Aquí tienen un escenario de pesadilla. Están escribiendo un libro sobre cómo la inteligencia artificial transforma la realidad. Empiezan a utilizarla como compañera de investigación, convencidos de que están aplicando las precauciones adecuadas al no permitirle escribir realmente ni una sola frase del libro. Piensan que serán cuidadosos, que verificarán todo dos veces. Y entonces el libro sale publicado y resulta que contiene más de media docena de citas atribuidas erróneamente o directamente falsas. Steven Rosenbaum, el desafortunado escritor, reconoció que en ocasiones los resultados de la IA eran «asombrosamente incorrectos», pero aun así los errores se colaron.
Hay más casos. Un cuento ganador de un premio de la Commonwealth quedó envuelto en acusaciones de que presentaba rasgos propios de textos generados por IA. Y cada vez que veo una historia sobre un periodista sorprendido utilizando citas falsas generadas por IA durante su investigación, me persigno: por la gracia de Dios, podría haber sido yo. Pero, para asegurarme de que esto no dependa únicamente de la gracia divina, nunca toco esa cosa. Cuando los resultados generados por IA aparecen de manera predeterminada en un buscador, los rechazo, los reprendo, como si contuvieran una especie de hechicería oscura que, con el simple hecho de interactuar con ella, pudiera introducirse en mis sinapsis y tomar el control.
Este enfoque monástico, casi paranoico, no se debe únicamente a que la IA sea una herramienta de investigación arriesgada y poco fiable. Es también una voz, un tono, una frecuencia. El lenguaje de la IA me persigue en un millón de cantinelas metálicas y semejantes entre sí, desde la atención al cliente hasta las publicaciones en redes sociales o los comunicados de prensa. Incluso mientras escribo esta columna me preocupa que pueda sonar como una IA. Que, de alguna manera, después de una exposición incesante, haya asimilado su insipidez y sus excesos. Sus breves frases declarativas. Su narración publicitaria. Su imitación informal de la personalidad humana. ¡Hola! Espero que todo vaya bien. Pensé que podría interesarte una columna sobre inteligencia artificial, un asunto que cada vez ocupa más la atención de líderes de opinión y escritores. ¿Te gustaría saber más?
¿Qué estamos perdiendo en este incendio? Escribir no consiste únicamente en expresar pensamientos mediante palabras dentro de un determinado estilo: análisis, ficción literaria, narración. Se trata de la particular alquimia mediante la cual un individuo concreto recurre a su propio perfil único para construir una idea. Tiene que ver con la manera en que funciona su cerebro, con las peculiaridades que ha ido adquiriendo por el camino, con su política, su historia, sus relaciones, con la propia forma en que contempla el mundo. Mediante la IA puedes producir mil Dickens y mil Rumis, pero no puedes crear un nuevo escritor icónico. Solo puedes recurrir al coro de estilos que ya existen. Solo puedes derivar, nunca crear.
Y después está la atrofia. La pérdida de la capacidad de luchar por encontrar una palabra, de construir una imagen verbal. Podría ahorrar valiosos minutos cuando se acerca la fecha límite y pedirle a la IA que me prepare una frase bonita, o podría detenerme y conceptualizar que resistirse a escribir con IA se parece a intentar no inhalar un virus transmitido por el aire. Puede que no sea un gran símil, pero, maldita sea, es mío. Y escribirlo me ayuda a consolidar lo que estoy pensando.
Ya sea un texto político o un correo electrónico, apoyarse en la IA para todo, desde la investigación hasta la escritura, rompe la conexión entre el sentimiento y la expresión. Drena el color de todo y asfixia la capacidad de canalizar, encontrar y dejarse sorprender por aquello que anda dando vueltas en nuestra cabeza. Cuando la tecnología pasa a consistir en reducir el trabajo de todas las maneras posibles, termina convirtiéndose en un inhibidor de la conciencia propiamente dicha. Investigaciones nada sorprendentes muestran que apoyarse en grandes modelos lingüísticos puede reducir la actividad cerebral.
Aún más deprimente es comprobar hasta qué punto esta cauterización del yo encaja con el actual momento político, caracterizado por una sobreabundancia de contenidos y de mala información. La IA campa a sus anchas en las redes sociales, donde cuentas publican con tono de autoridad largos textos sobre todo tipo de asuntos, desde las guerras en Oriente Próximo hasta dramáticas experiencias personales que nunca ocurrieron, en una especie de fanfiction de la realidad.
Y también ocurre en la política, donde domina una voz al estilo de Keir Starmer, con un zumbido anestesiante de eslóganes vacíos y repetitivos y respuestas evasivas cargadas de rodeos. El resultado son agitadores estridentes de extrema derecha que se aprovechan de la espuma de la desinformación, o políticos centristas que viven aterrorizados ante la posibilidad de romper con el statu quo. Las pocas ideas o políticas que puedan tener permanecen a la vista de todos y, al mismo tiempo, ocultas por ese extraño efecto de intentar no hablar con demasiado sentimiento, no vaya a ser que los acusen de poseer realmente una ideología.
Perdónenme por sonar como una ludita y por experimentar cierto pánico moral ante una tecnología que, en otros sentidos, aparentemente está democratizando el conocimiento y reduciendo las barreras para escribir. Pero su calibración está completamente desajustada, y el resultado es una confusión entre el uso real de la IA y un sonido general propio de la IA.
Actualmente hay algo de caza de brujas en eso de pasar textos por detectores de IA y acusar a los escritores de hacer trampas, como reacción a la desconcertante intrusión de ese sonido en todas partes y a lo ubicuo que se ha vuelto el uso de la inteligencia artificial.
«Cualquiera que hoy trabaje como escritor y se siente delante de un ordenador», afirmó Rosenbaum, «ya sea escribiendo textos largos, trabajando con fecha de entrega, en revistas, sea cual sea el ritmo de su trabajo, está utilizando inteligencia artificial de una forma u otra, al menos en parte, porque no solo es tremendamente seductora, sino que además es increíblemente valiosa».
Se trata de un comentario profundamente revelador y de un cinismo significativo, porque se niega a contemplar que pueda existir un mundo en el que tengamos la posibilidad de elegir, una elección cuya importancia va mucho más allá de la simple comodidad.
Lo que está en juego no son únicamente unos cuantos errores desafortunados aquí y allá, sino el compromiso de esforzarnos, de manera imperfecta, pero siempre creíble. En ello reside todo un contrato social que sostiene nuestra capacidad de confiar unos en otros.
Cuando una persona se resiste a la IA, está invirtiendo en preservar la veracidad del mundo que todos experimentamos. Como dijo George Bernard Shaw: «El castigo del mentiroso no consiste, en absoluto, en que no le crean, sino en que él no puede creer a nadie».
(Tomado de The Guardian)
