PERIODISMO CULTURAL

Jaime Valls, un puente entre Cataluña y La Habana

Por Taína Cisneros Rivero

El mes de diciembre del año 2019 la galería Acacia tuvo la oportunidad de contar con una muestra expositiva que sorprendió sobre todo por el artista que presentaba. Me piensan Chic, sacó a la luz la obra de un creador para algunos desconocidos, no obstante, deslumbró a todos los que pudimos disfrutar de ella con un resultado superior al esperado. El encargado de la muestra: el caricaturista, ilustrador y dibujante Jaime Valls. La primera «gran exposición» que deja ver al público desde obras promocionales, dibujos, autorretratos e incluso muebles de estilo Art Decó diseñados por el propio artista y que aún permanecían en su casa en la Loma del Chaple, en La Víbora.

Sin querer demeritar la labor de los profesionales del Museo de Arte Colonial, la exposición realizada en el 2005 en dicha sede fue solo una ínfima parte de lo que se vería posteriormente en la Galería Acacia. Para aquel entonces se agradeció la acción de darle un lugar nuevamente al artista, pero hacía falta mucho más y la exposición realizada en el 2019 lo logró.

A los 65 años de su muerte, Jaime Valls continúa siendo todo un enigma en el campo de la caricatura y el grabado del siglo XX en Cuba. La primera vez que se retoma su figura fue gracias a la labor del profesor Jorge R. Bermúdez, quién con su libro Jaime Valls. Anuncios, dibujos, pintura, publicado en 2015, muestra una breve síntesis biográfica del artista, acompañada con gran parte de sus diseños, algunas fotografías propias y con su bella esposa Estrella Abin Quevedo. De manera puntual, advierte el autor que la obra de artistas destacados de la República como Enrique García Cabrera, Conrado Massaguer y el propio Jaime Valls estaban siendo desatendidas. Y en cierta medida, no le faltaba razón.

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Nacido en 1883 en Cataluña, pero de corazón cubano, Jaime Valls y Díaz llega a La Habana junto a su familia con apenas 18 años de edad. Sus estudios de escultura y pintura comienzan a la edad de 12 años en Barcelona, bajo la tutela de artistas de renombre.

En el año 1904, ya en La Habana, logra salir del anonimato gracias al financiamiento de la empresa de jabones y perfumes Crusellas. Se trataba de un escudo en relieve, poseedor de una elegancia sorprendente. Valls no superaría la contradicción entre arte e industria predominante en el escudo, no obstante, este se convertiría en portada de las mejores revistas de la época. Con premura su trabajo pasa de la escultura a la cartelística, el periodismo gráfico y la naciente propaganda ilustrada, realizando una serie de ilustración de libros para La Moderna Poesía.

Para 1908 crea su propio buró Propagandas Jaime Valls, la cual cambia luego por Estudios Valls, nombre con el que firmaría todas sus propuestas artísticas. Su taller se convertiría en salón de reuniones de los jóvenes artistas del período. Desde el punto de vista social, Jaime se encuentra en la cúspide. Sus obras se riegan como pólvora por las revistas más conocidas de la época: La DiscusiónCartelesSocialEl Fígaro. Esta última se hace responsable de la publicación de algunos de sus dibujos y caricaturas de destacadas personalidades de la sociedad.

Con su labor como cartelista obtiene el primer gran premio en el concurso de carteles organizado por la Sociedad de Fomento del Teatro en el año 1910. Posteriormente, para la segunda mitad de la década, con la entrada de Cuba a la Primera Guerra Mundial como aliada de Estados Unidos, se dedica junto a otros artistas al diseño de carteles para el reclutamiento militar. Como preludio a la lucha contra la tiranía de Machado, en 1924 ingresa a las filas del Grupo Minorista. Su estudio se convertiría en albergue para muchos de los jóvenes revolucionarios.

Uno de los años más significativos para Valls fue 1927, pues le es otorgado el certificado de nacionalidad. Ese mismo año viaja a París junto al pintor y artista gráfico Eduardo Abela. Su acercamiento a las vanguardias artísticas más desarrolladas en Europa fue significativo. Regresaría a La Habana, como diría Jorge Mañach, «convencido y confeso(…) leal a sí mismo». Con el tratamiento del tema cubano, su obra se redirecciona hacia un plano no tocado por sus contemporáneos; el descubrimiento del llamado «color local» a través del movimiento.

Todo ello cabe destacar en sus «Rumberas», un criollismo que se explica por sí solo; el tratamiento de las curvas, el movimiento tan deseado, la cadencia, rasgos distintivos de la capa social que cautivó a Jaime. Bien pudieran ser consideradas las Tres Gracias de la Rumba, haciendo una adaptación a la obra de Rubens. Su trabajo con los mestizos cubanos y los sectores más bajos de la sociedad en general, si bien no exento de críticas fue la mejor de sus propuestas por su sensualidad innata. Para muchos no fue más que otra creación. Valls desmitificó el horror y la fealdad; él era su propio cliente. Creaba para expresar, no para vender, y eso lo convirtió en un magnífico artista.

Sus obras son un constante vaivén de maneras de crear dentro del arte, lo que no quiere decir que hayan sido irregulares y mucho menos inconstantes, por el contrario, ese despliegue de técnicas y formas de hacer proporcionó soltura y calidez a todas sus creaciones a la par de elegancia y sensualidad.

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Convirtiéndose en un éxito total su primera y única exposición personal, realizada en 1930, lo reafirmó junto a Eduardo Abela y Antonio Gattorno como uno de los máximos exponentes del arte moderno en Cuba. Para ese entonces, ya las artes en Cuba lo tienen como un hijo autóctono. Su estudio se había convertido en un santuario en el que no solo estaban las obras del propio artista, sino que se constituía como un centro de reunión donde confluían la literatura, la música y hasta los temas del acontecer político. Ese mismo año, Valls creaba el cartel para la recaudación de fondos del monumento al soldado invasor en Mantua, Pinar del Río, cuya develación tuvo lugar cinco años más tarde.

En los tiempos posteriores, su estudio recibe numerosos premios, reconocimientos y una medalla de oro por los trabajos de publicidad realizados. Su salud comienza a deteriorar para 1941, cuando se fractura la cadera. No volvería a trabajar más. Su vida se prolonga hasta el año 1955, cuando fallece a causa de Parkinson. Con un adiós eterno, despide las artes plásticas cubanas a unos de sus más ilustres representantes.

(Tomado de Alma Mater)

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