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Una llamada para Zoila

Las puertas de casa de Zoila Díaz Rodríguez nunca estaban cerradas. Tampoco las de su curiosa paladar El Tanque, adonde llegaban  artistas mayores y menores de cualquier parte del mundo a compartir un café, consumir un tamal en cazuela, algunos tragos ardientes de ron, un buen vaso de vino o un delicioso cóctel de frutas  para, al final de la velada, no pagar un centavo, porque para Zoila (no se cansaba de repetirlo esta mujer) “los artistas son sagrados”, unos seres que, contrariamente a lo pensado en viejos y retardatarios tiempos, no tienen conexión con el diablo, sino con los más altos estandartes del cielo,  donde, según una respetable fuente, “ya tienen asegurado su pedacito”.

Los artistas y escritores que solíamos arribar frescamente a El Tanque a la hora que mejor nos parecía, de vez en cuando le preguntamos: “Zoila, tus pérdidas con nosotros deben ser terribles”.  Pero Zoila respondía como ya no responde casi nadie en este mundo: “No me interesa el dinero en absoluto, me interesan los artistas”.  Y para esta respuesta especialmente diáfana, no existe todavía ninguna contrarrespuesta…y tal vez no exista nunca.

Quizás por su condición de artesana con unas dotes asombrosas para la muñequería, le venga su vocación de servir siempre a los artistas. Pero no. Tengo la impresión de que las puertas abiertas y la generosidad de Zoila no obedecen a su talento artístico, sino a su gran corazón, al que tocan, como a una puerta lista para abrirse y dar refugio al amigo y al caminante,  lo mismo  el artista de primera fila, el de segunda, el de la fila final, que amigos, vecinos, locos…y trashumantes de toda laya y estirpe necesitados de mares de afecto y  energía positiva

Hoy sería imposible contar cuántas grandes personalidades de la cultura cubana desfilaron por los predios del El Tanque y cuántos recibieron  allí la condición de Huésped Ilustre  en medio de  largas horas de frutal conversación y animado intercambio:  el periodista Mongo P. y el estelar boxeador  Teófilo Stevenson (dos seres muy  cercanos a ella y a quienes  amó entrañablemente), Fina García Marruz, René de la Nuez,  Pedro Pablo Rodríguez, Aracely García Carranza, Sergio y José María Vitier, Pedrito Calvo, Lina de Feria, Julio Acanda, Juan Quintanilla, Guillermo Rodríguez Rivera,  Laritza Bacallao, Alberto Guerra Naranjo, José Miguel Sánchez (Yoss),  Carlos Jesús Cabrera, Ezequiel Sánchez Silva…y otros muchos que harían esta  lista sencillamente  interminable.

Pero Zoila tenía una espina clavada. Como bautense de raza, soñaba que alguna vez el tanque que da nombre a su curiosa paladar y símbolo inmortal de Bauta, volvería  a elevarse a la entrada del pueblo, tal como estuvo desde 1946 hasta su estrepitosa caída por los embates del ciclón Charly en agosto de 2004.

En tiempos no muy lejanos intentó que ocurriera el milagro. Por esos azares de la vida cotidiana, un buen día descubrió un tanque, completamente en desuso y con muy parecidas características, sobre el techo del hospital La Dependiente, en La Habana. Entonces buscó al administrador del centro médico, le contó que un tanque como ese significaba para Bauta lo mismo que el gallo para Morón, y este le dijo: “Si buscas un conduce en el gobierno de Bauta, en el que se recoja el pago del peso bruto neto del tanque a Materia Prima, te lo llevas ahora mismo”.

Zoila regresó a su pueblo con la buena nueva y todos se aprestaron a ayudarla de inmediato, incluso hasta con aportes financieros. Los bautenses, sin dudas, querían que otro tanque, si no igual por lo menos semejante, se levantara en el lugar del caído y destrozado por el Charly. Intención vana la de Zoila Díaz. La burocracia, como siempre, terminó arruinando su esperanza y, de seguro, la de miles de bautenses con residencia en el municipio y fuera de este.

“Es verdad que al tanque de La Dependiente le faltaba la tapa, pero estoy segura de que los artistas de este pueblo se la hubieran construido gratuitamente”, dice compungida y a la vez orgullosa esta mujer mientras me muestra las décimas que la poetisa Inalvis Ochoa dejó escritas en un doile de su ya extinta paladar: Casi en la curva el metal/era una blanca paloma/la nostalgia se me asoma/al no verlo en el umbral./Un accidente abismal/se lo llevó de repente, /pero ahora en el presente/reponerlo nos conviene/porque este pueblo no tiene/la culpa del accidente.

Mientras Zoiia soñaba más con el tanque representativo de Bauta que con su propio tanque, los artistas seguían llegando a su buscar refugio en su guarida, a dejar frases,  nombres  y  dibujos sobre las paredes de un sitio que, como la misma Zoila asegura, “más que mío, es de ustedes”.

Lejanos ya los tiempos felices —aunque siempre absolutamente  irrentables, por supuesto— de la paladar de Zoila, decidí telefonearle a casa de su hija en Fontanar, donde reside a tiempo completo desde hace varios años. Cuando escuchó mi voz, un grito de alegría estalló al otro lado de la línea: “¡Pero eres tú?, ¿y eso que te dio por llamarme?”. Recuerdo que simplemente le respondí: “¿Y tengo que explicarte, Zoila, por qué te llamo?”.

One thought on “Una llamada para Zoila

  1. Gran mujer. Mecenas de artistas consagrados y en ciernes. Hace algunos años propició una crónica que le agradezco profundamente . Terry por favor envíame su teléfono. Te felicito por esta Crónica. Yo también la llamaré. Extraño su alegría y entusiasmo constante. Abrazos

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