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COLUMNISTAS

El castigo sin fin

En un quicio al lado del señor, hay unas cajas de cigarro de bodega y una botella de un litro de aceite de cocina. Le señalo este último y le pregunto a cuánto. “3.200”. Arqueo una ceja y luego me llevo la mano a la cara. Quiero limpiarme los polvos de la irrealidad del rostro. El vendedor se encoge de hombros. “Hay quien lo tiene en 3.500”. Responde a la pregunta pensada, pero que no tornearon mi lengua y mis labios.

Untas una fina película en la sartén para hacerle la tortilla del desayuno a tu hija de cuatro años. Le echas unas cuantas gotas al arroz antes de encender la olla para que no te quede reseco; así no comerás arena. Con un buen chorro aliñarás la ensalada de pepino y aguacate si puedes permitirte ese lujo llamado nutrición balanceada. En una cuarta del líquido sumergirás las croquetas –no preguntaste cuál era su materia prima, solo hiciste un acto de fe– que serán tu único plato fuerte del día.

El aceite de cocina cuadriplicó su precio en pocas semanas. Ascendió de 700 pesos (1 euro según el mercado cambiario) a 3.000 o 3.500. El salario de un profesional en Cuba –con un título universitario y responsabilidades en una institución oficial, padre de una hermosa niña a la cual le falta el incisivo derecho, con medias huecas en los calcañales– resulta de unos 7.000 pesos. Adquirir esa botella plástica en el quicio, que ahora observo con rabia, le cuesta la mitad de su cobro. Con el dinero sobrante deberá comprar las croquetas, los zapatos para la escuela de la niña, el papel sanitario; mientras tanto el agujero en el calcetín crecerá y crecerá hasta que a través de él quepa un país.

A mí por suerte en casa aún me resta más o menos una cuarta de aceite, que estiraré todo lo posible. Comeré arroces de arena y aliñaré las ensaladas con la sal de los pobres. Solo me detuve a preguntar cuánto costaba por curiosidad. El vendedor, ajeno a mis digresiones mentales y económicas, hace una mueca de extrañeza –entrecierra los párpados, frunce la nariz– al notar cómo no seguí de largo después de haberme dicho el costo y yo demostrar mi desagrado.

No se lo tomó personal. Los cubanos, de una forma u otra, entendemos qué significa ser hijos de las circunstancias y la zozobra. Nos perdonamos pequeños actos crueles, como vender un producto a sobreprecio, e incluso cometer pequeñas ilegalidades, porque sabemos muy dentro de nosotros que si el contexto nos empuja a ello, podemos llevarlos a cabo también.

“Yo te aconsejaría comprarlo ahora”, suelta el señor para matar el silencio raro entre nosotros, “con las nuevas medidas de los americanos; probablemente, suba aún más”. Salgo de mis cavilaciones y le hago un gesto de asentimiento con la cabeza y luego sigo mi camino.

Meses después de una falsa tranquilidad, el Gobierno de Estados Unidos, pendiente de saciar en el Medio Oriente su adicción al hidrocarburo, inyectado en vena, esnifado por la nariz, disuelto en la lengua como una píldora de éxtasis, no había hecho hincapié en su política hacia Cuba. En los últimos días pusieron en marcha nuevas medidas. Estas cierran aún más las ya de por sí pocas posibilidades de desarrollo económico de la Isla y desmienten una matriz de opinión sostenida durante años, en la cual prometían apoyar el emergente negocio privado en la Isla y no al Estado.

En cada ocasión que el Gobierno Trump impone sanciones con el objetivo de hundir más la Isla en las aguas del Caribe, como si quisiera devolverla bajo el mar de donde emergió millones de años atrás y crear un país de ahogados, con el supuesto objetivo de dañar a las autoridades nacionales, siempre los más jodidos son los de abajo, quizás un buen trabajador con una hermosa niña a la que le falta el incisivo derecho. Dentro de par de días o una semana, cuando vuelva a pasar por delante del quicio y le pregunte el precio al vendedor tal vez se haya cuadriplicado y arquearé la ceja aún más y me llevaré la mano al rostro para limpiarme el polvo de la irrealidad y será completamente inútil.

I

Con su roña balbuceante habitual, el pasado 22 de septiembre el presidente Donald Trump hizo referencia a la mayor de las Antillas en su discurso pronunciado en la Asamblea General de las Naciones Unidas. “Mi Gobierno también busca un cambio fundamental en la situación de Cuba, donde el régimen comunista se encuentra bajo una gran presión, la mayor a la que se ha visto sometido jamás. Es un Estado absolutamente fallido y está fracasando como nunca antes y caerá”. En señal de protesta la delegación cubana en la magna cita recogió sus bártulos y se marchó.

Normalmente los verdugos utilizan máscaras para ocultar su identidad; de dicha manera se protegen de la opinión pública y se convierten en una figura misteriosa con la capacidad de matar bajo el imperio de la ley. Guardianes con M16 cruzadas en el pecho en la frontera de la vida y la muerte. Sin embargo, si eres uno de los hombres más poderosos del planeta no necesitas ocultarte. Las ojivas nucleares y el mercado internacional te confieren toda la impunidad. Por ello Donald en su alocución no se contuvo al reconocer su política de asfixia hacia la Isla ¿Quién puede sujetar el mango del hacha cuando el filo se acerca a la nuca del reo?

Después de un tiempo de silencio el gobierno norteño se encara otra vez con Cuba. En la primera mitad del año, las medidas restrictivas se acumularon una detrás de otras, incluida la más nefasta de todas: el bloqueo energético. En los meses estivales existió cierta calma. El estrecho de Ormuz –se cierra y se abre, se cierra y se abre como una puerta en un simún– y el conflicto con Irán los distraía.

No obstante, a diferencia de lo ocurrido en Venezuela o en la nación persa, con la Isla no les funciona una intervención directa, al final aquí no encontrarán sus dosis de hidrocarburo para mezclarlo con whisky con un leve toque a manzana. En vez de ellos, la implementación de nuevas medidas y la mención del tema Cuba de vez en cuando, como de pasada, les permite llevar a cabo su politiquería y mantener ávidos y contentos al lobby anticastrista por unos meses.

El Despacho Oval no se parece en nada a un quicio donde un pobre señor trata de venderle a algún desesperado una botella plástica de un litro de aceite. Unos días después del discurso de Trump en la ONU, y para cumplir el ciclo de odio creado por su gobierno, se proclamaron nuevas restricciones.

II

En una nota publicada por la agencia de noticias Prensa Latina el 30 de septiembre se anuncia el paquete de sanciones. Entre ellas se encuentran: detener la apertura o el mantenimiento de cuentas en bancos estadounidense a empresarios cubanos del sector privado; ampliar las contravenciones para que las personas sujetas a jurisdicción norteamericana puedan realizar transacciones directas o indirectas con la nación latinoamericana; prohibir a cualquier ciudadano de EEUU viajar a Cuba para participar u organizar reuniones profesionales o conferencias y aplican la misma legislación para los intercambios grupales educacionales.

El Gobierno a noventa millas de nosotros proclamó durante un buen rato su apoyo al sector privado de la Isla. Su retahíla de medidas iba encaminada contra las autoridades locales, no contra el sector particular, juraron. Incluso, prometieron apoyar a este capitalismo tardío instaurado en Cuba a partir de la crisis sistémica y su incapacidad de asumir funciones como la venta de alimentos.

En estos momentos, la población adquiere los productos de primera necesidad a través de negocios particulares. Si se le cierran puertas a estos, por supuesto se encarecerán sus ofertas, ya de por sí bastante ajustadas para el bolsillo del hombre común. Como me dijo aquel vendedor, puede ser que dentro de un par de semanas el aceite cuadruplique su precio o incluso más. Así mismo puede ocurrir con las croquetas, con los zapatos de hermosas niñas con un diente de menos, con la nutrición balanceada.

Quizás el aspecto económico sea el más sentido; te duele ahí, ahí mismo, en la cotidianidad del cazador; pero también roza casi en la crueldad evitar la relación entre dos pueblos, sobre todo tan cercanos geográficamente y con lazos culturales establecidos desde la fundación de ambos. José Martí, el Apóstol, vivió gran parte de su vida en Estados Unidos –aunque lo nombró las entrañas del monstruo– y ahí escribió versos y artículos los cuales hablaban de terremotos y de la libertad.

El deporte nacional, el béisbol, lo trajeron los americanos y aquí se aplatanó y se volvió pasión y pendencia. Muchas familias cubanas están escindidas. Entre ellas se halla el estrecho de la Florida, aunque esa palabra, estrecho, suene a eufemismo cuando se refiere a la lejanía con los seres queridos.

Restringir el acercamiento de dos culturas y hablo de las auténticas –no los disparos de John Wick al corazón de la audiencia y canciones de Justin Bieber con las que quieren apoderarse del inconsciente colectivo– también debe considerarse un crimen, uno de lesa humanidad ¿Qué puede ser más humano que la cultura?

III

Dejé al vendedor escarranchado en su pedacito de muro y seguí ciudad adentro. Al avanzar un par de cuadras, llego hasta un negocio, fusión de charcutería, shopping y ferretería. Me fijo en la tablilla –una antigua pizarra de escuela recortada– con los productos y los precios. Como me advirtieron con anterioridad ahí el aceite estaba a 3.500. No me engañaron.

También noto que la grasa de cerdo se montaba en los 1.700 pesos y antes rondaba los 700. Cuando las personas no pueden permitirse el aceite optan por esa alternativa. Esto provoca un aumento en los costos del cerdo en sí. Todo está encadenado.

El efecto mariposa explica que el aleteo de dicho insecto en Japón puede provocar un simún en el estrecho de Ormuz. En Cuba sucede similar –aunque de forma más directa e intencionada–, cualquier medida tomada en la Casa Blanca afecta al más sencillo de los cubanos. Puede ser, digamos, un padre de familia el cual al llegar a la casa la hija le pregunta qué le trajo y este solo pueda encogerse y aguantar las ganas de llorar, porque si le compra unas galletitas o un caramelo será menos el presupuesto para adquirir una botella de un litro de aceite.

(Tomado de CTXT)

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Guillermo Carmona Rodríguez
Periodista del semanario Girón, de Matanzas.

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