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Cuba, Venezuela y los límites de la doctrina del poder inteligente

Ante el fracaso de la política contra Cuba, Barack Obama decidió ensayar “otros métodos” y confiar en que la “seducción del modo de vida norteamericano”, conduciría al desmoronamiento del socialismo cubano.

Se iniciaba un momento en que la diplomacia se imponía sobre la confrontación, por lo que el bloqueo económico y otras medidas destinadas a exacerbar las tensiones entre ambas partes, resultaban disfuncionales a esta política.

Con Venezuela actuó distinto. Dando continuidad a la política agresiva de George W. Bush, llegó al extremo de decretar el estado de emergencia nacional, debido a la “amenaza inusual y extraordinaria” que supuestamente representaba Venezuela para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Aunque ambas políticas tenían el fin común de derrocar a los gobiernos de estos países, al menos alentar divisiones entre ellos, la llamada “doctrina del poder inteligente”, guía teórica de su accionar en la arena internacional, imponía una diferenciación en su tratamiento.

En primer lugar, importaba la realidad concreta de cada país. Digamos que no era lo mismo enfrentar a un gobierno consolidado como el cubano, el cual durante décadas había demostrado su capacidad para resistir los embates norteamericanos, que actuar contra el joven proceso revolucionario venezolano, entre otras cosas debilitado por la temprana muerte de su líder, Hugo Chávez Frías.

Más importante aún, era distinta la posibilidad de articular el consenso en uno u otro caso. Desgastada la contrarrevolución tradicional y, en alguna medida, atenuados —digamos que por cansancio— los conflictos con los intereses económicos norteamericanos afectados por la Revolución Cubana, la política de Obama hacia Cuba recibió el respaldo mayoritario de los círculos políticos y la sociedad estadounidense en su conjunto, inclusive de importantes sectores económicos, interesados en recuperar el acceso al mercado cubano.

Sin embargo, la Revolución Venezolana recién chocaba con las enormes empresas transnacionales establecidas en el país, en particular con los grandes monopolios petroleros. Uno de los factores que puede explicar el apoyo de la mayoría de los países europeos y latinoamericanos a la política norteamericana contra Venezuela, es el lobby de estas empresas petroleras desplegadas por el mundo.

En su momento, el sorpresivo nombramiento de Rex Tillerson como secretario de Estado de Donald Trump, pudiera explicarse, al menos en parte, por el interés de la Exxon de resolver dos asuntos de su máxima prioridad: destrabar las inversiones en Rusia, bloqueadas por el Congreso, y recuperar lo perdido en Venezuela.

Con Cuba pasaba otra cosa. Obama tenía razón al asegurar que Estados Unidos estaba aislado en la política hacia la Isla y que un consenso como el articulado contra Venezuela resultaba imposible. Así lo demostraban las votaciones sobre el tema en la Asamblea General de la ONU y los avances en las relaciones de Cuba con la Unión Europea. En el caso de América Latina, salvo más tarde el Brasil de Bolsonaro, ni siquiera los gobiernos de derecha han estado dispuestos a sumarse de manera decidida a la política de Trump contra Cuba.

Aquí funciona la relación costo-beneficio. Durante décadas, Cuba ha sido objeto de una intensa campaña propagandística en su contra, en determinado momento fue tan poderosa que todos los países latinoamericanos, excepto México, rompieran relaciones con la Isla. Sin embargo, esta situación ha sido revertida y los niveles de solidaridad existentes dificultan intentar volver al pasado.

A diferencia, las campañas contra Venezuela se encuentran en pleno apogeo. Hasta sectores de izquierda no saben dónde colocarse y, aquellos que deciden defenderla, arriesgan verse deslegitimados. Bajo estas condiciones, conviene atacar a Venezuela, toda vez que, por carambola, también se genera una matriz de opinión que sirve a la desunión y el debilitamiento de los movimientos progresistas domésticos.

A pesar de estas consideraciones, Donald Trump decidió abandonar los presupuestos de la doctrina del poder inteligente, en verdad nunca la asumió como propia, y meter a los dos países en el mismo saco, con lo que debilita la credibilidad de su discurso en ambos casos.

Solo factores de política doméstica pueden explicar esta conducta. Un factor es la influencia de la extrema derecha cubanoamericana, la cual Trump considera necesaria para ganar el estado de la Florida, en las próximas elecciones.

Mezclando ambos temas, no importa lo inverosímiles que puedan ser los argumentos, la derecha cubanoamericana canaliza de manera automática contra Cuba, parte del barraje propagandístico y, sobre todo, los fondos destinados a las campañas contra Venezuela.

También la convierte, al menos por el momento, en el canal de acceso por excelencia de la contrarrevolución venezolana a los círculos de poder norteamericanos, así como su representante en el sur de la Florida. Ya que si bien los inmigrantes venezolanos enemigos del chavismo, en general gozan de una buena situación económica, han sido poco favorecidos por la política migratoria estadounidense.

La retribución no es nada pequeña. Por un lado, aporta mucho dinero a las campañas políticas y el beneficio personal de los políticos cubanoamericanos, así como los sitúa en posición de ventaja para ocupar importantes puestos gubernamentales, vinculados a la política de Estados Unidos hacia América Latina, tal y como ha ocurrido.

Otro factor que explica la generalización de la política de Trump, es que atacar a Cuba, Venezuela, y todo lo que huela a progresismo, sirve a la cruzada contra el “socialismo”, otra campaña alentada por los conservadores republicanos para atemorizar a los electores, respecto a los candidatos demócratas.

En cualquier caso, lo concreto es que a pesar del despliegue de fuerzas llevado a cabo, ni el poder inteligente de Obama ni el “contrainteligente” de Trump han logrado el propósito de alterar la alianza de Cuba con Venezuela y, mucho menos, derrotar a sus respectivos procesos revolucionarios. Esto pone en duda la real capacidad de Estados Unidos para hacerlo, al menos mientras ambos gobiernos conserven la solidez de sus bases políticas internas, toda vez que prácticamente ha agotado casi todas sus opciones.

Otra conclusión que podemos sacar de esta experiencia, es que, en última instancia, son muchas veces motivos domésticos, en ocasiones ambiciones tan egoístas como ganar una elección o beneficiar a una empresa determinada, los que determinan la conducción de la política exterior norteamericana.

Cabe entonces preguntarnos: ¿Es en realidad el “interés nacional”, con todo lo imperialista que pueda ser, el que guía la política de Estados Unidos hacia el mundo y sobre sí mismo?

(Publicado en Cubadebate)

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Jesús Arboleya Cervera
Historiador, profesor e investigador cubano, especialista en relaciones Cuba–EEUU. Doctor en Ciencias Históricas con una decena de libros publicados.

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