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Acerca de una heroína puertorriqueña, y más

En “Las Antillas y Baldorioty Castro”, uno de sus artículos publicados en Patria el 13 de agosto de 1892, José Martí clamó a “las tres Antillas que han de salvarse juntas, o juntas han de perecer, las tres vigías de la América hospitalaria y durable, las tres hermanas que de siglos atrás se vienen cambiando los hijos y enviándose los libertadores, las tres islas abrazadas de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo”.

Mucho queda aún por andar en ese camino hacia la necesaria salvación de toda una familia, meta a la que se oponen obstáculos y enemigos comunes que —entre otros recursos manejados con tal empeño— procuran dividirla para que no se salve. Pero, mientras se busquen o se hagan otros caminos para vencer esos escollos, el intercambio entre las tres hermanas debería incluir el de los libros propios, que tributen a los afanes por su liberación. Sería, de entrada, un buen modo de contrarrestar barreras y bloqueos.

Entre los muchos libros que enriquecerían el intercambio, hay uno de reciente aparición en Puerto Rico. Y antes de cualquier otro comentario, procede señalar el nombre de la editorial que lo publicó: Patria. No nace de la casualidad, remite al periódico fundado por José Martí en la emigración, entre representantes del pueblo cubano y el puertorriqueño, “para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad [o sea, no solo los de esas tierras], la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

Así lo declara el artículo inicial de las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Con esos propósitos cardinales, desde antes de proclamarse fundado tuvo en pie un aliado eficaz —un vocero aguerrido, no un órgano oficial— en el rotativo Patria. En él, su gestor, el propio Martí, hizo lo que tenía y consumaba como norma natural: junto con la claridad de su pensamiento y el ejemplo de su conducta, desplegó la belleza que lo hacía todavía más guiador y luminoso, y propició que también otros lo hicieran.

El nuevo libro, Lolita Lebrón. Sublime heroísmo (San Juan, Puerto Rico, Editorial Patria, Inc., 2026), ha suscitado natural entusiasmo en la vanguardia independentista puertorriqueña, como era de esperar. Su autor, y director fundador de la mencionada editorial, Pablo Marcial Ortiz Ramos —no es la primera vez que se valora en Cuba con merecida admiración—, ha escrito o compilado varios volúmenes sobre la historia y la cultura, y las luchas, de Puerto Rico y de otros pueblos de nuestra América.

El prólogo del libro sobre la heroína lo aporta otra puertorriqueña que honra a esa estirpe: la combativa abogada y política María de Lourdes Santiago, baluarte hoy del independentismo boricua. Ese hecho no solo marca afinidad personal: recuerda la fundada confianza que don Pedro Albizu Campos tenía en la mujer de su patria.

No es fortuito que el guía que tuvo en su incansable lucha la compañía y hasta el magisterio compartido de una compatriota como Blanca Canales, seleccionara para dirigir la histórica misión del asalto al Congreso de los Estados Unidos, en 1952, a una mujer también signada por la espiritualidad y el coraje: Lolita Lebrón. Aunque valientes y firmes —leales hasta el final de sus días a la lucha por la dignidad de su pueblo— eran igualmente los varones que integraron el pequeño y gigante destacamento: Rafael Cancel Miranda, Andrés Figueroa Cordero e Irvin Flores Rodríguez.

Juntos, los cuatro desplegaron la bandera puertorriqueña para llamar la atención sobre la justa causa de su pueblo, y fue Lolita quien disparó con un revólver. El significado de ese acontecimiento no merece que se le quiera reducir —y no solo porque los disparos fueran pocos— a lo que algunos han llamado “un tiroteo”. La mujer que encabezó aquel suceso, en el que nadie resultó herido, porque no era ese el fin buscado, fue quien, sin que le temblara la voz, como no le tembló la mano al disparar, dijo cuando fueron arrestados: “No he venido a matar, sino a morir”.

La vida de esa mujer es —tratada con respeto, devoción y rigor informativo— el tema del libro que las presentes líneas saludan. No se puede leer sino también con igual actitud, dado lo que sus páginas significan para el conocimiento de una existencia ejemplar, y de la legitimidad de los ideales independentistas de Puerto Rico. Esos ideales están llamados a ser inquebrantables, y la vida demuestra que lo son casi ciento treinta años después del fatídico 1898.

Lolita Lebrón, cuyo legado ha tenido en Ortiz Ramos un celoso y eficiente custodio, seguirá encarnando la firmeza que demostró en cada acto de su vida. Fue fiel a las que, a partir de su propio pensamiento, vale considerar sus grandes brújulas: Dios y la patria. Ambas honró con una entereza válida para aleccionar a quienes hoy, y mañana, quieran honrarlas de veras.

En su invariable defensa de la independencia de Puerto Rico, en la valentía que ratificó durante los hechos del Capitolio de Washington en 1952, en la dignidad con que encaró la cárcel, en la limpieza con que llegó al final de su vida, su heroísmo se hizo acreedor del calificativo sublime. Empleado por su biógrafo, adquiere el valor de una luz renovada que no puede apagarse.

Cuba condecoró a Lolita Lebrón y a sus compañeros en aquella acción independentista —y, por tanto, antimperialista— de 1952, expresión de ideales que no terminaban en el despliegue de una bandera y algunos disparos. En su conducta halló Cuba pilares para seguir fortaleciendo su propia defensa, inquebrantable, del independentismo puertorriqueño. Desde su nombre, la Orden Playa Girón era, es, un reconocimiento que resume lo simbólico, y lo desborda.

Dicha defensa no fue ni es cuestión política ocasional o de última hora, sino fruto de la hermandad abonada con valor permanente por José Martí. Él fundó el Partido Revolucionario Cubano, nombre que el prócer boricua Ramón Emeterio Betances —figura prominente asimismo en el servicio que prestó a esa organización—, ampliaba sistemática y entrañablemente, con plena razón política y moral, añadiéndole y Puertorriqueño.

Todo brinda lecciones perdurables no solo contra quienes se pliegan a los designios del imperio que mantiene uncido a Puerto Rico a un régimen colonial. Las brinda también contra quienes, en nombre de una “dialéctica marxista actualizada”, abogaran por que Puerto Rico renuncie a su lucha independentista, y confíe su futuro a la victoria que en las entrañas de los Estados Unidos alcance el proletariado de esa nación. ¡Cuán largo me lo fiais!, podría decirse, y aun añadir: ¿Vale descartar la herencia que ese proletariado, suponiendo incluso que alcance su victoria de clase, habrá recibido de su formación en una potencia hecha a oprimir a otros pueblos y considerarlos inferiores?

Es difícil sustraerse a esas ideas ante un libro que, basado en una sólida argumentación de recia base documental, ilumina raíces, legados, realidades y esperanzas. Pero lo que semejante dificultad pueda representar contra un comentario centrado en la lectura de esas páginas, lo revertiría que el libro llegara a un público lector creciente. Y no solo en Puerto Rico, ni siquiera solo en las tres Antillas hermanas, entre las que a Cuba le corresponden deberes especiales no única ni principalmente por su tamaño geográfico.

No se puede interrumpir esta nota sin abundar en la valiosa labor realizada por la Editorial Patria y su director. Como editor y como autor, a Ortiz Ramos Ramos se deben —ya se apuntó— valiosas contribuciones, que no terminan en obras personales suyas plasmadas en libros escritos o compilados por él. Sobresalen estudios sobre la música de nuestros pueblos, uno de sus temas preferidos.

Hechos y temas como la obra de otros independentistas, tal Gilberto Concepción de Gracia (Gilberto, el abogado de la Patria, 2011) y Rubén Berríos Martínez (su libro Un mapa para la ruta, 2004); las luchas en Vieques contra la presencia allí de la Marina estadounidense (Con Rubén [Berríos] en la playa. Un diario de Vieques, 2000); dos estudios sobre Eugenio María de Hostos escritos por Marcos Reyes Dávila (Hostos, la fragua interminable. Antillanía e idea de America, 2020, es uno de ellos); dos tomos de memorias del veterano Heriberto Marín Torres (Coabey. El valle heroico, 2011, y Eran ellos […], 2018). Recientemente se sumó Cantando La borinqueña (2026), libro de Mayi Marrero. Conste que la lista no es exhaustiva.

Patria, que del propio Ortiz Ramos ha publicado además contribuciones como la compilación del epistolario entre Lolita Lebrón y el poeta Francisco Matos Paoli (Las cartas, 2020), ha coadyuvado asimismo al conocimiento de la poetisa puertorriqueña Julia de Burgos, con el libro Julia de Burgos en Santo Domingo (2022), de la autora dominicana Chiqui Vicioso, de quien acaba de poner en circulación su novela histórica NuYORK (2026). Al fervor de Patria, de su director, se debe —y es motivo especial de júbilo y gratitud para quien escribe estas líneas— la publicación en Puerto Rico, en 2018, de Cesto de llamas. Biografía de José Martí.

En un mundo marcado por tinieblas, como el actual, acaso el mejor modo de interrumpir esta invitación a la lectura —invitación que no llega a ser la justa reseña que el libro merece— sea recordar con optimismo, y sentido del deber histórico y moral, el comienzo del artículo martiano citado al inicio: “Precede a las grandes épocas de ejecución, como la sazón a la madurez, un movimiento espontáneo de almas por donde conoce el observador la realidad oculta a los que solo la quisieran ver coronada de flores, y en cuanto ven espinas, ya niegan que sea realidad”.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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