fbpx
COLUMNISTAS NOTAS DESTACADAS

El “aburrido” tema de la lucha de clases

No sería descaminado pensar que los artífices del ocultamiento o el escamoteo de la lucha de clases han sido solo o principalmente los opresores, quienes han capitalizado el apaciguamiento forzoso o inducido de la sociedad, pero la historia es más compleja.

El presente artículo, que no intenta ser exhaustivo, ni podría serlo, dado el alcance del tema, se basa en la idea de la lucha de clases al servicio de los ideales de justicia social. Pero —vayamos a los clásicos— es una unidad y lucha de contrarios en la cual los opresores han buscado, y buscan, mantener sus privilegios, presentados a menudo como fruto de designios divinos, obra de la fatalidad encarnada en quienes están supuestamente destinados a servir a sus explotadores.

A quienes crean que la lucha de clases es invención de izquierdas recalcitrantes —en particular del marxismo— negadas a reconocer “los méritos” y “los derechos” con que los explotadores han medrado gracias al trabajo de los oprimidos, habría que recordarles algunas verdades. Se trata de una realidad objetiva conocida mucho antes de que Marx escribiera El manifiesto comunista y El capital, y bregara en la fundación de la Primera Internacional.

Para no ir más lejos, cabría una pregunta: ¿No fue la rebelión de Espartaco un violento y sembrador capítulo de la lucha de clases? Que los protagonistas no tuvieran una clara teoría de esa lucha, ni una definición precisa de sus fines, no mengua el peso de su realidad ni su significado clasista.

Al creador de lo que se llamaría marxismo se le debe “achacar” —eso sí— el descubrimiento, no de la existencia de la lucha de clases, que estaba a la vista de quienes quisieran verla, sino la lucidez de apreciar que la historia del mundo era y seguiría siendo la historia de esa lucha. Sin pretender rigor académico, vale afirmar que esa historia empezó tempranamente, cuando una parte de la sociedad se impuso como dueña de propiedades y de prerrogativas, con “derecho” a vivir del trabajo de otros.

Pero el ocultamiento y el escamoteo aludido al inicio no los han cometido únicamente quienes han capitalizado el trabajo de las mayorías, de las clases explotadas. En tales ocultamiento y escamoteo se ha incurrido incluso con intenciones revolucionarias. Uno de los casos más recurrentes se ha concentrado en la defensa de la necesaria unidad.

En eso parecen haber sobresalido los afanes socialistas, hasta los más honrados. La esperanza de lograr con la construcción del socialismo un modo de existencia —el comunista— donde la equidad social se base en la inexistencia de las clases, y la conciencia sobre la importancia de la unidad en torno a esa meta, llevaron a estimar que en el socialismo no tenían cabida las clases ni, por tanto, la lucha entre ellas.

Tal dogma pasaba por alto evidencias de que hasta los méritos servían para justificar desigualdades, calzadas con la aspiración a que cada quien aportara según su capacidad, y recibiera de acuerdo con su aporte. Se suponía que ese era el camino para llegar al paraíso comunista, donde cada quien sería remunerado según sus necesidades.

Todo se aderezaba, además —¿no ocurre ya en ninguna parte?—, con el enfrentamiento a las impertinencias del igualitarismo. Para combatirlo, parecería tenerse claridad y resolución mayores que en la lucha por la justa igualdad. Así los ideales de esta última —última no solo en la sintaxis de las presentes líneas, sino en el programa de la acción política— terminaban arrinconados en el mismo trastero que el igualitarismo.

La idea de que en el socialismo no había lucha de clases porque no había clases, sino, en todo caso, sectores, sirvió de sombrilla bajo la cual prosperaron los gérmenes, y más, de las desigualdades, al amparo incluso de la corrupción, con modalidades como el caciquismo y el nepotismo. Pero dio origen igualmente a un chiste que merecía haberse tenido en cuenta como revelación científica y partidista: “En el socialismo no hay clases, sino sectores, pero… ¡qué clases de sectores en lucha!”.

Al servicio de la unidad, en el caso cubano se podía acudir hasta acríticamente a José Martí, quien fue capaz de crear un frente necesariamente pluriclasista para luchar por la liberación nacional. No faltaría quien emulara con los “grausanmartines” de la demagogia en el empleo simplificador y oportunista del lema “Con todos, y para el bien de todos”, que da título a un conocido y medular discurso martiano.

Hacer semejante uso de lo que es una joya oratoria por su factura y por su contenido, implica ignorar que el lema que lo resume está precedido por una sucesión de rotundos “¡Mienten!”. Son impugnaciones severas contra quienes, movidos por intereses y prejuicios —clasistas en el fondo, y hasta en la superficie—,  se autoexcluían de una unidad que reclamaba bregar para el bien de la patria y, en ella, de los humildes.

Ellos eran ya entonces los principales mantenedores del ardor independentista en la realidad, y a los ojos y en la palabra de Martí, el organizador de una guerra en la que sabía necesario contar con la contribución de los ricos dispuestos a ofrecerla. Pero era también el hombre sincero que de ningún modo disimulaba su identificación con los pobres de la tierra: de la tierra en general, no solo de la suya.

Claramente expresó su posición en Patria, el periódico en que se dirigía a los interesados en apoyar la lucha independentista, y en sus páginas estuvo siempre del lado de los héroes de la miseria, como llamó a los trabajadores emigrados que contribuían a los fondos de la guerra con su salario escaso e inseguro, mientras los ricos daban de lo que les sobraba. Lo expuso en un artículo publicado el 24 de octubre de 1894, “Los pobres de la tierra”, con el que ratificó su conocida declaración de Versos sencillos.

En ese texto resume un vaticinio cardinal: “En un día solo no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

Que esas no son solamente líneas descriptivas, sino parte de un verdadero programa de acción y voluntad revolucionarias, lo muestran esas mismas páginas y otras del propio Martí. En “¡Vengo a darte patria! Puerto Rico y Cuba”, publicado en el mismo rotativo más de un año antes, el 14 de marzo de 1893, se lee algo que vale citar extensamente, aunque aquí solo se reproduzcan las siguientes líneas: “Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres. ¡Lo odioso es la cobardía cuando se necesita el valor; el miriñaque, cuando se necesita la espada!”.

No es casual que, pensando desde su personal y firme resolución, les asegurase en “Los pobres de la tierra” a sus seguidores: “Sépanlo al menos. No trabajan para traidores”. Era consciente de que se luchaba “por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.

Cuando la construcción del socialismo en Cuba parecía más próxima y viable que ahora, se puso de moda forzar acercamientos de Martí a esos ideales, aunque hacerlo era, además de poco científico y poco ético, innecesario. En el pensamiento y los actos martianos abundan luces para el socialismo bien entendido y abrazado. Pero cuando esa meta parece alejarse, no se descarte que la moda escore a buscar en Martí las tinieblas necesarias para deslegitimar, o satanizar, la lucha de clases.

Por ese camino podría llegarse a condenar el afán con que, desde los aurorales actos del 26 de julio de 1953 y el programa concentrado en La historia me absolverá, la Revolución Cubana se propuso alcanzar la justicia social en las circunstancias en que era posible y necesario planteárselo.

En el centenario del nacimiento de Martí, imperaban en Cuba las consecuencias de la frustración temporal o posposición del programa de su Apóstol, muerto en combate. Los Estados Unidos se habían apoderado de Cuba y de nuestra América, y capitalizaban el desequilibrio del mundo, y en la República neocolonial se había afincado, junto con la herencia de la colonización española, la corruptora dominación imperialista estadounidense. En ese contexto los ricos se habían sentado sobre los humildes.

Para entonces, ¿habría sido coherente con el ideario martiano asumir la lucha revolucionaria en términos exactamente iguales a los que se requerían para organizar y llevar a cabo a finales del siglo XIX el programa de la independencia y la liberación nacional? No habría sido coherente, ni plenamente revolucionario.

Quien ahora quiera deslegitimar la lucha de clases, hágalo por su cuenta. No intente valerse para ello de las ideas y los principios de quien mereció que Blas Roca lo llamara revolucionario radical de su tiempo. Es una definición que no habría que asombrarse si ahora intentaran devaluarla personas que tal vez hace unas décadas la citaban como si se tratara de un “¡Ave María purísima!” para seguidores de esa fe.

Alguien asegura que, cuando estuvo de moda el a menudo llamado ateísmo científico, un colega que se preparaba para lo que entonces era la candidatura al doctorado le confesó, eufórico, que ya había seleccionado el tema de su tesis: probaría la inexistencia de Dios. Su interlocutor le dijo: “Estarán felices quienes crean en Dios, porque, si no existe, ya existirá cuando dediques cinco años a investigarlo”. La anécdota es más larga, pero lo citado basta para pensar que acaso aquel científico ateo sea hoy algo parecido a un “santurrón científico”.

Hoy no solo está fuera de moda —y eso podría ser para bien— aquel “ateísmo científico”. También parece estarlo la defensa del socialismo, y habrá quienes entreguen su alma a desear un “capitalismo no depredador”, como si ese sistema no fuera depredador por naturaleza.

Pero si la defensa del socialismo no justificaba ni científica ni política ni éticamente negar la existencia de la lucha de clases, esa negación será mucho más peligrosa cuando el socialismo parece alejarse y, con similar entusiasmo al que se asumía para vaticinar su advenimiento, se dan pasos y se toman medidas que pueden ser necesarias o inevitables, pero afines al socialismo no son precisamente.

Todo eso mientras las fuerzas capitalistas se entronizan sobre lo que han conseguido con sus grandes recursos —poderosos medios desinformativos entre ellos— y con las deficiencias de las fuerzas que deberían oponérseles con vocación justiciera. En el plano internacional, las alianzas capitalistas propician poner en tela de juicio el valor del supuesto mundo multipolar, y se muestran embriagadas con prácticas de signo cada vez más abiertamente fascista.

¿Será posible o deseable ignorar la lucha de clases o proponerse evitarla? ¿A quiénes beneficiarían los recursos puestos en función de que no sea ni próspera ni sustentable? ¿No beneficiarían a quienes se enriquezcan con la propiedad privada, a la cual le es consustancial un crimen histórico del que hoy ni se habla: la explotación del hombre por el hombre? O de unos seres humanos por otros, para eludir visos sexistas.

Los sindicatos, en gran medida desmovilizados o reducidos a formalismos burocráticos en un contexto en que hasta innecesarios se suponían —aunque no fue perestroiko ni tonto quien los llamó contraparte indispensable de la administración, también en el socialismo—, ¿podrán permanecer al margen de sus funciones, o desaparecer?

Recursos de lucha como las huelgas revolucionarias —que podían considerarse innecesarias igualmente, y hasta aprovechables por el enemigo—, ¿seguirán desestimados en un entorno donde los explotadores aumentarán aunque eufemísticamente se les dé otro nombre? La jornada laboral de ocho horas fue, y merece seguir siéndolo, una conquista lograda en una larga historia de luchas, aunque hoy parezcan ignorarla los beneficiarios del imperialismo y del capitalismo neoliberal. ¿Podrá haber un socialismo neoliberal, que sea socialista?

Lo que es, es, y ningún birlibirloque jurídico podrá ocultarlo. No se les regale el concepto de radical a quienes lo demonizan como a la lucha de clases cuando no la pueden impedir o manipular. En “A la raíz” (Patria, 26 de agosto de 1893), José Martí plasmó esta sembradora convicción: “A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres”.

Foto del avatar
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap