Fidel en Santa Ifigenia
Para Fidel, Martí es un árbol que crece. Así lo piensa él, cien años después de la caída en combate del Héroe Nacional. Lo confesó ayer en la tarde, en un tono intimista y de profunda emoción, luego de colocar un ramo de rosas blancas en el mausoleo que guarda los restos del Maestro, en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, donde también hizo la última guardia de honor en un homenaje sencillo. Venía el Comandante sin sacudirse apenas el polvo del camino desde Dos Ríos para rendir tributo en silencio al Apóstol de la Independencia de Cuba. Mientras hablaba de las impresiones del día, al final de la ceremonia, en un intercambio con los periodistas, decía que había sentido una emoción muy grande en Dos Ríos y también en este último lugar.
En Dos Ríos hubiera deseado quedarse unos minutos más, para reflexionar. Hubiera deseado que el lugar se pareciera a como era el día en que Martí murió, sin construcciones cercanas y con más árboles, más verde en el paisaje. Pero aquí, decía con satisfacción, pudo detenerse un minuto a pensar, reflexionar y recordar todo esto. Contaba a los compañeros que este 19 de mayo, no era un día de luto, sino un día de fiesta, como el día en que se siembra una semilla que fructificó para los próximos siglos, para siempre. Decía:
Y por eso no he sentido tristeza, no he sentido sensación de duelo, sino en cierto sentido, sensación de alegría, no una emoción triste sino una emoción alegre, profunda, la emoción de pensar todo lo que es Martí. El Martí cien años después, no es el mismo Martí de hace cien años cuando cayó. Muchas de sus obras no se conocían, muchos de sus escritos. Todo eso se supo después: aquella carta a Mercado, su profundo sentido antimperialista, latinoamericanista. Sólo cuando los historiadores han recogido todos sus papeles —todavía puede haber papeles que aparezcan—, es que Martí adquiere esa talla universal, ese prestigio enorme, esa personalidad extraordinaria, como lo vemos hoy… porque en aquel momento tiene un enorme mérito, pero no se le conocía suficientemente. Lo conocían aquellos que escucharon sus discursos, algunos de los que leyeron sus escritos.
El Martí de hoy es un Martí mucho más gigante ante los ojos de los cubanos. Sus compañeros tienen que haber sufrido mucho con la muerte de Martí, algunos no sabían todavía, toda la magnitud de su gloria, de su talento, de su proyección, de sus sentimientos.
De eso hace cien años. Por eso digo que crece, que es un árbol que crece, un ejemplo que crece, una semilla que se sembró ese día, no desapareció ese día, una semilla que se sembró y comenzó a germinar, a crecer, a fructificar y vemos lo que es nuestro pueblo, no sólo en lo que ha hecho, que ha hecho mucho, sino en lo que siente, en su espíritu, en esa capacidad de luchar vemos el fruto de ese gran árbol que crece. Es un árbol eterno, que dará siempre frutos porque es un árbol que se ha cultivado. Lo que ha hecho este pueblo es cultivar ese árbol para que crezca más, sobre todo en nosotros mismos.
A todas las preguntas, Fidel da una respuesta cercana a lo entrañable, al sentimiento que la historia inspira. Sobre aquellas virtudes en que era más martiano el pueblo cubano, él aseguró que es en su patriotismo, en su sentido de la dignidad, en su espíritu de soberanía e independencia. “Es martiano en el sentido del decoro y de la dignidad. Es martiano haciendo cosas nuevas, haciendo una Revolución profunda… en su disposición de caer en Dos Ríos como él”.
Después, Fidel afirmaba que todos conocemos a Martí más que a nadie. “Bien que lo conocemos —decía—. Lo vemos como algo tan familiar, tan entrañablemente humano, hermano, padre, hijo, todo”. Aseguró que de los frutos de sus enseñanzas tenía que salir una Revolución como la nuestra, un país soberano, independiente, que buscara la justicia:
Aquello que decía Alarcón: “conquistaremos toda la justicia” y yo decía no hace mucho, “conquistar toda la justicia en la Revolución socialista”. Pudo imaginarse que un día estaría Cuba defendiendo sus ideas, su independencia, pudo imaginarse un período especial. Estoy seguro que pudo imaginarse a su pueblo capaz de librar esa batalla, de librar esa lucha, de salir adelante porque no nos olvidamos de Baraguá, del gesto de Maceo en Baraguá, cuando ya la Guerra de los 10 años estaba prácticamente perdida, cuando él tuvo que levantarse y pudiéramos decir que nuestro país está viviendo hoy un gigantesco Baraguá. Yo creo que Martí estaría muy orgulloso de su pueblo, pero muy orgulloso y, desde luego, luchó y murió por un pueblo como ése. Por darle a ese pueblo toda la dignidad que se requería. Él y otros muchos. Él y los que lucharon en la Guerra del 95. Yo creo que es un pueblo digno del Martí que cayó en Dos Ríos.
Y cuando mencionaba los sueños de Martí con las cargas de caballería mambisa, y señalaba que en ese sentido Martí satisfizo un sueño, se le notaba a Fidel como un estremecimiento en la voz, como una vibración del alma. Al final de sus evocaciones se retiró despacio del palmar de la entrada, casi en el momento de ponerse el día del centenario de la carga martiana en Dos Ríos.
(Crónica publicada originalmente en el diario Granma, mayo de 1995, Centenario de la caída en combate de José Martí)

