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A propósito del 120 aniversario de la Biblioteca Nacional José Martí

Desde sus años juveniles, Emilio Roig de Leuchsenring sostuvo una raigal y sostenida amistad con Don Domingo Figarola-Caneda, —periodista, bibliógrafo, historiador, publicista y buen patriota—[i], quien fuera el primer director de la Biblioteca Nacional a propuesta de Gonzalo de Quesada y Aróstegui. Ambos pertenecieron a un grupo de cubanos empeñados en el mejoramiento y progreso educativos y culturales en la isla, entonces bajo el dominio del gobierno interventor norteamericano.

Gracias a Gerardo Castellanos García —para muchos el biógrafo de Roig— se sabe que, durante los años mozos, este fue asiduo a las reuniones literarias de Figarola-Caneda en su morada de la calle Cuba No. 24, donde aplicaba a los presentes, en su mayoría jóvenes, “su usual pedagogía de afectuosa fustigación”, pues “era un académico de pies a cabeza; intolerante y macizo; conservador de viejas fórmulas; apegado a la letra y el ritual”[ii]

“La tertulia era exquisita, por la calidad de los problemas que se debatían”. Don Domingo “tenía un tanto de dureza para la juventud, por entender que sólo los años dan calidad y experiencia para el vivir y cultivar. Ya por esta época Roig venía dedicado a las letras con consejos del eminente bibliógrafo”[iii], aseguró Castellanos en 1938, en su discurso de contestación durante la ceremonia de ingreso a la Academia de la Historia de Cuba  acerca del ya primer Historiador de la Ciudad de La Habana y presidente de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales.

Tal fue la influencia del venerable hombre, que en su artículo “En el centenario del nacimiento de Domingo Figarola-Caneda”, Roig de Leuchsenring declaró su deuda con él y Manuel Sanguily, no sólo por los conocimientos sobre historia de Cuba sino —y lo más importante— por la determinación de consagrarse por entero a ser historiador, cometido que cumplió con creces a partir de 1935 cuando fuera nombrado al frente de la Oficina del Historiador hasta su muerte en 1964.

“No cursé nunca la Historia de Cuba, ni en la primera, ni en la segunda enseñanza, ni en la Universidad, porque en mi época aquélla de estudiante —siempre lo he sido— no figuraba esa asignatura — ¡horror de los horrores patrióticos! — en los planes de estudios de la enseñanza oficial. En los libros cubanos de la Biblioteca de mi padre adquirí las primeras nociones de historia patria. Después, ya bachiller, y alumno universitario en la Facultad de Derecho, fui visitante asiduo, más que de la Universidad, de la Biblioteca Nacional, donde Don Domingo, amigo de mis abuelos, me acogió como a un nieto, con su desbordada bondad gruñona”[iv], aseguró Roig.

Y convence al lector cuando detalla que por Figarola-Caneda conoció a Sanguily, en el antiguo edificio de la Maestranza de Artillería (La Habana Vieja), sitio que albergaba a la Biblioteca y en la cual hizo otras valiosísimas amistades, de viejos y de jóvenes.

“Pero, puedo decir, que mis maestros de Historia de Cuba —maestros y amigos, consejeros y guías— fueron Figarola-Caneda y Sanguily. Y mi colegio, mi instituto y mi universidad en asuntos de historia cubana, fue la Biblioteca Nacional, con su seminario de las tertulias sabatinas de Cuba 24”[v].

Gracias a ellos supo del proceso forjador de la nación cubana. “Me enseñaron a querer a Cuba, a que me duela Cuba; a venerar a aquellos preclaros patriotas que —como ellos mismos— consagraron su vida, con nobilísimo e inigualable desinterés, a la causa de la educación, la cultura, la independencia y la libertad de mi tierra. Y me dieron las normas, que no he olvidado nunca, de hacer historia. Y me inculcaron la honradez intelectual, de la que no me he apartado jamás; y el concepto cabal de la ciudadanía, que ha sido norma de mi actuación en los asuntos nacionales e internacionales”[vi].

Un significativo aspecto del quehacer de Roig, a favor de la socialización del conocimiento sobre la cultura y la historia nacionales, él lo atribuye a la fuerte ascendencia del amado mentor: la concepción de la Biblioteca Histórica Cubana y Americana [Francisco González de Valle][vii], que se mantiene hasta nuestros días, inaugurada el 11 de junio de 1938 “con el pensamiento puesto en el ejemplo de Figarola-Caneda de poner mi biblioteca particular al servicio del pueblo”[viii] .

Don Domingo Figarola-Caneda

Además del artículo de Roig, la Revista de la Biblioteca Nacional, en su edición de enero-marzo de 1952 —dedicada íntegramente a los 100 años de tan venerable hombre—, reproduce los textos “Cuba 124” y “Domingo Figarola-Caneda”, de la autoría de otros dos discípulos: los periodistas e historiadores Gerardo Castellanos García y Francisco González del Valle, respectivamente.

Por tales materiales se conoce que, nacido en La Habana el 17 de enero de 1852, Figarola-Caneda falleció también en la capital cubana el 14 de marzo de 1926, a los 74 años, después de larga y penosa enfermedad.

Las honras fúnebres fueron en el edificio de la Academia de la Historia, entonces ubicada en las calles Chacón y Cuba, en La Habana Vieja, y el entierro se efectuó a las cuatro de la tarde del día siguiente.

Castellanos y González coinciden en señalar que perteneció a una generación de cubanos que, a pesar de venir al mundo en tiempos de la colonia, cultivó virtudes opuestas a los vicios de una sociedad fundamentada en la esclavitud, la injusticia, la explotación y la tiranía.

Por haber padecido de cerca el drama del fusilamiento, en 1871, de los ochos estudiantes de medicina cuando cursaba dicha carrera, Figarola-Caneda declinó seguirla para encaminarse por el periodismo y las letras[ix].

Fundó y dirigió, durante los meses de octubre y noviembre de 1883, en La Habana, el periódico teatral El Argumento. Y colaborador, primero, de La Ilustración Cubana —revista decenal que se publicaba en Barcelona—, la tuvo a su cargo a partir de 1887.

Tras la muerte en combate de su único hijo, en 1897, Figarola-Caneda se convirtió en fervoroso propagandista revolucionario consagrado sin descanso, desde la emigración en París, a difundir y defender la razón de Cuba frente a la metrópoli española. Al efecto, editó y dirigió en la capital francesa La República Cubana —en español y en francés— del 23 de enero de 1896 al 30 de septiembre de 1897.

Son unánimes sus pupilos al señalar que después de proclamada la independencia, el venerado hombre siguió sintiendo, pensando y actuando, en asuntos patrióticos, con la misma exaltada rebeldía e intolerancia que en los tiempos de la lucha independentista.

El 18 de octubre de 1901, el gobernador militar norteamericano, General Leonardo Wood, fundó la Biblioteca Nacional cuyo primer director fue Domingo Figarola-Caneda a propuesta de  Gonzalo de Quesada y Aróstegui en consideración a los años que aquel dedicó a la bibliografía e historia; a sus estudios en París y en Londres sobre biblioteconomía; a su trabajo de catalogación de la Sección cubana en la Exposición de París de 1900, y a su ejecutoria de buen cubano probada con su campaña periodística en la capital de Francia.

En el recién abierto establecimiento, cuentan, puso Don Domingo todos sus conocimientos y potencialidades, apenas sin apoyo oficial. Inclusive, donó su biblioteca con más de tres mil volúmenes y parte de su archivo. No tuvo descanso ni horas de oficina.

Llovieron donaciones importantes; se compraron libros por todo el mundo. Los anaqueles se nutrieron hasta tener millares de ejemplares, y entre ellos algunos valiosísimos; una enorme colección de mapas, planos y grabados. Así como una galería de cuadros de patricios cubanos.

En poco tiempo se vio muy visitada y consultada, difundiéndose su nombre por todos los ámbitos del planeta. En 1909, Figarola-Caneda fundó la Revista de la Biblioteca Nacional; una publicación de carácter mensual.

Y cuando en 1920 se vio obligado a acogerse al retiro, dejaba 60 mil volúmenes y la imprenta que, a instancias suyas, Pilar Arazoza de Muller donó en 1909 a la Biblioteca Nacional, de la cual justamente se le considera creador y organizador, por demás su primer director.

[i] Francisco González del Valle: Conferencia en la Asociación de Reporters el 24 de marzo de 1936, reproducida por la Revista de la Biblioteca Nacional, Pp. 69-87, 1952.

[ii] 2Gerardo Castellanos García: Discurso de contestación en ceremonia de ingreso de Emilio Roig de Leuchsenring a la Academia de la Historia, Imprenta “El Siglo xx” República del Brasil 21 y 23 en La Habana, el día 28 de septiembre de mcmxxxviii.

[iii] Ídem.

[iv] Emilio Roig de Leuchsenring: “En el centenario del Nacimiento de Domingo Figarola-Caneda”, Revista de la Biblioteca Nacional, Pp.7-42, 1952.

[v] Ídem

[vi] Ídem

[vii] 7Al fallecer, el 18 de diciembre de 1942, Francisco González del Valle dejó escrito en su testamento literario la voluntad de donar todos los libros cubanos y sobre Cuba de su propiedad a la Biblioteca Histórica Cubana y Americana, así como buena parte de su archivo privado. De ahí que esta lleve su nombre (Nota de la autora).

[viii] Emilio Roig de Leuchsenring. Artículo citado.

[ix] Ver artículo “27 de Noviembre de 1871”, de Figarola-Caneda, revista Social, marzo de 1920.

Maria Grant Gonzalez.
(Manzanillo, 1945) Doctora en Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Comenzó sus labores periodísticas en 1968 en el entonces suplemento literario El Caimán Barbudo del periódico Juventud Rebelde. Después ejerció en los diarios Venceremos, de Guantánamo, y Sierra Maestra, de Santiago de Cuba, así como en el Informativo de Radio Granma, en Manzanillo. A partir de 1974 y durante casi tres décadas trabajó en la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina, donde se desempeñó como jefa de Redacción de la revista Cuba, primero en su edición en español y luego, en ruso. Pasó a la Central de la Agencia para ser redactora, reportera, editora, jefa de redacción, enviada especial a países de Europa y América Latina; además de corresponsal permanente en Bucarest y Moscú. En 1996 forma parte del grupo fundacional de la revista Opus Habana, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, de la que fue su Editora ejecutiva hasta 2016. Es profesora Auxiliar de la Facultad de Comunicación y del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana.

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