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Una noticia y mucho afán

Jerarquizando la noticia, este 14 de diciembre fue oficialmente ratificado Joe Biden como el presidente 46avo.  de Estados Unidos. El Colegio Electoral así lo hizo saber en la tarde noche de un lunes que, pese a todo, no pone punto final a la más larga disputa en la historia norteamericana en cuanto a elecciones se refiere. Como de acuerdo con el protocolo al efecto, no será hasta el 6 de enero que la decisión se materialice institucionalmente, Donald Trump es capaz de continuar litigando el resultado, como viene haciéndolo desde el mismo 3 de noviembre.

Esta semifinal de maratón debe concluir  el 20 de enero, cuando Joe Biden asuma la presidencia. A partir de esa fecha y en teoría, habrá unos cuantos cambios en EE.UU. y en el mundo ¡por supuesto! Cuando menos, parece, debe sobrevenir cierta relajación de pugnas, contrasentidos y groserías. Eso puede parecer enorme tras la experiencia de los cuatro años recién cursados. Y lo es, pero quedan demasiadas preguntas en el tintero y eso impide soltar campanas. Experiencias anteriores lo aconsejan.

Pareciera posible – es preferible ser suspicaces- otra ruta y un tiempo no óptimo, pero sí más llevadero para la humanidad. Dentro de los posibles derroteros con perspectiva, están los de Latinoamérica, donde se inician alentadoras peripecias. En Bolivia, Luis Arce  retorna a  una agenda económica inclusiva, y para ello deroga las medidas neoliberales impuestas por el gobierno golpista.

Al mismo tiempo, quien fuera ministro durante los mandatos de Evo Morales, quiere reparar lo mal hecho en el demoledor año usurpado en cuanto a las también maltratadas relaciones exteriores. Reparar los vínculos con naciones antes proactivas que suspendiera Jeanine Añéz, y recobrar nexos precisos ventajosos, como los emanados de los convenios con países y organizaciones regionales, y conciliando enlaces entre ellos y el decidido Estado plurinacional andino.

Poco antes, Argentina logró recobrar la ruta emprendida durante la etapa Kichner (Néstor-Cristina) y, por fortuna, el gobierno que encabeza Alberto Fernández está restaurando los daños de la administración Macri. En medio del estropicio provocado por la Covid-19, se evidencia que esta crisis se estaría expresando con peor catadura de no existir un enfoque sensible, pragmático, con una gestión económico-financiera de cierto equilibrio y apoyo a la ciudadanía de menos posibilidades.

No es preciso entrar en detalles sobre las parlamentarias venezolanas, con el éxito del chavismo, suficientemente realista como para no escatimarle espacio a los partidos opositores. Se supone que en enero se abra una etapa responsable, digna de ser seguida como experiencia política.

En Ecuador, finamente,  el Consejo Nacional Electoral concluyó aprobando el binomio de la Unión por la Esperanza (UNES), con Andrés Arauz para la Presidencia, y Carlos Rabascall, en el segundo puesto. Nótese cómo demoraron el autorizo al cual se llega a menos de dos meses para los comicios del 7 de enero del 2021, y luego de reclamaciones jurídicas, exigiendo revisión de las infundadas impugnaciones contra esa coalición de izquierda.

Arauz, participante del gobierno de Rafael Correa, aspiraba a presentarse en la boleta con el propio ex mandatario, víctima de una persecución oficial infundada. El carismático ex presidente se dio baja de la candidatura para no obstruir posibilidades, pero el oficialismo tampoco aceptó la nueva dupla. Fue tan sencillo como que no deseaban competir con quienes tienen mayoría en intención de voto.

Sintéticamente dicho, el programa de la UNES, prevé, ante todo, incrementar los ingresos de los ciudadanos –para ello, entre varios medios, aumentarían los impuestos a las grandes fortunas, algo en marcha ya en Bolivia-. Los despidos y las rebajas salariales, entre recortes y privatizaciones, afectaron la capacidad de la economía a escala nacional y, al mismo tiempo, dañaron la situación de las familias.

“Tenemos índices alarmantes: empieza a haber desnutrición aguda en la población ecuatoriana, subas en los indicadores de pobreza y de desigualdad”, decía hace poco Arauz en aludido a lo mucho y urgente a emprender si son elegidos. Tal como desean reponer programas sociales y una sanación ciudadana a través de un mayor entendimiento entre colectivos y estratos sociales,  también quieren recuperar acuerdos integracionistas abandonados por Lenin Moreno y la oligarquía tras él, cuando abandonó la etapa progresista para asumir viejas prácticas anti cívicas,  y onerosos actos para complacer a EE.UU. como es el caso Julian Assange o el cierre de instituciones integracionistas ventajosas radicadas en Quito.

Otro intento de golpe institucional, el de Brasil, fue explicado por Luiz Inacio Lula Da Silva,  yendo al origen del tema y sus alcances: “EE.UU. nunca permitió que fuéramos independientes. Hubo interferencias de los embajadores, después de los militares, y ahora del Poder Judicial. Es la industria de la construcción del lawfare”, indicó el ex presidente brasileño, quien vio sus afirmaciones de nuevo confirmadas por el trabajo conjunto de las autoridades brasileñas con el FBI, en la causa Lava Jato, un hueco negro adonde fueron a parar procesos altamente impugnables no solo dentro del gigante suramericano.

El cambio constitucional en Chile abre otras vías. Quedó demostrado que el neoliberalismo no funciona para las mayorías, empobrece las naciones  y profundiza la diferencia entre colectividades. Haberlo evidenciado es, en sí mismo, un importante avance hacia opciones mejor compuestas en el futuro. Ha sido fuerte, intensa, amplísima, la ola de protestas que llevó hacia ese logro, aunque, por supuesto, el camino es todavía largo y abrupto. Tampoco en este caso hay que confiarse.

Mirando con ángulo ancho el momento, vale dejar anotado el empeño y las certezas de estos políticos bienintencionados al coincidir en estrategias de calidad en el continente, a escala de estructuras y acciones domésticas o en ámbito mayor,  ya experimentadas en la colaboración continental. Lo decía Lula en referencia al daño inferido por el avance conservador:

“Una vez que habíamos creado la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) (…), cuando estábamos conversando con muchas organizaciones internacionales, cuando pasamos a ser protagonistas de las negociaciones con el mundo, comenzaron los golpes, comenzó la desestabilización de los gobiernos progresistas de América latina”. Completando la idea, su ex canciller, Celso Amorin estimaba a su vez: “Con la UNASUR la fuerza de la integración era tan grande que aún los líderes no progresistas sintieron que tenían que estar. Estuvo el Perú de Toledo y Alan García, y gobiernos de derecha como el de Uribe (ídem el Chile de Sebastián Piñera) (…) Nuestro futuro depende de la integración”.

Eso pudiera estarse gestando ahora mismo. Cada uno de los países en tránsito hacia etapas más constructivas tiene sus propios manuales, pero es  evidente el desencanto de la ciudadanía en cada uno de ellos con quienes les robaron atributos materiales y sueños. Los empeños restauradores (véase México) o el esforzado mantenimiento de principios acreditados (Nicaragua) sugieren posibilidades o configuraciones reconfortantes.

El cese de una administración norteamericana tan hostil y errática como la de Donald Trump, es factor a conjugarse con los síntomas naturales por donde transita nuestro hemisferio. El resto, como es usual, queda en manos de variables, por ahora un poquitín más acogedoras.

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