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Capote: Entre el periodismo y la literatura

Tenía una personalidad extraña pero magnética. Era siempre el alma de la fiesta, rodeado de las mayores celebridades de la época. Su hilo de voz parecía no pertenecer a su cuerpo. Todo en Truman estaba fuera de lugar. Hasta el apellido cubano que heredó de su padrastro, José Capote, era parte del montaje de la obra de teatro que fue su vida. Han pasado 37 años desde la muerte de Truman Capote, quien ocupa un lugar de honor en la historia de la literatura y el periodismo, pues los transformó a los dos.

Su infancia fue tormentosa y solitaria, resultado de una familia disfuncional que lo obligaba a moverse constantemente de una casa a la otra. Esta etapa de su vida fue relatada en la obra maestra Matar a un Ruiseñor, de Harper Lee, quien fuera su mejor amiga desde aquellos años.

Desde muy joven comenzó su relación con las letras. Con solo 17 años abandonó la escuela y comenzó a trabajar en The New Yorker, aunque su relación con la revista pronto se vio interrumpida para seguir otro de sus sueños: la literatura.

A los 23 años publicó su primera novela Otras Voces, otros ámbitos. Posteriormente, El arpa de Hierba (1951), Se oyen las musas (1956) y Desayuno en Tiffany´s (1958). Esta última fue llevada al cine con la actuación de Audrey Hepburn, hecho que lo posicionó en la industria de Hollywood como un guionista de éxito.

Durante sus años de intensa producción literaria y adaptaciones cinematográficas no abandonó el periodismo, pues continuaba escribiendo para The New Yorker reportajes y crónicas sociales que escandalizaban a muchos. Pero no fue hasta 1966 cuando deja su verdadera marca en este ámbito. A sangre fría, su novela de no-ficción publicada ese año, lo convirtió, junto a Tom Wolfe, en uno de los impulsores del nuevo periodismo.

Aunque la primera novela de no-ficción fue creada por el argentino Rodolfo Walsh, con su obra Operación Masacre, Truman fue quien inmortalizó el naciente género. Para llevar al papel A sangre fría pasó cinco años investigando a profundidad el asesinato de la familia Clutter en Kansas.

Esta obra se hizo famosa mundialmente, no solo por presentar a los involucrados en los hechos y narrar un evento verdadero, sino por su estilo, que desdibujó las fronteras entre periodismo y literatura. A sangre fría es también el reflejo de la sociedad americana de la época. Truman consiguió plasmar el contraste entre el país idílico de pancartas y publicidades y la cara oculta de una nación cambiante. Su libro llevó a todo los Estados Unidos lo que la muerte de los Clutter trajo al pueblo de Holcomb: una pequeña dosis de realidad.

Esta obra se convirtió también en un análisis de sí mismo, pues se sintió muy identificado con uno de los asesinos. “Es como si Perry y yo hubiéramos crecido en la misma casa, pero yo salí por la puerta de enfrente y él por la de atrás”, diría Philip Seymour Hoffman en La piel de Capote (2005) para el biopic o película biográfica del mismo nombre.

Truman junto a Perry Smith, uno de los culpables del asesinato de Holcomb

Fue esta identificación con Perry Smith la que lo llevó a realizar una representación realista y mostrar a los criminales como las personas que eran más allá de la atrocidad que habían cometido, hecho que resultó controversial y causó muchas especulaciones. En cierta ocasión declaró: “Nadie sabrá nunca lo que A sangre Fría se llevó de mí, creo que en cierto modo acabó conmigo”.

En 1975 publicó Plegarias atendidas y más tarde Música para camaleones, pero tal fue la turbación que produjo A sangre fría en él que después de su publicación se fue sumiendo cada día más en las drogas y el alcohol. También, se fue alejando de sus amigos y de una sociedad que lo usaba como medio de entretenimiento.

Truman bailando con Marilyn Monroe.

El 25 de agosto de 1984 Truman Capote falleció en Los Ángeles, prácticamente solo, debido a un grave problema hepático unido a la intoxicación con diferentes fármacos. La vida que llevó junto al vacío que dejó su obra maestra terminaron venciéndolo. Al respecto, solía decir: “Cuando Dios te da un don, te da también un látigo. Y este es para auto flagelarse”. Y eso fue lo que hizo.

“Capote fue uno de los mayores narradores del siglo XX norteamericano, fue un maestro en el arte de la construcción imaginativa tanto en el relato corto, en los reportajes o en las novelas. Fue un posesor de la perfección estilística”, dijo el crítico literario Nasrullah Mambrol.

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