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Venturas y desventuras del primer periódico trinitario

“Verdad sabida y buena fe guardadas”, fue el lema del primer periódico fundado el 3 de septiembre de 1820 en la villa de Trinidad y también el más antiguo de la entonces provincia central de Las Villas. Se trata de Corbeta Vigilancia, una publicación dirigida a todas las zonas de la sociedad de aquella esplendorosa localidad, con informaciones de carácter nacional e internacional, además de reflejar relevantes sucesos relacionados con la historia y la cultura locales.

Con un subtítulo de “Correo semanario-marítimo de Trinidad”, este impreso surge tras determinadas “aperturas” registradas años antes desde el gobierno (1790-1796) de Don Luis de las Casas y Arragorri, Conde de Aranda, fundamentalmente en los preceptos de carácter ideológico de la metrópoli española con respecto a Cuba, en tanto corrían los tiempos del llamado Despotismo Ilustrado, un concepto político que hace referencia a una forma de gobierno, vinculada a ciertas monarquías europeas del siglo XVIII, en la que los reyes, sin renunciar a su condición de soberanos absolutos, trataron de aplicar determinadas medidas “ilustradas”, de corte reformista e incluso progresista, surgidas precisamente en esa centuria, denominada genéricamente Siglo de las Luces o la Ilustración.

Estas nuevas orientaciones en la forma de administración colonial, trataban de conciliar el absolutismo con las nuevas ideas de la Ilustración, intentando para ello conjugar los intereses de la monarquía con el “bienestar” del pueblo, situación que propició el interés por incentivar el surgimiento de la prensa insular, lo cual dio origen a la aparición de El Papel Periódico de La Havana, fundado el 24 de octubre de 1790, considerado el iniciador de la historia del periodismo en la Isla.

Treinta años después, tales inquietudes llegan a Trinidad, donde el alcalde de la ciudad, don José Julián Castiñeyra funda el periódico Corbeta Vigilancia, el cual se imprimía en el taller de Cristóbal Murtra e hijos, dando inicio así al primer periódico de la región central del país, seguido por El Fénix, creado 14 años después en Sancti Spíritus.

Vale significar que por aquellos años, Trinidad había alcanzado un sorprendente desarrollo en la industria azucarera, la ganadería y los negocios portuarios —entre los que sobresalía el contrabando de negros esclavos apresados en las costas del África—, al punto de convertirse en la ciudad más importante de la porción central de la isla, lo que trajo consigo el florecimiento de una nueva capa social conformada por familias enriquecidas a través de estas acciones.

Tal beneficio económico en las nuevas y pudientes castas trinitarias conllevó a exigencias y especulaciones concordantes con el modo de vida de los numerosos acaudalados de la capital. Se hacía necesario el surgimiento de un periódico que reflejara su lucrativa vida, así como sus intereses y resortes económicos, para lo cual primero se habilitó la imprenta, los talleres y los impresores, dando lugar al embrión de un posterior sector de trabajadores: los gráficos.

En la primera mitad del siglo XIX VIII La Habana registraba un creciente número de talleres tipográficos, cuya ampliación se extendió rápidamente hacia el resto del país.

Inicialmente, Corbeta Vigilancia veía la luz dos veces por semana y en 1847 pasó a ser diario. Entre  sus más destacados colaboradores estaba el poeta camagüeyano Esteban de Jesús Borrero,  padre de Esteban Borrero Echeverría, quien a su vez fue el progenitor de la poetisa modernista y ocasional pintora cubana Juana Borrero. El primero de ellos publicó en este órgano su opera prima en poesía, Amira. También contó con las firmas de otras connotadas figuras, como Rafael María de Mendive y el geógrafo español José Imbernó y Navarro.

Durante sus casi 50 años de existencia (1820-1869), esta publicación que se autocalificaba como “un periódico político, literario, económico y mercantil” tuvo varios nombres: Correo; Correo Semanal, Marítimode Trinidad; y Correo de Trinidad. En sus inicios tenía un pequeño tamaño y en sus páginas se registraban asuntos relacionados con las noticias de carácter oficial; posteriormente, a partir de 1840, con la llegada a la villa del gobernador Pedro Carrillo de Albornoz, se produce un notable auge cultural, así como un apreciable interés por el embellecimiento de La Villa de la Santísima Trinidad, la tercera fundada por la corona española en Cuba, a principios de 1514 con la presencia del adelantado Diego Velázquez de Cuéllar.

Entre esos aportes de Carrillo se encuentran la construcción de una plaza que llevó su nombre —desde 1909 se llama Carlos Manuel de Céspedes— principal proyecto urbano construido con una hermosa glorieta al centro, donde radicó el primer parque de recreo de la urbe. También construyó un aljibe capaz de contener más de 600 barriles de agua, creó el primer cuerpo de bomberos dotado con bombas traídas de Estados Unidos, propició la instalación del alumbrado de aceite y acometió la pavimentación de las principales calles.

A partir de entonces se registran los años de mayor esplendor del periódico El Correo, a la vez que prosigue el rápido desarrollo de la ciudad, cuyo movimiento intelectual igualmente comenzó a crecer, gracias al destacado papel que en tal sentido desempeñó esta publicación.

Poco tiempo después fallece su propietario, Cristóbal Murtra. Los progresos editoriales se ven lastrados y en el año 1949 se produce una reducción del formato a 38 x 28 cm y cambia su salida diaria por tres veces a la semana.

En 1851, Francisco —uno de los hijos del fenecido Murtra— vende el periódico y la imprenta al  hacendado don Justo Germán Cantero, negocio concretado por la cantidad de tres mil ochocientos ochenta y seis pesos con seis reales. El nuevo dueño igualmente hizo sus aportes al avance del arte y la cultura y comienza a imprimirse, en los mismos talleres, la revista La Aveja  (1856), con el fin de reflejar y reconocer la obra de los principales creadores trinitarios. Sin embargo, esta publicación no tuvo el éxito esperado y finalmente claudicó debido a la falta de recursos y al poco interés de la mayoría de los lectores.

En la década de los años 60 del siglo XIX se producen nuevos y alentadores cambios en El Correo. Su formato aumenta a 52 x 37 cm, lo cual le adjudica cierta similitud con los periódicos de la capital. Sin embargo, el anhelo de ser diario continuaba siendo un sueño de sus propietarios, quienes redactaron una nota en la que expresaban: “gratísimo nos sería, y muy lisonjero, ver en Trinidad un periódico diario (…) pero con harto dolor debemos manifestar francamente que en el estado que hoy se encuentra nuestra suscripcion (170 suscriptores) no nos permite todavía abrazar un compromiso, que una vez contraído, nos fuera más doloroso no poder llenar”.

Esa voluntad se materializó en el año 1847 cuando comienza a ser diario, pero dos años después, en 1849,  circulaba solo tres veces a la semana, situación que se mantuvo hasta los años 60 en que volvió a imprimirse cada día.

Entre sus secciones se destacaron las aparecidas con los nombres de Miscelánea, en la que se reflejaban los asuntos más importantes de la ciudad —espacio “de folletines, mosaicos y boletines que hablen en nuestro favor”, según había señalado su redactor—;  Álbum trinitario, con libres versiones de sucesos culturales, como los que ocurrían en las sociedades de recreo  y las noticias socioculturales  en general.

Los historiadores de la prensa cubana aseguran que durante las décadas de los años 40 y 50 del Siglo XIX, muchos trinitarios enviaban a El Correo reseñas de acontecimientos culturales —bailes, retretas en la plaza Carrillo, funciones de teatro…—; mientras que en la última página se daban cuenta de los aspectos concernientes a la actividad económica y mercantil.  Existía, además, un espacio fijo en el que bajo el título de Noticias extranjeras  se ponían informaciones internacionales.

En El Correo —como en otras publicaciones de Trinidad—, aparecieron poemas de Rafael María de Mendive, José Fornaris  y Plácido —quien se encontraba allí preso—, cuyo soneto Las Pasiones, fue publicado el 22 de octubre de 1843.

Pero no solo la obra de los bardos de la localidad fue promocionada en este órgano de prensa. También las novelas de folletín aparecían en la última página, así como otros trabajos más breves como pequeños cuentos y  piezas teatrales cortas.

El Correo, hasta su cierre definitivo, orientó su interés editorial hacia todos los sectores de la sociedad, al punto de ser considerado como el periódico del pueblo.

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