Nací en los montes del Escambray, en 1936 y yo sí sé lo que era aquello. Vivía en Cabaiguán, cuando como miembro del Movimiento 26 de Julio fuimos citados por el coordinador, a quien conocimos por doctor Vera. Nos planteó —a los cinco compañeros presentes— que hacía falta reforzar la tropa del Che Guevara y preguntó por nuestra disposición para ello. Los cinco levantamos la mano, afirmando al unísono.
Salimos como a las cuatro de la mañana aquel día de octubre de 1958, a encontrarnos con el Che. Cuando íbamos de camino, pensando que eran como veinte kilómetros a pie, de repente apareció una máquina de alquiler y el chofer nos dio un adelanto hasta Santa Lucía.

Buscamos al jefe de la vanguardia —le decían Silva— nos mandó a esperar por un carro del campamento, que venía después del mediodía. Como a las dos de la tarde apareció un hombre y Silva le habló de nosotros. Al recién llegado lo llamaron Barbarroja, nos montó en el jeep y nos llevó hasta el Che. Manuel Piñeiro Lozada, Barbarroja, fue ascendido por Fidel a comandante en 1958, junto a cuatro capitanes rebeldes.
Apenas había cumplido los 22 años y ya era fotógrafo. Ante mi insistencia, me enseñó Alfredo Rodríguez, un amigo que trabajaba en el estudio de fotografía del pueblo. Como tenía tanto interés, permanecía durante horas revelando las fotografías que hacía su padre, quien también era bueno en el oficio. Aprendí a revelar e imprimir, aunque desafortunadamente, no tenía una cámara para entrenarme.
Ayudaba a mi hermano a vender y distribuir el pan, como mismo pertenecía a la Juventud Ortodoxa y repartía bonos del 26 de julio, con los que muchas personas contribuían con 5 o 10 pesos.
En una de esas incursiones en Cabaiguán, salí a llevar los bonos que desde la clandestinidad aportaban a la lucha, cuando escuché unos tiros.

Por eso estuve escondido un buen rato, porque no sabía qué estaba pasando y cuando llegué a la casa, sobre las doce de la noche, mi madre estaba esperándome sentada en un taburete. Figúrate, muy asustada.
Esa noche apenas pude descansar; tenía que levantarme a las tres de la mañana para recibir el pan, envasarlo y repartirlo por las casas y en algunos lugares para la escogida de tabaco. Cuando ponía el pan en un clavo, ya estaba allí el litro de leche y eso nadie lo tocaba.
En esas breves horas de descanso, la inquietud que generó aquel tiroteo, me dejó sobresaltado y del sueño, pasé a una pesadilla. Imaginé que me habían chivateado, que la policía invadía mi casa y atropellaban a mis padres, registrando hasta el techo. Sentí hasta el ruido sobre las tejas. Me obligué a despertar, para sentir el alivio con el silencio sepulcral de la madrugada.

Me dirijo al puesto del pan y al terminar, como a las ocho de la mañana, le cuento aquella pesadilla a un zapatero del barrio. Me mira seriamente y dice con seguridad: —juega el 251, “policía”.
Más adelante me encontré un billetero que tenía ese número final. Aunque no tenía mucho dinero, compré el billetico. Cuando tiraron la Lotería Nacional, cogí el primer premio que eran más o menos 900 pesos. Mucho para esa época.
Pleno de alegría, fui directamente con Alfredo, el fotógrafo. Aunque necesitaba de todo, porque no tenía zapatos, ni ropas, solo tenía en mente una sola cosa: la cámara fotográfica. Ya estaba perdidamente enamorado de la fotografía.
Compramos la cámara, la química del revelado, el papel, el flash y algo le di a mi mamá, porque me lo gasté casi todo en eso. Como mi amigo me enseñó a manejar la cámara, el próximo sábado me fui al Trocón, un lugar campestre donde las personas iban a recrearse y comencé a hacer las primeras fotos. Me sentía bien con la cámara, porque llevaba año y pico en eso, yo mismo las revelaba y todo. Hice las fotos 5 x 7 y les puse precio en 50 centavos.

Ese día me sucedieron cosas que jamás olvidaré. Yo podría tirar ocho fotos o 16, pero para hacer tantas, tenía que hacer algunos cambios previos. Ponerle el “chasis” fotográfico porta placas y cambiar el visor de la cámara. Por esas cosas de principiantes, olvidé el último paso.
En las fiestas, se ve de todo. Un hombre que tenía un pernil de puerco en la mano, me pidió una fotografía, como también manifestó su deseo, otro que bailaba con su posible novia. Todo iba bien hasta que revelé las fotos. Fue cuando me ericé; lo único que salió fue el pernil y al otro, nada más le salió una parte de él y las manos de la mujer. Yo no salía de mi asombro, aquello fue tremendo porque yo cobraba por adelantado.
Ante la pregunta de qué hacer, no me detuve, imprimí las fotos y se las entregué a un chofer para que las llevara a sus destinatarios. Como a los tres días, el conductor vino al puesto del pan a decirme: «piérdete de aquí que Marcelo, el de la novia, te está buscando con un machete en la mano».
Yo me escondí y pasó el tiempo. Cuando me alzo con la tropa del Che, al primero que me encuentro es a Marcelo, el tipo de la foto que vivía en el Escambray. Nos estuvimos riendo un buen rato, porque él quería conquistar a la muchacha con aquella fotografía. Después nos hicimos entrañables amigos.
Así me inicié como fotógrafo. La semana siguiente hice fotos en quinceañeros y cumpleaños y quedaron preciosas.

Cuando decido alzarme, no podía imaginar que esta experiencia tendría alguna utilidad; porque como todos, yo quería combatir. Traía la cámara colgando en el cuello, porque pensé que si me detenía la guardia rural en el camino a este objetivo, les iba a decir la única verdad que podría salvarme, soy un fotógrafo ambulante.
Agraciadamente, la llegada al campamento de El Pedrero en Fomento, fue sin interrupción. Caminábamos hasta el fondo de una bodega cerrada y vacía, cuando Barbarroja me dijo: —mira, ese que está sentado en el taburete, fumando tabaco, es el Che.
Los cinco teníamos que darle la cara. Sentí que les estaba echando una bronca a los otros compañeros, por subir hasta allí sin un arma. Les dijo que ya había repartido las que tenía, y que, a una guerra, hay que ir armado. Aunque para ello, tuvieran que asaltar a un militar de la guardia de Batista y quitársela.
Yo fui el último en entrar. Cuando me miró, se sonrió, pero igualmente me dijo que, si fui desarmado a la guerra, allí había que tener un fusil. Quise excusarme diciéndole que a la salida no nos había dado tiempo. El Che me miró fijamente y dijo: —¿y eso qué cosa es?
—Una cámara —le respondo.
—Ah, ¿sí? —dice con ironía.
Trato de explicarle que soy un fotógrafo y me pide el equipo prestado, comienza a revisarlo y dice que él fue fotógrafo deportivo, trabajaba cubriendo partidos de fútbol para una revista en México. Por ahí sigue hablando de su propósito.
—Quiero hacer un periódico de la guerrilla y vas a ser el corresponsal de guerra. Entonces, tú te quedas —dice el Che.
Para mi asombro, lo que salió de mi boca fue: “pero, yo vine a pelear”. A lo que el Che respondió: —aquí hay un cocinero, un zapatero y un sastre, que tienen una función. Y son tan importantes como los demás.
Fue así como me convenció y le dije: “me quedo”. Entonces me indicó que buscara a Olo Pantoja, para que me ayudara a hacer un cuarto oscuro de revelar las fotos. Le preocupaba que hasta allí iban los fotógrafos de la prensa, y él nunca había visto ninguna fotografía de las que hacían.
Allí cerca, vimos una escuelita cerrada, que apenas tenía una puerta de entrada y le dije que era el lugar indicado. Me dijo que saliera a las cinco de la mañana con el mensajero conocido por el Chino; debíamos ir para Sancti Spíritus, a buscar los materiales necesarios. Puso en mis manos 500 pesos y dijo, compra todo lo que te haga falta.
Hice una lista de todo. Lámparas, química, cubetas, ampliadora, papel fotográfico, algunos rollos más, entre otras cosas.
El Chino era enfermero, hijo de un asiático y una cubana, que me acogieron como familia. En su casa tenían comida y una columbina preparada, con la advertencia de que no podría asomarme ni a la puerta. Gracias a que enseguida aparecieron los compañeros del Movimiento 26 de Julio, para conocer qué andaba buscando. Les mostré la lista y salieron a gestionarlo, aunque no aceptaron el dinero que les puse en las manos.

A los cinco días, llegaron diciendo que no apareció la ampliadora por ningún lado. Todo lo demás lo consiguieron. Entonces, me alisté para regresar con el Chino que iba cargado de cosas, desde un equipamiento de cirugía, hasta ropas y colchas para taparnos, porque el frío nos comía los huesos.
También llevaba una nota, donde decía que tres médicos querían incorporarse a la guerrilla. Incluso el hijo del capitán de la guardia rural de Cabaiguán. ¡Imagínate!
En cuanto vi a Olo Pantoja, le devolví los 500 pesos y le dije que no apareció la ampliadora. Pero este no era el único impedimento.
El Che sabía que podía hacer un periódico, porque había tenido esa experiencia. Aquello no sería fácil, porque la imprenta pesaba mucho y no logró subirla hasta allá. Eso sí, tenía su planta de radio y su máquina de escribir.
Finalmente montó una redacción, en la casa donde vivía el alcalde de Cabaiguán. Yo podía hacer las fotos, pero no pasarlas a metal; entonces utilizaron la imprenta donde se hacía la propaganda del cine y se imprimieron esas hojas sueltas, como un boletín. Luego se juntaban las hojas. Él sabía la importancia de hacer periodismo en aquellas condiciones, por lo que quiso repetir en el Escambray, lo que hizo en la Sierra Maestra con el periódico El Cubano Libre.
Cuando subí al campamento, llevaba algunos rollos de 120 milímetros, porque no tenía mucho dinero. Recuerdo que le pedí “fiao” al tendero y me los dio, porque le dije que se los pagaría. Y lo hice, nada más triunfó la Revolución. Podían tomarse ocho fotogramas por cada rollito e íbamos consiguiendo algunos más por el camino.
Cuando llegué de Sancti Spíritus, antes del amanecer salí con un grupo a cortar las líneas de los ferrocarriles, para que no pudieran pasar los trenes de refuerzo de la tiranía. Lo hicimos en el puente sobre el río Las Calabazas, entre Placetas y Cabaiguán. Luego «cortamos» el puente sobre el río Sagua La Chica, que está en Falcón.
Al regresar, ya la gente iba saliendo a la toma de Fomento y yo era el corresponsal de guerra, sin proponérmelo. Me movía para dondequiera, no tenía que contar con nadie. Yo era como “el hijo del Che”.
Después me enrolé con los que iban a tomar Cabaiguán, porque era mi pueblo. Allí hice muchas fotos, mientras el Che se reunía con la gente. Siempre les explicaba que después de la toma del pueblo, debían proteger ese lugar y no permitir que las fuerzas de la tiranía entraran nuevamente.
A mí me dieron un revolver 38, pero no tuve necesidad de usarlo nunca, aunque estuve muy expuesto al peligro. En cierta ocasión, tiraron con un mortero al lado mío y un fragmento le entró por la garganta a un compañero, que estuvo gravemente herido.
Al regresar al campamento, ya estaban allí los tres médicos que se unieron a la tropa del Che. Para mí fue increíble ver que el jefe del cuartel del ejército (de Fulgencio Batista) en Fomento, también lo hizo. Era un especialista en morteros, que había estudiado en los Estados Unidos.
También vi a Quid Casanova, otro muchacho amigo mío con quien me crié, aunque en ese momento estaba molesto con él, porque se había metido a “casquito”. Luego me lo encuentro en el campamento y me dijo, que fue su forma de hacerse de un fusil para subir a pelear con nosotros. ¡Vivimos cada cosa, tremendas!
Estuve con el Che en Cabaiguán. Durante la noche se subió a un segundo piso, para tener en la mira al cuartel del pueblo; es donde accidentalmente resultó herido en la frente, sobre la ceja, al chocar con una antena de televisión y cayó desde allá arriba. Como consecuencia, se le astilló un brazo y lo atendió un ortopédico fenomenal que decidió inmovilizárselo. Esas son las fotos en que lo ves con un yeso.

En un despalillo de tabaco, el Che montó su oficina. El capitán Ángel Frías, que fue a verlo, me dijo que me montara con él en el carro. Al sentarme allí, miró hacia atrás y veo que tenían una ametralladora 30, dos morteros y aquel primer teniente, jefe de Fomento, especialista en morteros. Al continuar camino, entendí que íbamos para Yaguajay.
Ese 28 de diciembre de 1958, encontramos a Camilo y a cuatro compañeros, esperando este cargamento en una playa y en ese momento les propongo hacerles una foto antes de la toma de Yaguajay. Con esa fotografía, años después le hicieron un monumento a Camilo en ese lugar.
Le pedí permiso para quedarme y me dijo que sí. Empecé a hacer fotos por doquier. Cuando toman el pueblo, Camilo les habla a los guardias de Batista, para que no haya derramamiento de sangre, para que se rindan. Les dice que nadie vendría a ayudarlos.
Pasaron treinta minutos antes del desenlace y Camilo le dijo con énfasis al morterista: —¡Y usted no vaya a disparar! Él le respondió que vino a eso. A lo que Camilo le contesta: —no dispare, porque ahí adentro está su hermano. Camilo sabía que él tenía un hermano sargento del ejército de Batista, dentro de ese cuartel.

Regresé a Cabaiguán y me fui dispuesto para la toma de Placetas. En una oficina encontré al Che y a Núñez Jiménez, haciendo los planos de cómo entrar en Santa Clara, porque no era nada fácil.
Fui a la emisora y tomé algunas fotos donde estaba Barbarroja, junto a jóvenes de Placetas, hablándole al pueblo. Seguí para Santa Clara con la tropa del Che e hice fotografías que luego han sido muy conocidas, donde se ve con el brazo enyesado, frente a un tanque hablándoles a los jóvenes combatientes.
Al otro día, seguimos con la tropa para La Habana. Era la madrugada del día tres de enero de 1959, cuando entramos a la Cabaña y nos situamos en una de esas casas. Al amanecer nos hicimos algunas fotos con los fusiles en las manos y yo me fui a cumplir un sueño: ver un barco. Había una embarcación alemana y nos fotografiamos.
Yo no tenía una verdadera conciencia de que este testimonio gráfico era histórico. Nunca lo pensé, pero lo estaba haciendo. Mi fotografía demostraba la acción del Ejército Rebelde.
Podía hacer las fotos de cualquier forma. Parece que eso estaba en mí, aunque era un campesino. Desde los siete años, mi padre me llevó para el campo y tenía que coger la yunta de bueyes, como si fuera un hombre. Limpié zapatos, chapeaba solares, pintaba casas, trabajé de ayudante en una chapistería. Nada me amarró. La vida da muchas vueltas, es así. Tenía pendiente la fotografía y eso me atrapó.
En La Habana, salí a hacer fotos cuando me enteré que venía Fidel. Fui con dos compañeros que iban vestidos de civil. Me prestaron una cámara, pero también llevaba la mía, una Bessa, alemana, que no era mala; lo que pasa es que era de fuelle. Es aquel tipo de cámara diseñada en la era del daguerrotipo. Todavía la conservo, aunque hay que repararla.
Salimos para el Cotorro, porque ya Camilo estaba allí e hice esas fotos que todos conocen. Vine con la Caravana de la Libertad para el muelle, frente a la Marina de Guerra y observamos al yate Granma entrando en la bahía.
Había un barquito de la Marina, les pedí permiso para que me llevaran y así lo hicieron. Fotografié al yate Granma, con esa imagen que se ve La Habana detrás. Fidel saltó al Granma con una inmensa alegría. Existe esa foto inédita, donde un oficial de la Marina le pone su gorra marinera. Celia y Camilo estaban allí; él siempre tan comunicativo, se quedó hablando con algunas personas.

A los pocos días, Fidel va a ver al Che a La Cabaña. Un compañero me dice que el Che me quiere ver y fui a donde estaba restableciéndose de su salud, aunque ya se veía mejor. Entonces me indicó que fuera al campamento de Columbia y que viera al capitán Ramos. Este me acoge con beneplácito, al decirme que no tenían fotógrafo y me orientó que buscara dónde ubicarme. Me incorporo a lo que iba a ser el periódico Verde Olivo, como el primer fotógrafo que tuvo la publicación.
Era marzo de 1959. En el campamento de Columbia, estaban los que después fueron fundadores del ICAIC. Encontré a Marta Rojas y a otras personalidades, tratando de organizar lo que sería el periódico. Aunque, allí no había equipos, ni nada.
Fue cuando me fui a la oficina de Prensa y Radio, que estaba cerquita de allí. Hablé con un camarógrafo que conocí en Yagüajay, conocido por Tabaco y me permitió revelar las fotos allí, porque tenían los recursos. También había cuatro fotógrafos, que fueron de la prensa militar de Batista, ellos me trasmitieron sus conocimientos del oficio. Yo era el único que venía del Ejército Rebelde.
Por eso estuve tanto tiempo con Camilo, porque él me pedía que lo acompañara, cada vez que se movía a Ciego de Ávila, a Trinidad y a montones de lugares. Por casualidad no me llevó a Camagüey.
También encontré al chileno Orlando Contreras, un gran periodista. Posteriormente nos mudamos para lo que era el BRAC, es decir, del antiguo Buró de Represión de Actividades Comunistas. Cuando estábamos en la imprenta de La Habana Vieja, nos visitó el Che, se interesó por Verde Olivo y por el diseño del periódico.
Recuerdo que teníamos que llevarle al Che, la prueba de galera de lo que iba a salir impreso, cuando ya él estaba en el Banco Nacional. Sobre todo, porque Cuba estaba observada por los Estados Unidos y la oligarquía nacional, en cuanto asunto conceptual se publicaba. Yo iba acompañando a Rosendo, para que no anduviera solo como a las doce de la noche y allí esperábamos a que el Che terminara la clase con su profesor de matemáticas superior, que era de Santa Clara. A veces salíamos a las dos de la mañana, con lo que se iba a editar en el tabloide. El Che escribió algunas cosas y lo hacía muy bien.
Revisando la memoria, el tiempo vuela hacia los acontecimientos más trascendentales de nuestra vida como fotógrafo. Así evoco el vuelo cósmico del primer cosmonauta latinoamericano, Arnaldo Tamayo Méndez. Lo seguimos con un testimonio gráfico, que quedó para siempre. Estuvimos presentes durante el entrenamiento, incluso en los momentos preliminares al vuelo y el descenso en el Cosmódromo de Baiconur.
Recordamos los memorables tiempos de servicio internacionalista y tantísimas oportunidades de acompañar a los principales líderes de la Revolución. En esas incursiones, destaco a Chile, Perú, México, la frontera árabe saharaui y los entonces países socialistas.
Han sido muy especiales las exposiciones de nuestra obra fotográfica, exhibidas en varios países. Son fotografías reconocidas del Che, de Camilo y de Fidel, a su paso por la guerrilla, en la ciudad o algunas muy exclusivas de la vida familiar. Lo importante del fotógrafo, es estar en el lugar y “en el momento”. Como pasó con Camilo y su escultura, también sucedió con el monumento al Che Guevara en Santa Clara, cuando con ocho fotografías mías, el escultor José Delarra definió esa magnífica figura.
Al triunfar la Revolución, yo tenía quinto grado, alcancé terminar el bachillerato porque nos insistieron a todos para que nos superáramos. El 85 % de los combatientes, eran analfabetos. Crearon escuelas en los cuarteles y teníamos que estudiar después del trabajo. Posteriormente matriculé en la escuela de Periodismo, pero nunca me gustó escribir, aunque lo intenté. No sé, parece que me hice buen fotógrafo (Tomado de Telesurtv).
(Entrevista del libro inédito: ´Para que de mi te acuerdes´).
Imagen de portada: Foto de Milenio digital.

