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La distopía del huevo frito

Imaginemos un futuro año 2.500. Miles de personas están muriendo por una nueva toxicidad que los científicos han ubicado en los huevos fritos. Las personas que los comen contraen una enfermedad que, en muchos casos, les produce la muerte. Una enfermedad que, además, es contagiosa. Una solución radical podría ser prohibir los huevos fritos y así la enfermedad sería erradicada. Autoridades y Gobiernos valoran esa opción, pero consideran que en una sociedad abanderada de la libertad individual, prohibir comer huevos fritos sería atentar contra sus valores de su sociedad. De modo que se limitan a recomendar que no se coman. Es fundamental respetar la libertad ante todo, no quieren ser una dictadura que prohíba alimentos.

Por otro lado, hay colectivos que niegan que esté en esos huevos el origen de la enfermedad, por muchas evidencias que les pongan delante. Como la libertad de expresión también es sagrada, apelan a ella para justificar que puedan difundir la idea de que los huevos fritos no hacen daño, aunque eso suponga que habrá más gente muerta comiéndolos al creer que son inocuos.

También se encuentra el sector empresarial de los que producen los huevos, prohibirlos podría ser una ruina para ellos. Otros sectores secundarios, como los productores de aceite y los fabricantes de sartenes, también ven su economía dañada. Todos ellos se movilizan en contra de la prohibición y mucha gente se solidariza, porque no se puede abandonar a todo un sector productivo.

Entre los que creen a los negacionistas, los que les afecta a sus negocios y los que se niegan a aceptar la recomendación de no comer huevos fritos, se llega a un importante sector de la población que sigue enfermando, muriendo y contagiando. Los contagios se disparan y ya son miles. Surgen algunas voces que apuntan a que quizás se necesita que las autoridades actúen con contundencia, es decir, prohibir los huevos fritos, paralizar su producción, no autorizar manifestaciones y declaraciones que estén en contra de las evidencias sanitarias e, incluso, para frenar los contagios, hacer seguimiento policial a los camiones que distribuían los huevos y a los enfermos, también habrá que confinar obligatoriamente a estos últimos. Muchas voces se levantan indignadas. Eso supondría acabar con nuestro sistema de libertades para comer lo que queramos, movilizarnos, expresarnos, salir de casa. Por otro lado, los huevos fritos forman parte de nuestra cultura, nuestra identidad, nuestra forma de socializar y compartir en familia.

Algunas personas intentan hacer ver que ese sistema de libertades está bien, es un gran logro social, pero si es incompatible con la vida quizás hay que replanteárselo y establecer prioridades. Igualmente nuestro modo de vida y de comer, era viable mientras los huevos fritos no suponían un problema para nuestra salud, pero ahora la gente enferma y muere por comerlos.

En el planeta hay otras sociedades que consideran que por encima de las libertades individuales para comer lo que a uno le da la gana está la salud y la supervivencia de los miembros del total de la comunidad. Que el derecho a expresarse y manifestarse no justifica que se haga en defensa de actitudes que pueden suponer la muerte para personas. Y que la economía de un sector productivo tampoco puede estar por delante de la salud de toda la sociedad. Allí el Gobierno prohibió los huevos fritos y contó con el apoyo de la sociedad. Evidentemente se actuó contra la libertad, la policía interceptaba los camiones que transportaban huevos para freír, entraba en las cocinas de las casas y restaurantes para comprobar que no se estuvieran friendo huevos, se clausuraban las granjas de producción de huevos. Esos Gobiernos actuaron con contundencia, sabían que esa era la solución a los contagios y las muertes. Por su parte, los ciudadanos comprendían que por encima de su libertad de comer huevos fritos, y su arraigada costumbre de hacerlo estaba la salud de todos.

Cincuenta años después, la primera sociedad, en nombre de la libertad, no dejó de permitir que se comieran huevos fritos que hacían enfermar y morir, se extinguió. La comunidad que antepuso la salud colectiva a la libertad, porque entendió que el individualismo no puede imponerse a costa del interés colectivo logró erradicar la enfermedad. Los expertos ganaderos lograron un nuevo tipo de huevo que no era tóxico y hasta pudieron volver a comer huevos fritos. Se sienten libres para poder hacerlo, pero también saben que, si es necesario para la salud de todos, dejarán de comerlos y exigirán a su Gobierno que no permita que nadie ponga en peligro a la comunidad.

Tomado de cuartopoder.es

Pascual Serrano
Pascual Serrano
Periodista español. Se licenció en Periodismo en 1993 en la Universidad Complutense de Madrid, trabajando en el diario español ABC. Fue fundador y redactor jefe de la revista Voces, editada por la organización política Izquierda Unida. (Valencia, 1964)

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