artículo de Cortázar aparecido en Le Nouvel Observateur (“Ni mártir ni traidor”), afirma Benedetti que, tal como salió, no le gustó: “Julio tuvo a mano en Cuba elementos de juicio bastante sólidos y atendibles como para dar un panorama más verídico de un problema tan complejo, todo esto sin apartarse de lo que podemos entender como su opinión sincera”. Más tarde habló con Cortázar por teléfono “y lo hallé muy indignado” porque le habían mutilado el trabajo, justamente donde él “objetaba el tratamiento tendencioso que el asunto había tenido en París. Me dijo que ya le había enviado a Roberto una copia del artículo que él había entregado a LNO”. Le preocupaba también que en Buenos Aires habían recogido sus opiniones bajo el título “Cortázar rompe con Fidel Castro”. “Yo creo que, por lo menos, Julio debería extraer de todo esto la lección de que en política no se puede ser ingenuo, o sea que no sólo hay que calcular lo que uno opina y firma sino también sus consecuencias, las reacciones en cadena que una opinión así pueda desatar”.

De regreso a Montevideo le escribe a Genoveva Daniel (Beba), secretaria ejecutiva de la Casa: “Decididamente, ustedes me han desorganizado el patriotismo. A esta altura, ya no sé si soy uruguayo titular o cubano suplente. Y algo peor: ya no sé tampoco si soy uruguayyyyo, o uruguaio. Por un lado, estoy contento de haber regresado a Montevideo, y por otro los extraño una barbaridad. Fíjense qué relajo”. Tal vez se trate de que su “brújula de nostalgias anda un poco loca”. En cuanto a la situación en su país: “Se acabó la Suiza de América”, y relata una conversación durante una cena con Onetti. Hablaron largamente, inclusive del “problema Padilla”, y para sorpresa de Benedetti no lo encontró “nada erizado”. “Incluso llegó a decirme que si él hubiera sido un dirigente revolucionario, habría actuado más severamente”. Por si fuera poco, Onetti le manifestó que quería ir a Cuba como jurado el próximo año. “Como yo expresara mis dudas acerca de su decisión, me prometió solemnemente delante de testigos que si lo invitan en el próximo enero, va con toda seguridad”. Benedetti cree importante que se le invite, ya que “hoy por hoy Onetti es el escritor No. 1 del país, aceptado y admirado por tirios y troyanos”. Si hasta ahora había tenido una actitud política “más bien prescindente”, “los acontecimientos de este último año, tan removedor, también a él lo han sacudido. Nunca antes lo había encontrado tan dispuesto a comprometerse”. En verdad, Onetti no viajó a Cuba, como jurado de la Casa, sino hasta 1976. Y al recomendar como jurados del Premio al crítico teatral de Marcha, Gerardo Fernández, y a Cristina Peri Rossi, por su parte, Benedetti argumenta: “Yo creo que tenemos que inyectarle un poco de juventud al Premio: no traer sólo jóvenes, por supuesto, pero sí invitar a algunos buenos escritores jóvenes, con lucidez política, ya que, a su regreso de Cuba su acción puede tener una resonancia muy positiva en un medio al que no siempre tienen acceso los escritores más maduros”. Su despedida es un desborde de afecto: “Cariños a Haydée y a todos. A ver, pónganse todos juntos, así caben en este apretado abrazo de Mario” (carta a Beba, 29 de mayo de 1969).

Pero la polémica continúa. Retamar le manda copia de la carta que envió a Cortázar “por su desdichada actitud”, y adelanta opiniones duras a partir de esta cita: “En el viejo (y siempre citable) Evangelio se lee: ‘no se puede servir a dos amos’. Que traducido al áspero idioma de nuestros días, bien podría ser algo así como: no se puede tratar de quedar bien con París y con el Tercer Mundo, con el boom y con los guerrilleros y soldados vietnamitas” (20 de mayo de 1969). En los primeros días de junio Benedetti responde que después de leer atentamente las cartas que Retamar intercambió con Cortázar y con Vargas Llosa, percibe que “la relación está más bien tirante (sobre todo con Mario)”. Cree que si hay alguna posibilidad de arreglo, que no hay por qué descartar, “se verá definitivamente el día en que se pueda hablar personalmente con Mario. La verdad es que son temas complicadísimos e incómodos para ser argumentados (y mucho menos solucionados) por carta”, y dice “reconocer que, en el fondo más sutil de la carta de Mario, hay cierto malestar consigo mismo por algunas de sus últimas actitudes”. Esta podría ser la base de una nueva etapa de relaciones entre él y Cuba, “que ya no tendrá seguramente la calidez y el entusiasmo de los primeros tiempos, pero que quizá sea (de una y otra parte) más ajustada a la realidad”. El caso de Cortázar, por su parte, es bastante distinto. Pese a resquemores y malentendidos, “sigo creyendo que Julio está más cerca de nosotros que los demás bóomicos” (carta a RFR, 3 de junio de 1969). Mes y medio más tarde le pregunta a Haydee “en qué quedó el entredicho con Julio”. Y añade: “Mantengo la esperanza de que ese puente no se rompa, pero, claro, para ello Julio tendrá que trascender cierta rigidez liberal (parece contradicción, pero no es) que le impide ver con claridad ciertos reajustes propios de una revolución que sigue adelante. Pese a su evidente ingenuidad política, yo creo que Julio es muy buena gente; por eso confío en que el problema finalmente se arregle” (carta a Haydee Santamaría, 17 de julio de 1969).

Mientras tanto, se mantiene preocupado por su trabajo en La Habana. A “los muchachos del CIL”, y especialmente a Trinidad Pérez, su colaboradora más cercana en el Centro –llegaría a dirigirlo años más tarde–, les da instrucciones sobre algunas de las tareas pendientes, y advierte que mientras no llegue Óscar Collazos, su sucesor provisional, hagan las consultas necesarias con Retamar. Y recordando las habituales faenas agrícolas pregunta: “¿Fueron al verde? ¿Todos juntos o por tandas?” (carta a Trini[dad Pérez], Margarita [Funes] y Fernando [Uría], 26 de abril de 1969). Un mes después de su llegada a Cuba, Collazos le escribe que está “tratando no solo de seguir el rigor de tu trabajo (cosa bastante difícil por muchas razones que no me atrevo a confesarte) sino de hacer alguna cosa nueva en el CIL. Realmente, me asusta encontrarte [sic] con este trabajo monumental que tú y el equipo del Centro han estado haciendo en menos de dos años”. Le cuenta que “las valoraciones de Vargas Llosa y Cortázar están paradas momentáneamente (tú conoces las razones)”, y que, por su parte, él está fichando a Borges. En un giro al proyecto original, propone hacer Valoraciones sobre conjuntos de obras; por ejemplo, sobre tres novelas representativas de todo un período (Don Segundo Sombra, Doña Bárbara y La vorágine); sobre la novela de la Revolución Mexicana y sobre la novela romántica en la América Latina, que aparecerían, respectivamente, en 1971, 1975 y 1978. Benedetti le ratifica el 11 de junio que a fin de año regresará a “recoger nuevamente la posta” y le comenta detalles de otros proyectos, como las Valoraciones dedicadas a Borges y Octavio Paz.

Un inesperado viaje de Benedetti se da entre finales de julio y principios de agosto del 69 al Primer Festival Panafricano de Cultura en Argel, donde se produce, según su opinión, “el funeral de la negritud”. Una crónica de esa experiencia –“África 1969: su fuerza y su vulnerabilidad” – aparecería en el número 58 (enero-febrero de 1970) de Casa de las Américas. Durante su ausencia de Cuba, por otra parte, la sección Al pie de la letra mantiene a sus lectores al tanto de la labor de Benedetti, acogiendo y comentando entrevistas concedidas por él, lo mismo a Marcha que a las revistas chilenas Punto Final y Cormorán. La entrevista de Marcha –“Benedetti: una experiencia cubana”–, realizada por Jorge Onetti, resume la experiencia de trabajo de aquel en Cuba. Allí opina sobre temas como el lugar del intelectual en la Isla y la polémica en torno a Padilla. En cuanto a este, considera que hay en torno suyo una publicidad políticamente interesada, y que en ese caso han funcionado las prevenciones que tienen muchos intelectuales en el extranjero “frente a posibles derivaciones de un estado socialista hacia el estalinismo”. Cree notar en algunos intelectuales “ciertas ganas inconfesables de que la revolución por fin se desvíe, como un modo de llevar tranquilidad a sus propias conciencias; ciertas ganas de que sea cierto que la revolución va hacia el estalinismo, de que imponga el realismo socialista, de que le quite la libertad al intelectual. Lamentablemente para ellos y afortunadamente para el socialismo, parecería que la revolución los va a defraudar”.

En los primeros días de 1970, Benedetti regresa a Cuba y a su trabajo en el CIL. Retoma los asuntos pendientes y el contacto con escritores. Pero este es, además, un año con otras implicaciones en su vida: “El año 70 es la época de la radicalización política de Benedetti. […] Cuba afronta situaciones muy difíciles, interna y externamente, y él asume la posición oficial del gobierno cubano, incluso en el ‘caso Padilla’ […]”, ha recordado Hortensia Campanella, una de sus biógrafas y estudiosas. Una carta de Cortázar a Vargas Llosa desde París, escrita el 5 de febrero de 1970, recién llegado de La Habana revela –con apenas un adjetivo– cierto distanciamiento entre su autor y el uruguayo en ese momento, aunque, como se verá, luego la relación se iría recomponiendo, como mismo el autor de “El perseguidor” se reacercará a los cubanos tras algunas desavenencias. A propósito de una conversación en la Casa sobre los cursos previstos en Cuba para fines de año (Vargas Llosa sobre la novela, Cortázar sobre el cuento) se suscitó una discrepancia, de la que este habla en los siguientes términos: “Un detalle político: cuando se habló de cómo se constituirían los grupos de alumnos, el infaltable Benedetti propuso que los cursos fueran limitados a unos 20 oyentes ya baqueanos en la materia, y que la Casa los seleccionara. Como ya has visto que me he hecho una especialidad en eso de armar líos tumultuosos, dije a quemarropa que la idea me parecía absurda”.

En ese productivo 1970 apareció también Quince relatos de la América Latina, seleccionado por Benedetti y Antonio Benítez Rojo, que incluye textos, entre otros, de Arguedas, Carpentier, Cortázar, Donoso, García Márquez, Guimarães Rosa, Onetti, Roa Bastos, Vargas Llosa y Walsh. Por cierto, ese mismo año, en La Habana, Luz y Mario fueron instigadores, cómplices y beneficiarios de un robo perpetrado por Jorge Ruffinelli. Este ha contado que una noche cenaba con ambos en el Hotel Nacional cuando Luz le “confesó su íntimo deseo de tener de aquel viaje un recuerdo cuyo ínfimo valor monetario se compensaría con un gran valor emocional: un pequeño cenicero, como los que había en cada una de las mesas del comedor del Nacional, porque en el fondo tenían pintada la figura del famoso hotel”. La timidez uruguaya les impedía pedirlo como obsequio, pero en un repentino ataque –recuerda Ruffinelli– le pidió a Luz que abriera su bolso y en un segundo el cenicero había desaparecido dentro de él ante la mirada espantada de Mario. Muchos años después Ruffinelli vio, en el apartamento del matrimonio en Madrid, un cenicero “con un dibujo blanco en el fondo. Del Hotel Nacional”.

Las malas noticias sobre la salud de su padre obligan a Benedetti a regresar a Montevideo antes de lo previsto, en diciembre del año 70, mientras Luz permanece en La Habana. La gravedad del padre no le impide comentar desde allí asuntos de trabajo, como el envío de un libro de José Miguel Oviedo sobre Vargas Llosa, recién aparecido, que incluye una “bibliografía exhaustiva que puede ser escrupulosamente fusilada para la Valoración”, evidentemente retomada. También manda un libro de Mercedes Rein sobre Cortázar, y adelanta que Peri Rossi no podrá viajar al Premio “porque está sumariada por agravios a otra profesora por delatar a un compañero del liceo donde dan clases”. Finalmente anuncia un manuscrito que concursará en el Premio: “Hoy almorcé con Galeano. Parece que se presenta al concurso (género: ensayo), con un libro de envergadura (cerca de 400 páginas)”, que es, hoy lo sabemos, Las venas abiertas de América Latina (carta a “Querida gente”, 24 de diciembre de 1970). Una semana más tarde vuelve a escribir con malas noticias; cree difícil viajar a la reunión del Comité de colaboración de la revista, prevista para enero de 1971, porque el padre sigue ingresado, con muchos altibajos y en general mal (carta a “Querida gente”, 31 de diciembre de 1970). En la mañana del 5 de enero muere su padre. Al agradecer varios días más tarde los mensajes de pésame recibidos, cree posible viajar a partir del día 15 para asistir a la reunión, celebrada entre el 19 y el 22 de ese mes. Como es sabido, en dicha reunión, que fue la última del Comité tal como estaba concebido, se tomó la decisión de ampliarlo notablemente, e invitar a integrarlo a más de una veintena de intelectuales de casi toda la América Latina. Pocas semanas después, tal como estaba previsto, Benedetti cierra su compromiso en el CIL para regresar a Montevideo.

A su paso por París aprovecha lo mismo para indagar sobre la compra de una fotocopiadora para la Casa que para gestionar posibles ingresos al Comité ampliado de la revista. Cree posible la inclusión del boliviano René Zavaleta Mercado. En cuanto a los brasileños no es una tarea sencilla porque resulta imposible incluir a quienes viven en el país. La impresión que le daría Roberto Schwartz, por ejemplo, es la de “un hombre algo apocado, que se expresa con gran cautela; en términos generales progresista, pero nada radicalizado”, dispuesto a colaborar de vez en cuando y hasta realizar alguna gestión, “dentro de un interés muy cortés pero moderado” , y rechazó la posibilidad de formar parte del Comité: “Lo integraría con mucho gusto, dijo, pero eso le complicaría mucho las cosas, incluso en Francia, donde la situación se ha endurecido considerablemente”, y vaticinó que sería muy difícil contar con escritores brasileños porque los de más prestigio vivían casi todos en Brasil y “designarlos para el Comité sería complicarles la vida y hasta haría peligrar su libertad” (carta a Retamar, 14 marzo 1971). Ese mismo día mandaba decirle a Trini que lo tuvieran al tanto de cómo marchaban la Valoración de Carpentier y “el Cortázar de Benítez”. Con Julio se encontraría entonces para entregarle cartas y un dibujo de Mariano Rodríguez, y el argentino le hizo saber que él “ya había encargado a un amigo que le trajera de Alemania (donde esos aparatos son mejores y salen más baratos) un fotocopiador portátil, a fin de enviarlo desde París a la Casa, vía embajada. Es un regalo de Julio”, precisa. “Le dije a Julio que ustedes estarían felices con el regalo, así que please escríbanle pronto comunicándole esa felicidad”. Benedetti señala que solo estuvo media hora con él y estaba muy cordial, “pero no hablamos de la nueva Revista”, es decir, de la casi naciente y ya polémica Libre (carta a Beba, 16 de marzo de 1971).

Poco después de la partida de Mario y Luz de La Habana, el 5 de marzo de 1971, Retamar les escribía un poema en dísticos, que era a la vez un ejercicio de humor y de cariño: “Ah, mi querido Mario, ah Luz querida: / No olvido la amenaza, en la partida…”, decían los primeros versos. Benedetti no lo había recibido cuando el 25 de marzo les escribe “a todos” desde Montevideo contando que unos días antes, al levantarse, escuchó la noticia de la detención de Padilla: “si mal no recuerdo, él decía que ‘las cosas iban a cambiar muy pronto’. En vista del cabal cumplimiento de ese pronóstico, he decidido no mandar ningún cable. Eso sí: escriban, porque la gente pregunta”. En medio de esa tensa situación, Benedetti responde el 17 de abril, a aquel poema, con otra carta en verso: “Ah Roberto fraterno, cuando leo / tu epístola triunfante del bloqueo…”. Poco más de diez días después le envía una angustiosa carta a Retamar en la que se queja de no tener nuevas noticias de la Casa (más allá de una carta del propio Retamar del 29 de marzo, dándole detalles preliminares), tan necesarias en este momento. La prensa del Mundo Libre se está banqueteando, dice, y “si no hay noticias ampliatorias, la cosa no será fácil, ya que la arremetida es sencillamente feroz”. Urge a sus amigos cubanos: “Así que informen, compañeros, manden noticias. Please: no se autobloqueen” (carta del 28 de abril).

Para la siguiente carta a la Casa la situación es particularmente tensa; unos días antes él mismo y Arnaldo Orfila salieron en defensa de Cuba en una disputa con jóvenes en Buenos Aires, y cuenta que la Revolución Cubana “ha pegado un tremendo bajón en Argentina, no en Montevideo, donde, sin embargo, el affaire Padilla cayó mal”.

Nadie en la izquierda concibe (como dice a gritos la prensa “grande”) que haya habido presiones y menos aún torturas, pero en cambio nadie puede creer en la sinceridad del implicado. Bueno, eso es en la gente que no conoce a Padilla. Ahora bien, yo que lo conozco, tampoco creo. Aquí, desde lejos, no sé por qué tengo la impresión de que Heberto ha hecho esas declaraciones con la secreta intención de que en el exterior sean tomadas como confesión obligada, como autocrítica obtenida a base de presiones. Sus actuales opiniones pueden ser simplemente otro capítulo de gran maniobra promocional. Quizá yo sea de los pocos que puede aquilatar cuánto hay de verdad en la mierda que se tira encima y en la que desparrama, pero lo sospechoso es el tono, y ese tono NO ME GUSTA. ¿No puede ser posible que Padilla esté jugando este nuevo juego? Es un personaje tan ambiguo, tan retorcido, tan inasible, que encaja mucho mejor en una novela de Dostoievsky que en la actual realidad de Cuba.

 

El panorama que se avecina es sombrío: “Es claro que, por un tiempo, la cosa va a estar difícil en el ambiente cultural exterior”. Cuenta que, según le contó Schmucler, la reunión que fue convocada en París para enviar el cable dirigido a Fidel terminó en batalla campal. “Parece confirmarse que, pese a todo, la actitud más amistosa para Cuba fue la de Cortázar, que luchó hasta el final para que no se aprobara un texto tremendamente agresivo que habían preparado Goytisolo y los suyos”. Y añade: “Eso no disculpa a Julio (ya que no tenía que haber firmado nada) pero de todos modos conviene detectar los matices (diría Mariano)” (carta “a todos”, 5 de mayo de 1971).

Para finales de mayo, Benedetti está más sosegado con lo que entonces puede definir como Operación Limpieza. Ya han aparecido el artículo de Walsh “Ofuscaciones, equívocos y fantasías en el mal llamado caso Padilla”, que le parece “realmente bueno”, le sorprende el silencio de algunos “que firmaron el primer documento pero no el segundo”, y advierte que Rama, si bien “está muy erizado con el asunto Padilla […] por lo menos no firmó los manifiestos europeos, pese a que Goytisolo le envió un cable solicitándole expresamente su adhesión”. Además, para entonces él mismo ha concluido su artículo “Las prioridades del escritor” que aparecerá en Marcha y en Casa, en el que deja clara su posición respecto a los firmantes de la segunda carta de intelectuales latinoamericanos y europeos dirigida al entonces Primer Ministro Fidel Castro: “Creo que ha llegado el momento de que los 62 se vayan de a poco convenciendo de algo que […] ya se ha hecho carne en la gran mayoría de los escritores: se acabó la diversión”.

En medio de las tensiones las cartas se espacían pero el tema sigue presente. A Retamar, el 30 de junio, le pregunta qué le pareció el poema de Cortázar “Policrítica en tiempo de chacales” (sic) y adelanta su opinión: “Sigo pensando que Julio es un tipo de buena materia humana, aunque de una ingenuidad política que a veces causa vértigo. La Policrítica es, más que un poema político, un poema de amor (con las correspondientes cuotas de enamoramiento, felicidad, desengaño, reproche y arrepentimiento)”. Comenta las intervenciones de Rama (“en el peor estilo del liberalismo pudibundo que puedas imaginar”, y luego: “estuvo sólo 12 días [en Montevideo], pero le alcanzó para desparramar bastante mierda, como nó”), Marta Traba (“Más caca, imposible”) y Viñas (“una posición intermedia [que] no se puede poner en el mismo nivel que todas las otras reacciones asquerosas, pero de todos modos yo esperaba otra actitud de Viñas”). El momento coincide con el concurso para ocupar la plaza vacante como Director del Departamento de Literatura Iberoamericana de la Facultad de Humanidades dejada por Rama al irse a Puerto Rico. Benedetti opta por ella pero para eso “necesito que me envíen una carta o certificado en que se deje constancia de que organicé y dirigí (desde enero de 1968 a febrero de 1971) el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, dejando expresado, si es posible, los trabajos y publicaciones que llevó a cabo el CIL durante ese período”. Añade que “[c]omo no tengo título universitario de ninguna índole, opinan los estudiantes que ése sería (aparte de mi labor de crítico de literatura latinoamericana) uno de los méritos más importantes que podría exhibir”. Pregunta, finalmente, por las modificaciones en los planes editoriales, especialmente los del CIL, “que como ustedes saben es mi aurícula izquierda”. Y termina con un sorprendente grito: “Póooooooonganme al día, carajooooooo”.

Son tiempos turbulentos en Uruguay y Benedetti participa activamente en la vida política, pero en noviembre del 73 se ve obligado a marcharse a Buenos Aires, donde dirigirá la colección de literatura hispanoamericana de Crisis. No deja, sin embargo, de regresar a Cuba, sobre todo con motivo del Premio, del que volvería a ser jurado de novela en 1974. Meses después de ese viaje le escribe a Retamar en tono de jocoso reproche, tras la publicación de Persona non grata: “Hace siglos que no tengo noticias de ustedes. La única esperanza es que Jorge Edwards publique un segundo tomo, así me entero de lo que re-al-men-te pasa en esa tierra de promisión; en todo caso, ponete un micrófono en la corbata, y que me manden la grabación” (28 de mayo de 1974).

Aunque la correspondencia adquiere otro ritmo, en las cartas que siguen no deja de preguntar por el CIL y las Valoraciones, de las que se siente responsable –incluso desde su exilio– ante otros escritores: “El otro día estuve con Roa Bastos y me preguntó por su Valoración Múltiple. Yo le di algunas respuestas distraídas, pero me temo que no lo hayan conformado” (carta a Retamar, 17 de julio de 1974). Asimismo pide apoyo y firmas para nueve prisioneros políticos uruguayos particularmente castigados, entre ellos Mauricio Rosencof. “También enviaremos cartas a Europa con ese mismo fin, a ver si los Grandes Intelectuales que movieron cielo y tierra por un Padilla que estuvo un mes detenido y salió sin un rasguño”, comenta, “hacen ahora algo por otro colega (ya que pedirles que se muevan por alguien que no sea escritor, es reclamar peras del olmo), de excelente nivel literario (o sea que sus escozores artísticos pueden quedar tranquilos), que está preso desde hace 3 años y que ha sido bárbaramente torturado” (carta a Beba, 12 de agosto de 1974).

Una segunda parada de su exilio lo lleva a Lima, después de que la Triple A le diera a él y a otros compañeros 48 horas para abandonar Argentina. “Luz quedó esta vez más afectada que de costumbre […], porque, claro, los problemas, las separaciones y los exilios se acumulan, y cada vez se van deteriorando un poco más las energías y la paciencia” (a Beba, 16 de mayo de 1975). La tranquilidad, sin embargo, duró poco. A finales de agosto fue invitado por el gobierno peruano, a través del ministro del interior, a abandonar el país, con el falso pretexto de que enviaba cables y escribía artículos contra el gobierno peruano. Una carta suya a Francisco Moncloa, editorialista del periódico Expreso en el que Mario tenía una columna, daba exhaustiva versión de los acontecimientos. La urgencia de salir lo obligó a regresar a Buenos Aires, donde su vida corría peligro. Una posterior rectificación de las nuevas autoridades peruanas le permitió regresar a ese país, pero la situación continuaba siendo incierta, de manera que la propuesta de Retamar no se hace esperar: “Chico: acaben de liar sus matules, y vénganse a esta tierrita donde hay bastantes probabilidades de que no los van a amenazar de muerte (aunque quizás sí de vida), ni los van a desterrar con metáforas (aunque quizás sí a enterrar con metáforas). Y donde los queremos mucho, sobre todo cuatro veces al año: en primavera, en verano, en otoño y en invierno” (2 de octubre de 1975). Todavía permanecería unos meses en Lima cuando, dos semanas después de aquella carta, Cortázar, creyéndolo en La Habana, le dice a Retamar: “dame noticias de Mario Benedetti. He estado muy inquieto desde que supe de su partida del Perú, y mis informaciones no son acaso las buenas. Me dicen que está con ustedes, cosa que deseo de todo corazón. Mario es uno de los hombres más valiosos de nuestro continente y por tanto siempre en peligro”.

Para marzo de 1976 la situación es insostenible, y el día 19 Benedetti escribe a la Casa –aprovechando el regreso a La Habana de Onelio Jorge Cardoso, entonces Consejero Cultural en Lima– diciendo que tendrá que dejar Perú y le es imposible regresar a Argentina. Pregunta, entonces, si él y Luz pueden irse a Cuba. La respuesta de Haydee Santamaría fue instantánea: el día 22 le envió un cable vía Prensa Latina: “Favor informar Mario Benedetti deben tomar vuelo Aeroflot mañana martes. Pasajes […] situados en Cubana”. Comienza así un período de cuatro años más en Cuba, como asesor del CIL y miembro, nuevamente, del Consejo de Dirección de la Casa. Un año antes de ese regreso, la Casa publicó El cumpleaños de Juan Ángel (1975), y en el propio 1976 aparecieron Un siglo del relato latinoamericano, con prólogo suyo y selección tanto de él como de Antonio Benítez Rojo, y una Valoración múltiple dedicada a él, compilada y prologada por Ambrosio Fornet. Fruto ya de su nueva etapa de trabajo en Cuba, Benedetti prepara los volúmenes Poesía trunca (1977), que incluye a casi una treintena de poetas latinoamericanos “que dieron sus vidas por la causa revolucionaria”, y Jóvenes de esta América (1978), una selección en que se cruzan discursos, ensayos, relatos, poemas y letras de canciones, publicada con motivo de la celebración en La Habana del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. En 1980 aparecerán otros cuatro títulos relacionados con él, incluidos una recopilación de Todos los cuentos suyos, y una selección realizada por él de Poesía de Roque Dalton. En esa época, además, escribe la obra teatral Pedro y el capitán y el poemario La casa y el ladrillo, y participa en el ciclo “Martí y su mundo”, trasmitido por la televisión cubana.

Cuba sigue siendo centro de una agitada actividad cultural, y Benedetti participa en ella, así como en congresos y encuentros dentro y fuera del país. Las cartas de ese período a la institución responden a una estancia de casi dos meses en Europa, aprovechando una invitación al Encuentro Internacional de Escritores en Varna (Bulgaria), en junio de 1977, que incluyó un breve paso por España (cuyo cambio más notorio es, según cuenta, haber escuchado la Internacional por altavoces en la Gran Vía), seguido del Encuentro búlgaro, de tres semanas en Moscú , Kiev y Leningrado, y de unos días en París. Al Encuentro asistieron Camilo José Cela, Luis Goytisolo, Ana María Matute, William Saroyan, Gore Vidal, Rulfo, César Rengifo, Evtuchenko, Antonio Cisneros, y “más de un centenar de ‘próceres de la cultura’”, además de los cubanos Nicolás Guillén y José Antonio Portuondo. Da cuenta de la experiencia y de su papel allí: “El primer día fue muy suave: no se mencionó la palabra imperialismo. Yo fui el primero que hablé de la lucha de clases: después el clima se fue poniendo calentito. Los chipriotas, griegos y turcos, así como el único representante palestino, me parecieron lo más latinoamericano de estas viejas comarcas”.

En los envíos de esos días no oculta su fascinación con el alfabeto cirílico, que lo lleva a escribir una posdata inevitable: “El ejemplar [que les envío] de La tregua en búlgaro es para que me lo guarden. Quiero revisarle las erratas”. Por supuesto que no desaprovecha ocasiones para intentar que algunos de sus interlocutores viajen a Cuba: “hablé bastante con Rulfo y parecería dispuesto a ir como jurado este año o el próximo; claro que con él nunca se está totalmente seguro” (postal a Trini[dad Pérez], 16 de junio de 1977). Dos años más tarde coincide en San José de Costa Rica, después de mucho tiempo, con Cortázar y su esposa Carol: “Julio está encantado con la invitación para inaugurar el Premio” (carta a Retamar, 7 de noviembre de 1979). En efecto, el argentino pronunció el discurso inaugural del Premio de 1980, arrancando con una humorada (un mini-drama de Don Ramón de Campoamor, mal poeta con “un sentido del humor que a veces les falta a muchos buenos poetas”) que no dejaba de ser elocuente: “Pasan veinte años. Vuelve él / y al verse exclaman él y ella: / -¡Santo Dios! ¿Y este es aquel? / -¡Dios mío! ¿Y esta es aquella?”.

Al hacer un balance de su tiempo en Cuba, Benedetti afirmó que para él fue muy importante no solo haber trabajado en la Casa durante siete años en total, sino también haber formado parte de su Consejo de Dirección, primero como miembro integrado, y luego como miembro itinerante. La Casa de las Americas es algo así como el Ministerio de Relaciones Culturales de Cuba, le decía a Hugo Alfaro, y lo más atractivo para él era ese trabajo “volcado a lo latinoamericano, buscando vincular a esos perfectos desconocidos entre sí que son, en su gran mayoría, los intelectuales de la patria grande… pero bastante ajena”. Aclaraba entonces que ni él ni Manuel Galich, los únicos no cubanos en ese Consejo, estaban allí de forma decorativa, sino que su presencia era realmente útil. “El bloqueo cultural que Cuba sufría generaba un autobloqueo interno que inducía a cometer explicables errores. De pronto se iba a tomar una resolución que yo sabía no era la más adecuada para América Latina”. Y añadía en su coversación con Alfaro: “En lo cubano, ellos sabían mucho más que yo; pero en cuanto a América Latina yo sabía no mucho, pero un poco más. Discutíamos bastante. Y como por encima de todo estaba el propósito de servir, de ser útil, la discusión era siempre fraterna”. Benedetti recordó una carta que Haydee le mandó a Montevideo donde le decía que “en el Consejo añoraban mis discusiones, mis desacuerdos. Les gustaba una impugnación constructiva”.

Pero esa nueva estancia de Benedetti en la Isla, buena parte de la cual la pasó sin Luz, no fue un período fácil. En esos cuatro años en Alamar, con pocos amigos e intelectuales cerca, lejos de la ciudad y dependiente de un transporte público que lo obligaba a gastar cada día horas en ir y volver de su casa a la oficina, con el añadido de sentir que defender la causa uruguaya en Cuba era como predicar entre conversos –cuenta Paoletti–, “Mario habrá de sentirse más solo que nunca antes en su vida […]. Son tiempos de soledad y de tristeza”. Cuando anunció en la Casa que quería irse acercando a Uruguay, aunque fuera por etapas y a través de medios de comunicación ágiles y eficientes, la respuesta de Haydee fue inequívoca: “Lo entiendo perfectamente. Vete, Mario”.

En julio de 1980 Benedetti está instalado en Palma de Mallorca cuando recibe la noticia del suicidio de Haydee. Fue un duro golpe. Al evocarla en su diálogo con Alfaro, años después, recordará que ella “enriqueció mi vida cuando trabajábamos juntos”, y “[e]n las conversaciones con que matizábamos el trabajo […] habrían de madurar (al amparo de Martí, a quien ambos admirábamos) mis opiniones sobre el papel del escritor y el artista latinoamericanos ante su pueblo y ante sí mismos. Ella lo tenía bien claro, e irradiaba esa claridad. Haydée fue una amiga inolvidable”. No es casual que haya sido él la persona seleccionada en 1989 por la Casa de las Américas para agradecer, en nombre de los galardonados, la medalla Haydee Santamaría en su primera entrega.

Aunque en los años que siguen la comunicación se va haciendo más esporádica, Mario no cesa de escribir y de enviar recortes de prensa. A la vez, continúa siendo un embajador de la Casa donde quiera que se encuentre. Sirve de coordinador y como enlace en España, por ejemplo, para el Encuentro de Intelectuales que esta institución convocó en 1981, aunque se queje de la escasa información que recibe: la gente me pregunta “y yo voy quedando a veces como un estúpido y otras veces como uno que entró en desgracia” (carta a RFR, 31 de julio de 81). No pierde, sin embargo, su humor habitual, que aflora con frecuencia y que se mantiene más de una década después, como al contar su participación en la película de Eliseo Subiela El lado oscuro del corazón. Por una parte, dice, en ella aparecen constantemente poemas suyos y de Gelman; por otra, tiene una breve participación como actor: “en una cabaret más bien miserable de Montevideo, hago el papel de un capitán de un barco mercante alemán, que se acerca primero a una prostituta y luego a otra, para decirles un poema mío (‘Corazón coraza’) ¡pero en alemán! La idea de Subiela me pareció tan delirante, que por eso la acepté”. Cuenta que la película ha tenido un gran éxito en Argentina y que en la laudable crítica que ha acompañado el estreno, “hasta hay párrafos de elogio para mi genial intervención. Como en Estados Unidos no me dan visa, he resuelto no aceptar las seguras propuestas que me llegarán desde Hollywood, pero en cambio estudiaré las que vengan de Cinecittá” (carta a RFR, 11 de julio de 1992).

Su lealtad a Cuba le ganó adversarios y lo involucró en notorias polémicas, como la que sostuvo con su tocayo y viejo amigo Mario Vargas Llosa entre abril y junio de 1984 en las páginas de El País. Fue esa misma lealtad la que lo empujó a escribir en octubre de ese año –fatigado de reproches que se reiteraban– su “Cansancio y adiós”, con el cual se despidió de su columna en dicho periódico. El hecho es que la situación cubana no dejaba de causarle desvelos en un medio intelectual y periodístico mayormente hostil, aunque en España encontró también admiradores, estudiosos y reconocimientos a su trayectoria. Todavía en 1993, ya en Montevideo, tuvo una fuerte disputa con Hugo Alfaro, en parte sobre el tema cubano, que lo llevó a renunciar al Consejo Editor de Brecha.

Las invitaciones de la Casa, entre tanto, se reiteraban y los viajes a la Isla no se detuvieron pese a que a partir de los años ochenta Benedetti comenzó a vivir abrumado de compromisos: viajes a los más disímiles destinos, intervenciones públicas, entrevistas y la escritura de su propia obra, que continuaba llevando adelante. Con frecuencia esas estancias cubanas –que incluían lo mismo participaciones activas en los Encuentros de Intelectuales organizados por la Casa o la presencia como observador invitado al Premio Literario, que la presidencia del jurado del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana– eran aprovechadas para realizar presentaciones de libros y multitudinarios recitales de poesía ante nuevos admiradores, el último de los cuales tuvo lugar en 1995, si bien regresaría a la Casa una vez más. Cuando, muchos años antes, el Consejo de Estado de la República de Cuba le otorgó la Orden Félix Varela, la distinción cultural más alta que entrega el país, Benedetti le envió una carta de agradecimiento al presidente Fidel Castro en que afirmaba que ese era “el galardón más preciado de mi carrera de escritor” (20 de octubre de 1982). Casi una década más tarde –durante un incómodo trance– evocaría aquella ocasión:

Hace unas semanas, cuando Alberti estaba en La Habana y recibió la Orden José Martí, di una conferencia en Canarias, y cuando llegó el turno de preguntas, un periodista “independiente” me interpeló en estos términos: “Usted se habrá enterado de que el poeta Rafael Alberti fue condecorado en La Habana por el criminal dictador de Cuba, Fidel Castro. Si se diera la ocasión, ¿aceptaría usted una condecoración otorgada por Castro?”. Le respondí: “Lamento decepcionarlo, pero ya se ha dado la ocasión y la he aceptado gustosamente”. Inesperadamente, la sala estalló en aplausos y el periodista “independiente” se retiró con la cola entre las patas (carta a RFR, 10 de agosto de 1991).

Unos versos del poema “Habanera” –aquel que Benedetti escribiera tras su primer viaje a Cuba en 1966– planteaban un dilema esencial en la relación de los intelectuales con la Revolución; dilema que tensionó toda una época y del cual él mismo fue uno de los protagonistas y teóricos:

Juan Goytisolo lo escribió una vez

y me dejó un semestre hablando solo

hay una paradoja en esta época

(y no es de las menores)

que nosotros

artistas

peleemos por un mundo que acaso nos resulta inhabitable

 tiene razón

la paradoja existe

 Sin embargo, de inmediato el sujeto lírico se posiciona ante tal paradoja y la resuelve: “este es el mundo por el que peleamos”, expresa, “y a mí no me resulta / inhabitable”.

Por habitar ese mundo Mario Benedetti entregó inteligencia, pasión y años de su vida a la Casa de las Américas, cuya deuda con él es perenne.

 

Nota del autor: Una versión de este trabajo –cargado de notas al pie, útiles sobre todo para investigadores– apareció en el número 300 de la revista Casa de las Américas, coincidiendo con el centenario del escritor. La mayor parte de las cartas que cito se encuentran en el Archivo de la Casa, y de ellas me valgo para este itinerario fundamentalmente epistolar.

Jorge Fornet
Director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas y de la revista Casa de las Américas. Miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Escritor y ensayista.

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