LA CÁMARA LÚCIDA

Nadie como él para contar películas

Confieso que contar una película me cuesta más trabajo que si tuviera que hacerla. Siempre ha sido así, solo que últimamente he notado que cada vez me pesa más y, si no me queda más remedio que asumirlo, lo hago peor. Decir que contar bien es un arte, y que un genuino cuentero o contador (con licencia de la Real Academia de la Lengua Española) es un artista, no es nuevo para nadie. Los ejemplos abundan, desde las más altas cimas de la literatura nacional, con la obra de Onelio Jorge Cardoso, nuestro Cuentero Mayor, hasta —con permiso de los puristas— el mundo del espectáculo y los recitales de chistes de un Guillermo Álvarez Guedes, también, y definitivamente nuestro, Humorista Mayor.

Contar películas es un subgénero de ese arte, como son en nuestro medio los cuentos de Pepito. No se enseña, no se estudia, y dudo que alguien pueda llegar cabalmente a apre(he)nderlo; simplemente es un don, como muchos otros, con el que se nace. Daniel Díaz Torres tenía ese don, y lo ejerció con verdadero magisterio artístico. Fue para mí el mejor contador de películas que jamás conocí.

Apenas había que motivarlo para que iniciara su relato. Era un cineasta en disposición permanente de contar las obras de sus colegas, el filme más reciente de un realizador consagrado o prometedor, la película vista en un festival, el estreno de la semana, o el título que muy pocos ya conocían, pero era también capaz de remontarse más atrás, y traernos de vuelta a clásicos del cine en una narración “restaurada” de imágenes y sonidos.

No importaba el lugar ni el momento. Tenía que ser algo de extrema urgencia o realmente inaplazable, para que Daniel nos dejara de contar al menos una secuencia de una película por la que le habíamos preguntado. El set era lo de menos: una oficina, un pasillo, el vestíbulo o la entrada del ICAIC, el Ten Cent de enfrente cuando había almuerzos, la Cinemateca de Cuba (sitio ideal), el cine Chaplin o el Hotel Nacional en época de festival… No fueron pocas las veces que Daniel empezó a contarme una película en el ascensor del ICAIC, para concluirla en alguna de las salas de proyección del 5º, 6º o 7º piso a donde ambos nos dirigíamos.

Mención aparte para la puesta en escena. Se emocionaba, se le dilataban los orificios nasales, su vozarrón retumbaba; se sucedían los gestos y muecas mientras caracterizaba a los personajes y acomodaba insistentemente en su frente un mechón de pelo rebelde que no se integraba al peinado. Si se trataba de algún alarde fotográfico de la cámara, su descripción bastaba para representarnos mentalmente el plano, el encuadre, el ángulo y el movimiento. Y si por casualidad se le unía en la conversación el director Manolo Pérez, entonces sí había que tener cuidado y dejarles espacio. Quedar al alcance, sobre todo de Manolo, podía significar ser agarrado por el brazo o los hombros, estrujado y zarandeado de acuerdo con la intensidad dramática de la escena en cuestión.

Daniel hablaba de cine con idéntica entrega a cómo veía cine, escribía de cine y hacía cine. Siempre esperábamos con expectativa su regreso de las comisiones de compra de películas, para tener un adelanto, incluso minucioso, de lo que íbamos a ver. De paso, nos acompañaba la anécdota argumental con su propia apreciación crítica de cómo debíamos verlo, como integrante que fue de una generación de futuros cineastas que comenzaron su trayectoria en el ICAIC como forjadores de un nuevo enfoque de percepción y análisis del cine.

Daniel nunca dejó de contar películas, incluso cuando se vio sometido a la presión política de una desmesurada reacción defensiva ocasionada por el viciado estreno de su filme Alicia en el pueblo de Maravillas, un episodio al que algún día nos corresponderá volver con el mismo sentido de justicia y rectificación históricas con el que hace algunos años se encaró de frente y sin tabúes el Quinquenio Gris.

Mucho tiempo después de este suceso, me tocó moderar un conversatorio con Daniel Díaz Torres en el Festival Internacional de Cine de Lima. Por supuesto, se hicieron preguntas por parte del auditorio sobre el caso Alicia…, y fue admirable la objetividad, lucidez y consecuencia con sus principios como persona y artista, con que Daniel desenterró ese aciago pasaje de su trayectoria, al que felizmente supo sobreponerse para continuar con nuevos ímpetus una obra culminada con su mejor título, La película de Ana.

A pesar de que —como testimonia Rebeca Chávez en el documental Retrato de un artista siempre adolescente, de Manuel Herrera— nunca recibió en vida una disculpa por aquel agravio, no hubo rencor ni resentimiento en sus palabras. Por el contrario, no faltó la gesticulación para graficar poses y actitudes, la resonancia profunda de una voz que apenas necesitaba del micrófono para hacerse escuchar, el montaje en secuencias de los hechos narrados y debidamente dramatizados y el eterno alisarse del mismo mechón de pelo ahora encanecido, pero aún indómito.

Como en sus mejores tiempos de contador de películas, relató en esta ocasión una de horror personal, pero, al fin y al cabo, una vez más, una película.

(Tomado de Cubacine)

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