COLUMNISTAS

La estética del discurso político

El estudio del discurso político, en particular de su significado ideológico es una importante vertiente de la labor académica y docente en el campo de las ciencias sociales. Circunstancias coyunturales me han dado en estos días la posibilidad de realizar algunas lecturas pendientes, entre ellas el muy interesante libro “Producción simbólica en el ejercicio de gobierno” de la Editorial filosofi@.cu de las autoras Alicia Pino, Mayra Sánchez y Ana Hernández, quienes al focalizar su estudio en el ámbito local, exponen ideas de fondo, motivadoras, que extienden el análisis a la sociedad toda y muchos de cuyos contenidos constituyen en mi opinión aportes de orden teórico.

Debo a esa lectura el impulso para exponer los criterios que siguen. Desde un punto de vista lato, todo lo que comunique ideas y contenidos calificables como políticos, entra dentro del universo de la comunicación política, parte del cual es el discurso político propiamente dicho, entendido como todo lo que se comunica por referentes políticos, dirigentes, organizaciones políticas, etc.

Un primer asunto y fundamental es dar cuenta de los cambios en la realidad social y la urgencia de pensar a tono con ello la comunicación política. No es consecuente reconocer que hay realidades nuevas, cambios estructurales profundos y suponer que pueden ser acompañados eficazmente por el mismo discurso político. Tal enfoque significaría reconocer que no es fundamental la sintonía entre la realidad y el discurso.

Los nuevos requerimientos que las realidades reclaman del discurso político son tanto de contenido como de forma, son cambios relativos a la estética del discurso político. La estética del discurso político radica tanto en lo que se comunica, como en el modo de hacerlo, en la coherencia de lo que se comunica, la esencialidad, la lógica expositiva, la economía de palabras, la adecuada selección de vocablos, el lenguaje gestual;  todo ello impone al discurso político contemporáneo exigencias en su preparación.

Obviamente, en el discurso político resulta decisivo el contenido. Un discurso político que abusa de los lugares comunes, las consignas y las exhortaciones, que no argumenta, desconectado de la realidad, que no describe el camino de las soluciones, resulta de bajo impacto cuando no contraproducente. No se trata de subestimar el papel de las exhortaciones, incluso de las consignas, sino reservar estas para los enfoques nacionales importantes, para los momentos oportunos, o incluso para la cotidianidad siempre que sean colofón de argumentos, planes, objetivos claros y compartidos.

Pero no en el vacío.

Hoy en día han perdido efectividad las exhortaciones sin argumentos que constituyan aportes al esclarecimiento de cada situación que se aborda y al convencimiento. La imagen del comunicador político que solo repite que hay que hacer algo en particular, incluso cuando se acompaña de un lenguaje gestual que incremente la energía y confirme el convencimiento que tiene el hablante, proyecta un contenido y una estética desconectada de la realidad que viven los interlocutores y resulta inefectivo. Ser portador del discurso político es una gran responsabilidad.

Naturalmente, todo el sistema de comunicación política, parte del cual es el discurso político, también pierde efectividad si no está acompañado de las condiciones que lo hagan viable y estas deben ser siempre explicadas, probadas, argumentadas.

Muchos de los cambios en la subjetividad de la sociedad cubana son visibles a simple vista, otros están requeridos de investigación y estudio. El discurso político interactúa con auditorios cuyas características no están definidas por el criterio individual del hablante, sino por la realidad -valga la redundancia- realmente existente de esos auditorios. Y esta última puede desconocerse arbitrariamente, pero no garantizará la efectividad del discurso político aunque aparente que sí.

Es preciso estudiar las representaciones estético-políticas de la sociedad, estudiar cómo definir mejor la estética de una organización política, de una dirección política, de un dirigente político, del discurso político mismo, no para obtener réditos fáciles con finalidades manipuladoras sino para lograr conectar mejor con los públicos en aras de los objetivos comunes hoy probadamente consensuados en el país.

A esos temas se les suele ver como asuntos de la politiquería típica de la democracia representativa del capitalismo, que pone el énfasis en la imagen de los políticos, en las poses, los ángulos que más les favorecen, la hábil manipulación posterior de lo que dicen, la absolutización de lo emocional y el apartamiento de lo racional, la demagogia presentada con códigos de aceptación que han sido cultivados por el mundo simbólico; sin embargo, la vida prueba que en no pocos casos con esos métodos, con esa forma de hacer la comunicación política los demagogos se han hecho creíbles y han logrado el apoyo de la ciudadanía aún cuando el logro de los objetivos de los primeros va contra los derechos e intereses legítimos de la segunda.

El discurso político contemporáneo de la revolución tiene que aprender a convencer con argumentos novedosos y con una estética seductora desde el reconocimiento pleno del derecho de la ciudadanía a la verdad, en correspondencia con lo que hoy estéticamente resulta significativo para esta.

Es algo que las autoras explican en el libro aludido arriba. El auge de las tecnologías de la comunicación que viene produciéndose desde el pasado siglo crea y recrea un mundo simbólico que ocupa cada vez más tiempo de los ciudadanos, sea a través de la prensa, la radio, la televisión hogareña, el cine, la Internet, las redes sociales, la publicidad, y ha generado lo que se conoce como estetización del mundo que -afirma este libro- “constituye el entorno en que hoy se produce la reflexión estética de la política” . Existe un universo simbólico que media entre los propósitos políticos y las personas que imponen a la actividad política y al discurso político en primer lugar ocupar en ese universo mismo un espacio atractivo y atrayente, y después, modos de construir los mensajes y exponer los objetivos políticos, que resulten llamativos y convincentes para esos interlocutores.

La estética de la política, a su vez, no es una realidad fija en el tiempo, cambia y puede ser cambiada, sobre todo cuando el discurso político es capaz de sintonizar con la realidad, tanto la relativa a las condiciones de vida de la sociedad, como a los esquemas de interpretación prevalecientes. La prueba nos la da la propia historia del proceso revolucionario cubano. En Cuba, afirmó Fidel, las ideas jugaron su papel junto con los acontecimientos. ¿Por qué fue posible en apenas dos años cambiar la estética de la política heredada del capitalismo dependiente y cultivar una nueva estética política? No hay otra explicación que la aguda percepción del liderazgo de la revolución, en primer lugar de Fidel, que logró sintetizar las más sentidas aspiraciones del pueblo, exponer sus ideas con total honestidad, junto con la sintonía de las radicales y expeditas medidas políticas, económicas y sociales superadoras de graves problemas sociales, convincentes, vinculadas con la cotidianidad de la sociedad, correspondientes con lo que esperaba la ciudadanía.

Todo el montaje simbólico de la vieja política y el tipo de discurso que le acompañaba quedaron atrás.

Hoy, cuando la agresividad imperialista se despoja de toda formalidad y se presenta en toda su brutal crudeza, cargada de falsedades y acciones arbitrarias y prepotentes, cuando la sociedad cubana necesita fortalecerse en todos los órdenes para resistir y avanzar, es imprescindible acompañar los ingentes esfuerzos en el terreno de la economía y la defensa, con un discurso político renovado sustantivo y convincente.

Pensar la estética del discurso político para influir en la estética de la política, significa pensar en la sintonía del discurso político con la realidad existente. Significa asumir que el discurso político hoy “tradicional” de la revolución, -conservando y fortaleciendo los principios socialistas y comunistas- necesita ante las nuevas realidades una nueva estética.

El discurso político hoy se las ve con un auditorio más preparado, con experiencias vividas, o escuchadas y asumidas, relativas a muchos de los temas que este discurso aborda, que comprende y acepta la gestualidad acentuada y la exhortación en los casos en que las considera congruentes con la realidad, pero que por lo general espera la argumentación sólida, la información veraz y suficiente, las propuestas viables.

El discurso político logrará influir en la subjetividad de la sociedad cuando se piense no de modo abstracto, no aisladamente desde el propósito político, sino en consonancia con la complejidad material y subjetiva en que viven los interlocutores, las audiencias, y teniendo en cuenta el papel del diálogo, de la construcción colectiva de propósitos y soluciones.

El enfoque científico de la comunicación política debe prestar atención al tema del discurso político, de su estética, teniendo en cuenta el papel que juega hoy en el cambiado y cambiante mundo simbólico, su influencia en las representaciones políticas de la sociedad cubana. Es decisivo.

Dario Machado.
Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

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