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COLUMNISTAS

Copa Mundial de Fútbol 2026: apuntes, preguntas

Lo que se diga sobre el tema anunciado en el título suscitará reacciones encontradas, asociables, no pocas de ellas, con lo que se presenta como “despolitización”, y está lejos de serlo. A menudo se trata de una actitud desprevenida que se azuza al servicio de la derechización con que intentan dominarlo todo las fuerzas que la capitalizan.

Así, despolitizar equivale a sacar del juego lo que huela a ideas revolucionarias y sustituirlo por cánones (políticos) opuestos a la justicia social, pero vendidos como si fueran naturales o designios divinos. Eso ocurre también en lo relativo al deporte. Quien esto escribe lo ha tratado, hace varios años ya, en su significado histórico y abarcador y en implicaciones puntuales, como la preferencia por determinado equipo deportivo.

Las discusiones tendrán intensidad particular en lo tocante a un fenómeno que anima fuertes pasiones masivas, por estar precisamente concebido para movilizar masas, como es una competencia mundial de fútbol, o futbol, o balompié. Que este último término desaparezca, desplazado por los más apegados al inglés, o tomados directamente de esa lengua, no es ajeno a las veleidades extradeportivas que rodean dicho juego, aunque aquí no se le dedique a ese punto la atención que demanda.

No es necesario negar los que puedan ser, o sean, atractivos intrínsecos del fútbol, para reconocer que cada deporte tiene los suyos, y que el éxito mediático del fútbol es inseparable de las maniobras mercantiles desplegadas para universalizarlo. Los empresarios que lo explotan, obtienen grandes ganancias con el cobro de entradas al espectáculo en los estadios, y con mecanismos de la publicidad hecha en torno a él.

Tales ganancias explican los jugosos contratos que pueden beneficiar individualmente a los futbolistas de mayor calidad, sin que haya una proporción racional entre las sumas de dinero que ganan y los frutos propiamente deportivos de su desempeño, por muy espectaculares que esos frutos sean. Tal proceso no podrá separarse del mensaje que se envía con él a los jóvenes enamorados del fútbol: “Ustedes no tienen que preocuparse por la marcha de la sociedad, les basta concentrarse en el juego y llegar a ser estrellas”.

Como reflejo de relaciones socioeconómicas propias del capitalismo, solo unos pocos jugadores alcanzarán el estatus prometido, mientras que a la mayor parte de los jóvenes la fortuna material les quedará lejos. Eso no resta valor a los niños y muchachos —y ya también muchachas y niñas— que practiquen ese deporte (y otros) en medio de la pobreza, guiados por los sueños, y sin los recursos que benefician a los más exitosos.

No le resta valor, no; pero la propaganda atrapa sus sueños y los somete a la estrategia mercantil. No es un fenómeno nuevo. Si en Cuba, para no hablar de la actualidad, se quisiera ver casos similares de otros tiempos y de otros deportes, bastaría recordar al legendario boxeador Eligio Sardiñas, Kid Chocolate, cuya memoria han perpetuado las artes —incluida la literatura— y, sobre todo, el imaginario popular.

Nada es sano ignorar cuando se trata sobre el deporte, ni sobre ninguna otra actividad humana, aunque este artículo se centre particularmente en el fútbol. Desde todo punto de vista sería conceptualmente empobrecedor no ver en su complejidad la Copa Mundial que ahora se dirime. Es, en lo más directo, la alianza entre dos negociantes a los que, de momento, aquí no se les calificará de mafiosos sin escrúpulos, sino que apenas se les llamará por sus nombres y sus funciones más significativas.

De un lado está Gianni Infantino, presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), la empresa futbolística enérgicamente denunciada en su día por Diego Armando Maradona —cuyos sólidos argumentos podrían incluso palidecer ante la realidad a la que ese negocio ha llegado—; del otro, Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos, magnate que ha visto en la política la vía para engrosar su riqueza, y ante cuya catadura inmoral los calificativos resultan insuficientes.

Como símbolo de la alianza entre ambos, Infantino inventó un Premio de la Paz para regalárselo a Trump en nombre de la FIFA, un acto de consolación para el hasta ahora frustrado aspirante al Nobel de la Paz. Ese hecho, embutido en el otorgamiento a los Estados Unidos de la sede de la competición, expresa la voluntad de lavar la imagen de un político protagonista o activo cómplice de hechos genocidas, como los que sufren el pueblo palestino y los que se le han impuesto al iraní.

Se trata, además, de una sede compartida con México y Canadá, naciones contra las cuales Trump despliega disímiles amenazas, todas inmorales e ilegales. También se han sumado al intento de limpiar la mugrienta imagen de Trump los futbolistas que, como Lionel Messi, no han tenido una actitud cívica a la altura de su relevancia deportiva.

Ocurrió cuando ya Trump era el máximo responsable de la muerte de cerca de ciento setenta niñas asesinadas en Irán por bombas estadounidenses aliadas del Israel sionazi. Y si ese poder genocida no está representado en la Copa, se debe a que fue eliminado en la decantación previa, no porque los organizadores se lo prohibiesen, como le prohíben a Rusia participar en competencias internacionales. Esgrimen para ello la acción militar rusa en Ucrania, acción que no es necesario idealizar para condenar los monstruosos crímenes cometidos por Israel durante décadas y agravados en la actualidad.

Avalar “deportivamente” a Trump y a la cita mundial que lo beneficia, es hacerse cómplice del tratamiento dado a los futbolistas iraníes, obligados a jugar en los Estados Unidos —no en ninguna de las otras dos sedes—, mientras se les impide alojarse en ese país. Tienen que viajar desde territorio mexicano a los Estados Unidos para consumar sus juegos y volver a México en cuanto los terminan, embrollo que los pone en desventaja, aunque su desempeño deportivo les está acreditando una victoria moral.

Se sabe que los Estados Unidos, con un largo expediente de actitudes antideportivas cuando han sido sede de competencias internacionales —actitudes de las que Cuba en particular ha sido víctima múltiples veces—, están moralmente invalidados para cumplir esa función. Que no se les prohíba lo explican su poderío económico y militar, y la sumisión que ha prevalecido entre quienes se les debían enfrentar.

En esta Copa han sido escandalosas las actitudes discriminatorias de los Estados Unidos no solo hacia la representación de Irán y sus seguidores, sino también contra otros futbolistas y aficionados. Hasta le impidieron el acceso al más destacado árbitro de África, cuando ya había llegado al aeropuerto estadounidense. La herencia de un racismo que ha tenido realidad y emblema en el Ku Klux Klan se ha hecho sentir también en la cita futbolística.

El mundo hispanohablante ha recibido de conjunto un trato discriminatorio, de intención humillante, al prohibirse el uso del español en las conferencias de prensa celebradas en los Estados Unidos. Aunque es ampliamente hablado en esa nación, para vetarlo se usó como pretexto la supuesta falta de traductores, incluso cuando periodistas y entrevistados fueran hablantes nativos de ese idioma, o lo dominaran. Tal prohibición ha sido una muestra más del desprecio de los latinos por parte de Trump y sus secuaces.

Sin embargo, un logro de los pueblos oprimidos se ha hecho sentir en la discusión de esta Copa: el asombroso homenaje rendido al gran luchador congolés Patricio Lumumba por un hijo de ese pueblo, Michel Kika Mboladinga. Durante los juegos de su país —salvo al primero de ellos, que ganó su equipo y él no pudo presenciar debido a obstáculos que se lo impidieron— se mantiene todo el tiempo como una estatua viviente que, hasta por su parecido físico con el héroe, reproduce la icónica escultura que en el Congo perpetúa su memoria. A Lumumba lo asesinaron en enero de 1961 agentes del colonialismo bendecidos por los imperialistas del planeta, incluyendo a sus cabecillas, los estadounidenses.

De todo eso, es justo decirlo, han hablado periodistas —no solamente lo que abordan temas deportivos— de distintos medios y países. Puede decirse que es virtualmente imposible seguir todas las trasmisiones televisuales dedicadas a la competencia, incluidas las cubanas. Lo que aquí se diga sobre lo expresado en nuestra televisión no puede tomarse sino como interrogantes sugeridas. Pero en todo caso el asunto demanda pensamiento, y no menospreciar ningún “detalle”, por minúsculo que parezca.

Sería bueno que quienes dirigen nuestros medios pudieran hacer un balance sobre el tratamiento dado en ellos a la Copa. Vale creer que no solo debemos aspirar a reflexiones hechas con rigor técnico y ostensible aval de archivos, pero al margen de las preocupaciones culturales y políticas, sí, políticas, que el tema amerite o requiera. Y sin olvidar, aunque ahora se pasen por alto, las exigencias profesionales del lenguaje.

El articulista alcanzó a ver, y oír —¿en un perfil de Facebook?—, el atinado comentario de Renier González contra la ya mencionada prohibición del idioma español en conferencias de prensa. Pero valdría saber si la tónica de su pronunciamiento ha predominado en el periodismo cubano al cubrir el desarrollo de la Copa.

Quizás se ha querido honrar el supuesto carácter no político del deporte, pero el deporte no existe en abstracto, y menos cuando se practica en un entorno tan brutalmente politizado como un encuentro mundial enfilado, en gran medida, a satisfacer la egolatría de un presidente criminal. Quizás se ha querido reaccionar contra la tendencia que en otros momentos hayamos tenido a la politización ineficaz, pero rechazar de manera torpe esa tendencia puede conducir a la despolitización irresponsable, a la sanaquería de la “neutralidad”.

Antes de seguir, libre Dios al autor de parecer que aboga por la politización a toda costa. Pero tampoco es necesario politizar: la política es y está por sí misma en los hechos. Como en otras ocasiones, el articulista aboga por que nos libremos de seguir alimentando lo que haya de realidad en la generalización que alguien que, además de defendernos heroicamente, nos conoció como pocos, sostuvo al dictaminar que los cubanos o no llegamos o nos pasamos (y viceversa, vale añadir).

El deporte es parte sustantiva de la cultura, y esta no se reduce a lo que gremialmente suele acaparar ese nombre, y ni la ingenuidad ni la desprevención política son actitudes culturales que debamos permitirnos. No se las permiten, dicho sea de paso, nuestros enemigos, que en todo buscan y a menudo consiguen hacer valer su política, aunque sea con anestésicos maravillosos.

No se trata de imitarlos en eso, ¡tampoco en eso!: lo que nos corresponde es tener nuestras propias medidas, nuestras propias nociones, sin marearnos en la búsqueda de “términos medios”, que suelen desplazarse hacia lo indeseable. Hallemos el punto preciso donde erguirnos para defender con energía y lucidez los valores de cultura y justicia social que debemos cultivar.

¿Que el país se ve en la necesidad de aplicar normas de funcionamiento que —al menos en teoría, que no es un adorno ni un lujo banal si se quiere hallar el camino hacia una práctica acertada— acaso no sean las más coherentes con los ideales que subyacen en los que son o se supone que sean nuestros propósitos, y han de guiarlos? Pues con mayores razones y mejor tino debemos cuidar la brújula cultural propia de esos ideales.

De lo contrario, podemos alcanzar las metas económicas y materiales que necesitamos hacer realidad, y llegar a ese estadio  “exitoso” habiendo perdido ya la validez ética de un proyecto que ha costado y previsiblemente seguirá costando sangre, sudor y lágrimas, no solo en términos de metáfora prestigiosa.

Pero al autor de los presentes apuntes no es a quien habría que responderle las preguntas que explícita o implícitamente se encuentren en ellos, que, si están escritos con espíritu deportivo, no será en el sentido de superficialidad que infelizmente —de modo harto injusto con el deporte— suele dársele a esa expresión.

Imagen de portada: Michel Kuka Mboladinga, artista congoleño, permanece inmóvil como una estatua durante todo el partido en homenaje a Patricio Lumumba, figura clave en la lucha por la independencia de la República Democrática del Congo. Tomada de Internet.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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