PERIODISTAS ASESINADOS

Tras las huellas de Renée Lafont

Por Victoria César

A Renée Lafont la mataron para que no pudiera contar lo que estaba pasando en Córdoba en el verano de 1936. Fue asesinada como parte de la estrategia de terror que siguió al golpe militar franquista, diseñada para eliminar a personas incómodas para el fascismo, al tiempo que se advertía a las demás de los límites que no debían sobrepasar. Tanto la vida como la muerte de esta mujer que, en muchos sentidos, se adelantó a su época, habían quedado en el olvido como tantas otras víctimas del franquismo. Pero el olvido y el recuerdo son lugares yuxtapuestos en la memoria, y las historias que los habitan pueden, sin demasiada dificultad, cruzar la frontera entre uno y otro.

Así ocurrió que, en 2004, casi setenta años después de su asesinato, Patricio Hidalgo Luque, que estudiaba a las víctimas de la Guerra Civil en Córdoba, descubrió el acta de defunción de Renée Lafont. Al investigador le llamó la atención lo escueto de la inscripción: salvo su nombre, nacionalidad y día de la muerte, se desconocían las circunstancias de la víctima, así como el lugar y la hora de fallecimiento, en tanto que la causa (“anemia aguda por hemorragia consecutiva a heridas recibidas”) suscitaba más preguntas que respuestas. Gracias a la duda que nació en él, Hidalgo anotó el nombre de Renée Lafont en sus apuntes, sin saber si en algún momento podría llegar a averiguar más sobre la misteriosa mujer.

Pero la suerte quiso que ese mismo año, durante una entrevista, Renée Lafont volviera a aparecer (metafóricamente hablando) ante Hidalgo. El investigador estaba recogiendo un testimonio proporcionado por Luis De la Fuente Román, quien había sido testigo de lo siguiente: la noche del 1 de septiembre de 1936, un camión en el que viajaban ocho prisioneros se aproximó a la rotonda de la Victoria (en la actual avenida del Conde de Vallellano); el vehículo tomó la salida que se dirigía al cementerio de la Salud, en cuya tapia norte (Arroyo del Moro) las tropas sublevadas llevaban a cabo el fusilamiento de sus rehenes. Cuando los presos comprendieron su destino, rompieron a gritar. En medio del tumulto, una persona (que el testigo identificó como mujer) saltó del camión y trató de escapar. Para su desgracia, el intento fue infructuoso, pues sus captores se detuvieron, volvieron a aprehenderla y continuaron su camino. Unos minutos después, se oían las descargas de los disparos. A la mañana siguiente, los sepultureros trasladaron los cadáveres al interior del cementerio usando carretillas. En el cuartel, De la Fuente oyó comentar que la mujer fusilada la noche anterior era francesa.

La búsqueda que no cesa

A partir de ese momento, Hidalgo se compromete a desenterrar toda información a su alcance acerca de Renée Lafont. Pronto encontró referencias a su detención en los periódicos locales La Voz de Córdoba, El Defensor de Córdoba y Guión. Los tres medios habían publicado noticias sobre Renée Lafont en los días posteriores a su muerte, pero, si bien narraban cómo se había producido la detención de la periodista con todo lujo de detalles (como su ropa y objetos personales), no mencionaban el fusilamiento. Se deduce que los periódicos habían obtenido la información de autoridades militares, en cuyo registro se encuentra la narración del episodio. Sin embargo, ¿por qué difundir la captura de una reportera extranjera, una vez ocurrida su muerte, pero silenciando su asesinato? Puede que se tratara de convertir el “castigo” a Lafont en ejemplar para el resto de la población, pero sin llegar a generar un conflicto internacional con Francia. Una precaución quizás innecesaria, dado que, como señala Hidalgo, las repercusiones mediáticas de la muerte de Lafont en Francia fueron escasas, a diferencia de lo que estaba ocurriendo, en el mismo momento, con periodistas hombres (es el caso, por ejemplo, de Guy de Traversay). Sólo el periódico para el que Lafont trabajaba cuando la mataron, Le Populaire, se hizo eco de su fallecimiento, un mes después y respetando la versión militar. Lamentablemente, no podemos decir que esta última parte se salga de la norma: en palabras de Letty Cottin: “Oprimidos los hombres, es una tragedia. Oprimidas las mujeres, es tradición”.

Podemos situar la investigación de Hidalgo como punto de partida para la recuperación de la memoria de Renée Lafont. En los años posteriores, la asociación Aremehisa, la coordinadora de asociaciones Caminar, la Fundación Internacional Baltasar Garzón y la Plataforma por la Comisión de la Verdad comienzan a trabajar en conjunto para dar a luz, finalmente en 2017, al Proyecto Renée Lafont-Quest, que “pretende destacar la responsabilidad de los estados de promover Verdad, Justicia y Reparación a las víctimas de crímenes contra la humanidad” y que trabaja para la localización y exhumación de los restos de Lafont y su traslado a Francia.

Lo que sabemos de Renée Lafont

Renée Lafont nació el 4 de noviembre de 1877 en Amiens. Pertenecía a una familia acomodada, en la que su padre era profesor. Esto propició un interés en ella por la cultura y los estudios que la llevó a estudiar Letras, en un momento en el que la presencia de una mujer en la universidad era un acontecimiento fuera de lo común.

Lafont era una apasionada de la literatura española y trabajó traduciendo obras de autores como Blasco Ibáñez, Valera o Insúa. Escribió y publicó novelas propias (La llamada del mar y Les forçats de la volupté) y dominaba los idiomas francés, español, inglés, italiano, alemán, griego antiguo y latín. Fue referenciada por la prensa española en relación a su trabajo, en medios como Mundo Gráfico, Blanco y Negro, ABC o La Esfera.

Ideológicamente, Lafont se identificaba con los valores de la izquierda política y colaboraba en la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Los documentos que nos hablan de su personalidad (las memorias de Insúa, con quien compartía una relación estrecha, y una correspondencia con Marcelino Domingo, ministro de la Segunda República) revelan un carácter tenaz y una comunicación vehemente. Así pues, imaginamos a Lafont como una mujer que, según diría Mary Wollstonecraft, tenía poder sobre sí misma.

Durante los primeros años de la década de 1930, Lafont se encontraba en París. Su padre había fallecido y ella había vuelto a Francia para cuidar a su madre. A pesar de su trayectoria profesional, fue un periodo de precariedad para la escritora, quien, a duras penas, trataba de subsistir gracias al periodismo o la propaganda. Las últimas cartas de Lafont para Domingo datan de finales de 1933. Su rastro se pierde en cierta medida hasta agosto de 1936, momento en el que se encuentra cubriendo el desarrollo del golpe de estado fascista en Córdoba, para el periódico socialista francés Le Populaire.

El 29 de agosto de 1936, Renée Lafont viajaba junto a otros dos corresponsales internacionales en un coche Studebakers cedido por el Ministerio de la Guerra de la República. Los periodistas se aproximaron al paraje de las Cumbres, línea del frente a partir de la cual se encontraba el ejército sublevado. Puede que avanzaran demasiado sin percatarse. De cualquier forma, se detuvieron y salieron del vehículo cuando vieron a un bombardero Breguet XIX, usado por las tropas franquistas. El avión se alejó y los periodistas volvieron al coche, pero no consiguieron llegar antes de empezar a recibir disparos de militares pertenecientes al Regimiento de Artillería Pesada. Los dos compañeros de Lafont lograron huir corriendo, pero ella cayó al suelo, herida por una bala en la rodilla, y fue capturada.

Sabemos que la llevaron a Córdoba y la retuvieron durante un par de días, de los que no tenemos ninguna información, hasta que De la Fuente la ve saltando del camión la noche de su asesinato. Aventuramos que se mantuvo digna hasta el final, y leal a sus ideales, pues como ella misma decía: “Para mí las ideas y los que se sacrifican a un ideal valen siempre más que los intereses”.

Tomado de El Salto

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