CON DOS DEDOS

Baturrillo para Fray Candil (I)

José Martí en la crónica que escribió acerca de su boda con Piedad Zenea, la hija del poeta de Fidelia, le llama “cubano famoso por el desembarazo de su pensamiento y el arte de su estilo”. Azorín exalta su estilo limpio, claro, preciso, nervioso, y el cubano Justo de Lara alude a lo especial de su prosa, que, si bien llevaba al papel con rapidez,  no era nunca fruto de la improvisación ni de la ligereza, sino calzada siempre por hondas meditaciones sobre el estilo, forjada en el pensamiento sobre el yunque del estudio.

Emilio Bobadilla, que hizo célebre el seudónimo de Fray Candil, fue hasta las décadas iniciales del siglo XX, el más discutido y atacado y  también el más defendido de los periodistas cubanos. Gozó de amplias simpatía y grandes enemistades y muy joven consiguió lo que muchos escritores no consiguen siguiera tras largos años en el oficio, que el público lo buscara y reconociera. A sus artículos periodísticos está dedicado el volumen 11 de la serie Grandes periodistas cubanos que en 1952, en ediciones del Cincuentenario de la República, publicó la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación.

A fuego lento

Tuvo el naturalismo en él un exponente de alta significación. Sus Novelas en germen, colección de relatos aparecida en 1900, evidenciaron su fuerte temperamento como narrador, mientras que en A fuego lento (1903) anticipándose a lo que después harían Juan Rulfo y García Márquez, sitúa la trama en un territorio imaginario; no pretendió reproducir en ella vida y costumbres de una nación determinada, sino que aprovechó “antecedentes y circunstancias de diferentes pueblos para construir a merced de ese procedimiento de mosaico, un país que no es concretamente ninguno… pero que es indiscutiblemente hispanoamericano por su configuración moral y por sus costumbres políticas y privadas”, escribe Max Henríquez Ureña. Otras novelas suyas, En pos de la paz (1917) y En la noche dormida (1920) son obras de notable interés, pero escritas, asegura la crítica, con la nerviosa precipitación que impide a un escritor de talento lograr la obra maestra.

Sus poemarios iniciales –Sal y pimienta; Mostaza…- acusan el influjo romántico, con dejos ocasionales de Bécquer, Núñez de Arce y Campoamor. A pesar de su actitud hostil hacia el modernismo, utilizó en Vórtice (1903) combinaciones métricas que ese movimiento puso de moda, y no fue insensible a la cercanía de un poeta como Herrera Reissig,  muy visible en Rojeces de Marte (1920) libro en que Bobadilla cantó a la primera guerra mundial.

Un crítico de corta y raja

En cuanto al crítico, asombra la capacidad de Fray Candil de juzgar un libro con cuatro palabras, y mientras más hirientes, mejor.  Este proceder no se atenuó con los años, sino que se agravó a medida que envejecía. Desde su más temprana juventud tuvo inclinaciones hacia la sátira y víctimas de su crítica, dura y cortante, fueron no pocos escritores de la Isla, con los que cometió alguna que otra injusticia. Lo mismo hizo al instalarse en Madrid y eso le acarreó por igual aceptaciones y rechazos. Decía que como crítico, no se casaba con nadie y se convirtió así en el terror de los literatos españoles, incluso de muchos de aquellos que le dieron el espaldarazo a su llegada. No tuvo paz Fray Candil con figuras de la talla de Emilio Castelar, Cánovas del Castillo, José Echegaray, Emilia Pardo Bazán y Leopoldo Alas (Clarín) entre otros nombres mayores y menores. Decía que el crítico “ha de ser cirujano que no solo corta, sino raja”.

A la Pardo Bazán, que tanto lo apoyó en sus comienzos y escribió el prólogo de uno de sus libros, no se cansaba de acusarla de plagiaria y decía que, como escritora, lo único original de su estilo era el estilo de su casa. Castelar, a su juicio, había abjurado de la República para caer “como un león viejo y sin dientes a los pies del monárquico Sagasta”. Le echaba en cara su garrulería e inconsecuencias y decía que en lo que escribía o hablaba faltaba “la nota caliente que da el trato con la hembra; el calor humano que solo la mujer sabe comunicar a nuestros pensamientos”.

También acusó de plagiario a Clarín que había escrito el prólogo de Escaramuzas, libro que Bobadilla dio a conocer en Madrid, en 1888. Señaló de dónde había extraído Clarín los materiales para sus novelas La regenta y Su único hijo. Algo de verdad debió haber en el asunto pues el aludido desistió de publicar la segunda parte de la última de las obras mencionadas.

Las buenas relaciones que existían entre ambos se agriaron hasta que sobrevino el rompimiento, y Leopoldo Alas (Clarín) decidió zanjar en un duelo las diferencias con el cubano. Con ese fin salió un día de Oviedo, en Asturias, con destino a Madrid. Sería un lance a primera sangre, y mientras se preparaba el encuentro en que medirían sus armas, como se decía en los códigos del honor, Clarín expresó que todo sería cosa de coser y cantar, comentario que llegó a oídos de Bobadilla. Se enfrentaron el 21 de mayo de 1892. Fue un ardoroso combate que el juez de campo tuvo que suspender por las heridas que el asturiano presentaba en la boca y en el brazo. Mientras el médico lo asistía, Fray Candil cantaba por lo bajo. Dijo a los que lo rodeaban: Se cumplió el vaticinio de Clarín; a él lo están cosiendo, y yo estoy cantando… Yo hiero por donde pecan”.

Fue implacable con Rubén Darío, a quien en Muecas, otro de sus libros, llama “pelafustán jactancioso que imagina realmente ser un gran poeta de tanto que se lo han dicho por ahí…”.

Del cubano Enrique José Varona hizo siempre referencias enaltecedoras, pero reaccionó de manera negativa ante los juicios  emitidos por este sobre el libro Reflejos de Fray Candil.  Respondió Bobadilla entonces con el artículo que tituló Varona… o lo que salga en que arremete contra el autor de Conferencias filosóficas. Escribe: “¿Dónde está esa filosofía del Sr Varona? Yo he leído sus Conferencias (paciencia se necesita) y, francamente, no he visto en ellas nada que revele a un filósofo, ni a un expositor siquiera. La primera cualidad del expositor es la claridad, y el Sr Varona peca de abstruso y revesado”.

Para los admiradores de Varona, eran insensatas las palabras de Bobadilla y la protesta fue general. Protestó Manuel de la Cruz, con su seudónimo habitual de Juan Sincero, en La Habana Elegante, y pidió a Manuel Sanguily que refutara los desplantes del fraile, lo que haría don Manuel en tres entregas aparecidas de Revista Cubana.

En la primera de ellas llama amigo a Fray Candil, un amigo “rebelde y quisquilloso”. De cualquier manera, no quiere Sanguily que el fraile se le enfade con lo que  dirá.  Escribe: “Es verdad que a Bobadilla le agrada que le teman… pero le desagrada que le juzguen…  Encuentra natural… jactarse de continuar hablando con la franqueza selvática de su selvático temperamento´; pero no consiente´ que hagan con él lo mismo que él, regocijado, hace con otros”.

No era extraño que soportara a veces contraataques durísimos, como cuando Rufino Blanco Fombona lo definió como un “sulfato de pequeñez”.

Continuará.

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Ciro Bianchi Ross
Es un intelectual, periodista y ensayista cubano. Su ejecutoria profesional durante más de 55 años le ha permitido aparecer entre principales artífices del periodismo literario en la Isla. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual. Premio Nacional de Periodismo "José Martí" en 2017.

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